El novio ideal 34. Tirso de Molina
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34. Tirso de Molina

Tirso de Molina

Siguiendo el código de vestimenta, ella llevaba un mono midi de pierna ancha y él un dos piezas desenfadado con corbata. Ella un bolso de brillantes al hombro y él un pin de libélula en la solapa. Ella una navaja en el bolso para por si acaso y él a saber qué más bajo la chaqueta.

Las puertas del portal los esperaban abiertas de par en par; el ascensor los esperaba en el vestíbulo.

Por el rabillo del ojo, Julia cazó a Tirso echando un vistazo presuntamente desinteresado en rededor.

Al fondo, el colorido felpudo del bajo D delataba inquilinos con niños. Se preguntó qué estaría pensando.

—Uff —resopló él, en cuanto el ascensor arrancó.

—¿Qué pasa?

Esperaba que no le dijera que estaba nervioso o algo así, porque toda su entereza bebía de las capacidades sobrehumanas que le presuponía a un matón de la mafia. Sin embargo, para bien o para mal, lo que dijo Tirso fue:

—Huele de un modo muy peculiar. Se me había olvidado.

Julia olfateó el aire, pero no distinguió nada en especial.

—¿A qué?

—No sabría decirte —respondió, encogiéndose de hombros—. Tampoco es malo. Me traslada al pasado, sin más.

—A lo mejor te huele a casa. Como cuando solo te sabe bien el agua del grifo de tu ciudad.

—A lo mejor.

La puerta principal del ático también estaba entreabierta, inundando el rellano con ecos del ambiente interior, y Tirso chasqueó la lengua.

«Inconscientes», lo oyó mascullar, mientras le cedía el paso como un verdadero caballero.

Julia sonrió al volverse y verlo cerrar bien cerrada la puerta de un empellón, aunque casi la perdió de puros nervios cuando le dedicó un ínfimo ademán con la barbilla. «Ya sabes qué hacer», decía.

En efecto, Julia sabía qué hacer. Habían repasado y rerrepasado el plan tantas veces a lo largo de esas dos semanas que ahora que de verdad estaba allí, ahora que por fin entraba en escena, lo sentía todo más irreal que cualquier película conjurada por su mente.

Ni siquiera el propio piso parecía el mismo de siempre, con hasta la última de las lámparas de araña prendida e invitados trajeados parasitando cada rincón.

Ahora, también, entendía por completo a qué se refería Manu con que su madre era una «socialité».

Intentó no dejarse vencer por la sensación de sueño vívido mientras culebreaba por entre ilustres personajes de la farándula española, políticos de muy distintas facciones y artistas tan refinados que ni conocía, todos ellos en variados puntos de embriaguez a pesar de lo temprano.

A Pony le habría encantado. Dios, la lata que le daría como aquello saliera a la luz.

Más le valía no palmarla para poder llevarse el secreto a la tumba a una edad menos… desafortunada.

Milagrosamente, Julia dio con los anfitriones del guateque nada más aventurarse en el segundo de los salones, charlando con un hombretón de barba poblada y cejas aún más.

Madre e hijo vestían de punta en blanco, tal como extraídos de una revista de alta costura, mellizos en todos los sentidos salvo en el literal.

La forma de sujetar la copa, el porte de sus hombros, el brillo de ávido interés en sus ojos color bruma.

No recordaba haber visto jamás a Manu tan guapo, ni siquiera el día que se conocieron, allá a la salida del IFEMA.

¿Sonaba muy mal decir que casi parecía otra persona?

Porque aquel señorito en traje verde botella tenía más de top model internacional que de moscardón cibernáutico.

Sacó el móvil del bolso para informar a Tirso:

Están los dos juntos en el primer salón a mano izquierda

Entretenidos?

Los espió brevemente por encima de su improvisado escondite (el pobre chavalín apostado bajo el umbral sosteniendo con rectitud militar una bandejita de canapés).

Ambos Molina estaban conspirativamente inclinados hacia el hombretón, escuchando muy atentos lo que 100% seguro era un cotilleo. De tal palo, tal astilla.

Entretenidísimos

OK

Me pongo en marcha

Avísame si salen del salón

Y no te separes de Moli hasta que te llame

Julia respondió con el emoji asintiendo y se puso en marcha ella también, aunque no tuvo que dar ni dos pasos antes de que los sentidos arácnidos de madame Molina la instasen a barrer la estancia con ojo crítico en busca de la anomalía.

Anomalía a la que detectó ipso facto, por cierto, y a la que recibió de brazos abiertos, extasiada como si de un reencuentro con su gemela perdida se tratase:

— Oh là là! Pero ¡qué requetepreciosa que estás, mon Julia, cariño! —Tras ella, Manu se rio de buena fe, abriendo automáticamente el círculo para incluirla—. ¡Y qué gargantilla más exquisita! Digna de una princesa como tú.

—Muchas gracias. —Julia se llevó una mano al cuello. Era la que Tirso le había regalado por San Valentín. Parecían haber pasado siglos de aquello—. Espero no interrumpir, le prometí a Manuel que me pasaría un ratito.

—¡Al contrario, llegas en el momento oportuno! Comisario, esta es mademoiselle Manzano, amiga íntima de la familia. — «¿¡Íntima!?» —. Cuidó mucho de mi Manuel este verano, cuando salió herido defendiendo a una muchachita de los maleantes aquellos, ¿se acuerda?

—Prácticamente me salvó la vida —bromeó Manu, radiante, mientras le ofrecía el brazo.

Por suerte, Julia había visto Los Bridgerton las suficientes veces como para saber que debía tomarlo entre los suyos cual dama victoriana. Qué galanterías, qué pantomimas, le encantaba. Madame Molina exhaló un suspiro cuando ella estiró el chicle reclinando la cabeza sobre el hombro de su hijo.

—Me acuerdo, me acuerdo —asintió el hombretón, amasándose la barba con el mismo talante jocoso. Se daba un aire a Plácido Domingo, la verdad—. ¿De cuánto de íntima estamos hablando, madame? ¿Debería decirle a la parienta que vaya buscando modelito de boda?

Eh…

—No hagas caso, Julia, cariño, son sus típicas artimañas para cambiar de tema. —Madame Molina se arrimó a ella y bajó la voz en un teatrillo de confidencialidad—: El comisario nos estaba compartiendo en petit comité los avances de la investigación sobre el atentado contra el ministro.

«PorfavorJulianopongascarasraras», se suplicó al instante, de pronto tiesa como un palo junto a Manu.

Nadie debía notarle que estaba profundamente familiarizada con el caso.

El estropicio del novato, único culpable de que Julia tuviera que comerse aquel entuerto y futura víctima final de Tirso. ¿Ángel, se llamaba…?

—Más bien los no-avances —puntualizó el comisario—.

No tenemos ni móvil, ni arma, ni sospechosos.

El ministro está convencido de que el pobre diablo se equivocó de hombre.

—Puso los ojos en blanco—. Según parece, después de apuñalarlo le sustrajo el teléfono y exclamó —pausita para aclararse la voz—: «Hostia, qué cagada», antes de disculparse y salir corriendo.

Solo tenemos la grabación de su llamada al 061 desde el propio terminal del ministro.

Madame Molina se llevó una mano al pecho con pomposa afección.

—Eso le honra.

—Mamá, le metió un navajazo.

—Pero ¡trató de enmendar su error!

—Ciertamente sonaba bastante agitado. —El comisario volvió a toquetearse la barba, pensativo—. No obstante, con esa única pista poco podemos hacer. Lo más seguro es que todo se quede en una anécdota rocambolesca.

A mitad de la palabra «rocambolesca», a Julia le vibró el móvil. Le dio un vuelco el corazón, se quedó helada y luego colorada, se sintió demasiado autoconsciente y, al mismo tiempo, despegada de su cuerpo. Tirso había encontrado al representante de Yldra. Hora de marcharse.

Con el estómago encogido, se preparó para soltar la primera excusa que se le ocurriera para reunirse con Tirso y con quien pronto la creería el hacker de Yldra, pero Manu le ahorró las molestias cuando él mismo los disculpó de la conversación, tirando furtivamente de ella salón adentro.

Por un momento, pensó que la había descubierto.

Después lo vio intercambiar señas con una de las azafatas del catering y ató cabos:

—¿Alguien importante?

Manu asintió.

—El de OpenAI —respondió, con los ojos fijos en un punto exacto del salón—. Me enteré de que estaba en España esta semana y probé suerte invitando al que dicen que es su ojito derecho nacional. Dios, no me creo que haya colado. ¡Tengo el cerebro gordísimo!

—No te tenía yo por un IA bro —le chinchó ella, contenta de verlo así de vivaz.

—Amigo, hasta del diablo —recitó él por todo alegato.

Eso le sacó una carcajada y Manu dejó de vigilar a su presa para volverse a mirarla con una sonrisita cómplice. Tras él, un fastuoso reloj de cuco marcaba las diez y veinte. Julia contuvo un suspiro. Cuanto antes finiquitaran lo de Yldra, antes podría regresar a su vera y darle la buena nueva.

—Te dejo entonces —le susurró, con un último apretón de ánimo en el brazo—. Creo haber visto a Carmen Lomana y Pony me mataría si no le presento como mínimo mis respetos.

Él ya no contestó, atento a la pareja de señores trajeados acercándose, así que Julia se desligó de su lado antes de que los alcanzaran para evitarle las presentaciones. De camino al pasillo aprovechó para leer el wasap de Tirso:

Salón de té al fondo a la derecha, pasada la cocina

Y para allá que fue.

En realidad, Julia no habría necesitado la especificación de la cocina.

Daba la casualidad de que, del par de veces contadas que había pasado la tarde en el ático de Tirso de Molina, una de ellas había sido en aquel preciso cuarto.

Por desgracia, esa noche no encontraría a un Manu convaleciente bebiendo limonada en una butaca reclinable.

De hecho, cuando entró al salón de té ni siquiera distinguió la butaca por entre el gentío.

A Tirso, eso sí, lo distinguió enseguida.