32. La misma persona #2
«Porque no confío en su talento escénico ni para interpretarse a sí mismo en una situación de vida o muerte».
«¿Y en el mío sí?».
«Hombre, Julia —había reído él—. Conseguiste colármela a mí».
Y así había quedado zanjado el asunto.
Ahora que tenían luz verde por parte de Shigure para proceder con el plan, y ahora que el representante de Yldra había mensajeado a Tirso las coordenadas del punto de entrega (Museo Arqueológico Nacional; planta 1; pasillo «al-Ándalus»; 18:15), solo restaba asegurarse de que aquel sábado 26 de septiembre el verdadero moscardón no pondría un pie ni a tres kilómetros a la redonda del MAN.
Que era justo por lo que Julia estaba llamando al timbre del portal de Manu el viernes 18 tras su jornada laboral.
Manu se derrumbó en cuanto abrió la puerta.
Julia solo lo abrazó, ahí mismo, de pie en el rellano, y lo dejó llorar en su hombro hasta que se recompuso lo suficiente como para invitarla a pasar.
Dentro todo estaba hecho un caos. Bolsas de comida a domicilio apiladas por doquier, platos sucios en el fregadero y más allá, tazas de café vaciadas en mayor o menor medida a lo largo y ancho del piso (terraza incluida), un tendedero a medio recoger al fondo del pasillo…
Se veía a leguas que Manu no había parado ni a dormir desde que Tirso le comunicara el falso ultimátum.
—Menos mal que teletrabajo —estaba diciendo en ese momento, mientras barría una montaña de cables del sofá—, si alguno de mis compañeros me viera en este estado, ya tendría a los de recursos humanos respirándome en la nuca.
Ciertamente se le veía tan desquiciado como sonaba. Sin embargo, Julia optó por callar, así que los siguientes minutos los pasó ayudándole a clasificar los diferentes objetos que le traía al sofá entre «esencial» y «prescindible».
Hasta que le tendió la taza souvenir de Benidorm. Entonces respiró hondo y lo miró.
—Manu…
—Ya, ya lo sé. —Manu se llevó la taza al pecho—. No debería salvar nada más que lo estrictamente necesario, para que no sospechen. Pero… Es que lo van a quemar todo, Julia. —Miró en rededor, a la selva de recuerdos plagando su salón—. Todo. Si hubiera adoptado ya a Tolón, ¿lo quemarían también?
Julia se estremeció.
—Manu, ven. Aquí, siéntate aquí conmigo, muy bien.
Manu se desplomó a su lado. Tardó unos segundos en mirarla, algo avergonzado. El gris de sus ojos era muy claro, casi lechoso, en contraste con el resto enrojecido por las lágrimas.
—Siento mucho que tengas que pasar por esto.
Entiendo por qué debían darte un buen susto, porque estabas trasteando con asuntos militares y no sabían tus intenciones, pero yo sí sé que no eran malas.
—Tomó su mano libre entre las suyas—. Yo sí sé que Manuel Molina Montaraz no se merece el castigo que han preparado para el hacker de Yldra basándose en lo que creen que pretende.
Pero, Manu —y le dio un pequeño apretón enfático—, no empezarás de cero.
Lo importante está aquí. —Alzó una mano para darle un toquecito en la frente—.
No pueden quemar tus recuerdos, ni tus conocimientos, ni tu talento.
Si pudiste montar todos esos… programas, o sistemas, o lo que sean, una vez, podrás hacerlo de nuevo.
Esperaba que fueran las palabras correctas, tanto para animarlo como para mantener la mentira. Por el largo suspiro que soltó Manu, pareció que sí. Pero luego negó con la cabeza y dijo:
—No pueden quemar mis conocimientos, pero sí mi reputación.
Ese es el objetivo final, en realidad. A todo el mundo del gremio le llegará la circular de que mis sistemas fallaron y que Microsoft tuvo que buscarse a otro para arreglar el entuerto.
Me especializo en ciberseguridad —resopló, amargo—, ¿quién va a querer contratarme si dejé con el culo al aire a Microsoft…
, qué, una semana? Sería lo que tardaría en rehacerlo todo.
Da igual lo que sepa o no hacer. Volveré a no ser nada ni nadie porque nadie se fiará de mí.
¿Qué diría la Julia que de verdad creía que iban a prenderle fuego al piso de su mejor amigo?
¿Merecía la pena romperse la cabeza cuando al siguiente sábado todo se solucionaría (con suerte)?
Empezó a balbucear algo incomprensible hasta para sí misma, pero Manu ni lo notó, porque había vuelto a levantarse, dejando la taza de Benidorm abandonada sobre el sofá.
—De todas formas, tienes razón —dijo, mientras salía a la terraza y extraía un cuaderno nuevecito de debajo del cojín de una de las sillas—.
Lo importante es esto. He transcrito a mano los procesos y fórmulas que no estoy seguro de poder recordar sin ayuda y mis notas de proyectos.
Este cuaderno es lo único que debería salvarse.
—Y, sin embargo, durante unos segundos Manu sopesó el ratón de su portátil antes de devolverlo a la mesa con un suspiro derrotado y regresar junto a ella—.
¿Podrías guardármelo, por favor? Contigo estará más seguro.
Julia asintió, murmurando un suave «por supuesto» que no tenía claro si Manu había oído, pues siguió hablando en cuanto dejó el cuaderno en sus manos:
—No he querido guardarme nada en el móvil, que digo yo que Tirso tendrá que vaciarlo igual esté o no en casa durante el incendio. Al principio pensé en llevarme algunas cosas al piso de mi madre, pero me dio miedo que me pillaran y lo quemaran también… ¿Julia?
Uy. Se había quedado abstraída hojeando el cuaderno, tratando de descifrar la redonda pero ininteligible caligrafía de Manu.
No se explicaba cómo podía enterarse ni él de lo que ponía, tal como estaba todo apiñado, tachado y reescrito, mezclando fórmulas con números de teléfono con instrucciones con ideas y con a saber qué más.
Ni un mísero subrayado, sangría o listado; nada ni remotamente organizado.
Le picaban las manos por sacar el subrayador que siempre llevaba en la tote y liarse a poner orden en aquel caos de letrujas.
Si es que, por no haber, no había ni títulos, ni mayúsculas…
Bueno, mayúsculas sí, pero para una única cosa.
—Nunca salió el tema, pero… —Alzó la vista hacia él, señalando las siglas—. ¿Qué es MMM? Recuerdo que lo tenías puesto como futuro proyecto en tu LinkedIn.
—Ah. —Manu soltó una risa amarga—. Nada, una consultoría que quería abrir. Son las siglas de mi nombre. Tenía pensado usar lo de Yldra como trampolín para lanzarla; poner su caso de ejemplo.
No pudo evitarlo:
—¿Creías que ridiculizando a Yldra te vendrían muchos clientes…?
Él volvió a reírse, aunque esta vez más divertido que despreciativo.
—No, hombre, no. Lo habría hecho parecer que salió de ellos, de Yldra, como si me hubieran contratado para averiguar si su equipo podría contrarrestarme.
—¿Y ya no puedes hacerlo?
—Han pagado a Tirso para hundirme, bombón —sonrió Manu, blando—. No les veo yo muy colaborativos.
Julia negó con la cabeza, hendida por un súbito rayo de inspiración divina:
—No, no, me refiero… ¿Y adelantarte? Tendrás otros contactos.
Podrías ir reuniéndote con ellos y enfocar tu salida de Microsoft como algo que querías.
Preparar el terreno. ¿No crees que si les dices que tienes algo grande preparado y de pronto tu casa sale ardiendo pensarían que algún competidor ha intentado ponerte freno? Es lo que pensaría yo.
Durante unos segundos, Manu solo la miró con los ojos entornados. Al final, como para sí, susurró:
—Y yo.