El novio ideal 35. Quien ríe el último #3
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35. Quien ríe el último #3

Tirso trastabilló, tratando de mantenerse firme, pero cuando cayó fue como demolido, como dinamitado por los cimientos.

Julia estaba justo detrás, así que la arrastró consigo.

Cayeron los dos, en tándem como siempre, y si las alertas antitornado de su cerebro no ensordecían ya cada uno de sus sentidos, lo hicieron en ese momento, emborronándolo todo con el viscoso hedor de la sangre fresca.

Julia salió de debajo de él como de entre los escombros de una explosión, desorientada y hueca.

—Quería matarte lentamente —decía Ángel, a horcajadas sobre Manu.

Con una garra le aplastaba la tráquea y con la otra le incrustaba el cañón del arma bajo la barbilla—.

Quería pincharte y ver cómo te inflabas y babeabas hasta asfixiarte.

Pero ahora voy a tener que pegarte un tiro y no te vas ni a enterar.

La mano de Tirso tanteaba por entre los añicos de la mesita licorera, buscando, ¿buscando qué?

—Por favor.

—¿Cómo, cómo dices, a ver?

—P…

Una botella de alcohol. Una bien bonita, además. Refinada, diáfana, con taponcito redondito a juego. Sus dedos se cerraron en torno a su cuello, pero nada más. Tirso no daba para nada más. De modo que Julia se la quitó. Estaba resbaladiza, al igual que el parquet.

—Venga, ponle ganas, que van a ser tus últimas palabras. Repite conmigo. Por… fa…

Se la reventó contra el cráneo.

Ángel gruñó y se dobló de lado como un junco, aunque igual daría que se hubiera partido como un tronco porque Julia lo golpeó otra vez.

Y otra.

Y otra.

Y otra vez.

La botella se rompió. Manu giró la cara para evitar la lluvia de esquirlas, cerrando los ojos muy muy fuerte. Ángel también le cayó encima, pero él ya después. De bruces y después. Laxo. Roto. Muerto.

—Tirso.

Julia soltó por fin la botella, que terminó de hacerse añicos a sus pies, y sin dedicarle ni medio pensamiento más al cadáver de su víctima se arrodilló junto a Tirso.

Le tocó la cara, el pecho, las manos, frenética, como para asegurarse de que seguía respirando, de que seguía entero.

Pero también seguía sangrando, borboteando de rojo y rojo y rojo.

Tenía las pupilas dilatadas y los dientes apretados.

Jamás le había visto tan pálido. O siquiera pálido, a secas.

No notó cuando Manu se arrodilló al otro lado, coreando su nombre con voz rasposa.

Tirso, Tirso, llamaban los dos, en canon, y este siseó entre dientes cuando cada uno taponó un agujero de bala con la mano, presionando con urgencia febril.

Julia quería acunar su cabeza en su regazo, pero no se atrevía a moverlo, no se atrevía más que a sostenerle la mirada mientras su sangre rebosaba por entre sus dedos.

Tirso pestañeó y sonrió. Sonrió, el muy desgraciado, torcido y dolorido.

—Qué dramas —tuvo encima el nervio de esforzarse en decir—. Estoy bien.

—¡No hables! —ladró Manu, tapándole la boca con la otra mano.

—Voy a… la ambulancia —balbuceó ella, hurgando torpemente en su bolso. Tuvo que limpiarse la palma en la alfombra para conseguir desbloquear el móvil—. A Urgencias. ¿Cuál era? ¿911?

— ¡No! ¡061!

Tirso negó con la cabeza y acercó la muñeca izquierda hacia ella; Manu le apartó la mano de la boca primero y el pelo de la cara después.

—¿No a qué?

—Llama a Shigure —jadeó, conteniendo un claro quejido—. Dile… —rechinó los dientes— código rata.

—¿A quién?

Pero Julia no tenía tiempo para contestar a Manu porque ya estaba desbloqueando el smartwatch de Tirso.

Veía borroso, ¿por qué veía borroso? ¿Por qué no había ningún contacto guardado?

¿Cómo se suponía que…? Ah, las llamadas.

El historial de llamadas. Ahí estaba, el mismo número una y otra vez. Pulsó a llamar.

El primer tono apenas se oyó por encima de la respiración laboriosa de Tirso.

Ella y Manu se inclinaron a la par sobre el altavoz, tirantes como dos gomas elásticas a punto de saltar, como dos cables de alta tensión a punto de prender.

Durante el segundo tono, alguien o álguienes empezaron a aporrear las puertas trancadas del salón de caballeros con la misma insistencia que los latidos de su corazón en sus oídos.

Al tercer tono, nada. Al cuarto, tampoco. Julia no pudo más y sollozó.

Al quinto, alguien demasiado jovial descolgó y dijo:

—¡Neko!

Y Julia y Manu aullaron:

— ¡RATA!

—¡Código! —aclaró ella después.

—¡Código rata! —Eso fue Manu.

— Oh my —se rio Shigure, como si tuviera gracia—. ¿Cuánto de rata?

—Mucho —resopló Tirso.

—Veré qué puedo hacer.

Y ya. La llamada terminó ahí. Sin preguntas, sin garantías, sin despedidas; sin más.

Julia se quedó mirando el reloj desencajada.

Cuando alzó la vista y sus ojos dieron con los de Manu, vio reflejada en ellos la misma congoja, el mismo desconcierto desolado que sentía ella congelándole las extremidades como un páramo interior.

El mismo terror. Aberrante, parasitario.

El hedor de la sangre anegaba la habitación, denso, muy denso, y quizá acababan de cometer el peor error de sus vidas.

Quizá acababan de confiarle el amor de sus vidas a la persona equivocada.

Sin embargo, al ritmo al que el charco bajo sus cuerpos calaba las alfombras, ya poco más podían hacer salvo confiar.

Salvo seguir taponando con sus manos la fuente de sangre y seguir ignorando el mundo que giraba y giraba vertiginosamente a su alrededor y seguir prometiéndole entre susurros que todo estaba bien, que todo iba a salir bien, que pronto todo acabaría.

—Ya están en marcha —mintió Julia, acariciándole la mejilla. Empezaba a enfriarse—. Ya en nada nos vamos para casita, con Muu, a la cama. ¿Vale?

Tirso solo le dejó un beso en la muñeca, solo entrelazó los dedos con los de Manu sobre su pecho. Qué plácido se le veía, con los ojos cerrados y un asomo de sonrisa en los labios.

—Tranquila —le respondió, muy bajito, muy blando; casi somnoliento—. Estoy justo donde quiero estar.