Capítulo 22 La puerta de Maia #3
Maia cerró los ojos un momento.
—No quiero que esto se vuelva una historia donde tú eres la culpable y yo la arrastrada por tu deseo. No me interesa esa comodidad.
—No te veo así.
—Bien. Porque no lo soy.
Noa la miró con una intensidad tranquila.
—Lo sé.
Maia volvió hacia ella.
—Pero tampoco quiero ser yo la que siempre recuerde los límites.
—No lo serás.
—Hoy los recordé yo.
—Hoy te detuviste tú —corrigió Noa—. Los límites los cruzamos las dos.
La frase se quedó entre ellas.
Maia la aceptó.
Noa levantó una mano y le apartó un mechón de la cara. El gesto fue pequeño. Demasiado íntimo. Maia sintió que ese tipo de contacto podía hacer más daño que el deseo puro, porque no tenía la defensa de lo urgente.
—No hagas eso —murmuró.
Noa retiró la mano enseguida.
—Perdón.
—No. No porque esté mal.
—¿Entonces?
Maia miró su boca.
—Porque me gusta demasiado.
Noa no se movió.
La honestidad de Maia seguía llegando como golpes breves, sin ornamento. Noa entendió que esa era una de las formas en que Maia se protegía: diciendo la verdad antes de que la verdad se volviera una trampa.
—A mí también —dijo Noa.
Maia la besó otra vez.
Más breve.
Más lento.
Sin promesa de detenerse para siempre ni de seguir hasta el final. Solo un beso que reconocía que lo anterior no había sido suficiente y que esa insuficiencia era ya una forma de vínculo.
El móvil de Noa vibró sobre la mesa.
Ambas se quedaron quietas.
Noa no miró de inmediato.
Volvió a vibrar.
Maia apartó la mano de su cintura.
—Mira.
Noa tomó el móvil.
Sofía.
El nombre iluminó la habitación con una crudeza que ninguna lámpara tenía.
Noa leyó el mensaje.
Sofía: Salgo ahora. Valeria me acerca. ¿Tú estás en casa?
Noa no respondió enseguida.
Maia se incorporó en el sofá. Se acomodó el jersey. No dijo nada.
Noa sintió que ahí, en ese segundo, la mentira dejaba de ser una idea y volvía a pedir trabajo.
Escribió:
Noa: Estoy terminando unas cosas del centro. Voy en un rato. ¿Todo bien?
La respuesta llegó rápido.
Sofía: Sí. Muerta. Te veo en casa.
Noa dejó el móvil sobre la mesa.
La habitación pareció más chica.
Maia miró sus propias manos.
—Tienes que irte.
Noa quiso decir que no. Que podía quedarse un poco más. Que Sofía no llegaría de inmediato. Que todavía había tiempo.
Todas esas frases eran posibles.
Todas eran miserables.
—Sí —dijo.
Se levantó.
Abrocharse la camisa frente a Maia resultó más íntimo que desabrochársela. Noa lo hizo con dedos lentos, evitando convertir la escena en algo torpe. Maia también se levantó y recogió el abrigo del suelo. Se lo tendió.
Noa lo tomó.
Ninguna bromeó.
En la puerta, Noa se detuvo.
—Pasado mañana…
Maia negó con la cabeza.
—No hagas agenda en mi puerta.
Noa cerró la boca.
Maia respiró hondo.
—Escríbeme cuando quieras verme. No cuando tengas un hueco.
Noa sostuvo su mirada.
—Quiero verte.
Maia sintió la frase en el cuerpo, pero no sonrió.
—Ahora tienes que irte.
Noa asintió.
Abrió la puerta.
Antes de cruzar, volvió hacia Maia.
—Gracias por dejarme entrar.
Maia la miró con una tristeza breve.
—No me agradezcas como si esto fuera un favor.
Noa aceptó el golpe.
—Buenas noches, Maia.
—Buenas noches, Noa.
La puerta se cerró entre ambas.
Maia permaneció inmóvil hasta que escuchó el ascensor.
Luego apoyó la espalda contra la puerta y cerró los ojos.
El apartamento olía a Noa.
A lluvia, a abrigo húmedo, a piel caliente, a una mentira recién escrita.
Maia caminó hasta el sofá y miró el lugar donde habían estado. La camisa abierta de Noa seguía en su cabeza. También la pantalla del móvil iluminándose con el nombre de Sofía.
No eran dos escenas separadas.
Ese era el problema.
Eran la misma.
En el coche, Noa condujo hacia casa con la camisa bien abrochada y el abrigo cerrado hasta el cuello.
No había pasado nada completo.
Esa frase intentó aparecer.
Noa no la dejó.
Había pasado suficiente.
Había entrado en la casa de Maia. Había besado su boca, tocado su piel, escuchado su respiración cambiar bajo sus manos. Había mentido a Sofía desde el sofá de otra mujer.
No necesitaba más pruebas.
Al llegar, encontró la casa en penumbra. Sofía ya estaba en el dormitorio, sentada en la cama con el portátil sobre las piernas y el cabello todavía húmedo de la ducha.
—Llegaste —dijo sin levantar demasiado la vista.
—Sí.
—¿Centro eterno?
—Algo así.
Sofía cerró el portátil y lo dejó sobre la mesilla.
—Ven. Estoy agotada.
Noa se quitó el abrigo, lo colgó con cuidado y entró al baño para lavarse las manos.
El espejo le devolvió una cara casi normal.
Casi.
Se mojó la nuca. Se revisó el cuello. Se pasó los dedos por el pelo hasta ordenarlo. Después volvió al dormitorio.
Sofía ya estaba acostada.
Noa apagó la luz y se metió en la cama.
Durante unos segundos no pasó nada.
Después Sofía, medio dormida, buscó su mano bajo las sábanas.
Noa se la dio.
La mano de Sofía estaba tibia.
La de Maia todavía le ardía en la memoria.
Noa miró la oscuridad.
La mentira ya no había empezado.
La mentira tenía una puerta, una hora, una dirección permitida y un sofá donde el deseo había aprendido a detenerse solo para volver mejor.