El nuevo plano Capítulo 15 Las costuras del escenario
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Capítulo 15 Las costuras del escenario

Maia permaneció tendida sobre las tablas del escenario con los brazos abiertos y la mirada fija en las vigas del techo.

No estaba descansando exactamente. Tampoco estaba dramatizando una derrota, aunque la postura pudiera sugerirlo si alguien entraba sin contexto. Llevaba casi diez minutos así, quieta, dejando que el frío de la madera atravesara la tela fina de su camiseta y le calmara el calor acumulado del ensayo.

El jueves por la mañana había sido exigente.

No imposible.

Exigente.

El segundo acto había vuelto a ponerse en pie con vestuario parcial, luces de trabajo y una coreografía que ya no admitía excusas.

Sofía había pedido repetir la caída lateral tres veces, no cinco.

Valeria había contado las repeticiones desde la mesa de producción con una mirada de advertencia.

El coreógrafo había protestado lo justo antes de aceptar que una bailarina útil era mejor que una bailarina heroica y lesionada.

Maia había bailado bien.

Eso era lo que importaba.

El isquiotibial izquierdo, el mismo que la noche anterior se había cerrado como una puerta maltratada, respondió con una tensión controlada.

No hubo bloqueo. No hubo pinchazo. En el gran jeté del segundo acto sintió el músculo estirarse con una prudencia nueva, como si aún desconfiara de ella, pero estuviera dispuesto a negociar.

El tobillo sostuvo. La cadera no se adelantó.

La caída llegó al suelo con una limpieza que hizo callar al coreógrafo durante dos segundos enteros.

Dos segundos de silencio en ese hombre eran una ovación.

Físicamente, estaba mejor.

El problema era todo lo demás.

Porque el cuerpo había obedecido, sí. Pero al hacerlo había devuelto a la memoria la escena de la noche anterior: Noa arrodillada junto a la colchoneta, sosteniéndole la pierna con una concentración casi severa; sus manos firmes sobre el músculo, su respiración medida, esa forma suya de no perder el control aunque el aire alrededor se volviera espeso.

Maia no recordaba el contacto como una fantasía.

Lo recordaba con una precisión incómoda, técnica, corporal.

El punto exacto donde dolía. La presión que cedía. La frase que no debió decir.

No me trates como un error que estás intentando corregir.

Noa había respondido: No lo eres.

Poco.

Suficiente.

Maia cerró los ojos.

Tenía veintiocho años. Conocía su deseo desde hacía demasiado tiempo como para fingir que no sabía distinguirlo.

No había confusión en eso. No había descubrimiento adolescente, ni pánico por sentirse atraída por una mujer.

Lo difícil no era querer mirar a Noa. Lo difícil era que Noa no llegaba sola a ninguna escena.

Llegaba con Sofía. Con una casa. Con siete años.

Con una confianza puesta sobre la mesa como una vajilla limpia.

Y Maia no era ingenua.

El sonido de unos pasos rápidos rompió la acústica vacía del teatro.

—Si te quedas ahí más tiempo, alguien va a pensar que formas parte de la escenografía.

Maia abrió los ojos.

Valeria bajaba por el pasillo central de la platea con dos carpetas bajo un brazo y un termo de café en la otra mano.

Vestía pantalones negros, un suéter gris y una chaqueta larga que llevaba abierta pese al frío del foro.

Tenía el cabello recogido sin demasiada paciencia y esa expresión de productividad agresiva que aparecía cuando el día ya le debía más horas de las que pensaba pagar.

Se sentó en el borde del proscenio y dejó las carpetas a un lado.

—Sofía está arriba con iluminación. Dice que hoy bailaste como si el suelo te debiera disculpas.

Maia se incorporó despacio hasta quedar sentada, con las piernas cruzadas.

—Eso suena a cumplido.

—Viniendo de Sofía, lo es. Del coreógrafo, habría sido una crisis estética.

Valeria le alcanzó un vaso de café.

Maia lo tomó con ambas manos, agradeciendo el calor en los dedos.

—Gracias.

—No me agradezcas todavía. También vengo a preguntar cosas.

—Qué sorpresa.

—No uses ese tono. Estoy siendo amable.

—Estás usando café como soborno.

—Eso entra dentro de la amabilidad.

Maia sonrió, pero el gesto se le apagó pronto.

Valeria la observó con atención. No con la curiosidad torpe de quien quiere arrancar una confesión, sino con esa familiaridad antigua que compartían desde antes de Madrid, desde camerinos de gira, hoteles impersonales y noches en las que el cuerpo dolía demasiado para mentir con elegancia.

—Te vi en la tercera caída —dijo Valeria—. Sostuviste bien.

—Sí.

—¿El isquio?

—Molesta, pero no duele. No como ayer.

—Bien.

Valeria bebió de su propio café y miró hacia el escenario vacío.

—Entonces la descarga funcionó.

Maia no respondió enseguida.

—Sí —dijo al fin—. Funcionó.

Valeria la miró de costado.

—Ese “sí” viene con un archivo adjunto.

—Todo contigo viene con auditoría.

—No es culpa mía que seas poco discreta cuando intentas ser discreta.

Maia bajó la vista al vaso de café. El líquido tembló apenas cuando ajustó los dedos.

—No pasó nada, Valeria.

—No dije que pasara algo.

—Lo estás pensando.

—Estoy pensando muchas cosas. Algunas incluso no tienen que ver contigo, aunque te cueste creerlo.

Maia soltó una risa breve.

Valeria apoyó el vaso a un lado y suavizó un poco la voz.

—Moura, Sofía está feliz con el ensayo de hoy. De verdad. Te vio bailar y se le quitó un peso enorme de encima. Lleva semanas sosteniendo la obra con las uñas. Hoy, por primera vez en días, respiró.

Maia sintió que esa imagen le llegaba antes que la culpa: Sofía en la platea, con la carpeta contra el pecho, viendo que el segundo acto no se caía, que su bailarina principal seguía entera, que la estructura podía llegar a enero.

—Me alegra —dijo.

—Lo sé.

—No suenes como si no me creyeras.

—Te creo. Ese es el problema. Si no te importara Sofía, esto sería más simple.

Maia levantó los ojos.

—No hay “esto”.

Valeria no discutió. Ese silencio fue más eficaz que cualquier respuesta.

En algún lugar del teatro, una puerta metálica se cerró. El sonido subió por las paredes y se perdió entre las vigas. Maia bebió café para ocupar las manos.

—Alejandro me escribió —dijo, cambiando de tema con una torpeza que ambas notaron.

Valeria alzó una ceja.

—¿El amigo de Noa?

—Sí. Me propuso ver una exposición el sábado.

—¿Y?

—Y nada. Es simpático.

—Eso suena a epitafio romántico.

—No seas cruel.

—No lo soy. Pobre hombre. Probablemente piensa que tu silencio en la cena era misterio.

Maia negó con la cabeza, pero sonrió.

—No fue insistente. Solo amable.

—¿Te interesa?

—No.

—Qué respuesta tan rápida.

—Porque es una respuesta fácil.

Valeria la estudió unos segundos. Después miró hacia la sala vacía, como si necesitara medir cuánto podía decir sin que el teatro lo escuchara.

—Alejandro no es el problema.

—Ya lo sé.

—Noa tampoco debería serlo.

Maia se tensó apenas.

—Valeria.

—No voy a hacerte un sermón. No ahora. Pero necesito decirlo una vez con todas las letras: Sofía es mi amiga. Trabaja con nosotras todos los días. Confía en ti. Confía en Noa. Y confía en mí para que el teatro no se convierta en un lugar lleno de cosas que nadie se atreve a nombrar.

Maia dejó el vaso sobre la madera.

—Lo sé.

—No lo digo porque piense que eres mala persona.

—Qué alivio.

—Lo digo porque sé que no lo eres. Las malas personas simplifican mucho estas cosas. Tú estás intentando hacer malabares con cuidado, deseo, gratitud y orgullo. Eso es más peligroso, no menos.

Maia se quedó callada.

Podría haberse defendido. Podría haber dicho que Noa era quien bajaba del despacho, quien mandaba mensajes técnicos a deshoras, quien hablaba de distancia y luego aparecía donde su cuerpo fallaba.

Podría haber usado cada ambigüedad como argumento.

Pero Valeria no estaba pidiendo un juicio.

Estaba señalando el escenario antes de que alguien tropezara con el cable.

—No busqué esto —dijo Maia.

Valeria la miró con menos dureza.

—Ya lo sé.

—Y no estoy jugando.

—También lo sé.

—Entonces…

—Entonces no uses que no estás jugando como prueba de que no puedes hacer daño.

La frase quedó entre ambas con una limpieza incómoda.

Maia bajó la vista al suelo del escenario.

Había marcas de cinta blanca cerca de su rodilla, líneas que indicaban posiciones exactas para una escena que, desde la platea, debía parecer orgánica.

La danza siempre había sabido eso: lo espontáneo casi nunca era espontáneo.

La belleza necesitaba marcas. Límites. Puntos de entrada y salida.

Quizá la vida también, pensó.

El teléfono vibró junto a su muslo.

Maia lo tomó antes de decidir si quería hacerlo.

No tenía guardado el número con nombre, pero ya lo reconocía.

El mensaje era breve.

Noa: Sofía me dijo que el ensayo respondió bien. Desde lo técnico, necesito saber si el isquiotibial sostuvo el rango durante los giros o si apareció compensación en pelvis. Mantén rodillo y calor local esta noche. N.R.

Valeria leyó la expresión de Maia antes que la pantalla.

—¿Ella?

Maia no contestó.

Valeria extendió la mano, no para quitarle el móvil, sino para pedir permiso.

Maia dudó.

Después se lo pasó.

Valeria leyó el mensaje una vez. Luego otra. Su rostro no cambió demasiado, pero la comisura de la boca se tensó.

—Qué manera tan elegante de escribir “pensé en tu pierna todo el día”.

—Valeria.

—Perdón. Traducción libre.

Maia le quitó el móvil con suavidad.

—Es un mensaje técnico.

—Sí. Y yo soy la reina de Dinamarca.

—No seas injusta.

—No lo soy. El mensaje es correcto. Ese es precisamente el problema. Todo lo que hace Noa es correcto por fuera.

Maia miró la pantalla.

El texto de Noa era impecable. Aséptico.

Útil. No decía “¿cómo estás?”. No decía “me preocupé”.

No decía nada que no pudiera justificarse ante Mateo, ante Sofía o ante cualquier auditoría interna del centro.

Y, sin embargo, había llegado poco después de que Sofía le contara el resultado del ensayo.

Noa no había esperado a la siguiente sesión, ni había pedido a Mateo que preguntara. Había escrito ella.

Con iniciales al final.

N.R.