Capítulo 23 La coartada
Sofía encontró la primera coartada antes de que Noa tuviera que inventarla.
Fue al otro lado de la mesa, con una taza de café en la mano, el cabello todavía húmedo y una carpeta abierta junto al plato. La mañana entraba por la cocina en una luz pálida, casi azulada, que hacía parecer todo más limpio de lo que era.
—Hoy voy a llegar tarde otra vez —dijo Sofía—. Valeria consiguió una reunión con producción después del ensayo. Quiere cerrar números antes de que alguien vuelva a cambiar de opinión y nos incendie el presupuesto.
Noa untaba mantequilla en una tostada.
El cuchillo se detuvo apenas.
—¿Muy tarde?
—Lo suficiente para que no me esperes con cena heroica.
Noa bajó la mirada al plato.
—Podría pasar por el teatro después.
—No.
La rapidez de la respuesta la obligó a mirarla.
Sofía sonrió, cansada, sin sospecha.
—No por nada. Solo que ya te conozco. Vienes, te quedas mirando el escenario como si fueras a diagnosticarle una hernia a la escenografía y terminas hablando con alguien de producción sobre ritmos de descanso. Quédate en tu mundo hoy. Yo sobrevivo en el mío.
Noa dejó el cuchillo junto al plato.
—Vale.
Sofía bebió café, hizo una mueca porque estaba demasiado caliente y volvió a las notas. Tenía un círculo rojo alrededor de una escena del segundo acto y varias palabras escritas en el margen: luz baja, entrada limpia, Maia espera.
Maia espera.
Noa vio el nombre antes de poder evitarlo.
Sofía siguió hablando, ajena al movimiento interno que acababa de provocar.
—Ayer estuvo mejor. Mucho más dentro del tiempo. Hay algo que se le está asentando en el cuerpo. Como si por fin hubiera dejado de pelear contra la obra.
Noa sostuvo la taza entre las manos.
—Eso es bueno.
—Es buenísimo. La necesitaba así.
La necesitaba.
Noa sintió la frase como una presión suave y exacta.
Sofía levantó la vista.
—Tú también estás rara.
Noa no se sobresaltó. Ya había aprendido que el sobresalto delata más que la mentira.
—Dormí mal.
—Otra vez.
—Sí.
—¿Centro?
—Un poco.
Sofía la miró con esa mezcla de amor y fastidio que llevaba años usando para sus obsesiones laborales.
—Te vas a fundir.
Noa casi sonrió.
—No sería rentable.
—Lo digo en serio.
—Lo sé.
Sofía extendió la mano por encima de la mesa y le rozó los dedos. Fue un gesto breve, doméstico, casi automático. Noa lo aceptó sin moverse.
—Hoy descansa —dijo Sofía—. Aunque sea una hora. No todo se sostiene porque tú lo controles.
La frase podría haber sido casual.
Quizá lo era.
Noa sintió, de todos modos, que el aire de la cocina se estrechaba.
—Lo intentaré.
Sofía apretó sus dedos y luego soltó la mano para volver a las notas.
La confianza, pensó Noa, no hacía ruido cuando empezaba a romperse.
Ese era su horror.
Que todo siguiera sonando igual.
En el centro, Noa llegó antes de tiempo y trabajó como si la eficacia pudiera absolverla.
Revisó informes atrasados, firmó autorizaciones, corrigió una planificación de carga para un corredor con tendinopatía y rechazó una llamada de un proveedor porque sabía que, si hablaba con alguien que no fuera estrictamente necesario, su voz podía fallarle en el lugar menos conveniente.
Mateo apareció cerca del mediodía con una tablet y la expresión de quien venía a decir algo que no le habían pedido.
—No quiero alarmarte —dijo—, pero llevas cuatro horas siendo extraordinariamente productiva. Eso suele preceder a una catástrofe.
Noa no levantó la vista del informe.
—O a una mañana de trabajo.
—No exageremos.
—¿Qué necesitas?
Mateo apoyó la tablet sobre la mesa.
—Agenda de la semana. Cambié la sesión del jueves a las siete porque el paciente de las seis pidió adelantar. También bloqueé el viernes de ocho a nueve para mantenimiento de sala.
Noa miró la pantalla.
—¿Mantenimiento?
—El suelo de la zona funcional hace un ruido raro. No quiero que nadie se mate haciendo zancadas laterales.
—Bien.
Mateo la observó.
—¿Eso fue una aprobación real o estás usando mi voz como ruido de fondo?
—Fue real.
—Milagro.
Noa firmó digitalmente el cambio y le devolvió la tablet.
Mateo no se fue.
—Tienes el cuello rojo.
La mano de Noa subió antes de que pudiera evitarlo.
Mateo arqueó una ceja.
—No he dicho que sea grave. Solo que tienes el cuello rojo.
—Me rasqué.
—No pregunté.
Noa bajó la mano.
—Entonces no lo comentes.
—Tampoco dije que no fuera a comentarlo.
La tensión duró un segundo.
Después Mateo suspiró.
—Rivas, no soy tu cura ni tu padre ni tu abogado. Pero algo te está pasando y estás intentando convertirlo en rendimiento administrativo. Eso nunca termina bien.
Noa cerró el informe.
—No todo lo que pasa necesita ser hablado en el centro.
—Correcto. Solo procura que no termine explotando dentro del centro.
Noa sostuvo su mirada.
Había demasiada puntería en la frase para ser casual. Pero Mateo no sabía. No podía saber.
Quizá el problema era que ya no hacía falta saber para notar.
—Estoy bien —dijo Noa.
Mateo soltó una risa seca.
—Esa palabra debería estar prohibida por convenio.
Noa casi sonrió, pero no llegó.
Mateo se fue.
Cuando la puerta se cerró, Noa tomó el móvil del cajón.
El chat de Maia estaba donde lo había dejado la noche anterior.
No había mensajes nuevos.
Eso era lo acordado. Maia no perseguía. Maia no llenaba silencios. Maia no venía a comprobar que Noa siguiera allí después de haberle pedido que entrara en su casa y luego haberse ido con la camisa mal abrochada y una mentira esperando.
Noa escribió:
Noa: Hoy quiero verte.
No lo envió.
Miró la frase.
Era cierta.
También insuficiente.
La borró.
Escribió:
Noa: Sofía llega tarde.
La borró casi con violencia.
No. No podía convertir a Sofía en una disponibilidad horaria. No podía reducir la confianza de su pareja a una ventana logística, aunque eso fuera exactamente lo que estaba haciendo.
Apoyó el móvil sobre la mesa.
Respiró.
Volvió a escribir.
Noa: Quiero verte esta noche. No porque tenga un hueco. Porque quiero.
Esta vez envió.
En el teatro, Maia recibió el mensaje durante una pausa de iluminación.
Estaba sentada en el borde del escenario, con una pierna colgando hacia la platea y la otra doblada contra el pecho.
Llevaba una camiseta negra de ensayo, el cabello recogido alto y una toalla sobre los hombros.
Sofía hablaba con el técnico desde la cuarta fila, señalando la parrilla de luces con el lápiz.
Valeria revisaba una lista en la tableta, de pie junto al pasillo central.
Maia leyó el mensaje una vez.
Después bloqueó la pantalla y la apoyó boca abajo sobre la madera.
No respondió.
No todavía.
No porque quisiera castigar a Noa, sino porque necesitaba escuchar primero lo que el cuerpo hacía con esa frase.
Quiero verte esta noche. No porque tenga un hueco. Porque quiero.
Era una mejora.
Una mejora peligrosa.
—¿Agua? —preguntó una voz.
Maia levantó la mirada.
Sofía estaba al borde del escenario, con una botella extendida hacia ella.
—Gracias.
La tomó sin poder evitar fijarse en la mano de Sofía. Dedos largos, una pequeña mancha de tinta cerca del pulgar, uñas cortas, piel seca por el frío. Una mano real. No una idea. No una consecuencia abstracta.
Sofía se sentó a su lado con un suspiro.
—Estoy envejeciendo en tiempo teatral. Cada ensayo son tres años.
Maia bebió un trago.
—Todavía te queda dignidad.
—Qué alivio. La dignidad es baratísima de producir.
Maia sonrió.
El humor salió fácil.
Eso la incomodó.
Sofía miró hacia el escenario vacío.
—Hoy estás mejor.
—Ayer estaba dispersa.
—Lo noté.
Maia bajó la botella.
—Lo siento.
—No quiero que lo sientas. Quiero que lo uses. Si estás dispersa, que la dispersión entre en escena. No luches contra todo como si el cuerpo tuviera que pedirte permiso para existir.
La frase entró demasiado hondo.
Maia miró la madera bajo sus pies.
—A veces el cuerpo no pide permiso.
Sofía soltó una risa leve.
—No, casi nunca. Por eso es más inteligente que nosotras.
Maia giró apenas hacia ella.
Sofía estaba cansada, sí, pero no rota. Seguía teniendo esa luz de mando tranquilo, esa capacidad de hacer que una indicación pareciera también una forma de cuidado.
Maia entendió con una claridad incómoda por qué Noa la amaba.
No por obligación, no por historia, no por costumbre. Había mucho que amar en Sofía.
Eso no apagó el deseo.
Solo lo volvió menos inocente.
Valeria llamó desde la platea.
—Sofía, producción te pide cinco minutos. Prometen que son cinco, así que calculo cuarenta.
Sofía puso los ojos en blanco.
—Voy.
Antes de bajar del escenario, tocó la rodilla de Maia apenas, un gesto rápido, de directora a intérprete, de confianza a confianza.
—No te enfríes.
Maia sintió el contacto como una deuda.
—No.
Sofía bajó.
Maia esperó a que se alejara antes de tomar el móvil.
Respondió:
Maia: Ven después de las nueve y media.
Lo pensó.
Agregó:
Maia: Pero no me escribas desde una frase donde Sofía sea la coartada invisible.
Noa respondió varios minutos después.
Noa: Lo sé.
Maia miró la pantalla.
No era suficiente. Pero no pidió más.
Porque también quería.
Y esa era su parte.
A las nueve y cuarenta y tres, Noa llamó al timbre.
Maia abrió sin preguntar quién era.
Esta vez Noa no se quedó demasiado tiempo del otro lado de la puerta.
Tampoco entró con la lentitud casi ceremoniosa de la primera vez.
Cruzó el umbral, se quitó el abrigo y lo dejó en la silla junto a la entrada, como si recordara el lugar, como si el apartamento ya hubiera empezado a formar una pequeña memoria para ambas.
Maia cerró la puerta.
—Llegas tarde.
—Diez minutos.
—Trece.
Noa la miró.
—¿Estabas contando?
—No me hagas quedar peor de lo que ya estoy.
La frase tuvo una ligereza nueva.
Noa sonrió, apenas.
Maia llevaba pantalones de algodón gris y una camiseta blanca, el cabello suelto, la cara limpia. No parecía preparada para seducir a nadie. Eso la hacía más difícil de mirar sin deseo.
—Hola —dijo Noa.
—Hola.
No se tocaron enseguida.
El apartamento estaba más cálido que la vez anterior. Había una lámpara encendida junto al sofá, dos tazas sobre la barra y una olla pequeña en la cocina. Olía a tomate, ajo y algo tostado.
Noa miró hacia la cocina.