Capítulo 14 La resistencia del tejido #2
Maia soltó una risa mínima, que se transformó en una mueca cuando el músculo volvió a defenderse.
Noa redujo el ángulo.
—Perdón.
—No fue tu culpa.
—No dije que lo fuera.
—Lo pensaste.
Noa bajó la pierna unos centímetros y apoyó el talón de Maia sobre su muslo para liberar la carga. La pausa permitió que ambas respiraran. La distancia seguía siendo escasa, pero ahora estaba atravesada por algo más lúcido que el deseo: cuidado, miedo, orgullo, cansancio.
—No puedo ser la persona que te lastime —dijo Noa, muy bajo.
Maia no respondió enseguida. La frase llegó demasiado cerca de un lugar donde el dolor muscular ya no tenía importancia.
—No eres la única persona con capacidad de decisión aquí.
—Lo sé.
—A veces no parece.
Noa aceptó el golpe sin defenderse.
—Tienes razón.
Esa respuesta desarmó a Maia más que una discusión.
Desvió la vista hacia el espejo lateral.
En el reflejo, sus cuerpos parecían construir una imagen más peligrosa de lo que era: Noa inclinada sobre ella, la pierna sostenida, la luz baja, la sala casi vacía.
Desde fuera, cualquier cosa podía confundirse. Desde dentro, todo era más complejo.
Noa retomó la movilización.
—Una vez más. Menos rango, más tiempo.
Maia asintió.
Esta vez no intentó ayudar. Dejó que la pierna pesara en las manos de Noa, que el tejido protestara, que la respiración hiciera su parte sin convertir el esfuerzo en demostración. El músculo resistió unos segundos. Luego cedió.
No mucho.
Lo suficiente.
—Eso es —dijo Noa.
Maia cerró los ojos.
La frase le atravesó el cuerpo con una memoria demasiado concreta: el espejo, el tobillo, la primera vez que Noa había marcado un límite desde fuera. Qué fácil era que una palabra técnica se llenara de otras cosas cuando se repetía en el lugar equivocado.
Los pasos de Mateo regresaron por el pasillo antes de que ninguna pudiera decir nada más.
—Tengo el rodillo y la pelota —anunció, deteniéndose a una distancia prudente.
Noa bajó la pierna de Maia con cuidado y se puso de pie. Su rostro recuperó la composición profesional con una rapidez que habría parecido fría si Maia no hubiera visto lo que le costaba.
—Gracias —dijo Noa, tomando el material—. El tejido cedió. No hay signos de rotura. Va a hacer diez minutos de autoliberación suave, sin insistir sobre el punto de dolor. Después, calor local en casa y nada de estiramientos profundos esta noche.
Mateo asintió.
—¿Mañana ensayo?
Noa miró a Maia antes de responder.
—Mañana puede ensayar, pero con calentamiento completo y sin añadir amplitud por encima de lo pactado.
Maia sostuvo su mirada.
—Sin añadir amplitud.
—Lo digo en serio.
—Lo sé.
Mateo pareció satisfecho con que ambas hubieran llegado a una forma razonable de obediencia. Dejó la pelota junto a la colchoneta y volvió a consultar la tableta.
—Voy a cerrar las últimas salidas. Te espero en recepción, Maia.
—Gracias, Mateo.
Cuando quedaron de nuevo sin él, Noa se agachó para recoger su reloj de pulsera. Maia se incorporó despacio y se sentó sobre la colchoneta, con la pierna flexionada con cuidado. El dolor había bajado. Seguía ahí, pero ya no gobernaba todo el muslo.
—Está mejor —dijo.
—Bien.
La palabra salió demasiado corta.
Maia tomó el rodillo y lo apoyó bajo la pierna.
—No voy a pedirte que bajes cada vez que algo se cierre.
Noa ajustó el reloj en su muñeca.
—No deberías tener que hacerlo.
—Hoy bajaste antes de que te llamaran.
Noa levantó la mirada.
Maia no sonreía.
—Eso también lo vi.
Noa guardó silencio.
Desde recepción, Mateo llamó a alguien por teléfono. Una puerta se cerró al fondo. El gimnasio estaba recuperando su escala normal, como si la escena ya hubiera terminado.
Maia empezó a mover el rodillo con lentitud bajo el muslo. La presión era desagradable, pero tolerable.
—Mañana le diré a Sofía que estoy bien —dijo.
—Dile la verdad.
—Esa es la verdad.
—Parte de ella.
Maia sostuvo el rodillo entre ambas manos.
—La parte que le corresponde saber.
Noa no tuvo una respuesta limpia para eso.
Quizá porque era exactamente lo que ambas venían haciendo desde hacía días: repartir la verdad en porciones aceptables, conservar para sí aquello que podía incendiar la mesa completa.
—Buenas noches, Maia —dijo al fin.
Maia asintió.
—Buenas noches, Noa.
No hubo agradecimiento. No hacía falta. La gratitud estaba en la forma en que Maia seguía el protocolo sin discutir, en la manera en que Noa no subía todavía al despacho aunque ya no tenía una razón técnica para quedarse, en el silencio de Mateo al otro lado del pasillo, respetando una intimidad que no nombraba porque quizá aún podía pasar por profesional.
Noa se alejó hacia las escaleras.
A mitad del trayecto, Maia habló sin levantar la voz.
—Noa.
Ella se detuvo.
—¿Sí?
Maia mantuvo la mirada en el rodillo.
—No me trates como un error que estás intentando corregir.
Noa no respondió enseguida.
Después bajó un escalón, solo uno.
—No lo eres.
Maia asintió, como si no necesitara más.
—Entonces mañana nos comportamos como si ambas lo recordáramos.
Noa sostuvo la barandilla con una mano.
—Lo intentaré.
Esta vez, la frase no sonó a promesa grande ni a derrota. Sonó a algo más pequeño y más difícil: una intención honesta, frágil, todavía insuficiente.
Maia volvió al rodillo.
Noa subió al despacho sin mirar hacia el espejo.