El nuevo plano Capítulo 23 La coartada #3
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Capítulo 23 La coartada #3

A la presión de los cuerpos, al roce de la tela, al calor creciendo entre ambas, a las manos de Noa subiendo por su espalda, bajando luego con una firmeza que la hizo moverse contra ella sin pensarlo.

Noa la sujetó mejor, no para detenerla, sino para acompañar el movimiento.

Maia dejó escapar un sonido contra su boca y se separó solo lo suficiente para respirar.

Noa la miró como si ese sonido hubiera cambiado algo irreversible.

Maia le cubrió la boca con dos dedos.

—Sin notas al pie.

Noa besó sus dedos.

Maia cerró los ojos.

El móvil de Noa vibró en el abrigo, junto a la entrada.

Las dos se quedaron quietas.

La vibración se repitió.

Noa no se movió.

Maia abrió los ojos.

—¿Vas a mirar?

—No.

El móvil volvió a vibrar.

Maia sostuvo su mirada.

—No quiero que ignores llamadas para demostrarme algo.

—No estoy demostrando nada.

—Entonces mira.

Noa respiró, frustrada. Maia se apartó lo justo para dejarla levantarse. Noa caminó hasta la entrada, sacó el móvil del abrigo y miró la pantalla.

Mateo.

Noa soltó el aire.

—Es Mateo.

Maia apoyó la cabeza contra el respaldo del sofá.

—Contesta.

—No hace falta.

—Si llama tres veces, quizá sí.

Noa contestó.

—¿Qué pasa?

La voz de Mateo llegó con ruido de calle.

—Tranquila, nadie murió. Solo quería confirmar si mañana temprano ibas a revisar tú lo del suelo o llamo directamente al técnico.

Noa cerró los ojos.

—Llama al técnico.

—Perfecto. ¿Estás conduciendo?

Noa miró hacia el salón.

Maia estaba en el sofá, despeinada, con la camiseta torcida, mirándola con una mezcla de humor y deseo que casi la hizo perder la frase.

—No.

—Bien. Sonabas rara.

—Estoy bien.

—Palabra prohibida.

—Mateo.

—Vale. Técnico. Mañana. Descansa o finge algo parecido.

La llamada terminó.

Noa dejó el móvil en silencio.

Cuando volvió al salón, Maia estaba de pie.

—No era Sofía —dijo.

—No.

—Y te alivió.

Noa no mintió.

—Sí.

Maia se acercó despacio.

—A mí también.

Esa admisión, simple y poco noble, las dejó más cerca.

Noa tocó su rostro.

—No quiero irme todavía.

—No te pedí que te fueras.

—Sofía llegará tarde.

Maia le sostuvo la mirada.

—No la uses como reloj.

Noa aceptó el golpe, pero esta vez no quebró la escena con culpa.

—Tienes razón.

Maia suspiró.

—Y ahora deja de tener razón cinco minutos.

Noa sonrió.

—¿Solo cinco?

Maia la besó.

—Empieza por ahí.

No fueron cinco.

La noche se extendió de otra manera: sin cruzar todavía el punto que ambas sabían que seguía esperando, pero acercándose más que antes.

Hubo besos en el sofá, manos bajo la ropa, pausas para respirar, risas breves cuando una rodilla chocó con la mesa, un vaso de agua compartido en la penumbra.

Hubo deseo sin prisa y sin inocencia. Hubo, sobre todo, momentos en los que ninguna dijo el nombre de Sofía y ninguna necesitó hacerlo para saber que seguía existiendo.

A las once y media, Noa se levantó.

Esta vez no fue por un mensaje.

Fue porque si no se iba entonces, no iba a irse.

Maia lo entendió sin que tuviera que explicarlo.

La acompañó hasta la puerta.

Noa se puso el abrigo. Tenía la camisa ordenada, pero el pelo no. Maia levantó una mano y le acomodó un mechón detrás de la oreja.

El gesto fue casi tierno.

Ambas lo sintieron.

—No hagas eso si después vas a fingir que no pasó —dijo Noa.

Maia la miró.

—No pensaba fingir.

Noa tomó su mano y la besó en la palma.

Maia no estaba preparada para ese gesto.

Se notó.

—Buenas noches —dijo Noa.

—Buenas noches.

Noa abrió la puerta.

Antes de salir, Maia habló:

—Noa.

Ella se volvió.

Maia apoyó una mano en el marco.

—La próxima vez no quiero que vengas solo cuando todo encaja.

Noa sostuvo su mirada.

—No.

—Quiero que vengas porque vas a hacer que encaje.

La frase quedó en el pasillo, clara y adulta.

Noa asintió.

—Lo haré.

Maia no pidió más.

Cerró la puerta.

Noa bajó en el ascensor con el sabor de Maia todavía en la boca y una certeza nueva en el cuerpo: la coartada ya no podía depender solo de lo que Sofía no preguntara.

Si quería seguir entrando por esa puerta, tendría que empezar a construir la mentira con sus propias manos.

Cuando llegó a casa, Sofía todavía no había vuelto.

Noa se quedó en medio del dormitorio, sorprendida por un alivio que no quiso examinar demasiado. Se duchó rápido, se cambió de ropa y dejó la camisa en el fondo del cesto, debajo de una toalla. Después fue a la cocina, bebió agua y abrió el portátil.

Cuando Sofía entró, casi a la una, encontró a Noa sentada frente a la pantalla, con un informe real abierto y varias líneas escritas.

La coartada perfecta.

—Sigues despierta —dijo Sofía desde la puerta, agotada.

Noa levantó la vista.

—Te esperaba.

Era mentira.

También era verdad.

Sofía dejó el bolso sobre una silla y caminó hasta ella. Se inclinó para darle un beso en la frente.

—Qué desastre somos.

Noa cerró los ojos un segundo bajo ese beso.

—Un poco.

—¿Trabajaste mucho?

Noa miró el informe.

—Lo suficiente.

Sofía le acarició el pelo sin fijarse demasiado en que estaba recién lavado.

—Ven a dormir.

—Voy.

Noa cerró el portátil.

Sofía fue hacia el dormitorio, quitándose los pendientes por el camino. Noa se quedó un segundo más en la cocina, con la mano sobre la tapa del portátil.

Lo que más le inquietó no fue haber mentido.

Fue haber preparado el escenario antes de que la mentira llegara.

Y haberlo hecho bien.