Epílogo. Aniversario
Epílogo
Aniversario
En su línea habitual, todo lo demás Julia lo recordaría a trompicones. Por el shock , suponía.
De los paramédicos solo sabría decir que habían echado abajo las puertas del salón de caballeros con brutalidad policial y que no tenían pinta de paramédicos.
De Manu, que solo había abandonado su vera para poner orden en el pandemonio de invitados alterados y allegados conmocionados.
De madame Molina, que no había pronunciado ni un mísero francesismo mientras revoloteaba toda consternada tras su hijo.
De Shigure, que era el hombre mejor plantado que había visto en toda su vida y que los había recibido fumándose un piti junto a una ambulancia que tampoco tenía pinta de ambulancia. De Tirso… Bueno, qué decir de Tirso.
Que en la ambulancia se había reído de un chiste malo de Shigure bajo la mascarilla de oxígeno. Que había parecido estable, casi aburrido.
Que no había soltado su mano hasta que la soltó.
Que no había perdido el sentido hasta que lo perdió.
Que no había muerto hasta que murió.
Habían hecho falta dos balazos en el vientre y dos litros de sangre perdida para tumbarlo, lo cual, de alguna manera retorcida, sumaban los cuatro minutos que pasó clínicamente muerto.
Pero de aquella noche de pesadilla ya hacía medio año, y, después del susto inicial, resulta que Julia no había mentido: todo estaba bien.
De hecho, todo era perfecto.
—MMM, buenos días.
—¿Hablo con Eneko Solera?
Julia frunció los labios. Algunos no sabían cuándo rendirse.
—¿Eneko? —dijo aun así, mientras se cambiaba el teléfono de oreja—. No nos suena ningún Eneko. ¿A qué número está llamando?
—Al correcto. Requiero de sus servicios.
—¡Oh! Bueno, debe de haber habido alguna confusión de nombres, pero yo encantada de cubrir sus necesidades —canturreó—.
¿Qué busca exactamente? ¿Soluciones de ciberseguridad?
¿O simulación de asalto? Sepa que nuestros consultores escanean vulnerabilidades a nivel corporativo o privado, pero siempre bajo estric…
—Nada de eso. Pásame con Eneko.
—Eh, uh. Perdone, pero de verdad deberíamos chequear el número. ¿Está usted llamando a MMM, consultoría de hackeo ético?
—¿Me estás vacilando?
Ahí Julia fingió un grito ahogado. En el escritorio adyacente, Tirso puso los ojos en blanco, pero no intervino.
—¡N-no! Solo estoy… Mire, me encantaría ayudarle, pero yo es que solo soy la secretaria. —Mentira cochina—. Me sacas del catálogo y me pierdo. ¿Quiere que deje nota de su llamada y pregunto a los consultores si conocen a Eneko… Solano? ¿Solera?
Silencio.
—¿Señor? —insistió, ya sonriente—. Si me deja su número, le devolveré la llamada en cuanto sepa algo.
El señor misterioso colgó.
Tirso la miró. Julia le sonrió.
—Te dije que con bloquearlos valía.
—Y yo te dije que eso sería como admitir que eres tú.
—Y yo os dije que quedaba terminantemente prohibido traer chuches de picapica a la ofi —desempató Manu, entrando con cara de asco al despacho—. Puaj. Es que caigo siempre.
—Pues para de meter mano en chuches ajenas.
—Qué lista, Julia. ¿Crees que si fuera tan fácil dejar el azúcar tendría diabetes?
—No tienes diabetes —suspiró Tirso.
—Pero ¡podría!
Esta vez fue turno de Julia de poner los ojos en blanco.
Manu le sacó la lengua como un crío y, para más inri, al pasar por su lado dijo «no te lo mereces» mientras le dejaba un café encima del escritorio.
No se lo había pedido, pero tras tres meses trabajando juntos (y otros tantos conspirando juntos) ya empezaban a conocerse.
Ahora que Eneko Solera estaba muerto y enterrado, también muerto y enterrado había quedado el peligro de codearse con Manu, a Dios gracias.
¡Y tanto que se codeaban! MMM, previamente siglas de Manuel Molina Montaraz y actualmente de Montaraz Manzano Mihura, era la prueba viviente de ello.
Siendo «viviente» la palabra correcta para definirlo, por cierto, pues cada una de las partes había sufrido una experiencia cercana a la muerte antes de llegar donde estaban.
El bucle de agradecimientos y lágrimas de alivio postdrama había sido entrañable, pero Julia no había respirado tranquila hasta que no les dieron el alta a los tres.
Ella con media oreja menos, Manu con tres implantes dentales y Tirso con nosecuantas cirugías de urgencia y otros nosecuantos meses de rehabilitación por delante.
«Ha tenido muchísima suerte», solían decirle los médicos.
«Pero mucha mucha», contestaba él.
No pudo evitar pensar en Ángel Durán. A veces se preguntaba dónde había acabado, qué habían hecho los de Insider Solutions con su cuerpo (cadáver), qué le habrían contado a su esposa, o cuánto. Pensaba más en ella de lo que pensaba en Ángel. Aunque tampoco es que pensase mucho en él.
La verdad, había creído que matar a un hombre le afectaría más.
Que se desvelaría cada noche con el eco de la licorera contra su cráneo, o que la culpa la perseguiría como una mancha imborrable para siempre.
Pero estaba bien, porque más hubiera lamentado perder a Tirso, o a Manu. Volvería a hacerlo, de hecho.
Le gustaba saber que dentro de ella había una Julia no solo capaz de morir por los suyos, sino de matar por los suyos. Y que esa Julia era ella.
En fin. Prefería tomárselo como un precio a pagar. O como otra prueba más de lo que Julia ya sabía desde el principio: que, en efecto, Tirso y ella estaban hechos el uno para el otro.
Le dio un sorbito a su cafelito mientras volvía a consultar la hora en el portátil.
Dios, si no eran ni las doce. Se le estaba haciendo eterna la mañana, y eso que los Viernes de Ofi estaban convirtiéndose poco a poco en su día favorito.
Teletrabajar estaba bien, sobre todo en el espacioso piso nuevo, pero más veces que ninguna Julia se encontraba deseando que avanzara la semana para apoltronarse en la oficina que tenían alquilada en el centro, con sus dos despachitos individuales donde se reunían Manu y Tirso cada cual con sus clientes, con su salita de juntas donde (como su nombre indica, obvio) se juntaban con sus clientes comunes y con el verdadero despacho al fondo donde faenaban los tres, acristalado de arriba abajo para que el sol entrase a raudales.
En la inmensa mayoría de las ocasiones, al terminar la jornada se bajaban los tres a comer (o a cenar, dependiendo del lío) al local de enfrente, donde ya los conocían por nombre y por paladar.
Hoy, en cambio, el plan era otro. Hoy Julia tenía una cita. A fin de cuentas, era San Valentín. ¿Qué otro plan iba a tener ella un 14 de febrero salvo salir de cenita romántica?
Porque, desde luego, pillar a su novio metiendo un cadáver en el maletero ya no era una opción. Y ella que se alegraba.
Dándose cuenta de que los chicos habían pasado a hablar en susurros, Julia los espió por encima del cierre contable con el que andaba peleándose.
Tenían las cabezas muy juntas, cuchicheando con una mano sobre la boca como adolescentes, y en un momento dado Manu se giró a mirarla de reojo para luego volver a darle la espalda con una risita conspiratoria.
Ella los fulminó con la mirada, suspicaz, pero Tirso solo le devolvió una sonrisa tranquila, plácida.
Sip.
Volvería a hacerlo.
Y bien está lo que bien acaba.