Capítulo 20 La dirección #2
Maia rodeó el coche y subió al asiento del copiloto. Cerró con más fuerza de la necesaria. El interior del coche se llenó de su respiración, de su olor a jabón, de la electricidad insoportable de tenerla al lado sin un pretexto clínico de por medio.
Noa encendió el motor.
—¿A dónde vamos? —preguntó Maia.
—No lo sé.
—Magnífico.
—Puedo parar donde digas.
—Conduce.
Noa condujo.
Salieron del centro por calles cada vez más vacías, dejando atrás la zona antigua, los semáforos, los bares todavía abiertos. Maia no habló durante varios minutos. Miraba por la ventana con los brazos cruzados, el cuerpo inclinado hacia la puerta, como si necesitara recordar que podía abrirla.
Noa no puso música.
—No puedes hacer esto —dijo Maia finalmente.
—Lo sé.
—No. No lo sabes. Lo dices porque te queda bien decirlo, pero no lo sabes. No puedes mirar mi ficha, venir a mi casa, escribirme como si tuvieras derecho a aparecer cuando ya no puedes más.
Noa mantuvo la vista en la carretera.
—Tienes razón.
—No quiero que me des la razón como si eso fuera una forma de pedir disculpas.
Noa apretó el volante.
—No sé qué quieres que diga.
—La verdad.
—La verdad es que estoy perdiendo el control.
Maia giró la cabeza hacia ella.
Noa siguió mirando al frente.
—Y no lo digo para que te dé pena. Ni para justificarme.
Me da vergüenza. Me da miedo. Pero es la verdad.
Desde que te fuiste del centro, todo lo que hice para mantener distancia empezó a funcionar demasiado bien por fuera y a fallar por dentro.
Te vi en la calle, te vi en el Rastro, te vi yéndote. Y no pude soportarlo.
Maia no respondió.
La ciudad se abrió hacia una avenida más oscura. Noa condujo hasta una zona apartada cerca de la Casa de Campo, donde los árboles recortaban la luz de las farolas y el aparcamiento estaba casi vacío. Detuvo el coche lejos de los pocos vehículos que quedaban.
Apagó el motor.
El silencio fue inmediato.
Maia miró hacia el parabrisas.
—Así que esto es lo que haces cuando no soportas algo.
Noa se volvió hacia ella.
—No.
—¿No?
—Esto es lo que hice hoy. No quiero convertirlo en una costumbre.
Maia soltó una risa baja.
—Eso sonó casi responsable.
—No lo soy.
—Eso sonó más honesto.
Noa apoyó la cabeza contra el respaldo y cerró los ojos un segundo.
—No debería haberte traído aquí.
—Yo subí al coche.
—Después de que yo apareciera en tu puerta usando información que no tenía derecho a usar.
—Sí.
Maia desabrochó el cinturón de seguridad. El sonido metálico pareció demasiado fuerte dentro del coche.
—No te voy a absolver de eso.
—No te lo estoy pidiendo.
—Bien.
Maia abrió la puerta y bajó.
Por un segundo, Noa pensó que se iría caminando, aunque no tenía sentido, aunque estaban lejos de su casa, aunque hacía frío. Pero Maia solo rodeó el coche hasta quedar frente al capó. Se apoyó allí, de espaldas al vehículo, y respiró el aire helado de la noche.
Noa bajó también.
El frío la golpeó con una claridad útil. Cerró la puerta despacio y caminó hasta quedar a unos pasos de Maia.
—Debería llevarte de vuelta.
Maia miró hacia los árboles.
—Probablemente.
—Maia.
Ella giró la cabeza.
La luz de una farola le partía el rostro en dos: una mitad visible, la otra en sombra. No parecía dócil ni disponible. Parecía una mujer adulta parada en medio de su propia contradicción, con frío, rabia y deseo en la misma respiración.
—No quiero ser una reacción a tu miedo —dijo Maia.
Noa dio un paso.
—No lo eres.
—No quiero ser la parte de tu vida que aparece cuando tu vida principal se vuelve demasiado estrecha.
—No lo eres.
—No sigas diciendo que no si todavía no sabes qué soy.
Noa se detuvo.
La frase quedó suspendida entre ambas.
Maia bajó la mirada a la boca de Noa.
Fue mínimo.
Suficiente.
Noa sintió que algo en ella dejaba de pedir permiso.
Se acercó despacio, no porque quisiera parecer noble, sino porque todavía había una última posibilidad de que Maia dijera que no. Maia no se apartó. Al contrario: apoyó ambas manos en el borde del capó, como si necesitara sostenerse.
—Dime que pare —susurró Noa.
Maia la miró.
—No.
Noa la besó.
No hubo delicadeza al principio. Hubo semanas de distancia mal sostenida, de puertas cerradas, de frases correctas, de manos detenidas a mitad de camino.
Maia respondió con una intensidad que desarmó cualquier cálculo.
Sus dedos subieron al cuello de Noa, se cerraron allí, tiraron apenas de ella, no para atraerla sino para confirmar que no iba a evaporarse en otra regla.
Noa apoyó una mano en la cintura de Maia.
La otra en el coche.
El metal frío bajo sus dedos, el cuerpo caliente de Maia contra ella, la boca de Maia abriéndose con una mezcla de rabia y alivio: todo llegó al mismo tiempo, demasiado tarde y demasiado pronto.
Maia la empujó contra el costado del coche.
Noa soltó una respiración rota.
—No me busques así si después vas a desaparecer —dijo Maia contra su boca.
—No voy a desaparecer.
—No prometas con la boca en mi cuello.
Noa se quedó quieta.
Maia también.
Durante un segundo, ambas respiraron demasiado cerca.
Después Maia la besó otra vez.
Esta vez fue más lento, pero no más suave.
Noa sintió la espalda contra la puerta del coche, las manos de Maia en su abrigo, la presión de su cuerpo, la pierna de Maia entre las suyas apenas, no suficiente para cruzar otro límite, sí suficiente para que el deseo dejara de ser una idea.
Noa llevó la mano desde la cintura de Maia hasta su espalda, subió por la tela del jersey, tocó el borde de piel donde la prenda se había levantado con el movimiento.
Maia tembló.
—Noa.
No fue una advertencia.
Eso la asustó más.
Noa retiró la mano unos centímetros.
—¿Está bien?
Maia cerró los ojos, la frente apoyada contra la suya.
—Nada de esto está bien.
Noa soltó una risa casi dolorosa.
—Ya.
Maia abrió los ojos.
—Pero sí.
La mano de Noa volvió a su piel.
Maia respiró hondo, como si recibiera un golpe desde dentro.
Sus dedos se enredaron en el cabello de Noa.
El beso siguiente tuvo menos control. El mundo se redujo al coche, al frío, a la farola, a las manos buscando sin terminar de desvestir, al sonido contenido de Maia cuando Noa le mordió apenas el labio inferior.
Noa no recordaba haber deseado así en años.
No de esa forma que no pedía futuro ni explicación en el primer impulso, solo presencia. Cuerpo. La prueba simple y devastadora de que Maia estaba ahí, que no era una paciente, ni una ficha, ni una ausencia.
Maia se separó primero.
No mucho. Lo suficiente para respirar.
—Para.
Noa soltó inmediatamente la cintura.
—Perdón.
—No. Para porque si no paro ahora, no voy a parar.
La frase atravesó a Noa con una violencia dulce.
Maia se apartó del coche y se abrazó a sí misma, como si recién entonces recordara el frío.
Noa respiraba mal.
—Te llevo a casa.
Maia asintió.
Ninguna dijo nada durante el trayecto de vuelta.
Noa conducía con las manos firmes, pero todo su cuerpo seguía en el aparcamiento.
Sentía la boca de Maia, la piel bajo el jersey, la manera en que había dicho sí después de afirmar que nada estaba bien.
Al lado, Maia miraba por la ventana. De vez en cuando tocaba su propio labio con el pulgar, como si comprobara que el beso había dejado una marca invisible.
Cuando llegaron a su calle, Noa apagó el motor.
Maia no bajó enseguida.
—Esto no puede volver a pasar igual —dijo.
Noa la miró.
—Lo sé.
—No puedes usar mi ficha otra vez.
—No lo haré.
—No puedes aparecer en mi puerta como si mi vida fuera una extensión de tu crisis.
—No lo haré.
Maia giró hacia ella.
—Y no puedes mentirte diciendo que esto fue un error si mañana quieres repetirlo.
Noa no respondió.
Maia sostuvo su mirada.
—¿Vas a querer repetirlo?
Noa sintió que cualquier respuesta honesta la hundía más.
—Sí.
La boca de Maia tembló apenas.
No era una sonrisa.
Era algo peor.
—Entonces no me hables de errores.
Maia abrió la puerta y bajó. Antes de cerrar, se inclinó un poco.
—Buenas noches, Noa.
—Buenas noches.
La puerta se cerró.
Noa esperó hasta verla entrar al edificio. Solo entonces apoyó la frente en el volante.
No se sentía aliviada.
Se sentía viva de una forma imperdonable.
Cuando llegó a casa, las luces estaban apagadas salvo por la del pasillo. Sofía había dejado una nota sobre la mesa de la cocina, escrita con su letra rápida:
No olvides cerrar el gas. Y no trabajes más. Ven a dormir.
Noa sostuvo el papel entre los dedos.
Una parte de ella esperó que la culpa la derribara en ese instante.
No ocurrió.
La culpa estaba ahí, sí. Nítida. Pesada. Pero no venía sola. Venía mezclada con la boca de Maia, con su piel, con la forma en que había respirado su nombre contra el coche.
Noa se quitó la gabardina en silencio.
Se lavó las manos.
Se miró en el espejo del baño y vio el pelo desordenado, los labios algo más rojos, una marca mínima en el cuello que quizá no era nada y quizá lo era todo.
Se cubrió con el cuello del jersey.
Luego fue al dormitorio.
Sofía dormía de lado, de espaldas a la puerta, una mano bajo la almohada. La lámpara de su mesilla seguía encendida, olvidada. Noa la apagó con cuidado y se metió en la cama despacio, sin tocarla.
Durante varios minutos, no respiró bien.
Sofía se movió apenas entre sueños.
—¿Todo bien? —murmuró.
Noa miró el techo.
La mentira apareció entera, lista, dócil.
—Sí. Era una tontería de la máquina.
Sofía hizo un sonido bajo, medio dormido.
—Te dije.
—Tenías razón.
Sofía volvió a quedarse quieta.
Noa permaneció despierta.
Lo que más le hizo ruido no fue haber mentido.
Fue lo fácil que había sido.
Y, más todavía, lo poco que esa facilidad había logrado apagar el deseo.