El nuevo plano Capítulo 19 La geografía del aire #2
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Capítulo 19 La geografía del aire #2

—Quizá no.

Permanecieron en la acera, bajo una luz de invierno que no tenía nada de íntima. Un hombre pasó entre ellas con una bolsa de naranjas. Una bicicleta bajó despacio por la calle. En el interior de la librería, alguien servía café en una taza blanca.

Noa soltó el aire.

—Mentí esta mañana.

Maia no pareció sorprendida.

—Lo supuse.

—Le dije a Sofía que iba al centro.

—¿Y fuiste?

—No.

Maia miró la cortina de la librería. La tela se movía apenas con la corriente de la puerta mal cerrada.

—Yo no te pedí que vinieras.

—Lo sé.

—Tampoco te esperé.

—Eso también lo sé.

La respuesta salió más baja de lo previsto.

Maia volvió hacia ella. La seriedad le había borrado cualquier rastro de ironía.

—Entonces dime qué estás haciendo, Noa.

Noa miró la calle. Podía contestar muchas cosas.

Que caminaba. Que necesitaba aire. Que había salido de casa porque la quietud doméstica empezaba a resultarle insoportable.

Que el cruce del día anterior le había demostrado que la distancia no la estaba salvando.

Que verla seguir caminando sin mirar atrás le había quitado algo que no sabía nombrar.

Pero todo eso eran rodeos.

—No podía quedarme sin saber si podía verte —dijo.

La frase la dejó expuesta de una forma casi física.

Maia no se movió.

—Eso es más honesto que decir que no sabes.

—No sé qué hacer con eso.

—Eso también es honesto.

Noa bajó la vista.

—No quiero hacerte daño.

Maia dejó escapar una risa mínima, sin alegría.

—Esa frase empieza a parecer una pared muy cómoda.

Noa no se defendió.

Maia bajó la voz.

—Tú no quieres hacerme daño. Yo no quiero hacerle daño a Sofía. Sofía no sabe que algo tiene que dolerle. Y mientras tanto todas repetimos frases limpias para no tocar la parte sucia.

La calle siguió moviéndose alrededor. Nadie las miraba. Nadie sabía que dos mujeres estaban detenidas frente a una librería pequeña intentando decidir si entrar o no en una forma de mentira más profunda.

—Ayer, cuando no cruzaste —dijo Noa—, pensé que estabas mejor que yo.

Maia la miró con una fijeza más suave.

—No estaba mejor.

—Parecías.

—Eso también es parte de mi oficio.

La respuesta abrió algo entre ellas. No un permiso. No una rendición. Solo una verdad pequeña, suficiente para cambiar la temperatura del aire.

Noa dio un paso hacia la pared, saliendo del flujo del paso estrecho. Maia la siguió con la mirada, pero no se movió.

—No sé cómo estar cerca de ti sin destruir algo —dijo Noa.

Maia sostuvo la bolsa contra el costado.

—Entonces no conviertas la cercanía en refugio. Ni en excusa. Ni en sesión técnica. Ni en accidente de mercado.

—¿Y en qué?

Maia tardó en responder.

—En una verdad que puedas sostener cuando vuelvas a casa.

Noa sintió que la frase le recorría el cuerpo con una violencia silenciosa.

Cuando vuelvas a casa.

No “si vuelves”. No “si decides”. Maia no borraba a Sofía del plano. No la convertía en una sombra. Esa era la parte que volvía todo más difícil y más digno a la vez.

La puerta de la librería se abrió. Salieron dos mujeres jóvenes riéndose, con libros bajo el brazo. El olor a café y papel viejo llegó hasta la acera. Maia miró hacia dentro.

—Podemos tomar un café —dijo—. Hablar diez minutos. Salir por separado. Fingir que esto no tiene consecuencias.

Noa la miró.

—¿Eso quieres?

Maia sonrió apenas, triste.

—No.

La respuesta fue tan directa que Noa perdió el aire durante un segundo.

—Pero tampoco quiero ser el lugar donde vienes a respirar antes de volver a fingir que tu casa no se está cerrando sobre ti.

Noa bajó los ojos.

—No estoy fingiendo que mi casa no existe.

—No. Estás fingiendo que puedes abrir una ventana aquí y cerrar la puerta allí sin que el aire se mezcle.

Noa no respondió.

Maia acercó una mano al borde de la cortina, pero no la apartó. Sus dedos largos se quedaron allí, rozando el terciopelo.

—Me gustas, Noa.

La frase no tuvo música. No tuvo adorno. No tuvo defensa.

Noa levantó la vista.

Maia siguió hablando antes de que ella pudiera hacerlo.

—Me gustas de una forma que me enfurece bastante, porque no llegó en un momento noble ni en una estructura limpia.

Me gustas cuando corriges un cuerpo con una precisión absurda, cuando no sabes qué hacer con las manos si no tienes una ficha cerca, cuando intentas ser correcta y se te nota todo lo que no dices.

Me gustas incluso cuando me molesta lo cobarde que puedes ser.

Noa recibió cada palabra sin moverse.

—Maia…

—No. Déjame terminar.

Noa cerró la boca.

—Me gustas. Pero no voy a dejar que eso me convierta en una sala oculta de tu vida. Yo no elegí que me gustaras tú. Pero sí puedo elegir qué hacer con eso.

El ruido del mercado parecía haber quedado a varias calles de distancia. Noa solo escuchaba la respiración de Maia, la suya propia, el murmullo bajo de la librería al otro lado de la cortina.

—¿Y qué eliges? —preguntó.

Maia apartó por fin la mano del terciopelo.

—Hoy, no entrar.

La respuesta fue simple.

Y devastadora.

Noa asintió, aunque el gesto le costó.

—Entiendo.

—No creo.

—Quiero entender.

Maia la miró con una ternura breve, casi peligrosa.

—Entonces empieza por volver a casa sin comprar una excusa.

Noa soltó una risa baja, rota por el cansancio.

—Sofía me pidió pan.

—Compra pan.

—Eso suena absurdo después de esta conversación.

—No. Suena necesario.

Maia dio un paso atrás. La distancia volvió a instalarse entre ellas, no como castigo, sino como una decisión puesta en pie.

Noa sintió la urgencia de tocarla. No mucho. Una mano en la muñeca, en el brazo, en cualquier lugar que confirmara que la escena había existido. No lo hizo.

Maia pareció agradecerlo.

—Buenas tardes, Noa.

No “Rivas”.

No “entrenadora”.

Noa sintió el nombre como una puerta abierta y cerrada al mismo tiempo.

—Buenas tardes, Maia.

La bailarina se giró y empezó a caminar calle abajo, hacia una salida lateral de Lavapiés. No miró atrás. Esta vez, Noa no esperó que lo hiciera.

Permaneció frente a la librería unos segundos más. La cortina de terciopelo se movía apenas, como si el lugar respirara detrás de ella. Podría entrar sola. Pedir café. Sentarse en un reservado y ordenar la cabeza. Pero ya no quería ocultarse en un espacio que Maia acababa de rechazar por dignidad.

Así que volvió hacia La Latina.

Compró pan en una tahona pequeña, una barra rústica que todavía estaba tibia, y caminó hasta el coche con la bolsa contra el pecho.

En el trayecto, el móvil vibró.

Sofía.

Sofía: ¿Todo bien con los repuestos? La planta de romero sobrevivió a mi intervención. Eso cuenta como milagro doméstico.

Noa se detuvo junto al paso de peatones.

Miró el mensaje durante demasiado tiempo.

Luego escribió:

Noa: No pasé por el centro. Salí a caminar. Te llevo pan.

No añadió más.

No explicó.

No mintió del todo.

Envió antes de arrepentirse.

La respuesta de Sofía tardó casi un minuto.

Sofía: Está bien. Hablamos cuando llegues.

Noa cerró los ojos.

El pan seguía tibio contra su cuerpo.

En otra calle, Maia caminaba con la bolsa de flores y las manos temblándole dentro de los bolsillos.

No había entrado en la librería.

No había besado a Noa.

No había cruzado el límite que el cuerpo le pedía cruzar desde hacía semanas.

Y, sin embargo, algo había pasado.

Algo más difícil de desmentir que un contacto.

Habían dicho la verdad suficiente para que ya no pudieran volver a fingir que todo era una cuestión de distancia, casualidades o biomecánica.

Maia llegó a su apartamento, apoyó la frente contra la puerta cerrada y respiró.

Una vez.

Otra.

Después abrió.

El escenario podía esperar hasta el lunes.

Madrid, por desgracia, no.