Capítulo 24 Fuera de horario #3
No era la alarma principal. Solo el aviso de puerta secundaria mal cerrada o sensor en espera. Aun así, el sonido metió la realidad en la sala con una eficacia brutal.
Noa bajó de la camilla.
—Tengo que revisar eso.
Maia se acomodó la camiseta.
—Sí.
La palabra volvió demasiado rápido al mundo de las cosas prácticas.
Noa fue hasta el panel, introdujo el código y silenció el aviso. Cuando volvió, Maia ya estaba poniéndose el abrigo. El gesto le produjo una resistencia absurda.
—No tienes que irte ya.
Maia la miró mientras se hacía la trenza con movimientos rápidos.
—¿No?
Noa no respondió.
Maia entendió.
—Sí tengo.
Noa bajó la vista.
—No quería decirlo así.
—Lo sé.
Maia tomó la mochila.
—Pero esta vez está bien. No quiero que la noche termine con nosotras fingiendo que podemos quedarnos en una sala bloqueada por mantenimiento hasta que amanezca.
—No puedo quedarme hasta que amanezca.
—Exacto.
Noa la miró.
—Maia.
Ella se acercó y le abrochó un botón de la camisa. Solo uno. El gesto fue íntimo y casi cruel.
—No lo arruines con una explicación.
Noa cerró la boca.
Maia la besó una vez.
Breve.
Profundo.
Sin prisa.
Después caminó hacia la puerta.
Noa la acompañó por la escalera. En el pasillo lateral, antes de abrir, Maia se volvió.
—Esto fue distinto —dijo.
Noa asintió.
—Sí.
—Me gustó.
La frase fue sencilla.
Noa sintió que el pecho se le abría de una forma peligrosa.
—A mí también.
—Demasiado.
—Sí.
Maia apoyó una mano en la puerta.
—No me escribas cuando llegues a casa para decir algo correcto.
Noa casi sonrió.
—¿Y qué puedo escribir?
Maia pensó un segundo.
—Algo incorrecto.
Noa la miró.
La lluvia seguía afuera, golpeando la chapa del alero.
—Voy a querer verte mañana —dijo Noa.
Maia sostuvo su mirada.
—Eso sirve.
Abrió la puerta.
El aire frío entró de golpe.
Maia salió y se ajustó el abrigo. Noa permaneció bajo el marco, mirando cómo cruzaba el pequeño patio hasta la calle lateral. No había taxis cerca. No había público. No había música. Solo una mujer adulta alejándose de un lugar donde acababa de elegir algo que no podía justificar del todo.
Antes de doblar la esquina, Maia miró hacia atrás.
Noa seguía allí.
Maia no saludó.
Sonrió apenas.
Luego desapareció.
Noa cerró la puerta.
Subió de nuevo a la sala funcional y empezó a ordenar.
No porque hiciera falta.
Porque necesitaba borrar rastros.
Acomodó la sábana de la camilla, limpió una marca de humedad del suelo, recogió una horquilla que Maia había perdido y se quedó mirándola en la palma de la mano.
Era pequeña. Negra. Común.
Una prueba ridícula.
La guardó en el bolsillo del pantalón antes de poder decidir si debía tirarla.
A las 22:48 apagó las luces, activó la alarma y salió por la puerta principal.
Condujo hacia casa con la camisa bien cerrada y el cabello recogido de nuevo. En un semáforo, abrió el chat de Maia.
Escribió:
Noa: Fue muy difícil parar.
Lo miró.
No era correcto.
No era limpio.
No era prudente.
Lo envió.
La respuesta llegó cuando ya estaba a cinco minutos de casa.
Maia: Lo sé.
Después otro mensaje.
Maia: Me gustó que pararas igual.
Noa apoyó el móvil en el asiento del copiloto y sonrió, sola, con una tristeza extraña.
En casa, Sofía estaba despierta en el sofá, envuelta en una manta, con un cuaderno sobre las rodillas y la televisión encendida sin sonido.
—Llegaste —dijo.
Noa dejó las llaves en el mueble de la entrada.
—Sí. ¿Hace mucho?
—Un rato.
Sofía la miró con ojos cansados.
—Tienes cara de haber peleado con el suelo.
Noa sintió la horquilla en el bolsillo como si quemara.
—Ganó el suelo.
Sofía sonrió.
—Ven aquí.
Noa se acercó.
Sofía levantó la manta en una invitación doméstica, sencilla, de esas que pertenecen a una vida construida durante años. Noa se sentó a su lado. Sofía apoyó la cabeza en su hombro y buscó su mano bajo la manta.
Noa se la dio.
La horquilla seguía en el bolsillo, a centímetros de los dedos de Sofía.
—Te extrañé hoy —murmuró Sofía.
Noa cerró los ojos.
El cuerpo todavía recordaba la camilla.
La boca todavía recordaba a Maia.
La mano sostenía a Sofía.
—Yo también —dijo.
Y lo terrible fue que no sonó falso.
Sofía levantó la cabeza y la besó.
Esta vez en los labios.
No fue un beso largo ni urgente. Fue un beso de pareja, de casa, de cansancio compartido. Un beso que venía de siete años y no pedía permiso para existir.
Noa lo respondió.
Al principio con ternura.
Después con algo más: una necesidad torpe de tapar, de confirmar, de demostrarse que todavía podía ser esa mujer en ese sofá. Sofía pareció sorprenderse apenas, pero no se apartó. Al contrario, sonrió contra su boca.
—Vaya —murmuró—. El suelo perdió más de lo que pensé.
Noa apoyó la frente contra la suya.
—Perdón. Estoy…
No dijo cansada.
No esa vez.
Sofía le acarició la nuca.
—Estás aquí.
Noa abrió los ojos.
Sofía no sabía lo cruel que era esa frase.
Noa volvió a besarla.
Y mientras lo hacía, con la horquilla de Maia en el bolsillo y la mano de Sofía en su cuello, entendió que la coartada más peligrosa no era la sala bloqueada, ni la puerta lateral, ni el falso mantenimiento.
Era esa.
Poder estar en los dos lugares.
Y que una parte de ella quisiera seguir aprendiendo cómo.