Capítulo 15 Las costuras del escenario #2
Como si firmar con distancia borrara el impulso de haber escrito.
—No tengo por qué responder ahora —dijo Maia.
—No.
—Puedo hacerlo después.
—Puedes.
—O no responder.
Valeria la miró.
—También puedes dejar de narrarme tus opciones y elegir una.
Maia soltó una risa cansada.
—Eres insoportable.
—Soy útil.
—No siempre.
—Casi siempre.
Maia volvió a mirar el mensaje. De pronto se sintió absurdamente agotada.
No por el ensayo, no por el isquiotibial, sino por esa capa de traducción permanente.
Todo había empezado a necesitar doble lectura: un mensaje técnico, una cena, una mano que no tocaba, una distancia, una preocupación, un nombre dicho delante de otra persona.
No quería ser una mujer escondida dentro de los márgenes de otra relación.
Tampoco quería fingir que no le importaba Noa.
La contradicción no se resolvía por cansancio.
—Lo que me molesta —dijo al fin— no es que ponga límites.
Valeria guardó silencio.
—Es que los pone como si yo fuera una amenaza externa. Como si esto estuviera ocurriendo contra ella, no también desde ella.
Valeria bajó la mirada a sus carpetas.
—¿Y tú qué quieres que haga?
Maia no respondió enseguida.
Porque la respuesta honesta no era limpia.
Quería que Noa dejara de esconderse detrás de Mateo, de Sofía, de la biomecánica, de las iniciales al final de un mensaje. Quería que dijera algo verdadero. No necesariamente algo que las salvara. Solo algo que no estuviera construido para parecer inocente.
Pero también quería que Sofía no sufriera.
Y esas dos cosas, puestas juntas, no formaban una frase posible.
—No lo sé —admitió.
Valeria asintió, sin ironía.
—Esa es la primera cosa sensata que dices hoy.
Maia le lanzó una mirada.
—Gracias por tu apoyo.
—De nada.
En la parte alta del teatro se escuchó la voz de Sofía llamando a alguien de iluminación. No parecía alterada. Parecía concentrada. Viva dentro de su obra.
Maia miró hacia la platea vacía.
—Sofía me preguntó antes si la pierna estaba bien.
—Porque le importa.
—Le dije que sí.
—Porque es verdad.
—Parte de la verdad.
Valeria suspiró.
—No todas las partes de la verdad le pertenecen a todo el mundo en el mismo momento. Pero cuidado con usar eso como excusa para repartir mentiras.
Maia recibió la frase sin defenderse.
El móvil seguía encendido en su mano. El mensaje de Noa permanecía allí, perfectamente ordenado. Maia abrió el teclado. Escribió una respuesta, la borró, volvió a escribir. Valeria no miró la pantalla. Ese gesto de discreción, pequeño y tardío, Maia lo agradeció.
Finalmente dejó el texto en una versión simple.
Maia: El rango sostuvo. Hay fatiga, pero no bloqueo. La pelvis compensó al final de la tercera repetición, no durante los giros. Haré rodillo y calor. Gracias.
Lo leyó dos veces.
Demasiado técnico.
Demasiado obediente.
Borró la última palabra.
La volvió a escribir.
Después añadió una frase.
Maia: El escenario se sintió distinto hoy.
Se quedó mirando esa línea.
Valeria, que no había leído, pareció intuir el cambio solo por su silencio.
—¿Eso es necesario?
Maia no apartó la vista del móvil.
—No.
—¿Es verdad?
—Sí.
Valeria tomó su café y bebió un sorbo.
—Entonces al menos no lo disfraces de biomecánica.
Maia envió el mensaje antes de arrepentirse.
La pantalla quedó quieta.
No esperó respuesta. Bloqueó el teléfono y lo dejó boca abajo sobre la madera.
—Bien —dijo Valeria, poniéndose de pie—. Ahora levántate antes de que Sofía baje y te encuentre enterrada en el escenario como una mártir portuguesa.
Maia le lanzó una mirada desde el suelo.
—Tu sensibilidad es conmovedora.
—Mi sensibilidad mantiene esta producción viva.
Valeria recogió las carpetas.
—Además, Sofía quiere revisar contigo el desplazamiento del segundo acto antes de irse. Y, por favor, cuando te pregunte por el isquio, responde como una persona normal.
—¿Qué significa eso?
—Significa no decir “la estructura sostuvo”.
Maia sonrió.
—Eso suena a Noa, no a mí.
—Exactamente.
Valeria se alejó hacia el pasillo lateral, dejando a Maia sola otra vez sobre las tablas.
Durante unos segundos, el teatro recuperó su respiración vacía.
Maia tomó el vaso de café, ya tibio, y se puso de pie. El isquiotibial tiró apenas al incorporarse, pero el dolor no volvió. Caminó hasta el centro del escenario, donde las marcas de cinta definían el punto exacto de la caída.
Probó el apoyo izquierdo.
Luego el derecho.
El cuerpo respondió.
No perfecto.
Suficiente.
Arriba, Sofía volvió a llamar al iluminador con una mezcla de paciencia y amenaza creativa. Maia miró hacia la platea, hacia el lugar desde donde Noa la había visto bailar días atrás, y respiró hondo.
El escenario se sentía distinto, sí.
Pero seguía siendo suyo.
No de Noa.
No de la culpa.
No de la tensión que no sabía dónde colocar.
Suyo.
Cuando Sofía bajó unos minutos después con la carpeta contra el pecho, Maia ya estaba de pie en posición inicial, lista para repetir el bloque.
—¿Puedes una vez más? —preguntó Sofía.
Maia miró a Valeria, que desde la mesa técnica levantó una ceja con advertencia.
Luego volvió hacia Sofía.
—Una vez más —dijo—. Pero con calentamiento completo y sin añadir amplitud.
Sofía sonrió, satisfecha.
—Eso sonó muy profesional.
Maia pensó en Noa, en el mensaje, en las iniciales, en la frase que había enviado sin disfrazarla del todo.
Después bajó los hombros, encontró el eje y preparó el cuerpo para entrar en movimiento.
—Estoy aprendiendo —respondió.