El nuevo plano Capítulo 22 La puerta de Maia
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Capítulo 22 La puerta de Maia

Noa no le escribió al día siguiente.

No preguntó por la pierna. No preguntó por el ensayo. No mandó una frase correcta con apariencia de cuidado.

Durante veinticuatro horas dejó el móvil boca abajo sobre la mesa cada vez que el impulso de abrir el chat le subía por los dedos.

El gesto era casi ridículo: como si bastara con no ver la pantalla para no sentirla.

Pero funcionó lo suficiente para mantener la promesa mínima.

O, al menos, para no romperla en la primera curva.

El miércoles amaneció con una lluvia fina, de esa que no limpiaba la ciudad sino que la volvía más brillante y más fría.

Noa salió temprano hacia el centro, condujo en silencio y llegó antes que Mateo.

Encendió luces, revisó correos, abrió informes que no necesitaban revisión y corrigió dos veces el mismo protocolo de seguimiento hasta que las palabras dejaron de significar algo.

A las nueve y doce, Mateo entró con dos cafés y la observó desde la puerta.

—Eso que estás haciendo con el ratón no puede ser sano.

Noa no levantó la vista.

—Estoy trabajando.

—Estás abriendo y cerrando la misma pestaña como si en algún momento fuera a confesarte un crimen.

Noa soltó el aire por la nariz.

—Buenos días, Mateo.

—No estoy seguro.

Él dejó uno de los cafés sobre la mesa y se sentó sin pedir permiso, como hacía siempre que sospechaba que pedir permiso sería inútil.

—Hoy tienes reunión con dirección a las seis —dijo—. Real, esta vez. No inventada por tu ansiedad.

Noa tomó el café.

—Lo sé.

—Y después tenías cena con Sofía, ¿no?

La mano de Noa se detuvo apenas sobre la taza.

Mateo lo notó.

Mateo notaba demasiado.

—Sí —respondió ella—. Supongo.

—“Supongo” no suele ser una categoría de agenda.

—Sofía tiene ensayo largo. Quizá lo dejamos para otro día.

—Ajá.

Noa lo miró.

—No hagas eso.

—¿Qué cosa?

—Ese sonido.

—¿Cuál? ¿El sonido de alguien que tiene ojos?

—Mateo.

Él levantó las manos.

—No sé nada. No quiero saber nada. Pero llevas dos días con cara de haber metido la mano en un enchufe y estar intentando convencer al enchufe de que fue un accidente laboral.

Noa miró el café.

—Estoy cansada.

—Esa palabra está haciendo muchas horas extra últimamente.

Noa no contestó.

Mateo la estudió unos segundos más. Después, por una vez, decidió no empujar.

—Solo una cosa —dijo, levantándose—. Si vas a hacer algo estúpido, no lo hagas desde el correo institucional.

Noa lo miró, demasiado rápido.

Mateo sonrió sin alegría.

—Era una broma, Rivas.

—No tiene gracia.

—Lo sé.

Se fue antes de que ella pudiera decir algo más.

Noa se quedó sola con el café intacto y una punzada incómoda en el estómago. No era miedo a que Mateo supiera. Era miedo a lo poco que hacía falta para que alguien empezara a notar que algo no estaba donde debía.

A las once recibió un mensaje de Sofía.

Sofía: Hoy se alarga. Valeria acaba de decir “tenemos que hablar de presupuesto” con esa voz que anuncia muerte. Mejor cenamos mañana, ¿sí?

Noa leyó el mensaje una vez.

Luego otra.

La coartada volvió a caerle en las manos sin que tuviera que construirla.

Esa facilidad ya no la sorprendió.

Eso también era parte del problema.

Noa: Claro. Avísame cuando salgas. ¿Quieres que te busque?

La respuesta llegó enseguida.

Sofía: No, amor. Me voy con Valeria. Tú descansa o haz eso que llamas descansar y que en realidad es mirar números.

Noa apoyó el teléfono contra la mesa y cerró los ojos.

Amor.

Había palabras que no se rompían aunque una empezara a traicionarlas. Seguían ahí, enteras, confiadas, con su peso habitual. Quizá por eso dolían más.

Noa no le escribió a Maia.

Todavía no.

Esperó hasta las cinco y media, cuando la tarde ya se había vuelto oscura detrás del ventanal del despacho y el centro empezaba a vaciarse. Entonces abrió el chat y escribió una sola línea:

Noa: Sigo queriendo verte.

No agregó hora. No agregó permiso. No agregó disculpa.

La respuesta de Maia llegó diez minutos después.

Maia: Después de las nueve.

Noa miró la pantalla.

Noa: ¿Sigue en pie tu casa?

Esta vez Maia tardó más.

Maia: Sí. Pero entra porque te invité. No porque sabes dónde vivo.

Noa sintió la frase en el cuerpo.

Noa: Lo sé.

Maia respondió:

Maia: 21:30.

Después nada.

Noa dejó el móvil boca abajo.

A las seis entró a la reunión con dirección y habló durante cuarenta minutos sobre rendimiento, presupuesto, ampliación de horarios y protocolos de seguimiento.

Su voz sonó clara. Sus respuestas, precisas.

Nadie habría adivinado que, mientras explicaba la optimización de recursos del centro, una parte de ella contaba el tiempo que faltaba para entrar en el apartamento de Maia.

Esa división le resultó monstruosa.

Y eficaz.

Maia pasó la tarde intentando no preparar la casa.

Falló.

No de una forma evidente. No encendió velas ni eligió música ni convirtió el apartamento en una escena esperando a Noa.

Eso le habría parecido humillante. Pero ordenó la mesa dos veces, lavó una taza que ya estaba limpia y quitó del sofá una chaqueta que llevaba allí desde el lunes.

Después la volvió a dejar en el respaldo de una silla, porque el piso demasiado ordenado parecía una confesión.

Su apartamento no era grande. Tenía paredes altas, suelo antiguo de madera, una ventana estrecha hacia la calle y una cocina pequeña conectada al salón por una barra donde siempre había fruta, libretas, tazas desparejadas y bolsas de hielo reutilizables.

En una esquina, junto al sofá, había una esterilla enrollada, una pelota de masaje y una banda elástica que todavía conservaba la memoria del centro.

Maia la miró durante demasiado tiempo.

Luego la guardó en un cajón.

No quería que Noa entrara y encontrara una excusa.

A las ocho y cuarenta, se duchó.

A las ocho y cincuenta y cinco, se arrepintió de haberse duchado.

A las nueve, se puso unos pantalones negros amplios y una camiseta gris sin mangas debajo de un jersey fino. Se miró al espejo del dormitorio y se quitó el jersey. Volvió a ponérselo. Se recogió el pelo. Se lo soltó. Se rió de sí misma con una irritación seca.

No era una adolescente.

No era una amante experimentada.

No sabía qué era en esa escena.

Eso la molestó.

El móvil vibró sobre la cama.

Valeria: ¿Estás viva o estás haciendo esa cosa portuguesa de desaparecer en silencio?

Maia sonrió apenas.

Maia: Viva.

Valeria: Respuesta sospechosamente breve.

Maia no respondió.

A los pocos segundos llegó otro mensaje.

Valeria: No voy a preguntar. Pero si vas a hacer algo, que no sea porque ella volvió a quedarse sin aire.

Maia se sentó en el borde de la cama.

Leyó la frase varias veces.

Después escribió:

Maia: Esta vez ella pidió venir.

Valeria tardó.

Valeria: Entonces que entre sabiendo dónde está entrando.

Maia miró alrededor. Su cama sin hacer del todo. La lámpara baja. Las zapatillas junto al armario. La cocina con una taza limpia sobre la barra. Su vida, pequeña y provisional, pero suya.

Maia: Eso intento.

No esperó respuesta.

A las nueve y veintisiete sonó el timbre.

Maia no se movió al principio.

No porque dudara.

Porque necesitaba sentir el peso de esos tres segundos antes de abrir.

Después caminó hacia la puerta y descolgó el portero.

—¿Sí?

La voz de Noa llegó baja, distorsionada por el aparato.

—Soy yo.

Maia cerró los ojos.

Yo.

Como si todavía fuera una palabra segura.

—Sube.

Abrió el portal.

El tiempo que tardó el ascensor en llegar al cuarto piso fue absurdo. Maia pudo escuchar el zumbido viejo del mecanismo, las puertas abriéndose abajo, cerrándose, el ascenso lento, casi teatral. Se quedó de pie en medio del salón, sin saber qué hacer con las manos.

Noa llamó a la puerta.

Maia abrió.

Durante un segundo ninguna dijo nada.

Noa estaba del otro lado con abrigo oscuro, el cabello recogido con menos precisión que de costumbre y una tensión visible en los hombros. No traía bolso grande ni portátil ni papeles. Solo ella. Eso, de algún modo, volvía la escena más desnuda.

—Hola —dijo Noa.

—Hola.

Maia se apartó para dejarla pasar.

Noa cruzó el umbral con una lentitud que no era teatral, sino consciente. Como si supiera que entrar en ese apartamento significaba algo distinto a aparecer en una calle, en un coche o en una cafetería.

Maia cerró la puerta.

El sonido de la cerradura llenó todo el espacio.

Noa miró alrededor sin invadir. La ventana, el sofá, las plantas pequeñas en el alféizar, la mesa con libros, una fotografía de Oporto apoyada contra la pared. No hizo ningún comentario. Maia se lo agradeció.

—¿Quieres agua? —preguntó.

—No.

—Café no. Es tarde.

—No.

—Vino tengo, pero sería una pésima idea.

Noa la miró.

—Sí.

Maia soltó una risa mínima, incómoda.

—Estupendo. Entonces no tengo nada que ofrecer.

—Me invitaste a entrar.

La frase fue suave.

Maia sintió que el cuerpo le respondía antes que la cabeza.

—Eso no era una oferta doméstica.

—Lo sé.

Noa no se había quitado el abrigo. Seguía cerca de la puerta, como si una parte de ella todavía reconociera la posibilidad de irse.

Maia lo notó.

—Puedes sentarte.

Noa obedeció.

Se sentó en el borde del sofá, sin apoyar del todo la espalda. Maia se quedó de pie junto a la barra de la cocina. La distancia entre ambas era breve y enorme.

—Sofía cree que estás trabajando —dijo Maia.

Noa sostuvo su mirada.

—Sofía está en el teatro con Valeria. Cree que yo estoy en casa o en el centro. No preguntó demasiado.

—Porque confía.

—Sí.

La palabra no buscó disculparse. Solo cayó.

Maia asintió, despacio.

—No quiero que su nombre desaparezca cuando estemos solas.

Noa bajó la vista.

—No va a desaparecer.

—Bien.

—Pero tampoco quiero usarlo para fingir que voy a irme.

Maia se quedó quieta.

La frase no era noble. Era peor: honesta.

—¿Vas a quedarte?

Noa levantó los ojos.

—Si quieres.

—No me devuelvas siempre la decisión.

Noa recibió el golpe sin defenderse.

—Quiero quedarme.

El aire cambió.

Maia apoyó las manos en la barra, detrás de ella. Necesitaba algo sólido.

—¿Y mañana?

—Mañana voy a despertarme con culpa.

—Eso no era lo que pregunté.

—Lo sé.

—¿Mañana vas a castigarme por haber querido que te quedaras?

Noa se puso de pie.

—No.