El nuevo plano Capítulo 20 La dirección
29%

Capítulo 20 La dirección

Noa cenó con Sofía como si todavía supiera hacer cosas normales.

El pan que había comprado en La Latina quedó en el centro de la mesa, abierto con las manos, todavía tibio en algunas partes.

Sofía preparó una tortilla sencilla, ensalada de tomate y una copa de vino que dejó a medias porque al tercer sorbo recordó que tenía que revisar unas notas de iluminación.

La casa olía a romero, aceite de oliva y esa calma doméstica que, hasta hacía poco, Noa habría reconocido como refugio.

Ahora le parecía una habitación demasiado bien iluminada.

—¿Todo bien con el paseo? —preguntó Sofía, sin levantar la vista del plato.

Noa tardó una fracción de segundo más de lo necesario.

—Sí. Necesitaba aire.

No era mentira.

Ese fue el problema.

Sofía asintió, cansada. Tenía ojeras suaves bajo los ojos y una mancha de tierra seca cerca de la muñeca, resto de las macetas de la mañana.

Noa la miró y sintió una ternura inmediata, antigua, casi dolorosa.

Sofía era real en cada gesto: el modo en que empujaba el tomate hacia un lado del plato, la forma en que fruncía el ceño cuando pensaba en una escena, el cansancio honesto de quien llevaba semanas sosteniendo una obra entera sobre los hombros.

—Mañana ensayo largo —dijo Sofía—. Si sobrevivo, deberías llevarme a cenar algo que no haya salido de nuestra nevera.

—Hecho.

—No lo digas con esa cara de directora de funeraria.

Noa intentó sonreír.

—Perdón. Estoy un poco dispersa.

—Un poco es generoso.

Sofía lo dijo sin sospecha, casi con cariño. Eso abrió algo incómodo en el pecho de Noa.

—Puedo ayudarte esta noche con las notas —ofreció.

—No. Si te acercas a mis notas, las conviertes en una tabla de rendimiento.

—Sería una tabla muy útil.

—Sería una tabla que arruinaría mi relación con la metáfora.

Noa soltó una risa breve. Sofía sonrió también, satisfecha con haberle arrancado algo parecido a una respuesta viva.

Durante unos minutos, la escena pareció sostenerse. Dos mujeres cenando en una casa compartida. Una conversación conocida. El pan entre ambas. La noche afuera. El cuerpo de Noa sentado donde debía estar.

Pero su cabeza seguía en otra calle.

Seguía frente a la cortina de terciopelo de una librería pequeña.

Seguía en la voz de Maia diciendo: me gustas .

Noa cortó un trozo de tortilla y no supo a qué sabía.

Después de cenar, Sofía se fue al estudio con una taza de té y una pila de carpetas. Noa recogió la mesa, lavó los platos y limpió la encimera con una precisión inútil. Ordenó el pan en una bolsa limpia. Guardó el aceite. Tiró los tallos secos del romero.

Hizo todo lo que una persona hace cuando intenta no hacer lo único que quiere hacer.

A las diez y media, Sofía salió del estudio con el móvil en la mano.

—Voy a acostarme en media hora —dijo—. Si sigo mirando focos, mañana voy a odiar hasta la palabra “luz”.

—Voy enseguida.

—¿Centro?

Noa levantó la cabeza.

Sofía señaló el portátil que Noa había abierto sobre la mesa del comedor.

—Tienes esa cara.

—Solo voy a revisar un par de cosas.

—Domingo, Rivas.

—Lo sé.

Sofía se acercó por detrás y apoyó una mano en su hombro. Fue un gesto pequeño, habitual. Noa sintió el calor de esa mano como una acusación involuntaria.

—No te quedes hasta tarde.

—No.

Sofía le besó la cabeza.

Noa cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, Sofía ya caminaba hacia el pasillo.

El portátil permanecía encendido.

El sistema interno del centro de alto rendimiento le pidió contraseña. Noa la escribió sin pensar. Entró al panel de pacientes, a las fichas cerradas, a los seguimientos archivados. Conocía el camino demasiado bien. El cursor se movió sobre la barra de búsqueda.

Noa no escribió el nombre de Maia de inmediato.

Primero apoyó las manos a ambos lados del teclado.

Sabía que no debía hacerlo.

No había ninguna justificación clínica. Ningún seguimiento pendiente. Ninguna urgencia médica. La ficha estaba cerrada por decisión de la paciente. Mateo había enviado las pautas generales. El vínculo profesional había terminado.

Esa era la línea.

Noa la vio con una claridad casi perfecta.

Después escribió: Moura, Maia .

La ficha apareció en la pantalla.

Datos personales. Fecha de nacimiento. Teléfono. Contacto de emergencia. Historial de lesión. Observaciones de movilidad. Dirección.

Noa se quedó mirando esa última línea.

No estaba buscando un dato.

Estaba robándolo.

La palabra le produjo una incomodidad física. Cerró la ficha. La volvió a abrir. Copió mentalmente la dirección antes de permitirse pensar en lo que hacía.

Maia vivía en un edificio antiguo cerca de la calle Mayor, en una zona donde Madrid parecía acumular capas sin decidir cuál mostrar primero.

Noa cerró el portátil.

Se quedó sentada en la mesa del comedor, inmóvil.

Desde el dormitorio llegó el ruido del agua del baño. Sofía lavándose la cara. Sofía dejando pendientes sobre la mesilla. Sofía preparando la noche como si la noche no pudiera romperse desde dentro.

Noa apoyó la frente en una mano.

Podía no ir.

Podía levantarse, cerrar todo, meterse en la cama junto a Sofía, respirar en silencio hasta que el deseo se volviera otra forma de insomnio. Podía esperar. Podía dejar que Maia tuviera razón y no convertirla en una sala oculta de su vida.

Tomó las llaves del coche.

En el pasillo, la luz del dormitorio estaba encendida.

—¿Vas a salir? —preguntó Sofía desde dentro.

Noa se detuvo.

La mentira llegó antes que el miedo.

—Mateo me escribió. Hay un problema con una máquina que quedó conectada. Voy y vuelvo. Media hora.

Hubo un silencio breve.

—¿Ahora?

—Prefiero dejarlo resuelto.

Sofía apareció en la puerta del dormitorio con una camiseta vieja y el cabello suelto sobre los hombros. No parecía molesta. Solo cansada.

—Noa, mañana lo ve Mateo.

—Es rápido.

Sofía la miró un segundo más.

Después suspiró.

—Está bien. Pero no conduzcas como si el mundo fuera una urgencia.

Noa sintió que algo se le hundía en el estómago.

—No.

Sofía volvió a entrar al dormitorio.

La facilidad de la mentira le dio más miedo que la mentira misma.

Noa bajó al garaje, subió al coche y condujo hacia el centro de Madrid con las manos demasiado firmes sobre el volante.

No puso música.

La ciudad de domingo por la noche tenía una quietud engañosa: semáforos solitarios, taxis dispersos, parejas saliendo de bares, persianas a medio bajar, la luz amarilla de las farolas sobre el asfalto.

Noa conocía Madrid de muchas formas, pero nunca así: como una ciudad que le estaba permitiendo hacer algo imperdonable sin oponer resistencia.

Aparcó dos calles más abajo del edificio de Maia.

No subió.

Eso no había cruzado todavía su imaginación, o al menos no de una forma que se atreviera a mirar de frente. Se quedó dentro del coche, con el motor apagado, mirando la fachada antigua, los balcones de hierro, las ventanas encendidas en distintos pisos.

Sacó el móvil.

El contacto de Maia seguía guardado por motivos profesionales. Otro resto del vínculo cerrado. Otra puerta mal clausurada.

Escribió:

Noa: Baja.

Lo miró.

Era demasiado directo.

Demasiado arrogante.

Demasiado parecido a una orden.

Lo borró.

Escribió:

Noa: Estoy abajo.

También era terrible.

Lo envió.

Durante un minuto no pasó nada.

Noa dejó el móvil sobre el asiento del copiloto y cerró los ojos.

Podía irse. Todavía podía irse. Maia podía no responder. Podía estar dormida, en la ducha, con Valeria, con alguien más, en cualquier parte. Podía leer el mensaje y decidir que Noa no merecía ni siquiera una pregunta.

El móvil vibró.

Maia: ¿Abajo dónde?

Noa miró la fachada.

Noa: En tu calle.

La respuesta tardó menos.

Maia: ¿Cómo sabes mi calle?

Noa no contestó.

No había forma limpia de hacerlo.

Pasaron treinta segundos.

Después un minuto.

Luego la puerta del edificio se abrió.

Maia salió sin abrigo, apenas con un jersey negro, pantalones sueltos y zapatillas. El cabello estaba recogido de cualquier manera. No traía bolso. Solo el móvil en la mano. Miró hacia ambos lados hasta encontrar el coche.

Noa bajó la ventanilla.

Maia se acercó despacio. No parecía asustada. Parecía furiosa.

—¿Qué hiciste? —preguntó.

Noa sostuvo su mirada.

—Miré tu ficha.

Maia no reaccionó enseguida.

Después soltó una risa baja, incrédula, sin humor.

—Claro.

—Lo sé.

—No. No sé si lo sabes.

—Sé que está mal.

—No, Noa. Mal es llegar tarde a una sesión. Esto es otra cosa.

Noa no se defendió.

Maia apoyó una mano en el borde de la ventanilla. Estaba demasiado cerca y demasiado lejos.

—¿Por qué estás aquí?

Noa podría haber dicho otra mentira. Una preocupación por Maia. Una disculpa pendiente. Una necesidad de hablar. Cualquier frase que sonara menos desnuda.

Pero algo en ella estaba demasiado cansado.

—Porque no pude no venir.

Maia cerró los ojos un instante.

Cuando los abrió, la furia seguía ahí, pero ya no estaba sola.

—Eso no arregla lo de la ficha.

—No.

—Ni la mentira que hayas dicho para salir de tu casa.

Noa sintió el golpe.

—No.

Maia miró hacia la calle, como si necesitara comprobar que Madrid seguía ahí y no se había vuelto un cuarto cerrado alrededor de ellas.

—No voy a subirte a mi casa.

La frase abrió una imagen inmediata. Noa la apartó con dificultad.

—No te lo pedí.

—Pero viniste hasta la puerta.

—Sí.

Maia apretó la mandíbula.

—Qué generosa la precisión.

Noa bajó la mirada al volante.

—Puedo irme.

Maia la miró.

—Puedes.

Ninguna de las dos se movió.

El aire frío entraba por la ventanilla y le rozaba la cara a Noa.

Maia estaba de pie en la acera, sin abrigo, como si hubiera bajado demasiado rápido para protegerse del invierno.

Esa falta de abrigo, esa urgencia visible, volvió la escena más difícil.

Maia también había corrido hacia algo que no debía.

—Sube al coche —dijo Noa.

Maia arqueó apenas una ceja.

—¿Ahora das órdenes?

—No. Perdón. Quise decir… podemos dar una vuelta. Hablar en otro lugar. Si quieres.

Maia miró el coche, luego la calle, luego a Noa.

—Esto es una pésima idea.

—Sí.

—Y tú estás siendo imprudente de una forma muy poco elegante.

—También.

Maia soltó el aire con frustración.

—Muévete. Estoy helada.

Noa destrabó la puerta.