Capítulo 24 Fuera de horario
No lo hizo de golpe. No abrió la agenda con el pulso acelerado ni marcó la franja como quien comete un crimen visible.
Lo hizo con la misma precisión con la que reorganizaba cualquier horario del centro: revisó los turnos, confirmó que el último paciente terminaba a las siete y veinte, desplazó una limpieza menor al día siguiente y escribió en la casilla correspondiente:
Mantenimiento de suelo y material. Acceso restringido.
La frase quedó allí, limpia, administrativa, perfectamente defendible.
Noa la miró durante varios segundos.
Luego guardó los cambios.
La mentira ya no le caía en las manos.
Ahora la construía.
Mateo entró en el despacho justo cuando ella cerraba la pestaña.
—¿Qué haces?
Noa no se sobresaltó. Había aprendido, en los últimos días, a no sobresaltarse. Esa adaptación le pareció inquietante.
—Bloqueé la sala funcional para revisar el suelo.
Mateo apoyó un hombro contra el marco de la puerta.
—Eso lo iba a hacer el técnico mañana.
—Prefiero verlo antes.
—Claro. Porque si una tarima cruje a las nueve de la noche, podría desarrollar una personalidad propia y huir.
Noa le sostuvo la mirada.
—¿Necesitas algo?
Mateo entró del todo y dejó una carpeta sobre la mesa.
—Solo avisarte que ya me voy. Y confirmar que no estás intentando resolver tu vida mediante inventario deportivo.
—Estoy trabajando.
—Esa frase también está pidiendo vacaciones.
Noa abrió la carpeta sin leerla.
—Vete, Mateo.
Él no se movió enseguida. La observó con una atención que a Noa le resultó cada vez menos cómoda. Mateo no era invasivo por naturaleza. Era peor: era leal. Y la lealtad, cuando una empieza a mentir, se vuelve una luz demasiado fuerte.
—¿Quieres que me quede? —preguntó.
—No.
—¿Segura?
—Sí.
Mateo asintió despacio.
—Vale.
Fue hasta la puerta, pero antes de salir se detuvo.
—Noa.
Ella levantó la vista.
—¿Qué?
—El centro no es un escondite.
La frase cayó sin énfasis.
Noa sintió que el cuerpo le respondía antes que la mente. No dijo nada. No había nada que pudiera decir sin entregar demasiado o mentir peor.
Mateo tampoco esperó respuesta.
—Cierro recepción al salir —dijo—. No olvides activar la alarma.
Y se fue.
Noa permaneció sentada hasta escuchar la puerta principal del centro cerrarse abajo. Después miró la hora.
19:48.
Tenía más de una hora antes de que Maia llegara.
Una persona sensata habría usado ese tiempo para arrepentirse.
Noa revisó la sala.
El centro de alto rendimiento cambiaba de naturaleza cuando quedaba vacío.
De día era ruido controlado: pasos, indicaciones, máquinas en uso, respiraciones, choques suaves de pesas contra goma, teléfonos, recepcionistas, puertas que abrían y cerraban.
De noche, en cambio, todo parecía suspendido en una espera que no le pertenecía a nadie.
La sala funcional estaba iluminada a medias.
Noa no encendió las luces del techo, solo las laterales, las que dejaban el suelo en una penumbra cálida y alargaban las formas de las máquinas contra las paredes.
Revisó la tarima que había usado como excusa.
Tenía, efectivamente, un crujido leve en una esquina.
Casi se rió.
La realidad todavía tenía el mal gusto de colaborar.
Movió una colchoneta, ordenó un banco, guardó dos kettlebells que no necesitaban ser guardadas y limpió una marca de magnesio del suelo. Luego se quedó de pie frente al espejo grande.
Allí había corregido a Maia.
Allí le había dicho que no era frágil. Allí había fingido que tocar un cuerpo podía ser solo una cuestión de técnica. Allí había visto, antes de admitirlo, que el deseo también tenía postura, respiración, eje.
Noa apagó una luz más.
La sala quedó casi íntima.
Demasiado.
A las 20:36 recibió un mensaje de Sofía.
Sofía: Salgo tardísimo. La reunión se convirtió en pantano. ¿Tú sigues en el centro?
Noa miró la pantalla.
La respuesta honesta habría sido demasiado simple: sí, sigo en el centro.
Eso era lo más perverso. La coartada no necesitaba moverse. Podía decir la verdad y aun así mentir.
Noa: Sí. Revisando lo del suelo de la sala funcional. No me esperes.
Sofía respondió con un audio.
Noa lo reprodujo en voz baja.
—Te juro que algún día voy a tener una relación con una persona que no revise suelos a la noche. Pero bueno, supongo que cada una elige su tragedia. Yo sigo con Valeria y producción. Te quiero. No te rompas la espalda moviendo cosas.
Noa escuchó el audio dos veces.
No por necesidad.
Por castigo.
Después escribió:
Noa: Yo también te quiero.
Envió.
El mensaje quedó allí, verdadero y traidor.
A las 21:07 sonó el timbre lateral.
Noa no se movió enseguida.
Había elegido esa puerta porque quedaba lejos de recepción, de la calle principal, de los escaparates del centro. La usaban proveedores, técnicos, personal de limpieza. No aparecía en las rutas habituales de pacientes. Era una entrada práctica.
Ahora era otra cosa.
Noa bajó por la escalera interna, cruzó el pasillo oscuro y abrió.
Maia estaba bajo el alero de la puerta, con un abrigo negro empapado por la lluvia fina y el cabello recogido en una trenza baja. Llevaba una mochila al hombro y zapatillas de calle. No sonrió de inmediato.
Miró primero el pasillo detrás de Noa.
Después a Noa.
—Entrada de proveedores —dijo.
—Es la más discreta.
—Qué palabra tan horrible.
Noa no discutió.
—Sí.
Maia entró.
Noa cerró la puerta y pasó el cerrojo. El sonido fue pequeño, pero entre ellas sonó definitivo.
—¿Hay alguien más? —preguntó Maia.
—No.
—¿Mateo?
—Se fue.
Maia asintió.
No preguntó por Sofía.
No esa vez.
Noa agradeció y temió esa ausencia en la misma respiración.
Subieron por la escalera sin hablar. El eco de sus pasos ocupó el edificio vacío. Maia caminaba un escalón delante de Noa, y Noa se obligó a mirar la pared en vez de la línea de sus piernas, la humedad en el borde del abrigo, la nuca descubierta bajo la trenza.
A mitad de escalera, Maia se detuvo.
Noa casi chocó contra ella.
—¿Qué pasa?
Maia giró apenas.
—Estoy intentando decidir si esto me excita o si debería preocuparme.
Noa sostuvo su mirada.
—Probablemente ambas.
—Qué tranquilizador.
—No vine a tranquilizarte.
Maia la miró un segundo más.
Esta vez sí sonrió.
No mucho.
Lo suficiente.
—Se nota.
Siguió subiendo.
La sala funcional estaba como Noa la había dejado: luces bajas, espejo amplio, suelo despejado, colchonetas apiladas, una camilla de descarga al fondo, las máquinas quietas como animales dormidos. Maia entró despacio, sin quitarse aún el abrigo. Miró alrededor.
Noa cerró la puerta.
—Aquí me enseñaste a apoyar el pie —dijo Maia.
La frase tenía una calma peligrosa.
—No hables de técnica.
Maia giró hacia ella.
—¿No?
Noa negó con la cabeza.
—No esta noche.
Maia dejó la mochila en el suelo, junto a un banco.
—Entonces haz algo para que me calle.
Noa no se movió enseguida.
La frase la golpeó con una claridad casi física. No había discurso moral. No había advertencia. No había Sofía en la boca de ninguna. Solo Maia, de pie en la sala donde todo había empezado a contaminarse, pidiéndole sin pedirle que cruzara la distancia.
Noa dio un paso.
Maia no retrocedió.
—¿Eso fue demasiado directo? —preguntó Maia.
—No.
—¿Te asustó?
—Sí.
—Bien.
Noa llegó hasta ella.
—¿Bien?
—Prefiero que te asuste esto y no que lo disfraces de mantenimiento.
Noa bajó la mirada a su boca.
—No quiero disfrazarlo.
—Entonces no lo hagas.
Noa la besó.
Fue inmediato. Sin la torpeza del coche, sin la ceremonia de la puerta de su casa, sin la mesa de la cafetería entre ambas.
El beso entró en la sala como si llevara semanas esperando en las paredes.
Maia respondió con una firmeza que hizo retroceder a Noa medio paso, no porque quisiera apartarla, sino porque su cuerpo entero pareció empujar hacia adelante.
Noa la tomó por la cintura.
Maia le desabrochó el abrigo.
El sonido de los botones al soltarse fue demasiado fuerte en el silencio del gimnasio.
Maia se separó apenas para quitarse la prenda y dejarla caer sobre el banco.
Debajo llevaba ropa de ensayo: una camiseta negra ajustada, pantalones flexibles, el cuerpo todavía con esa mezcla de disciplina y cansancio que el escenario le dejaba al final del día.
Noa la miró.
Maia ladeó la cabeza.
—Cuidado.
—¿Con qué?
—Con mirarme como si fueras a corregirme.
Noa levantó los ojos hacia ella.
—No estoy corrigiendo nada.
—Más te vale.
Noa se acercó otra vez.
—Estoy intentando no hacer una lista de todo lo que quiero hacer.
La boca de Maia se abrió apenas.
No fue sonrisa.
Fue otra cosa.
—Eso fue casi obsceno para ti.
—Estoy aprendiendo.
—Vas tarde.
Noa la besó de nuevo.
Esta vez Maia fue quien la empujó hacia el espejo.
La espalda de Noa tocó el cristal frío y el contraste le arrancó una respiración brusca. Maia lo notó. Le gustó notarlo. Apoyó una mano junto al hombro de Noa, sobre el espejo, y la otra en el borde de su camisa.
—Aquí me mirabas desde arriba —dijo.
—Maia.
—Desde el ventanal. Desde el despacho. Desde donde podías fingir que no estabas cerca.
Noa cerró los dedos en su cintura.
—Ya no estoy arriba.
—No.
Maia se acercó hasta que sus cuerpos quedaron casi pegados.
—Ahora estás bastante atrapada.
Noa giró con rapidez, invirtiendo la posición. Maia quedó contra el espejo, los ojos abiertos por la sorpresa, la espalda arqueándose apenas al sentir el cristal.
Noa apoyó una mano al lado de su cabeza.
—No tanto.
Maia sonrió.
Esta vez fue abierta, franca, provocadora.
—Eso estuvo mejor.
Noa la besó antes de que pudiera decir algo más.
El espejo devolvió fragmentos: una mano de Noa en la cintura de Maia, la trenza deshaciéndose, la camisa blanca de Noa arrugada bajo los dedos de Maia, dos cuerpos demasiado adultos para fingir que no sabían lo que hacían.
Noa intentó no mirar el reflejo. No porque le diera vergüenza, sino porque verlo lo hacía más real. Maia, en cambio, sí miró.
Y lo que vio le gustó.