El novio ideal 34. Tirso de Molina #2
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34. Tirso de Molina #2

Lo primero que pensó fue lo difícil que lo tenía el pobre para pasar desapercibido, con lo guapo que era.

Un trío de señoronas lo ojeaban de arriba abajo, una de ellas incluso cuchicheando tras un abanico, y sus risas despuntaron por encima de la música.

Julia entendía por qué Tirso había quedado con el contacto de Yldra en llevar prendido a la solapa un pin de libélula, aunque bien podría haberle dicho: «Busca al hombre más atractivo de la casa y ese seré yo».

Lo segundo, que ojalá pudiese tirar de alguna de sus Julias para meterse en papel.

La Julia secretaria de dirección le habría venido de lujo, por ejemplo, con su capacidad para mantenerse serena y profesional ante cualquier crisis, pero hacía semanas que no conseguía vestirse ninguna.

Quizá porque la Julia de verdad había salido victoriosa de cosas mucho peores.

—Así que aquí te escondías —fue como irrumpió en la conversación, abriéndose hueco descaradamente entre Tirso y su interlocutor—. ¿Cómo debería tomarme que desaparezcas en cuanto paso al baño?

—Ay, perdona. —Tirso sonrió. No era su sonrisa de siempre—. Me acerqué a saludar al señor Durán y no caí en avisarte. Pero, mira, justo estábamos hablando de ti.

—Vaya por Dios. Nada malo, espero.

—Ni por asomo. En todo caso, diría que aquí su amigo la tiene en muy alta estima.

El representante de Yldra estaba en esa edad umbral entre los cuarenta y los cincuenta, aunque el cabello entrecano le sumaba tantos años como atractivo, cosa que le hacía falta, porque agraciado, lo que se dice agraciado, pues no era mucho.

O tal vez el problema era ella, que lo miraba con malos ojos.

O que todo el mundo siempre perdía puntos al lado de Tirso.

Si tuviera que ser buena ( muy muy buena), le sacaría parecido con George Clooney.

Un George Clooney que llevaba un traje de chaqueta extrañamente tirante, como si le pesara horrores, y que la estudiaba intentando disimular sin éxito la sorpresa.

Vaya, vaya. A alguien ni se le había pasado por la cabeza que su hacker pudiera ser una mujer, ¿eh?

Casi le enfurruñó que Manu fuera un chico.

—Pues entonces encantada —resolvió Julia, tendiéndole la mano al representante—; yo soy Sole. Lo demás ya lo sabrá usted.

Este se la estrechó al segundo:

—Durán; responsable de control de Yldra Sistemas.

Tenía la palma fría, y también algo húmeda. Debía de haber estado sosteniendo una copa hasta hacía bien poco. O eso, o la que estaba helada era ella. Podía ser.

—Con menudas personalidades te codeas —optó por bromear, haciéndole una carantoña a Tirso, quien se limitó a encogerse de hombros mientras depositaba su propia copa vacía en la bandeja de un azafato itinerante.

—En estos círculos, al final, todos nos conocemos —terció el tal Durán, afable de una manera totalmente anodina—. Aunque debo reconocerle a nuestro anfitrión la mezcla… ecléctica que ha reunido esta noche. ¿Conoce a Manuel Montaraz, Sole?

La pregunta la descolocó, por lo inesperada. Se suponía que ella venía como +1 de Tirso, ¿por qué iba a conocer a Manu? Pero si decía que no y resultaba que Durán los había visto juntos en el segundo salón, sabría que mentía.

—Vuelvo ahora mismo de desvirtualizarlo —improvisó—. Hace tiempo que nos seguimos en LinkedIn, pero nunca habíamos coincidido en persona. No quería dejar pasar la oportunidad de presentarme. —Se volvió hacia Tirso—. ¡Y ha sabido quién soy! Dice que a la próxima contará conmigo.

Sin embargo, el representante no le dio espacio a contestar:

—Ah, muy típico de Montaraz, en realidad.

Parece muy despreocupado, pero es parte de su trabajo tener un ojo puesto en todos los cerebritos independientes como usted, por si acaso.

—Algo en su rostro cambió, mutó, vaciló, y Julia supo, supo, que el proceso de identificación acababa de empezar—: Estuvimos incluso valorando hacerle llegar una oferta para que nos echara una mano con cierto… revés informático.

Estuvo a punto de suspirar. «¿Ves, Manu? —pensó—. No necesitabas andarte con numeritos. Ya se habían fijado en ti». En cambio, se hizo la interesada:

—¿Un revés informático, Yldra? Suena grave.

—Porque lo es —admitió Durán—. De hecho, de eso mismo quería hablarle, si me concede unos minutos en privado.

Julia miró de soslayo a Tirso, que permanecía impasible.

—¿Te importa darn…?

—Oh, no se preocupe —intervino una vez más el representante—, fue Miguel quien nos sugirió su perfil.

Vale, menos mal. No le hubiera hecho ni pizca de gracia quedarse a solas con ese hombre. Deberían darle un Oscar por el modo en que hizo pasar su alivio por picardía:

—Vaya vaya con el Miguelito. Ya veo por qué insististe tanto en que te acompañara…

Otro encogimiento de hombros.

—Por aquí, por favor —les indicó Durán, encaminándose hacia el pasillo—. Montaraz ha sido tan amable de prestarnos uno de sus despachos para nuestra reunión.

Ahí Julia y Tirso cruzaron miradas a sus espaldas.

Vale que la idea de Manu de invitar a Yldra a su fiesta (por mucho que les fastidiase) tuviera sentido, por un lado simulando no sospechar nada y por otro haciendo de Durán su testigo, pero ¿de verdad hacía falta ponerse solícito con el cómplice de tu verdugo?

Aunque, para ser justos, Manu ignoraba tanto las verdaderas intenciones de Yldra como el papel de Durán en su ejecución (literal, encima)…

Intentó mentalizarse para lo que se venía.

Tirso había presenciado numerosos procesos de identificación y, en sus palabras, eran un «mero trámite administrativo»: verificar las credenciales del objetivo, sacarle una confesión (o un porqué, en su defecto) y poco más.

Sí, la cosa podía ponerse fea, Tirso podía tener que intervenir, pero solo si el objetivo se resistía a colaborar.

Y Julia pensaba colaborar. Julia pensaba relatar el histórico delictivo de Manu a las primeras de cambio, que para eso se lo había aprendido de pe a pa.

También intentó parar de toquetear el broche de su bolso.

Un tic nervioso nunca transmitía confianza.

Daba igual que sus instintos más primarios le pidieran pasarse el interrogatorio entero aferrada a la navaja escondida dentro.

Por si las moscas. Tirso había dicho lo mismo al dársela. «Por si las moscas».

El despacho se encontraba varias estancias más adelante, rematando el pasillo principal con su señorial puerta doble.

Atrás quedaban ya los últimos corrillos de invitados, y a su izquierda un pesado cortinaje entreabierto marcaba la frontera con las dependencias privadas de la familia Molina, elocuentemente a oscuras.

Julia no se habría sentido más incómoda volviendo a poner un pie en aquel lugar ni aun a punta de pistola.

Era algo en la galería de espejos cubriendo las cuatro paredes, en los butacones de cuero oscuro, en el intrincado patrón de sus alfombras turcas; algo en la mesita bar acristalada repleta de licores o en las lámparas de techo estilo imperio.

Algo que no sabría poner en palabras, pero que claramente le decía que no era bienvenida.

Quizá porque seguía recordándole demasiado a un club de caballeros eduardiano.

Y más aún ahora, flanqueada por dos hombres en traje.

—¿Una copa? —ofreció Durán, señalando hacia la licorera.

—No, gracias —declinó ella, toda formalita.

Ellos dos se acomodaron frente a frente en las butacas, mientras que Tirso se asentó al borde mismo del escritorio tras el representante de Yldra, de brazos cruzados.

No había vuelto a pronunciar palabra desde que Durán se había presentado, apenas si la había mirado.

¿Sería esa siempre su personalidad de oficio?

¿Seca, impávida, casi apática? A Julia le parecería lógico.

Así no daba pistas de su verdadero carácter que pudieran guiar hasta él.

O incluso rasgos directamente identificativos, como el sonido de su risa o el hoyuelo al sonreír.

Fuera como fuese, le daba escalofríos.

—Bien, veamos…

Le costó, ¿eh? Le costó disimular la sorpresa cuando Durán extrajo una abultada carpeta del interior de su chaqueta. Madre mía. ¡Normal que le pesara, con semejante taco de folios encima!

—¿Has cerrado? —preguntó este, concentrado todavía en el papeleo.

Confusa, Julia abrió la boca para resp…

—Sí —respondió Tirso.

Cerró la boca. Rápido, como un cepo. Y no volvió a abrirla hasta que por fin el contacto de Yldra se dignó a mirarla de nuevo, ya sin rastro de su cordialidad anterior. Suponía que porque Julia ya no podía escapársele. Tirso había echado la llave, aislándolos del mundo exterior.

—E. S. —leyó Durán en alto, ni muy interesado ni muy de­sinteresado. Rutinario, si eso—. Sole… ¿De «Soledad», asumo?

—De «Solera», en realidad. Es mi apellido.

—Oh. —Pestañeó—. Qué curioso. Bueno, Sole, Miguel ha sido tan amable de proporcionarnos un informe detallado de tu trasfondo y aptitudes, ¿te parecería que lo repasásemos por encima?

—Claro.

¿Qué iba a decir si no?

—Perfecto. ¿Para quién trabajas actualmente?

Ya ni siquiera la trataba de usted.

—Para mí —contestó, atreviéndose a esbozar una sonrisita de suficiencia.

—Entiendo. ¿Implica eso cederle tus servicios a terceros?

—Si la apuesta es interesante, sí.

—¿Suelen serlo?

—Ojalá. —Julia cruzó las piernas, como preparándose para una conversación más larga de lo pensado, y se colocó el bolso sobre el regazo—.

La mayoría de mis ingresos provienen de la comercialización de mis programas.

Puntualmente diseño alguna solución específica para algún cliente específico, pero no ha salido nada muy interesante hasta ahora.

—¿Qué consideras «interesante»?

—Yldra, por ejemplo.

Silencio. Ella sonrió; él no. Tirso aún menos, aunque juraría que aquel brillo en sus ojos negros era de humor. ¿Significaba eso que lo estaba haciendo bien? No quiso entretenerse mucho en intentar descifrarlo, porque Durán volvía a hojear el dosier.

—¿Te interesa Yldra, entonces?

—Sip.

Otro vistazo al impreso.

—Aquí pone que hablas francés.

Uy. Eso no se lo esperaba.

— Ouip.