35. Quien ríe el último #2
Contraatacó después, más por impulso que por lógica, quitándoselo de encima de un empellón urgente.
Ángel trastabilló, aunque tampoco tenía espacio para desplomarse porque Tirso ya estaba ahí, tras él, atenazándolo contra su pecho con una férrea llave al cuello.
Le retorció también el brazo libre a la espalda (Ángel rugió ), y ni se molestó en esquivar una tercera bala que el novato disparó a ciegas por encima del hombro.
El proyectil impactó de lleno en la exquisita lámpara de techo, que, estrambóticamente, siguió alumbrando mientras sus cuentas diamantinas granizaban con estrépito sobre ellos.
Julia trató de hacerse con la pistola a la desesperada, a mazazos, pero ni con esas la soltaba el muy cabrón, no la soltaba ni aun gorjeando medio asfixiado, bregando como un toro de rodeo, así que tuvo que arrancársela de entre los dedos, abrírselos tal cual le abría la boca a Muu cuando se comía un pedazo de plástico.
En cuanto la pistola cayó al suelo Ángel se encabritó con renovada brutalidad, consiguiendo incluso aflojar lo suficiente el grillete de los brazos de Tirso como para hincarle un codo en el estómago.
Tirso se dobló en dos con un gañido animal, pero en vez de ceder terreno lo mandó de boca contra el escritorio, donde el novato chocó aparatosamente antes de derrumbarse sobre la (suerte la suya) mullida alfombra turca.
Ellos dos se movieron entonces a la vez sin pensar, sin tiempo que perder. Ella recogió la pistola del suelo; él inmovilizó a Ángel bajo su cuerpo. Ella le tendió la pistola; él se la encañonó a Ángel en la frente. Ángel paró de revolverse al instante.
—Pero ¿qué es todo este escánd…? ¿¡QUÉ COÑO HACÉIS!?
Tres pares de ojos se volvieron hacia la puerta.
Como no podía ser de otra manera, ahí estaba el mismísimo Manuel M.
Montaraz, mirándolos pasmado desde el umbral.
Julia podía imaginarse el panorama a sus ojos.
Las butacas volcadas, los expedientes desperdigados por los suelos, la lámpara hecha un colgajo de brillantes.
La brecha en la ceja de Ángel, la pistola en manos de Tirso, esa otra cosa que Julia estaba sacando del bolso.
—Manu, esc…
—¿Ángel? —la cortó Manu, para más inri. Estaba empezando a ponerse amarillo. Oh, no. Oh, no. Se conocían—. ¿Qu…? Tirso, ¿¡qué cojones!? ¡Suéltalo! ¡Suéltalo YA MISMO!
Nononononononon…
—¡No, no, no, Manu, calla! ¡Cállate! ¡Vete!
Por fin Manu giró el rostro hacia ella, desencajado, nudillos blancos de aferrar el pomo del despacho y pupilas diminutas de la impresión.
Atrás, muy atrás, la fiesta proseguía sin ellos y nadie más debía verlos.
Manu tampoco. Manu ni siquiera debería estar allí.
Era la última persona que debería estar allí.
—¿¡Cómo me voy a ir!? —rechinó, tratando (sin mucho éxito) de conservar la compostura—. ¿¡Vais a pegarle un tiro al marido de la jefa de ciberseguridad de Yldra!? ¿EN MI SALÓN?
—Julia, llévatelo.
No alcanzó ni a rozarlo:
—¡NO! ¡NO ME TOQUES! —Y se apartó de ella como escaldado, como enloquecido, pero fue peor aún cuando sus ojos bajaron instintivamente hacia sus manos extendidas hacia él. Hacia la navaja que sostenía en la derecha. El espanto que impregnó entonces su voz dolió—: ¿¡Te ha reclutado!?
—Manu, por favor, te lo explico ahora todo fuer…
Pero Manu la ignoró, volviéndose hacia los otros con gesto grave, autoritario.
—Tirso. Como no sueltes esa pistola ahora mismo llamo a la policía y se lo cuento todo.
Qué vio este en sus ojos para que muy, muy despacito, bajara la pistola hasta el suelo, Julia jamás lo sabría.
Debió de ser algo peligrosamente familiar, pues fue con esa misma lentitud cautelosa con la que se irguió, recto militar, y replegó las palmas sobre sus muslos.
No se levantó, sin embargo, manteniendo a su presa todavía aprisionada entre sus piernas.
—Vamos a hablarlo —le dijo después, suave.
—No hay nada que hablar. Señor Durán, ¿está usted bien?
—Montaraz —graznó el novato, aún sin resuello—. Es ella. Están compinchados.
—¿Perdone?
—La mujer. Es el hacker de Yldra.
Silencio.
Manu la miró.
«No lo digas», pensó Julia.
—Moli —advirtió Tirso.
—Señor Durán —dijo Manu, mientras sacaba su llave de la cerradura—. Siento de corazón el malentendido. —Cerró la puerta tras él. Echó la llave. Se la guardó en el bolsillo—. No sé cómo ha llegado a esta situación, pero es un error, y, por lo que veo, es a todas luces mi culpa.
Ángel pestañeó, desconcertado, pero no necesitó preguntar para que Manu se llevara una mano al pecho, visiblemente arrepentido, y respondiera:
—Yo soy el hacker. Julia no sabe ni desmontar un Tamagotchi.
—¡Oye!
—¿Eras tú…?
La risita del verdadero hacker repicó mitad compungida mitad traviesa.
—¡Lo siento! Solo quería lucirme.
Por supuesto, al damnificado no le hacía tanta gracia. Estaba lívido.
—Has estado en mi casa. Cenando, con nosotros. Sabes que Yldra es su vida y casi la echan.
—No era consciente de que fuera tan grave —se defendió Manu, torciendo el gesto—. Pero créeme que ya estoy pagando el precio. Hubiera preferido que Bianca me contactase en privado para aclarar las cosas en vez de mandar quemarme la casa directamente, pero bueno. Supongo que me lo tengo merecido.
—Cierra la puta boca, Moli.
—¿Por qué? ¡Durán no tiene nada que ver con Yldra! Solo es… Su esposa será quien te habrá contratado; los invité porque sería sospechoso no hacerlo.
«Que cierres la puta boca», quiso gritarle Julia, según Ángel iba perdiendo más y más color. Este hizo amago de incorporarse, como ido, pero Tirso lo devolvió al suelo con una mano firme en el pecho.
—Tú quietecito ahí.
—Tirso, por Dios —rebufó Manu, dando un medio paso hacia ellos—. ¿Puedes soltarlo de una vez? No quiero que Bianca piense que he mandado a un matón a por su marido.
—Moli, cojones, que es al revés. Este tío me ha mandado a mí a por t…
No llegó a terminar la frase.
El novato cogió la pistola del suelo y disparó a Tirso a quemarropa en el estómago.
Y, esta vez, no hubo quiebros ni manotazos que desviaran el tiro.
Esta vez, la bala taladró piel y carne sin más obstáculo que el fino tejido de su camisa ahora roja, toda roja.
Julia aulló; Manu retrocedió. Julia se lanzó hacia allí; Manu la frenó al vuelo.
Ante ellos, Ángel se apartaba a Tirso de encima como si solo fuera una pesada manta vieja, echándolo a un lado de cualquier manera.
Más tarde, Julia recordaría aquello como a fogonazos, como en mitad de una discoteca con focos parpadeantes.
Ángel ya en pie, limpiándose la sangre de las manos en su traje gris igualmente ensangrentado mientras los miraba con ojos perturbados y perturbadores.
Luego nada. Luego Ángel avanzando a paso predador hacia ellos, pistola ya preparada para cobrarse su próxima víctima.
«Moscardón», le parecería haberle oído decir, o haber leído en su sonrisa maniaca, pero no entendía cómo era posible si en aquel instante ella estaba sacando la navaja de su funda en piloto automático, arrancándosela tal como desearía arrancarle a él los dientes.
En algún momento se había colocado delante de Manu, lista para protegerlo una vez más, pero Ángel no era Tirso y por tanto arremetió contra ella sin miramientos, descargando toda su fuerza en un revés especialmente desdeñoso.
Impaciente. Julia era una simple mosca en su camino, y no la que estaba buscando.
Al principio le dolieron más los oídos que los cortes, del ruido.
Había caído a plomo sobre la mesita bar, la cual (¡cómo no!) había estallado en mil pedazos bajo su peso.
Esquirlas punzantes en sus brazos, sus piernas, que se le clavaban más y más adentro según luchaba por levantarse.
Sangre encharcada en su boca. ¿Del bofetón?
Del bofetón. Todo olía a sangre, a alcohol y a pánico.
Era un olor muy específico, este último.
Solo lo había experimentado una vez antes, en el matadero, aunque hasta ese preciso instante no supo ponerle nombre.
También olía un poco salado. Lágrimas, suponía. Las suyas.
No llegó a tiempo para ver el primer puñetazo, pero sí el siguiente.
Manu trató de defenderse como pudo, que no fue mucho, teniendo en cuenta la diferencia abismal entre ambos.
Apenas lo remachase al suelo, tal como estaba haciendo justo ahora, ya daría igual cuánto forcejeara porque su oponente era más fuerte, más grande, más todo que él.
Julia nunca olvidaría cómo sonaba el pavor de Manu.
Lo rápido que se lanzó a por él, electrificada de dentro afuera, mientras Ángel encajaba un brazo en su garganta y apretaba.
Tirso lo alcanzó antes. Se abalanzó sobre el novato con todo su peso, moviéndose renqueante por la pérdida de sangre pero certero por los años de servicio.
Ah. Los gritos de rabia y dolor de Ángel mezclados con el colocón eufórico de ver a Tirso en pie eran música para sus maltrechos oídos.
Casi rio de pura histeria cuando se unió a la refriega, sujetando al miserable por el pelo para que Tirso pudiera machacarle la cara a gusto con sus puños.
No quiso pensar en por qué resbalaba tanto el suelo.
No quiso pensar en por qué Tirso estaba empapado.
No era tan tonta. Simplemente, lo único que importaba ahora era extirpar al novato de encima de Manu como una mala hierba. Ya llorarían después.
—¡QUITA! —ladró Ángel.
En una de sus primeras citas, mientras salían del cine, Julia se había quejado del final de la película. «Es que no es creíble —había refunfuñado, picadísima—. ¿Le meten dos tiros en el pecho y quieren que me trague que sobrevive? ¿Sin secuelas ni nada? Venga, hombre».
«A ver —había contestado Tirso—. Tampoco es imposible. Si el proyectil no toca ningún punto vital y se actúa a tiempo… Podría tener suerte».
«Pero para eso tendría que tener mucha mucha suerte».
«Bueno, sí. Eso sí».
«Pues ya está».