El novio ideal 34. Tirso de Molina #3
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34. Tirso de Molina #3

Tras él, Tirso cerró los ojos largamente.

Ups. Ni que fuera culpa de Julia que, de entre todas las trastadas del moscardón (aka Manuel Montaraz) que había memorizado y de todas las capacidades basadas en las propias que Miguel (aka Tirso Mihura) había plasmado en el informe, el contacto de Yldra decidiera preguntarle por el francés.

Mierda. Es verdad que uno de los peores crímenes de Manu fue cambiarles el idioma de la interfaz a todos los terminales de la sede general. Mira que como Durán reanudara el interrogatorio en francés…

Pero lo que hizo Durán fue erguirse, cerrar la carpeta y decir, en perfecto castellano:

—A ver, en principio todo coincide. Sole, nos lo has puesto muy difícil estos meses, así que hazme el favor de ponérmelo fácil hoy a mí confirmando o negando tu autoría sobre los treinta y tres ciberataques a Yldra Sistemas aquí listados.

Y le tendió la carpeta. Julia la tomó y fingió cotillear un par de páginas. No se le escapó cómo el representante intercambió mientras una mirada fugaz con Tirso a través del espejo tras ella.

—Hm… ¿Qué pasaría si confirmo?

—Algo interesante —sonrió el muy canalla.

En fin. De perdidos al río. Con un suspiro falsamente resignado, ella negó con la cabeza según desprendía cuatro expedientes del resto.

—Estos no son míos.

—¿Cómo?

—Estos —repitió Julia, agitando los papeles—.

El punto de traspasar vuestras defensas era demostraros que puedo, no secuestrar documentación sensible.

No es mi estilo. Y tampoco comulgo con denominarlos «ciberataques», difícilmente se puede considerar como tal a…

, yo qué sé, poner la página web en color rosa, por citar alguno.

—Cabeceó tal cual haría Manu, tal cual haría Tirso—.

¡Es más! Creo que, por definición, ni siquiera cumplen los requisitos.

—Se echó hacia delante para dejar los expedientes improcedentes sobre las rodillas de un estupefacto Durán—.

En mi experiencia, esos cuatro partes de archivos cifrados son simples olvidos de contraseña que alguien ha hecho pasar por hackeos para lavarse las manos.

¿Soléis rotar de personal administrativo a menudo?

Porque a Julia no se le olvidaba la semanita de pesadilla que pasó buscando tutoriales en YouTube sobre cómo desproteger un excel tras pirarse su predecesora del Obramat sin compartir las claves de acceso con nadie.

Se atrevió a echar una ojeada rápida a Tirso.

Ahora sí que no había dudas: aquello en la esquinita de sus labios era definitivamente un asomo de sonrisa.

¿Qué? Que lo había clavado, ¿no? ¡Y ni siquiera había necesitado actuar mucho!

A ver si iba a ser verdad eso de que Manu y ella se parecían…

Como mínimo, a los dos les salía la vena teatral cuando sabían de lo que hablaban.

Qué ganas de que Durán se fuera a su casita para que Julia procediese a fingir que sufría un shock anafiláctico mientras esperaba un taxi (gracias por la inspiración, alergia al marisco de Manu) y Tirso a fotografiar la tragedia desde el ático para presentar la polaroid como prueba para Yldra.

Después ya solo quedaría fabricar el certificado de defunción de Eneko Solera, cerrar todas sus cuentas y olvidarse para siempre de que existió.

Bueno, es cierto que antes de eso último Tirso tendría que dar caza al tal Ángel, pero Julia tampoco quería saber los detalles.

A ella le bastaba con saber que todo acababa ahí.

Que, a la hora de la verdad, Tirso había sacrificado su imperio por proteger a los suyos, incluso de los que renegaba.

Sin embargo, la forma en la que Durán la estudiaba le congeló la sonrisa en la cara.

¿Qué había sido, qué había hecho? ¿La había visto muy pagada de sí misma, había tirado demasiado de la cuerda? ¿Qué?

El contacto de Yldra volvió a mirar a Tirso a través del espejo, y luego de vuelta a ella. Y luego sus ojos se posaron en el dosier todavía en manos de Julia.

—¿Me permites una última pregunta?

—Todas las que quiera —sonrió ella, algo tensa.

Él no le devolvió la sonrisa. Tampoco la mirada. Seguía mirando la portadilla del dosier.

—Has dicho que «Sole» viene de «Solera», y que es tu apellido.

—Ahá…

—¿De qué es la «E», entonces?

—Oh. De Eneko.

Fue instantáneo, pero también sutil: Durán cuadró los hombros, entornó los ojos, frunció los labios.

Todo ligeramente, casi imperceptible; la única razón por la que Julia se dio cuenta era porque estaba prestando atención absoluta a su lenguaje corporal.

A fin y al cabo, aquel hombre tenía por objetivo verificar que tenía ante sí al verdadero hacker de Yldra, después de que el novato de turno apuñalara al moscardón equivocado, así que cada mínimo detalle raro o sospechoso debía de ser resuelto en el momento.

Menos mal que se lo habían preparado.

—Ya, ya, no me mire así —rio Julia, poniendo los ojos en blanco—. Aquí la primera afectada soy yo. ¿Por qué cree que me presento como Sole? Porque eso es lo que pasa cuando tus padres googlean «nombres vascos bonitos» pero no miran si son de chica o de chico.

Durán pestañeó.

—Entiendo.

—¿El qué? —Volvió a reírse, tratando de incluirlo en la broma—. ¿La incultura o el remedio?

—Lo primero, supongo —concedió—. Puedo entender que alguien pensara que «Eneko» es unisex. Muchos nombres euskeras lo son. Lo único que no me cuadra es…

—¿Sí?

—Que, si tú eres Eneko Solera —se volvió hacia Tirso—, ¿quién eres tú?

Silencio.

Uno, dos, tres segundos de perplejo silencio. Cuatro.

Luego Tirso sacó su pistola y disparó.