El nuevo plano Capítulo 22 La puerta de Maia #2
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Capítulo 22 La puerta de Maia #2

—¿Vas a escribirme como si nada? ¿O a desaparecer porque fuiste demasiado lejos?

—No.

—Noa.

—No —repitió, y esta vez dio un paso hacia ella—. No voy a pedirte que seas la consecuencia de mi miedo. No voy a venir aquí para después tratarte como un error.

Maia la miró.

—Ya me dijiste eso en una cafetería.

—Hoy te lo digo en tu casa.

La diferencia pesó.

Noa siguió acercándose hasta quedar al otro lado de la barra, sin tocarla.

—No tengo una solución limpia —dijo—. No tengo una promesa que no sea falsa. No puedo darte algo ordenado esta noche. Pero sí puedo decirte que vine porque quise. Porque lo pensé todo el día. Porque pude no venir y vine igual.

Maia tragó saliva.

—Eso debería asustarme más.

—A mí me asusta.

—No lo parece.

—Estoy intentando no convertir cada miedo en una puerta cerrada.

Maia bajó la mirada a la boca de Noa.

El gesto fue mínimo.

Noa lo vio.

Durante un segundo, ninguna se movió.

Después Maia rodeó la barra.

Noa no avanzó. La esperó.

Eso también fue nuevo.

Maia se detuvo frente a ella, tan cerca que el abrigo de Noa rozó su jersey.

—No quiero ser buena esta noche —dijo Maia en voz baja.

La frase le salió con una honestidad casi amarga.

Noa cerró los ojos un instante.

—Yo tampoco.

Maia la besó primero.

Fue distinto al beso contra el coche. No tuvo la violencia del desborde inicial ni el frío de la noche alrededor. Tuvo algo más íntimo y por eso más peligroso: una puerta cerrada, una casa real, el calor de una lámpara baja, la certeza de que nadie las había empujado hasta allí.

Noa respondió con una lentitud contenida al principio, como si quisiera recordar todas las condiciones que habían puesto antes de romperlas.

Maia se cansó de esa prudencia en menos de diez segundos.

Le tomó el rostro con ambas manos y profundizó el beso, obligándola a dejar el cuidado excesivo y entrar en el cuerpo.

Noa soltó el aire contra su boca.

Ahí cambió todo.

El abrigo cayó al suelo.

Maia no supo cuál de las dos lo quitó. Solo sintió las manos de Noa en su cintura, luego en su espalda, firmes, abiertas, no evaluando nada. Maia retrocedió hasta que las piernas tocaron el borde del sofá. Noa se detuvo.

—¿Está bien? —preguntó, con la voz rota.

Maia la miró casi con rabia.

—Si me preguntas eso cada diez segundos, voy a echarte.

Noa soltó una risa baja, sorprendida.

—Perdón.

—No pidas perdón tampoco.

—Entonces estoy sin recursos.

—Por fin.

Maia tiró de ella hacia el sofá.

Cayeron sentadas, demasiado cerca, torpes por primera vez. Eso abrió una risa breve entre ambas, algo humano, casi liviano, que duró lo mismo que tardó Noa en besarle el cuello.

Maia dejó de reír.

La mano de Noa subió por debajo del jersey, despacio, hasta encontrar la piel de su espalda. Maia arqueó apenas el cuerpo, no por técnica ni por defensa, sino porque el contacto le cruzó la columna de una forma inmediata. Cerró los dedos en la camisa de Noa y tiró de ella.

—Noa.

Esta vez el nombre no pedía pausa.

Noa lo entendió.

Besó la línea de su mandíbula, el hueco bajo la oreja, el pulso visible en el cuello.

Maia inclinó la cabeza y cerró los ojos.

La habitación se volvió demasiado pequeña para todo lo que había contenido durante semanas.

Camillas, espejos, pautas, correcciones, frases medidas, distancia profesional: todo parecía haber desembocado en la presión de esa mano sobre su piel.

Noa la recostó contra el sofá.

Maia la dejó.

Esa entrega parcial, consciente, sin inocencia, golpeó a Noa más que cualquier urgencia. La miró un segundo desde arriba, con una expresión que no sabía si era deseo o asombro.

Maia abrió los ojos.

—No me mires como si no supieras cómo llegaste aquí.

Noa apoyó una mano junto a su cabeza.

—Sé cómo llegué.

—Entonces bésame.

Noa obedeció.

El beso perdió estructura. Maia le desabrochó los primeros botones de la camisa con dedos impacientes. Noa se separó apenas para ayudarla, pero Maia le apartó la mano.

—Yo.

La palabra fue simple.

Noa se quedó quieta.

Maia abrió un botón, luego otro. Vio piel. Vio la respiración rápida de Noa. Vio, cerca de la clavícula, una marca casi invisible que podía ser suya o del azar.

La tocó con el pulgar.

Noa cerró los ojos.

—Sofía no ve esto —dijo Maia.

Noa abrió los ojos.

La frase no fue reproche. Fue un golpe de realidad metido en medio del deseo.

—No —dijo Noa.

—Pero existe igual.

—Sí.

Maia dejó la mano sobre su pecho.

Durante un segundo el deseo no desapareció, pero cambió de forma. Dejó de ser una fuga. Se volvió una decisión con todos sus bordes.

—No quiero detenerme por culpa —dijo Maia.

Noa tragó saliva.

—¿Y por qué quieres detenerte?

Maia sostuvo su mirada.

—Porque si seguimos, no quiero que sea en un sofá, con tu camisa a medias, como si estuviéramos robándole diez minutos a una vida que no miramos de frente.

Noa se quedó inmóvil.

El cuerpo le pedía exactamente lo contrario.

Pero entendió.

No era rechazo.

Era peso.

Maia no estaba cerrando la puerta. Estaba impidiendo que la primera vez que entraran en su casa se volviera un arrebato mal escondido entre dos cojines.

Noa bajó la frente hasta apoyarla en el hombro de Maia.

Respiró ahí.

Maia llevó una mano a su nuca.

—No sé cómo hacer esto bien —murmuró Noa.

—No creo que exista una forma buena.

—Entonces menos mal que somos brillantes.

Maia soltó una risa breve contra su pelo.

—No uses humor español para evitar una crisis.

—Era humor gallego, técnicamente.

—Peor.

Noa se apartó apenas. Tenía los labios marcados, la camisa abierta, el pelo más suelto. Maia la miró y sintió una punzada de ternura que le resultó casi más peligrosa que el deseo.

Noa le acarició el costado con el pulgar, una vez.

—Quiero quedarme un rato —dijo.

Maia la observó.

—¿Sin convertirlo en una escena de huida?

—Lo intentaré.

—No prometas intentos. Quédate.

Noa asintió.

Se acomodaron en el sofá con una torpeza extraña, como si el cuerpo supiera demasiado y la vida demasiado poco. Maia quedó de lado, las piernas recogidas, Noa junto a ella, una mano apoyada en su cintura por encima del jersey. No era inocente. Tampoco era suficiente. Era una pausa cargada.

Durante un rato no hablaron.

La lluvia golpeaba apenas la ventana. Un coche pasó por la calle. En algún piso vecino alguien arrastró una silla. Madrid siguió viviendo alrededor de ellas con una indiferencia casi ofensiva.

—¿Qué le dijiste? —preguntó Maia al cabo de un tiempo.

Noa no necesitó preguntar quién.

—Nada. Sofía tenía ensayo largo. Dijo que cenáramos mañana.

—Y eso te dejó libre.

—Sí.

Maia miró la lámpara.

—Qué palabra horrible.

Noa cerró los dedos apenas sobre su cintura.

—Lo sé.

—No estás libre.

—No.

—Yo tampoco.

Noa giró la cabeza hacia ella.

—¿Por Valeria?

—Por Sofía también.

Noa guardó silencio.

Maia siguió:

—No en el mismo lugar que tú. No del mismo modo. Pero ella me mira todos los días desde la platea. Me corrige. Confía en que estoy dentro de su obra, no dentro de su vida de esta manera.

—Lo sé.

—Y aun así aquí estamos.

Noa no suavizó la verdad.

—Sí.