Capítulo 19 La geografía del aire
Sofía estaba podando una planta de romero en la terraza cuando Noa dijo la mentira.
No fue una mentira grande. No tuvo el tamaño de una traición visible ni el dramatismo de una confesión aplazada. Fue una frase sencilla, dicha desde la puerta de la cocina mientras se abrochaba la gabardina oscura.
—Tengo que pasar por el centro. Llegaron unos repuestos y quiero revisar que Mateo no haya firmado cualquier cosa.
Sofía no levantó la cabeza de la maceta.
—¿Un domingo?
—El proveedor no entiende de descanso.
—Nadie entiende de descanso en esta ciudad.
Noa sostuvo las llaves del coche entre los dedos. El metal estaba frío.
—No tardaré.
Sofía cortó una rama seca con las tijeras pequeñas y la dejó sobre la mesa de exterior.
Tenía el cabello recogido sin demasiado cuidado, un jersey grueso sobre la ropa de casa y las manos manchadas de tierra.
Parecía tranquila. No feliz de una forma exhibida, sino instalada en una paz doméstica que Noa reconocía demasiado bien: la casa de las afueras, las plantas, el café de media mañana, la confianza de que el domingo podía abrirse sin amenazas.
—Trae pan si pasas por alguna panadería buena —dijo Sofía al fin—. Y no reorganices medio centro. Es domingo, Rivas.
Noa intentó sonreír.
—Solo repuestos.
Sofía la miró entonces. Un segundo. Lo suficiente para que Noa sintiera el impulso absurdo de confesar algo que todavía no había ocurrido del todo.
—Vale —dijo Sofía—. Pero vuelve para comer.
—Vuelvo.
La palabra salió limpia.
Ese fue el problema.
Media hora después, Noa caminaba por La Latina sin haber pasado por el centro.
El Rastro se extendía por las calles con su desorden de domingo: puestos de libros viejos, cámaras analógicas, lámparas torcidas, marcos sin fotografía, ropa militar de otra época, cajas de cubiertos desparejados y turistas inclinados sobre objetos cuya utilidad nadie parecía tener del todo clara.
El sol de invierno era bajo y afilado, una luz fría que arrancaba brillos del metal y dejaba sombras largas entre los toldos.
Noa no compraba nada.
Tampoco buscaba nada.
Esa fue la primera mentira que se dijo a sí misma mientras avanzaba por la Ribera de Curtidores con las manos hundidas en los bolsillos.
La segunda fue más precisa: no buscaba a Maia. Solo caminaba por un lugar donde Maia podía existir fuera del teatro, fuera del centro, fuera de cualquier ficha que justificara su nombre.
Había guardado demasiados datos sin admitir que los guardaba.
La frase de Valeria durante la cena, dicha con esa mezcla de ironía y vigilancia: Maia caminaba por Lavapiés y el Rastro como si buscara una ciudad debajo de la ciudad.
La respuesta de Maia, casi casual, hablando de cámaras viejas y domingos sin preguntas.
La bolsa de flores que había visto en su mano el día anterior, la forma en que había desaparecido hacia calles más estrechas en vez de seguir el flujo de Gran Vía.
Ninguno de esos detalles era una dirección.
Juntos, en cambio, formaban una posibilidad.
Noa se detuvo ante un puesto de mapas antiguos y fingió mirar una reproducción de Lisboa.
El papel tenía el Tajo dibujado en una línea azul pálido, nombres de barrios en letra pequeña y una mancha de humedad cerca del borde.
Pensó en Maia caminando por Oporto. Pensó en Maia en Madrid.
Pensó en todas las ciudades que una persona podía llevar en el cuerpo sin decirlo.
—No parece tu estilo.
La voz llegó desde su izquierda.
Noa no se giró de inmediato.
Primero dejó el mapa sobre la mesa con cuidado, como si el gesto pudiera darle tiempo para reconstruir el rostro. Después miró.
Maia estaba a menos de dos metros, junto a un puesto de cámaras fotográficas antiguas.
Llevaba vaqueros oscuros, botas negras, una chaqueta corta de ante marrón y una bufanda gris alrededor del cuello.
El cabello, recogido en un moño bajo, dejaba al descubierto la línea limpia de la nuca.
En una mano sostenía un objetivo de latón; en la otra, una bolsa pequeña de papel.
No parecía sorprendida.
Eso desarmó a Noa más que cualquier sobresalto.
—¿Los mapas? —preguntó.
—Las mentiras turísticas.
Noa bajó la mirada al puesto.
—No sabía que los mapas pudieran mentir.
—Todos mienten. Hacen que una ciudad parezca más fácil de entender de lo que es.
Maia dejó el objetivo sobre la mesa y se despidió del vendedor con un gesto cortés. Después se acercó. No demasiado. Solo lo suficiente para que la multitud alrededor perdiera importancia.
—No parece casualidad —dijo.
Noa sostuvo el mapa antiguo entre las manos, demasiado tarde para fingir interés por Lisboa.
—No sabía que ibas a estar aquí.
—Pero viniste a un lugar donde podía estar.
La frase no tuvo reproche. Eso la volvió más difícil.
Noa dejó el mapa sobre la mesa.
—Sí.
Maia la miró con una calma que no tenía nada de triunfo.
—Eso es distinto.
—Lo sé.
Por primera vez desde que se habían encontrado, Maia pareció perder una parte de su control.
No mucho. Apenas un cambio en la respiración, una tensión mínima en la mano que sostenía la bolsa.
Noa lo vio porque sabía leer cuerpos. Y porque, aunque ya no tuviera derecho a hacerlo, seguía leyendo el de Maia antes que cualquier otro.
—Has dejado el búnker —dijo Maia.
El acento portugués suavizó la frase, pero no le quitó filo.
—Es domingo.
—Precisamente por eso pensé que estarías programando la semana o clasificando bandas elásticas por densidad moral.
Noa exhaló algo parecido a una risa.
—No clasifico por densidad moral.
—Todavía.
Noa miró la bolsa que Maia llevaba en la mano.
—¿Y tú? ¿Comprando cámaras?
—Mirando cámaras. Es más barato.
—Eso sí parece prudente.
—No siempre soy imprudente, Rivas.
El apellido cayó entre ellas con una familiaridad distinta. En el centro de alto rendimiento, “Rivas” habría sonado a distancia. Allí, entre puestos de segunda mano y gente cruzando con bolsas de tela, sonó casi íntimo. Maia pareció notar el efecto, porque apartó la mirada hacia la calle.
Noa sintió que debía decir algo concreto. Algo civil.
La pierna. El teatro. Sofía. El clima. Cualquier cosa que entrara en el registro correcto.
—¿Cómo va el bloque final?
Maia volvió a mirarla.
—Bien.
Noa no pudo evitar una mínima tensión en la mandíbula. Esa palabra ya se había vuelto un espacio común y peligroso entre ambas.
Maia lo vio.
—Bien de verdad —añadió—. La pierna responde. Sofía está más tranquila. Valeria menos, pero eso es su estado natural.
—Me alegra.
—¿Sí?
—Sí.
La respuesta fue simple. Noa se sorprendió al descubrir que también era cierta.
La multitud las empujó apenas desde un costado.
Un grupo de turistas se detuvo frente al puesto de cámaras, ocupando el espacio entre ellas y la mesa.
Noa dio medio paso hacia atrás para dejar pasar a una mujer con un carrito.
Maia hizo lo mismo, pero en dirección opuesta.
Durante un segundo quedaron demasiado cerca.
Noa percibió el olor frío de la calle en la ropa de Maia, un rastro leve de jabón y algo vegetal que no supo nombrar.
Maia no se apartó enseguida.
Después sí.
—Este lugar es demasiado abierto para ti —dijo.
Noa la miró.
—¿Para mí?
—Te estás comportando como si todas las personas de Madrid fueran a girarse al mismo tiempo.
Noa bajó la vista a sus manos.
—Tal vez no estoy acostumbrada a no tener un lugar desde donde mirar.
La frase salió antes de que pudiera domesticarla.
Maia la recibió sin triunfo.
—Entonces camina.
—¿Contigo?
—Si quieres.
Noa debería haber dicho que no.
Tenía una casa a la que volver. Una pareja esperando pan, comida, domingo.
Tenía una mentira pequeña que podía no crecer si se iba en ese momento.
Podía despedirse con una frase correcta, comprar una barra de pan en cualquier horno de la esquina y volver a la terraza donde Sofía seguiría moviendo macetas con las manos llenas de tierra.
Pero el cuerpo ya había dado el primer paso.
Maia lo vio.
No sonrió.
Caminaron hacia abajo, alejándose del núcleo más denso del mercado. No se tocaron. Maia no le tomó la muñeca como en una escena que necesitara anunciar su peligro. Noa agradeció esa distancia física y, al mismo tiempo, sintió la falta de contacto como una forma más precisa de tensión.
Bajaron por una bocacalle estrecha hacia Lavapiés.
El ruido del Rastro fue quedando atrás por capas: primero las voces de los vendedores, después la música de un puesto, luego el murmullo general de la gente.
En las calles laterales, Madrid recuperaba una escala más baja: fachadas gastadas, balcones con plantas resistentes, portales con pintura desconchada, bares pequeños empezando a llenarse.
—No pensé que te gustaran estos barrios —dijo Maia.
—No sabes tanto de mí.
—Sé algunas cosas.
—Lo suficiente para diagnosticar mis domingos, al parecer.
Maia miró al frente.
—Sé cómo respiras cuando quieres irte y no te vas.
Noa tardó un segundo en responder.
—Eso es bastante específico.
—Soy bailarina. Observar respiraciones es parte del oficio.
—Conveniente.
—Mucho.
Pasaron junto a una librería-café pequeña, escondida en la planta baja de una corrala antigua. La entrada tenía una cortina de terciopelo burdeos y un cartel discreto con letras doradas casi borradas. Noa habría seguido caminando si Maia no se hubiera detenido.
—Aquí se puede hablar.
Noa miró el local. A través del cristal se veían lámparas de pantalla verde, mesas de madera oscura y estanterías altas, cargadas de libros de teatro, poesía y fotografía. No era un sitio elegante. Era mejor que eso: parecía ajeno a cualquier forma de exhibición.
—¿Vienes mucho?
—A veces.
—¿Valeria lo conoce?
Maia la miró de costado.
—Valeria odia los lugares donde no puede sentarse de espaldas a una pared.
—Eso suena a ella.
—Y Sofía prefiere librerías donde pueda discutir con el librero sobre traducciones.
Noa recibió el nombre sin moverse.
Sofía.
Ahí estaba. Necesario. Ineludible. Una puerta que no podían dejar fuera aunque entraran en otro espacio.
—Entonces no deberíamos entrar —dijo Noa.
Maia no abrió la cortina.