El nuevo plano Capítulo 21 Sin excusas #3
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Capítulo 21 Sin excusas #3

La tensión se aflojó apenas. Lo suficiente para que la escena dejara de parecer una audiencia y volviera a ser una conversación entre dos mujeres que se deseaban demasiado y estaban intentando no mentirse al menos dentro de esa mesa.

La camarera se acercó.

—¿Vas a tomar algo?

Maia pidió un café solo.

Cuando la camarera se fue, Noa miró sus propias manos.

—Sofía me llamó antes de venir.

Maia no apartó la mirada.

—¿Qué le dijiste?

—Que seguía en el centro.

—¿Te creyó?

—Sí.

Maia cerró los ojos un instante.

—Claro.

—Eso me hizo ruido.

—¿Que te creyera?

—Lo fácil que fue. Lo fácil que está siendo.

Maia abrió los ojos.

—Noa.

—No te lo digo para que me detengas.

—Bien. Porque no voy a hacerlo.

Noa la miró.

La respuesta no era alivio ni condena. Era algo más oscuro: una aceptación sin inocencia.

—Si seguimos —dijo Maia—, no va a ser porque no entendemos lo que hacemos.

—Lo entiendo.

—No. Quiero decir que no quiero frases borrosas. No quiero “me confundí”, “se nos fue de las manos”, “estábamos vulnerables”. Todo eso puede ser cierto una vez. No después de que te sientas frente a mí y digas que quieres verme.

Noa sostuvo su mirada.

—Entonces no lo diré.

—Bien.

Llegó el café de Maia.

Ella envolvió la taza con ambas manos, no para beber sino para tener algo caliente que sostener.

—¿Qué quieres? —preguntó.

Noa sintió que la pregunta no pedía una promesa de futuro. Pedía el presente en su forma más cruda.

—Quiero volver a besarte.

Maia bajó los ojos.

La respuesta le afectó. Noa lo vio en el pulso de su cuello, en la respiración que tardó medio segundo más en salir, en la forma en que sus dedos apretaron la taza.

—Eso no es suficiente —dijo Maia.

—También quiero verte sin tener que inventar una lesión.

—Mejor.

—Quiero hablar contigo y no pensar cada palabra como si fuera una prueba.

—Difícil.

—Quiero tocarte otra vez.

Maia cerró los ojos brevemente.

Noa siguió, más bajo:

—Y quiero que si digo esto, no seas tú la que tenga que explicar qué significa para que yo no me asuste.

Maia abrió los ojos.

Ahí sí la miró de otra manera.

—Eso se acerca.

Noa tragó saliva.

—No tengo una respuesta limpia para lo de Sofía.

—No esperaba que la tuvieras hoy.

—No voy a prometerte una salida que no sé si puedo sostener.

—No te pedí una promesa.

—Pero sí te debo no esconderme detrás de mi miedo.

Maia no respondió.

La mesa era pequeña. Una distancia absurda para todo lo que estaba pasando. Noa miró la mano de Maia junto a la taza. Recordó esos dedos en su cuello, en su pelo, cerrándose en su abrigo.

Movió la mano despacio.

No bajo la mesa, no a escondidas de sí misma. Sobre la superficie, visible.

Apoyó los dedos cerca de los de Maia.

No la tocó todavía.

Maia miró la mano.

Después miró a Noa.

La cafetería seguía abierta. Había dos personas en otra mesa, una camarera limpiando la barra, una máquina de café soltando vapor. No era un lugar íntimo. Precisamente por eso el gesto pesaba más.

Maia no retiró la mano.

Noa cubrió sus dedos con los suyos.

Fue un contacto mínimo.

Nada comparado con la noche anterior.

Y, sin embargo, tuvo otra clase de violencia: no podía disfrazarse de impulso. No había coche, frío ni boca contra boca que justificara la falta de pensamiento. Era una elección silenciosa, hecha en una mesa iluminada, después de haber nombrado la culpa.

Maia giró apenas la mano y entrelazó los dedos.

Noa sintió el gesto en todo el cuerpo.

—No me hagas perseguirte otra vez —dijo Maia.

Noa sostuvo su mano.

—No lo haré.

—Y no me castigues mañana por lo que estás eligiendo hoy.

La frase encontró un lugar más profundo.

Noa asintió.

—No.

Maia la observó durante unos segundos, buscando quizá la grieta, quizá la huida anticipada.

—Entonces dime cuándo quieres verme otra vez.

Noa entendió la prueba.

No era Maia proponiendo.

Era Maia dejando que ella se hiciera cargo.

Noa respiró.

—Mañana no puedo. Sofía sale tarde, pero yo tengo una reunión real con dirección del centro y después cena con ella.

—No necesitaba tu agenda completa.

—Lo sé. Estoy intentando no sonar como si administrara una operación encubierta.

Maia soltó una risa baja, involuntaria.

—Vas fatal.

—Sí.

La risa de Maia se deshizo, pero dejó algo más suave en el aire.

Noa acarició con el pulgar la base de sus dedos. Maia bajó la mirada hacia el gesto, y el silencio cambió de temperatura.

—Pasado mañana —dijo Noa—. Puedo salir después de las nueve.

Maia no contestó enseguida.

—¿Dónde?

Noa pensó en el teatro. No. En el centro. Todavía no. En el coche otra vez. Demasiado poco, demasiado repetido, demasiado fácil de convertir en una zona sin nombre.

—En tu casa —dijo.

Maia levantó los ojos.

Noa no apartó la mirada.

—Si tú quieres. Si no, busco otro lugar. Pero no quiero volver a robar una dirección ni aparecer sin permiso. Te lo estoy pidiendo ahora.

Maia se quedó quieta.

El café humeaba entre ambas.

—Mi casa no puede ser el lugar donde vienes a perder el control —dijo.

—No.

—Si vienes, vienes sabiendo que entras en mi vida. No en una pausa de la tuya.

Noa sintió que la frase le exigía más de lo que podía prometer y menos de lo que deseaba.

—Lo sé.

Maia apretó su mano.

—No lo sabes todavía.

Noa aceptó el golpe.

—Entonces quiero aprenderlo.

La respuesta quedó ahí.

No perfecta.

No suficiente.

Pero propia.

Maia miró hacia la ventana. Afuera, los coches pasaban por la calle lateral sin detenerse. Nadie en Madrid sabía que, en una cafetería casi vacía, dos mujeres acababan de dibujar la primera línea real de una clandestinidad.

—Pasado mañana —dijo al fin—. Después de las nueve.

Noa sintió el cuerpo responder antes que la cabeza.

—¿Sí?

—Sí.

Maia soltó su mano despacio.

El frío de la ausencia fue inmediato.

—Pero mañana no me escribas para comprobar si sigo ahí.

Noa casi sonrió.

—¿Nada?

—Nada de “¿cómo estás?”, nada de “descansa la pierna”, nada de “fue una conversación importante”. Si quieres decir algo, que sea algo que no intente parecer otra cosa.

Noa la miró.

—Quiero besarte ahora.

Maia cerró los ojos un segundo.

—Eso, por ejemplo, no intenta parecer otra cosa.

—¿Y?

Maia abrió los ojos.

—Y no.

Noa aceptó la respuesta, aunque el deseo le golpeó bajo las costillas.

—Bien.

—No porque no quiera.

—Lo sé.

—No lo sabes tanto.

Noa sostuvo su mirada.

—Entonces mejor.

Maia tomó el café por primera vez. Hizo una mueca leve.

—Está horrible.

—No elegí bien.

—Elegiste un lugar donde nadie nos mirara. No le pidas además buen café.

Noa bajó la vista, sonriendo apenas.

Durante unos minutos hablaron de cosas mínimas.

Del ensayo. De una máquina del centro que Mateo odiaba.

De Valeria y su talento para convertir cualquier pausa en una reunión de producción.

No hablaron de Sofía salvo por ausencia, que era una forma de nombrarla más intensa.

No hablaron del futuro. No se prometieron nada que no pudieran romper.

Pero cuando salieron de la cafetería, caminaron juntas hasta los coches con una distancia calculada. Demasiado cerca para ser desconocidas. Demasiado lejos para delatarse ante nadie.

En el aparcamiento, el aire era frío.

Maia se detuvo junto a su coche de alquiler.

—Pasado mañana —dijo.

Noa asintió.

—Pasado mañana.

Durante un segundo, ninguna se movió.

Noa quiso acercarse.

No lo hizo.

Maia pareció verlo.

—No siempre detenerte es cobardía —dijo.

—Estoy intentando distinguirlo.

—Bien.

Maia abrió la puerta de su coche. Antes de entrar, miró a Noa una vez más.

—Pero no te acostumbres a que yo te explique la diferencia.

Noa recibió la frase como una orden justa.

—No lo haré.

Maia subió al coche y cerró la puerta.

Noa esperó a que arrancara.

Cuando las luces traseras se perdieron hacia la avenida, Noa se quedó sola en el aparcamiento con una certeza nueva y siniestra.

Había ido a verla.

Había hablado primero.

Había pedido volver.

Y Sofía, en algún lugar de Madrid, seguía creyendo que esa noche Noa estaba cansada por el centro.

La culpa volvió entonces, puntual.

Pero ya no llegó antes que el deseo.

Llegó después.

Y eso, entendió Noa mientras buscaba las llaves en el bolsillo, era el comienzo verdadero de la mentira.