El novio ideal 35. Quien ríe el último
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35. Quien ríe el último

Quien ríe el último

«No suelo usarlas —había dicho Tirso mientras guardaba la pistola en su funda—. Intento depender lo mínimo posible de Shigure, y el tipo de munición silenciosa que necesitamos las personas como yo solo puede conseguirla él».

Julia solo había asentido, intentando procesar a toda prisa la imagen de su novio abrochándose una funda de pistola en la parte trasera del cinturón.

Tenía forma curvada, para adaptarse a la hendidura del lumbar; y una apertura lateral, para facilitar la extracción del arma.

Cuando se puso la chaqueta del traje, el bulto apenas se notaba.

«¿Llegas bien a sacarla?», había preguntado entonces, algo ansiosa.

Siguiendo su tónica habitual, Tirso simplemente se había llevado la mano a la espalda y sacado la pistola de debajo de la chaqueta en un pispás, en un pestañeo.

En un segundo Julia había estado adecentándose frente al espejo del dormitorio y al siguiente podría haber caído muerta.

Y algo debió de verle él en el rostro, pues había suavizado el gesto y dicho:

«Tranquila. Es simple precaución. Lo que me recuerda… —Ahí Tirso se había vuelto de nuevo para rebuscar en su mochila del gym, la que, al parecer, ahora hacía las veces de maletín de Agente 007—. Esto es para ti, que pensé que te sentirías más segura teniendo algo a mano con lo que defenderte».

La navaja venía con su propia funda. Negra, casi gomosa. Muy profesional.

«Pero lo que te digo. Nadie va a disparar a nadie esta noche y nadie va a apuñalar a nadie esta noche, ¿vale? Esto es solo…».

«Por si las moscas», había asentido ella.

«Por si las moscas», había sonreído él.

Y, sin embargo, ni dos horas más tarde un agujero de bala se reía de ella con la boca bien abierta.

Había impactado en el reposabrazos de su butaca, después de que el representante de Yldra desviase el tiro de un codazo reflejo.

Julia habría esperado un estallido ensordecedor, un tronido golpeando sus tímpanos como un gong, pero apenas si había conseguido oírlo por encima del ruido sordo de butaca contra alfombra y de cráneo contra mesa.

La reconstrucción de los hechos, entonces, quedaba tal que así:

1. Tirso dispara a Durán.

2. Durán desvía el balazo sin inmutarse.

3. La bala impacta en el afortunado espacio entre el codo y el muslo de Julia.

4. Tirso comete el error de apartar los ojos de Durán para comprobar que Julia está ilesa.

5. Durán aprovecha para levantarse de un salto (su butaca vuelca del impulso) e invierte toda la potencia del mismo en remachar la cabeza de Tirso al escritorio (su sien pega contra la madera maciza como un sello de hueso).

6. Tirso tiene la resistencia y experiencia suficientes para volver a encañonarlo, pero Durán simplemente se hace a un lado, poniendo de nuevo a Julia en la trayectoria de tiro.

7. Durán forcejea para arrebatarle la pistola; Tirso la suelta por temor a que el gatillo se dispare durante el forcejeo.

8. Julia solo mira, petrificada en el sitio, mientras Durán retrocede un par de pasos tambaleantes y apunta primero a Tirso, para asegurarse de que no lo persiga; y luego a Julia, para terminar de someterlo.

9. Durán resuella, sin dejar de apuntarla, pero está mirando a Tirso cuando canturrea:

—Eneko, Neko, Nekito. ¿Sabe Shigure que te estás tirando al hacker de Yldra?

Fue eso, justo eso, lo que la sacó por fin de su aturdimiento.

No la mención al pseudojefe de Tirso, sino la incongruencia.

Un empleado de Yldra no debería hablar de su empresa como de algo ajeno a sí mismo.

Y, como cliente de Insider Solutions, tampoco debería saber quién era realmente Eneko Solera.

Sobre el papel, su verdugo contratado se llamaba Miguel.

Y eso sin contar cómo había peleado. Cómo había reaccionado.

El rostro de Tirso se ensombreció. Debía de haber llegado a sus mismas conclusiones, pero él, además, tenía la respuesta.

—Ángel —lo saludó, como si no tuviera a su novia encañonada.

¿Ángel? ¿Qué Án…? Espera, ¿ ese Ángel? ¿EL NOVATO?

Julia le dio un repaso con la mirada, descolocada.

Desde luego, el señor Durán (aka Ángel el Que Apuñaló Al Ministro de Transportes) tenía poca pinta de novato.

Culpa suya, por imaginarse a un veinteañero.

Aunque, para ser sicario primerizo, bien que le había plantado pelea a Tirso…

«Es por mí —pensó, ácida—. Porque Ángel me usa de escudo humano».

Y ella solo se había quedado sentadita sin hacer nada, como siempre.

Tenía los ojos de un intenso color chocolate. Si no la estuvieran mirando así, apremiantes, casi hambrientos, le habrían parecido hasta bonitos.

—Me viene bien, en verdad —dijo, ignorando a Tirso—. Como matar dos pájaros de un tiro, ¿no? A lo mejor puedo usar esto para recuperar el favor de Shigure. Ya verás cuando le cuente que su queridito Neko pensaba colársela.

Tirso se encogió de hombros.

—Ya lo sabe. Lo sabe todo. Que estoy involucrado con el hacker de Yldra y que hoy se haría pasar por mí ante su representante. —Resopló, poniendo incluso los ojos en blanco—. Solo un inconsciente intentaría nada a espaldas de Shigure, y menos con semejante cantidad de dinero en juego.

De nuevo aquel ínfimo tic en el rostro de Durán, de Ángel.

El mismo de cuando Julia había dicho llamarse Eneko.

Los labios fruncidos, los hombros cuadrados.

Seguía apuntándola a la cabeza con el aplomo de quien lo había hecho cientos de veces antes, ni siquiera le temblaba el pulso, pero algo dentro de él dudaba.

No fue la única que lo vio. Tirso enarcó una ceja.

—Que es lo que has hecho tú, ¿verdad? Mmm.

Si no hay representante de Yldra, ¿tampoco hay encargo de Yldra, entonces?

—Se cruzó de brazos, pensativo, pero el novato apenas daba señales de estar escuchándolo.

Solo tenía ojos para ella—. ¿Te lo has inventado, Ángel?

¿Has intentado estafar a Shigure ? Mal asunto, la verdad.

—Da igual —escupió este, tirante—. Ya era hombre muerto desde el momento en que apuñalé al ministro.

Por lo menos haciéndome pasar por Yldra me aseguraba de que alguien me llevaría hasta…

ti. —Agitó la pistola en dirección a Julia—.

Tú tienes la culpa de todo, de toda esta mierda.

Quería verte la cara antes de que me lincharan.

Quería que supieras que ibas a morir hoy.

—Su voz empezaba a encrudecerse, a encarnizarse—.

Quien ríe de últimas, ríe mejor, hija de puta.

Ella pegó un respingo. ¿¡Refranes, en su contra!? ¡Acabáramos! ¿No solo iba a palmarla tiroteada como una yanqui, que bastante cliché (perdón; desafortunado) era ya, sino que encima la sentenciaban con un refrán mal dicho ? ¡Por encima de su cadáver! ¡Literalmente!

—No, hombre, no, ¿cómo vas a decir «de últimas»?

—¿Eh?

— Julia.

—El refrán, que lo dices mal. No es «quien ríe de últimas», es «quien ríe el último», por Dios.

—¿¡Todavía tienes el coño de vacilarme!?

—siseó Ángel, plantándosele enfrente en dos zancadas.

Julia se encogió por instinto cuando le incrustó el cañón del arma contra la sien, ya viéndose venir el balazo, pero lo único que le llovieron fueron más berridos—: ¿¡No te basta con haberme jodido la puta vida, con habérsela jodido a mi esposa! ?

—¿¡A tu ESPOSA !? —no pudo sino chirriar ella, al borde del infarto—. Pero ¡¿qué le he hecho yo a tu esposa?!

Obviamente, no fue la respuesta correcta, porque se puso aún más histérico:

—¡QUÉ NO LE HAS HECHO! QUIEREN ECHARLA DE Yldra.

POR TU CULPA. POR TUS… PAYASADAS. —Presionó y presionó con la pistola hasta que consiguió arrinconarla contra el respaldo de la butaca, hasta que su voz martillaba sus tímpanos como debió de haber hecho el primer disparo—.

¡Y yo la animé! ¡La animé para que zanjara el tema contratando a Insider para localizarte y darte un escarmiento!

¡Y ENCIMA ME LO ASIGNARON A MÍ…! —Otro empujón de cañón.

Ella apretó fuerte fuerte el bolso entre sus manos—.

Si no me la hubieras liado, te habría mandado al hospital y ya, pero noooo, las niñas nunca sabéis cuándo parar.

Las demás, ni idea, pero desde luego Julia sí que no sabía cuándo parar:

—¡No, si encima tendré yo la culpa de que ni te planteases que cómo iba a ser el ministro de Transportes un hacker!

Como en las películas, supo lo que venía después por el clac-clac de la corredera al cargar el siguiente cartucho en la recámara.

También supo que no le habría hecho falta accionarla, la pistola estaba cargada y lista para disparar.

Ángel solo quería que ella lo oyera. Que se cagara de miedo, que se supiera muerta y enterrada en el próximo segundo.

No fue su vida lo que pasó ante sus ojos en aquel último segundo, sino Tirso.

Tirso, enorme y ominoso, sigiloso y calculador, listo para caerle encima a su presa por la espalda. Julia no sabía si llegaría a tiempo, pero lo quiso más que nunca por intentarlo. Irse sabiendo que alguien luchó por ella hasta el final no estaba mal.

Por desgracia, Ángel lo vio venir a través del espejo.

Por suerte, esta vez no logró reaccionar a tiempo.

Pero Julia sí.

Julia se escurrió como una lagartijilla quizá no en el momento idóneo pero sí en el momento justo para librarse de la bala que le habría volado los sesos.

La oyó (ahora de todas todas) pasarle silbando por la oreja a la velocidad del rayo, y si no hubiera estado poseída por el subidón de adrenalina, también habría notado la quemazón aguda que prendió a su paso.