El nuevo plano Capítulo 21 Sin excusas
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Capítulo 21 Sin excusas

Noa despertó antes de que sonara la alarma y supo, sin abrir los ojos, que la culpa no había ocupado todo el espacio.

También estaba el deseo.

Y eso era lo imperdonable.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, acostada de lado, con la respiración contenida y el cuerpo atento a la presencia de Sofía a su espalda.

La habitación todavía estaba oscura. Una línea tenue de luz se filtraba por el borde de la cortina, suficiente para dibujar la cómoda, el respaldo de una silla, la ropa que Sofía había dejado doblada de cualquier manera antes de acostarse.

La noche anterior seguía viva en su piel.

No como recuerdo ordenado, sino por fragmentos: el metal frío del coche bajo la mano, la boca de Maia abriéndose con rabia, su jersey levantándose apenas bajo los dedos, el sonido de su nombre dicho contra su respiración.

Noa había pasado años entrenando cuerpos ajenos para distinguir fatiga, impulso, defensa, compensación.

Ahora el propio le devolvía una lectura brutal: no estaba arrepentida de la forma correcta.

La culpa existía. Era nítida. Tenía el rostro de Sofía dormida a menos de treinta centímetros.

Pero no lo cubría todo.

Sofía se movió detrás de ella. El colchón cedió apenas. Una mano tibia buscó, casi en sueños, la cintura de Noa y se apoyó allí con la confianza distraída de siete años.

Noa cerró los ojos.

Ese gesto, que antes la hubiera instalado en el día con una paz sencilla, la dejó sin aire.

—¿Ya sonó? —murmuró Sofía.

—No.

—Entonces no pienses tan fuerte.

Noa tragó saliva.

—Perdón.

Sofía no respondió. Volvió a hundirse en el sueño con la mano todavía sobre ella.

Noa se quedó quieta hasta que el brazo de Sofía perdió peso. Después se deslizó con cuidado fuera de la cama, como quien abandona una escena sin querer que el decorado crujiera. En el baño, encendió la luz mínima del espejo y se miró.

Tenía el pelo algo desordenado, los ojos más oscuros de lo habitual, los labios apenas marcados. Giró el cuello hacia un lado. Había una sombra tenue cerca de la clavícula, casi nada. Una marca que podía ser de la tela, de una postura, de cualquier cosa.

Podía ser de Maia.

Noa se cubrió con la mano.

Durante un segundo sintió una risa absurda, nerviosa, subirle por el pecho. No llegó a salir. La tragó con agua fría.

Cuando volvió a la habitación, Sofía estaba sentada en la cama, frotándose los ojos.

—Te fuiste tardísimo —dijo.

Noa abrió el armario.

—Sí. La máquina era una tontería, pero me quedé revisando unas cosas.

La mentira apareció completa, sin resistencia.

Sofía la miró entre el sueño y el cansancio.

—Un día esa obsesión por revisar cosas te va a revisar a ti.

—Probablemente.

—¿Dormiste algo?

—Poco.

—Se te nota.

Noa sacó una camisa blanca y la dejó sobre la silla. Notó que las manos no le temblaban. Eso la inquietó más que si hubieran temblado.

—Hoy tengo jornada larga —dijo Sofía—. Técnica, limpieza de escenas, Valeria queriendo matar a alguien antes del mediodía. Lo normal.

—¿Quieres que pase por el teatro después?

La pregunta salió por costumbre.

Sofía levantó la vista con una media sonrisa.

—¿A salvarnos de la catástrofe con una hoja de cálculo?

—Podría.

—No. Quédate en tu mundo. Ya bastante tengo con el mío.

Noa asintió.

El mundo de Sofía.

El teatro.

Maia.

La palabra no apareció en la habitación, pero Noa sintió su peso como si alguien la hubiera dicho en voz alta.

Sofía se levantó, pasó junto a ella y le dejó un beso breve en el hombro antes de entrar al baño.

—Cena tarde, supongo —dijo desde la puerta—. No me esperes despierta si caigo destruida.

—Vale.

—Y no trabajes hasta medianoche otra vez. Me gusta que mi pareja siga teniendo rasgos humanos.

Noa sonrió porque era lo que la escena pedía.

—Lo intentaré.

Sofía cerró la puerta del baño.

Noa se quedó frente al armario abierto, con la camisa en la mano y la sensación exacta de haber hecho algo irreparable sin que la casa todavía lo supiera.

En el teatro, Maia falló una entrada que no fallaba nunca.

No fue un error grande. No tropezó, no perdió eje, no comprometió la pierna. Solo entró medio tiempo antes, cruzó la luz antes de que el cambio terminara de cerrarse y obligó a la bailarina de apoyo a corregir la diagonal con una rapidez que Sofía detectó desde la platea.

—Otra vez desde la caída —dijo Sofía.

No gritó. No hacía falta.

Maia volvió a su marca.

El suelo estaba frío bajo las plantas de los pies. La rodilla respondía bien. El tobillo también. El cuerpo, desde el punto de vista técnico, estaba en orden.

Ese era el problema.

El cuerpo recordaba demasiado bien.

Recordaba las manos de Noa con una precisión humillante.

No las de la camilla ni las del espejo ni las de la corrección pélvica.

Otras. Las del aparcamiento. Las que no buscaban evaluar nada.

Las que habían subido por su espalda con deseo y se habían detenido apenas cuando ella dijo que si no paraba, no iba a parar.

Maia cerró los ojos un segundo.

—Moura —dijo Sofía desde abajo—. ¿Estás conmigo?

Maia abrió los ojos.

Sofía estaba en la primera fila, con el cuaderno sobre las rodillas, el cabello recogido en un moño bajo y la paciencia al borde de la fatiga. Parecía cansada, intensa, hermosa de esa forma que tenían las personas cuando todavía creían en lo que estaban construyendo.

Maia sintió el golpe de culpa como una cosa seca.

—Sí —respondió—. Perdón.

—No me pidas perdón. Entra cuando la luz te alcance, no cuando la estés esperando.

Maia asintió.

Valeria, de pie junto a la mesa técnica, la observó en silencio.

Eso fue peor que cualquier comentario.

Repitieron la secuencia.

Esta vez Maia esperó.

La luz cayó sobre ella medio segundo después de lo que su ansiedad pedía. Entró entonces, cruzó el escenario, sostuvo el giro, dejó que la pierna absorbiera la caída y subió desde el suelo con una limpieza que arrancó un murmullo bajo entre los técnicos.

Sofía no sonrió, pero bajó el lápiz.

—Eso sí.

Maia respiró.

No era alivio.

Era disciplina.

Durante la pausa, se refugió en el lateral del escenario con una botella de agua. Valeria apareció a su lado sin anunciarse, como si la hubiera producido la sombra.

—Estás rara.

Maia bebió un trago.

—Estoy cansada.

—Eso no es una respuesta. Es una cortina barata.

—Hoy es la única que tengo.

Valeria la miró de perfil.

—¿La viste?

Maia no fingió no entender.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Anoche.

Valeria cerró los ojos apenas.

—¿Después del Rastro?

Maia no respondió.

—Maia.

—No quiero hablar aquí.

—No te estoy pidiendo detalles.

—Mejor.

Valeria bajó la voz.

—Sofía está en la platea.

—Lo sé.

—Entonces mírala como alguien que lo sabe.

La frase no fue cruel. Fue necesaria.

Maia volvió la mirada hacia Sofía, que hablaba con el técnico de luces mientras señalaba algo en el cuaderno. La directora estaba concentrada, exigente, completamente dentro de su mundo. Había abierto su casa, su obra, su confianza. Y Maia, aunque no le debía lo mismo que Noa, le debía algo.

No acostarse en la comodidad de pensar que toda la culpa pertenecía a otra.

—No voy a escribirle —dijo Maia.

Valeria la observó.

—¿A Noa?

Maia asintió.

—No más. No hoy.

—¿Eso es orgullo o salud mental?

—No sé. Me sirve igual.

Valeria soltó una respiración breve, casi una risa.

—Por una vez, acepto la respuesta.

—No voy a perseguir una puerta que ella abre y cierra cuando se queda sin aire.

—Eso sí suena a salud mental.

—No te entusiasmes. Sigo siendo una idiota.

—Sí —dijo Valeria—. Pero una idiota con algo de aprendizaje muscular.

Maia miró la botella entre sus manos.

—Ella vino.

—Lo sé.

—No. Vino de verdad. No como antes. No detrás de una pauta, ni de una corrección, ni de una excusa médica. Vino mal, Valeria. Vino cruzando una línea que no debería haber cruzado.

—¿Y eso te tranquiliza?

Maia pensó en la puerta del edificio abriéndose, en el coche estacionado, en Noa admitiendo que había mirado su ficha.

—No.

—Bien.

—Pero también me enfurece que una parte de mí se haya alegrado.

Valeria no contestó enseguida.

—Eso no te hace inocente —dijo al final—. Pero tampoco te hace monstruosa.

Maia tragó saliva.

—No quiero que me absuelvas.

—No podría aunque quisiera.

Sofía llamó desde la platea.

—Maia, cinco minutos y retomamos.

Maia levantó una mano.

—Voy.

Valeria se apartó un poco, pero antes de irse le tocó el brazo.

—Si vuelve a buscarte, que sea ella quien hable primero.

Maia la miró.

—Eso pensaba.

—Y no le pongas tú las palabras en la boca.

—No.

—Aunque te duela el silencio.

Maia apretó la botella.

—Sobre todo entonces.

En el centro, Noa abrió el chat de Maia a las 10:17.

Lo cerró a las 10:18.

A las 10:34 volvió a abrirlo.

El último mensaje seguía siendo el de la noche anterior, una despedida que ni siquiera estaba escrita. Después de dejarla en su calle, no habían dicho nada más. Noa había conducido de vuelta a casa con el sabor de Maia en la boca y una mentira nueva esperando bajo la lengua.

Ahora el cursor parpadeaba en blanco.

Noa escribió:

¿Estás bien?

Lo borró.

Era cobarde. Era volver a esconderse detrás de una preocupación que sonaba clínica, casi protectora, como si el problema fuera el estado de Maia y no su propio deseo.

Escribió:

Perdón por lo de anoche.

Lo borró también.

No quería pedir perdón para retroceder. No quería convertir la culpa en un paño limpio que cubriera el beso. Había cosas imperdonables. Pedir perdón demasiado rápido podía ser una forma elegante de no mirarlas.

El teléfono quedó boca abajo sobre la mesa.

Mateo entró sin llamar, con una carpeta bajo el brazo y un café en la mano.

—Tienes la cara de alguien que está a punto de despedir una máquina por bajo rendimiento emocional.

Noa levantó la vista.

—Buenos días a ti también.

—No he dicho que sean buenos. He dicho que son días.

Mateo dejó la carpeta sobre la mesa.

—Revisión de agenda. Tres cambios, dos confirmaciones, una cancelación. Y el proveedor de bandas elásticas jura que ahora sí entendió que “azul medio” no significa “cualquier cosa entre océano y depresión”.

Noa abrió la carpeta.

—Perfecto.

Mateo se quedó de pie.

—¿Dormiste?

—Poco.

—¿Trabajaste?

—Algo.