Capítulo 23 La coartada #2
—¿Estabas cenando?
—Estaba intentando cenar.
—Puedo irme.
Maia la miró con una paciencia fina.
—No empieces.
Noa cerró la boca.
—Hay pasta —dijo Maia—. Demasiada. Calculé mal o mi subconsciente es ridículo.
—No tienes que—
—Noa.
Ella se detuvo.
Maia apoyó las manos en la barra.
—Hoy no quiero que todo sea una negociación moral antes de que puedas sentarte. Si quieres comer, come. Si no, dime que no. Pero no conviertas una olla de pasta en una crisis.
Noa la miró.
Ahí estaba la diferencia.
Maia no estaba absolviendo nada. No estaba borrando a Sofía. No estaba fingiendo que la puerta cerrada volvía el mundo simple. Solo estaba cansada de que el deseo llegara siempre con una audiencia interna.
—Quiero comer —dijo Noa.
—Bien.
Maia sacó otro plato del armario.
Durante unos minutos hicieron algo peligrosamente normal.
Maia sirvió pasta en dos platos hondos. Noa cortó pan.
Maia buscó queso rallado y encontró muy poco, lo que generó una discusión breve sobre si una nevera podía considerarse adulta sin queso suficiente.
Noa dijo que eso dependía de la cantidad de café.
Maia respondió que esa era una opinión de alguien que vivía con una directora teatral y, por tanto, no tenía autoridad sobre alimentos prácticos.
Se sentaron en la mesa pequeña junto a la ventana.
Comieron.
No hablaron de Sofía.
No hablaron de la ficha.
No hablaron de la culpa.
Hablaron de cosas mínimas: del frío de Madrid, de una bailarina del elenco que siempre perdía una horquilla, de Mateo y su guerra contra las bandas elásticas, de que Maia todavía no entendía por qué los madrileños hablaban del tráfico como si fuera una condición filosófica.
Noa se rió de verdad por primera vez en días.
Maia la vio reír y sintió una punzada más honda que el deseo físico.
Eso era lo peligroso.
La risa. La comida. La naturalidad.
El modo en que una mentira podía producir, dentro de sí, algo parecido a una casa pequeña.
—¿Qué? —preguntó Noa.
Maia bajó la mirada al plato.
—Nada.
—No era cara de nada.
—Era cara de que comes pasta como si estuvieras evaluando su rendimiento.
Noa miró el tenedor.
—No sé comer de forma casual.
—Eso ya lo sabía.
—¿Se nota tanto?
—Te sentaste en mi casa como si fueras a pedirle permiso a la silla.
Noa sonrió.
—La silla parecía exigente.
Maia soltó una risa.
La risa le aflojó los hombros. Noa lo vio. No desde el lugar antiguo de quien lee el cuerpo para corregirlo, sino desde otro sitio más íntimo y menos útil: el deseo de verla descansar.
Cuando terminaron, Maia llevó los platos al fregadero. Noa se levantó para ayudar.
—Deja.
—Puedo lavar dos platos.
—No vine a comprobar tus competencias domésticas.
—Yo sí.
Maia la miró por encima del hombro.
—Qué valiente para alguien que no sabe si una silla la aprueba.
Noa se acercó.
La cocina era pequeña. Demasiado. Maia quedó entre la encimera y ella, con las manos mojadas bajo el grifo. Noa tomó un paño y secó el primer plato. Durante unos segundos siguieron así: Maia lavando, Noa secando, hombros rozándose apenas.
El contacto mínimo empezó a ocuparlo todo.
Maia cerró el grifo.
Noa dejó el paño sobre la encimera.
Ninguna se movió.
—Hoy no quiero hablar de lo que está mal —dijo Maia en voz baja.
Noa la miró.
—No tienes que hacerlo.
—Ya lo sé.
Maia giró hacia ella.
Tenía las manos húmedas. Noa bajó la vista a sus dedos, al agua resbalando por la muñeca, a la vena fina bajo la piel.
—Lo sé todo —continuó Maia—. Lo sabes tú. Lo sabemos las dos. Hoy no quiero repetirlo para sentirnos menos culpables.
Noa no respondió.
Maia levantó una mano mojada y tocó el primer botón de su camisa.
—Hoy quiero que estés aquí.
El cuerpo de Noa cambió antes que su expresión.
—Estoy aquí.
—No del todo.
Maia desabrochó el botón.
Noa respiró hondo.
—Maia.
—No digas mi nombre como advertencia.
—No era advertencia.
—Entonces úsalo mejor.
Noa la besó.
Esta vez no hubo choque contra un coche ni interrupción de una pantalla.
Noa la besó en la cocina, con el olor a tomate todavía en el aire y las manos de Maia húmedas contra su cuello.
Fue un beso menos desesperado que el primero y menos contenido que el del sofá. Tenía algo nuevo: hambre sin pánico.
Maia respondió abriéndose hacia ella con una facilidad que la sorprendió. No porque no quisiera, sino porque durante semanas había imaginado que el deseo tendría siempre la forma de una batalla. Esa noche, en cambio, fue una caída más suave. Una rendición sin inocencia.
Noa la tomó de la cintura y la giró apenas hasta apoyarla contra la encimera.
Maia sonrió contra su boca.
—Mira eso. La directora sabe improvisar.
—No soy directora.
—Ahora no sé qué eres.
—Yo tampoco.
Maia le mordió apenas el labio inferior.
—Bien.
Noa dejó de hablar.
Sus manos subieron por la espalda de Maia, por encima de la camiseta primero, debajo después.
La piel estaba caliente. Maia cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, dejando expuesto el cuello.
Noa la besó allí, despacio, sin preguntar cada vez, atenta de todos modos.
Esa diferencia importaba. No era permiso verbal repetido hasta romper la escena. Era escucha.
Maia lo sintió.
Y se dejó.
Sus dedos abrieron la camisa de Noa con menos paciencia que la noche anterior. Esta vez Noa no intentó ayudar. La dejó hacer. Maia deslizó las manos sobre su pecho, por encima de la ropa interior, y la respiración de Noa se quebró de una forma que le encendió algo bajo la piel.
—Así que también pierdes el control en silencio —murmuró Maia.
Noa apoyó la frente contra su hombro.
—No provoques.
—¿Por qué?
Noa levantó la vista.
—Porque funciona.
Maia sonrió.
Esa sonrisa fue distinta. Más abierta. Más adulta. Más peligrosa porque ya no se defendía con una frase moral, sino con deseo.
Noa volvió a besarla.
La levantó apenas para sentarla sobre la encimera.
Maia soltó un sonido breve de sorpresa, luego una risa baja, y rodeó la cintura de Noa con las piernas.
No era cómodo. La encimera estaba fría, la cocina era pequeña, había una taza demasiado cerca del borde y la vida real tenía la mala costumbre de no organizarse para el erotismo.
Eso lo volvió mejor.
Noa apartó la taza sin dejar de besarla.
Maia se rió contra su boca.
—Prioridades.
—Era una taza fea.
—Era portuguesa.
—Entonces era una taza importante.
Maia la atrajo de nuevo.
La risa se deshizo rápido.
Noa besó el borde de su mandíbula, el cuello, la clavícula visible bajo la camiseta. Maia cerró los dedos en su cabello y la guio sin palabras. Noa entendió. O creyó entender. Bajó la boca un poco más, hasta donde la tela lo permitía, y Maia respiró con una profundidad que le hizo cerrar los ojos.
No llegaron más lejos.
No todavía.
No porque no quisieran.
Porque el deseo, cuando dejó de ser una urgencia desesperada, reveló otra cosa: podían demorarse. Podían tocarse sin convertir cada gesto en una carrera contra la culpa. Podían, por unos minutos, disfrutar sin explicarse.
Maia apoyó la frente contra la de Noa.
—Esto sí —dijo.
Noa abrió los ojos.
—¿Esto?
—Esto. Que no parezca una audiencia. Que no parezca una disculpa. Que no me mires como si cada beso necesitara una nota al pie.
Noa soltó una risa baja.
—Intentaré besar sin notas al pie.
—Haz un esfuerzo. Sé que para ti es duro.
Noa le pasó el pulgar por la cintura, justo donde la camiseta se había levantado.
Maia dejó de sonreír.
—Eso también funciona.
Noa la miró.
—Lo sé.
La frase, en otra boca, habría sonado arrogante. En Noa sonó a descubrimiento. Maia sintió que la ternura volvía a mezclarse con el deseo y decidió no defenderse de ninguna de las dos cosas.
La besó otra vez.
Esta vez más lento.
Después bajó de la encimera, no para alejarse, sino para llevarla de la mano hacia el salón. Noa la siguió. En el camino, Maia apagó la luz de la cocina. La lámpara del sofá dejó el apartamento en una penumbra cálida.
Noa se detuvo al borde de la alfombra.
—¿Estás segura?
Maia giró hacia ella.
—No uses esa pregunta para asustarte.
—No lo hago.
—Entonces sí. Estoy segura de esto.
—¿De esto?
Maia se acercó, le tomó la camisa abierta con ambas manos y la atrajo hasta que sus bocas quedaron a un pensamiento de distancia.
—De no pensar hasta el final de la noche.
Noa cerró los ojos un segundo.
—Puedo hacer eso.
Maia sonrió.
—No, no puedes. Pero quiero verte intentarlo.
La empujó suavemente hacia el sofá.
Noa cayó sentada.
Maia se sentó sobre sus piernas, a horcajadas, con una seguridad que no había tenido la noche anterior.
Noa la sostuvo de la cintura. Durante un instante se miraron sin tocarse más.
El deseo no necesitaba correr; ya estaba en la habitación, en la respiración de ambas, en la forma en que Noa no apartaba los ojos de su boca.
—No digas nada —susurró Maia.
Noa negó apenas.
Maia la besó.
El mundo se redujo a eso.