El nuevo plano Capítulo 21 Sin excusas #2
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Capítulo 21 Sin excusas #2

—¿Eso significa trabajo real o reorganizaste mentalmente tu vida hasta las tres de la mañana?

Noa pasó una página.

—Mateo.

—Vale. No pregunto.

Pero no se fue.

Noa lo miró.

—¿Qué?

—Nada. Solo verifico que sigas teniendo pulso y no hayas decidido vivir dentro del software del centro.

—Estoy bien.

Mateo arqueó una ceja.

—Esa palabra está sobrevalorada.

Noa cerró la carpeta con más fuerza de la necesaria.

—Tengo una reunión en diez.

—No la tienes. La moví a las once porque ayer me pediste que la moviera.

Noa recordó vagamente haberlo hecho.

—Entonces tengo informes.

Mateo la observó con una mezcla de cansancio y afecto.

—Lo que sea que estés evitando, probablemente no está en esos informes.

Noa sostuvo su mirada.

—No todo necesita comentario.

—Cierto. Pero casi todo deja rastro.

La frase cayó demasiado cerca.

Mateo pareció notar algo, porque suavizó el tono.

—No tienes que decirme nada. Solo no conviertas el centro en un campo de batalla porque fuera hay algo que no sabes ordenar.

Noa bajó la vista.

—Estoy intentando no hacerlo.

—Intenta mejor.

Mateo tomó su café y se fue.

Noa volvió a girar el móvil.

El chat seguía abierto.

Esta vez no escribió una pregunta. No escribió una disculpa. No escribió una coartada.

Escribió:

Quiero verte.

El dedo quedó suspendido sobre la pantalla.

Noa sintió el golpe de la frase antes de enviarla. No era técnica. No era útil. No era prudente. No permitía retroceder hacia la ambigüedad.

La envió.

Después dejó el móvil sobre la mesa, pantalla hacia arriba, como si mirar el silencio fuera parte del castigo.

Maia vio el mensaje al salir de escena.

Estaba sentada en el suelo del pasillo lateral, con una toalla sobre los hombros y las piernas extendidas frente a sí.

El ensayo había entrado en una pausa larga mientras ajustaban un problema de sonido.

Alrededor, técnicos, bailarinas y asistentes iban y venían con esa velocidad extraña de los teatros cuando todos están quietos solo por fuera.

El móvil vibró junto a su botella.

Noa: Quiero verte.

Maia leyó la frase una vez.

Luego otra.

No había rodilla.

No había pregunta médica.

No había “¿cómo estás?” disfrazado de cuidado.

Tampoco había explicación.

Solo deseo, puesto en la pantalla con una desnudez que le hizo cerrar los dedos alrededor del teléfono.

Durante unos segundos no respondió.

No por estrategia. No por crueldad. Porque una parte de ella necesitaba comprobar que el mundo no la empujaba a contestar antes de entender lo que quería.

Valeria apareció al final del pasillo. Maia bloqueó la pantalla por reflejo.

Demasiado tarde.

Valeria no dijo nada, pero lo vio todo.

—¿Ella? —preguntó.

Maia asintió.

—¿Qué dice?

Maia dudó.

—Que quiere verme.

Valeria soltó una respiración lenta.

—Al menos esta vez no pregunta por tu tobillo.

Maia casi sonrió.

—No.

—¿Vas a responder?

Maia miró la pantalla apagada.

—Sí.

—¿Ahora?

—No.

Valeria asintió, satisfecha por algo mínimo.

—Bien.

—No porque quiera castigarla.

—No dije eso.

—Necesito que no sea inmediato.

—Eso también es una respuesta.

Maia apoyó la cabeza contra la pared.

—Estoy cansada de ser la que pone todas las frases difíciles.

Valeria se sentó a su lado, sin importarle el polvo del suelo.

—Entonces no las pongas.

—Alguien tiene que hacerlo.

—No siempre tú.

Maia cerró los ojos.

El mensaje de Noa parecía seguir iluminado contra sus párpados.

Quiero verte.

Era exactamente lo que había querido que Noa dijera.

Por eso daba miedo.

Noa tuvo que dar tres sesiones, una llamada con un proveedor y una revisión de protocolos antes de recibir respuesta.

Durante esas horas no miró el móvil cada minuto.

Lo miró cada cuatro.

A las 15:26, mientras firmaba una autorización de uso de sala, la pantalla se encendió.

Maia: Sin fichas. Sin direcciones robadas. Sin “pasaba por aquí”.

Noa leyó la frase de pie, en medio del despacho, con el bolígrafo suspendido sobre el papel.

El alivio llegó primero.

Después la vergüenza.

Después, el deseo otra vez.

Escribió:

Noa: Sí.

Lo pensó mejor.

Borró.

Maia no le estaba pidiendo obediencia mínima. Le estaba pidiendo que hablara con el peso de lo que había hecho.

Noa escribió:

Noa: No voy a discutir eso. No volveré a usar nada que no me hayas dado. No voy a aparecer en tu puerta. No voy a fingir casualidades.

Esperó unos segundos.

Agregó:

Noa: Quiero verte porque quiero verte. No por otra razón.

Envió.

La respuesta de Maia llegó diez minutos después.

Maia: ¿Dónde?

Noa sintió que el cuerpo se le adelantaba al pensamiento.

Podía pedirle que eligiera. Podía hacerlo fácil para sí misma y difícil para Maia. Podía volver a dejarle la carga de decidir el terreno, la hora, el riesgo.

No lo hizo.

Noa: Hay una cafetería en la salida hacia Aravaca. Pequeña, casi siempre vacía a última hora. Puedo estar allí a las ocho. Si no quieres, no tienes que venir.

Leyó la frase.

“Si no quieres, no tienes que venir” sonaba correcto, pero también cobarde. Como si dejara una salida generosa después de haber puesto la puerta.

Noa agregó antes de enviar:

Noa: Pero yo sí voy a ir.

Lo envió todo junto.

Maia tardó.

A las 16:02 respondió:

Maia: A las ocho.

Noa apoyó el móvil sobre la mesa y respiró por primera vez en horas.

A las siete y veinte, Sofía llamó.

Noa estaba en el coche, estacionada todavía frente al centro, con el abrigo en el asiento de al lado y las manos apoyadas sobre el volante. Había pasado diez minutos mirando el parabrisas sin encender el motor.

El nombre de Sofía apareció en la pantalla.

Noa contestó.

—Hola.

—Hola —dijo Sofía—. ¿Sigues en el centro?

—Sí.

La mentira fue pequeña.

Otra vez.

—¿Mucho lío?

—Algo de agenda. Mateo movió unas cosas.

—Pobre Mateo. Algún día va a denunciarte por explotación emocional.

Noa cerró los ojos.

—Probablemente.

Del otro lado se oyó ruido de teatro: voces, pasos, una indicación lejana.

—Yo salgo tardísimo —dijo Sofía—. Ni cenes conmigo. Valeria quiere revisar producción después del ensayo y creo que voy a terminar odiando a todos.

—¿Quieres que te busque?

—No. Me voy con Valeria o pido un coche. Tú descansa.

Descansa.

Noa miró la hora.

—Vale.

Hubo una pausa breve.

—¿Estás bien? —preguntó Sofía.

Noa apretó el volante.

—Sí. Solo cansada.

—Yo también.

La voz de Sofía se suavizó. No sospechaba. O tal vez sospechaba algo indefinido, una distancia, una opacidad, pero no lo suficiente como para darle forma. La confianza hace eso: tarda en imaginar la traición porque primero intenta explicar el cambio de maneras más amables.

—Nos vemos en casa —dijo Sofía.

—Nos vemos.

Noa cortó la llamada.

Se quedó unos segundos con el móvil en la mano.

Lo que más le hizo ruido no fue la mentira.

Fue que Sofía le hubiera dado, sin querer, la coartada perfecta.

Maia llegó a la cafetería a las ocho y seis.

Noa ya estaba allí.

El lugar quedaba en una calle lateral, cerca de una carretera de salida, demasiado lejos del teatro para ser casual y demasiado anodino para convertirse en recuerdo romántico.

Tenía tres mesas ocupadas, una barra estrecha, luces cálidas y una camarera que parecía más interesada en cerrar que en mirar a nadie.

En la pared, un reloj antiguo marcaba una hora equivocada.

Noa estaba sentada al fondo, junto a la ventana. No tenía portátil. No tenía papeles. No tenía nada delante salvo una taza de café que no había tocado.

Maia se detuvo un segundo al verla.

Esa ausencia de objetos técnicos le produjo algo extraño. Noa, sin cuadernos, sin informes, sin camilla, parecía más vulnerable y más peligrosa a la vez.

Se acercó.

Noa se puso de pie.

—Hola.

—Hola.

No se besaron.

No se tocaron.

El recuerdo de la noche anterior ocupó el espacio entre ambas con más fuerza que cualquier gesto.

Maia se sentó frente a ella. Dejó el abrigo en el respaldo de la silla, el móvil boca abajo sobre la mesa y las manos visibles, como si quisiera demostrar que no venía a esconder nada dentro del cuerpo.

—Pedí café —dijo Noa—. No sabía si querías algo.

—Luego.

Noa asintió.

Durante unos segundos ninguna habló. La camarera pasó cerca, recogió una taza de otra mesa y desapareció tras la barra.

Maia miró a Noa con atención.

—Habla tú.

Noa sostuvo su mirada.

Esa era la condición real. No escrita. No dicha hasta ese momento.

Habla tú.

No me pidas que ordene esto por ti.

Noa respiró despacio.

—Anoche no fue un error.

Maia no se movió, pero algo cambió en sus ojos.

—¿No?

—No quiero decir que estuvo bien. No estuvo bien. Yo crucé una línea antes incluso de tocarte. Usé tu ficha. Mentí para salir de casa. Te puse en una situación que no merecías. Todo eso es verdad.

—Sí.

—Pero besarte no fue un accidente.

Maia bajó la mirada a la taza de Noa.

—¿Y qué fue?

Noa sintió el peso exacto de la respuesta.

—Una decisión. Mala, quizá. Egoísta, seguramente. Pero mía.

Maia volvió a mirarla.

Noa continuó antes de perder valor.

—No vine para que me absuelvas. Ni para que me digas que no soy tan mala persona. Vine porque quiero volver a verte y porque sé exactamente lo que eso dice de mí.

La frase quedó sobre la mesa con una desnudez incómoda.

Maia no se apresuró a salvarla.

Por primera vez, Noa no sintió rabia por ese silencio. Lo aceptó como parte del precio.

—Yo no puedo ser quien te haga sentir menos culpable —dijo Maia al fin.

—Lo sé.

—No voy a hacerlo.

—No te lo estoy pidiendo.

—Y no voy a perseguirte otra vez.

Noa bajó la vista.

Ahí estaba.

Sin discurso.

Sin despliegue moral.

Solo el centro.

—No quiero que lo hagas —dijo.

—No basta con no quererlo.

—Lo sé.

Maia apoyó la espalda en la silla. Parecía cansada. No derrotada. Cansada de haber sido durante semanas la que señalaba la grieta mientras Noa fingía estudiar la pared.

—Yo también estoy dentro de esto —dijo Maia—. No voy a fingir que tú me arrastraste sola. Anoche subí a tu coche. Te besé. No paré hasta que tuve que parar. Y Sofía no me debe menos verdad porque yo no comparta su casa.

Noa sintió un golpe de respeto más que de alivio.

—No quería que cargaras con eso.

—No puedes decidir qué parte cargo yo.

—Tienes razón.

Maia arqueó una ceja.

—Cuidado. Vas a desgastar esa frase.

Noa casi sonrió.

—Probablemente.