32. La misma persona
La misma persona
—¿Y qué gano yo con esto? Porque, tal como lo veo, solo estaría perdiendo a mi mejor autor.
—Tienes mejores autores que yo.
Tirso no quiso insistir. No ganaría nada rebatiéndole tecnicismos a Shigure, no cuando todo el plan dependía de obtener su beneplácito.
Estaban en la zorrera, en el reservado más extravagante del casino y, por tanto, el favorito de su dueño.
En cambio, a Tirso le resultaba tirando a pesadillesco, con esos suelos de diáfano cristal exhibiendo la totalidad del piso inferior.
Allá abajo, crupieres, camareros y animadores cumplían su rol sin perder la sonrisa ante la hornada actual de jugadores.
Si Tirso desenfocara la vista, parecerían hormiguitas.
Solía hacerlo si necesitaba pasar mucho tiempo con la cabeza gacha entre aquellas cuatro paredes.
En la mesita entre ambos, una copa y un contrato.
La primera, de Shigure; el segundo, de Yldra.
De normal, la mayoría de las cláusulas de este último jamás habrían pasado el filtro de Insider Solutions, por arriesgadas (por restrictivas), pero las ganancias superaban los inconvenientes y Shigure era, ante todo, el mejor postor.
Por eso Tirso necesitaba convencerlo de que estafar a Yldra era una apuesta segura.
—Neko, Titi, amigo mío; dime la verdad —suspiró teatralmente Shigure, llevándose incluso la palma a la frente.
El humo de su cigarrillo empezaba a nublar el reservado—.
¿Es esto la revancha por endilgarte la limpieza del Peletero el año pasado?
Creía que ya lo habíamos superado. Te prometo que no volveré a hacerlo.
—No tiene nada que ver —le prometió Tirso, aunque tuvo que contener una mueca al acordarse del Peletero. Había sido incapaz de comer carne durante semanas después de aquello—. Ya tenía pensado retirarme, de todas formas.
—¿Y crees que iba a permitírtelo?
Nadie podría evitar tensarse ante la voz deliberadamente aterciopelada de Shigure. Cuanto más suave hablaba, más peligroso era. Tirso lo había ido aprendiendo con los años, a base de presenciar cagadas ajenas, y ni drogado querría perder su favor. Pero tampoco le quedaba otra salvo plantarle cara:
—Shigure. Esto no va de permisos, sino de conveniencias.
Si me niego a matar al moscardón, también me niego a que otros lo hagan.
—Calló unos segundos para remodular el tono, cuidándose de sonar lo más analítico posible—.
Eliminaré a todos los autores que mandes tras él.
Tú mismo lo has dicho, soy el mejor. Puedo con ellos.
¿De verdad te merece la pena? Perderías más de lo que ganarías.
A mí, a los autores que sacrifiques, tu trato con Yldra…
Tal como está el tema sucesorio, un segundo autor prófugo no te viene nada bien.
Su respuesta no se hizo esperar:
—¿Me estás amenazando?
Así que la suya tampoco:
—No. Lo último que querría sería tener que obligar a mi familia a huir de ti el resto de sus vidas.
Conoces a mi madre, sabes que se marchitaría a los dos días de salir de Benidorm.
—Y juraría que eso que escondió Shigure tras una calada era un comienzo de sonrisa—.
Así que créeme cuando te digo que el hacker de Yldra tiene más valor para mí de lo que jamás lo tendrá para ti, o para el propio Yldra.
Te prometo que no volverá a causar problemas.
Será como si de verdad hubiera muerto. Por favor, Shigure.
Esta vez, Shigure no contestó enseguida. Permaneció en silencio, contemplando meditabundo el ir y venir de jugadores y currantes a metros y metros por debajo de ellos.
Su empleador, o su intermediario, o lo que fuera, siempre había sido (siempre sería) un hombre especialmente complicado de leer.
Tirso suponía que, como a él, la propia naturaleza de su trabajo le exigía enmascarar sus pensamientos.
Además, también como él, Shigure tampoco había tenido otra opción que ocupar el lugar de su padre, estuviera preparado o no para mancharse las manos de sangre, quisiera o no heredar su imperio del juego sucio.
La diferencia entre los dos era que Shigure disfrutaba del poder.
Disfrutaba del subidón de la victoria, de las respuestas coaccionadas y del lujo extraído con alicates de las encías sangrantes de sus enemigos.
Se relamía cuando alguien lo subestimaba por no tener la pinta que uno esperaba de un capo de la mafia (joven, apuesto, elegante, conciliable), porque entonces podía enseñarle que podía ser peor (sádico, monstruoso, visceral, despiadado).
Pero nunca injusto, eso sí. Con Shigure, cada cual recogía ni más ni menos que lo sembrado.
Al principio, Tirso le había tenido un miedo terrible. El miedo jamás se había ido, claro, pero con los años había llegado a admirarlo, primero, y a compadecerlo después.
—Me pones en una tesitura un tanto complicada, Neko.
El diminutivo era buena señal. No quiso confiarse, igualmente:
—Soy consciente de ello.
—Lo dudo. Podrías haber fingido tu muerte y punto.
Si el moscardón hubiera parado de tocar los cojones, habríamos asumido que se te llevó consigo al cementerio.
No habríamos ido ni a buscar tu cadáver.
—Frunció los labios en una prieta línea—.
Haciéndome partícipe de tus planes, me conviertes en cómplice. No me gusta que me arrinconen.
Uh.
—Pensé que te gustaba menos la traición.
—Tirso se encogió de hombros en un claro «¡qué se le va a hacer!
»—. No soy tan creído, sé que al final nos habrías descubierto, y mentirte sale más caro que enfrentarte.
Prefiero mostrarte el respeto que merece quien me dio una oportunidad en lugar de una tumba.
Y, aunque los halagos no solían funcionar con Shigure, la sonrisita de tiburón que curvó sus labios le dijo que había acertado. Uno siempre acertaba con la verdad.
—Tanto no me respetarás si tu plan es dejarme tirado con esta panda de vejestorios y prepúberes. ¿Con quién quieres que me desahogue yo ahora, hm? —Pegó una calada enfática—. Unos están seniles y los otros, crudos.
Tirso cabeceó, risueño.
—Podemos seguir siendo amigos.
—Tú no tienes amigos, Neko —resopló Shigure—; no de verdad.
«Quizá sí —pensó él—. Quizá todo esto es precisamente porque tengo un amigo».
—¡En fin! Tampoco es la primera vez que me parten el corazón. Más vale que no quieras encima cobrar por el encargo.
—No esperaba hacerlo. Los muertos no cobran.
Su sonrisa creció. Luego, puntual como un reloj inglés, se volvió hambrienta, depredadora. Tirso reconoció en ella el sabor de la avaricia.
—Quiero algo más —le dijo—. Un regalo de despedida.
—Dime.
—Quiero que encuentres y elimines al novato. Su amigo no ha podido darnos mucha info y su esposa lo echó de casa, pero sabemos que sigue en Madrid.
Ah, genial. Ya contaba con que tarde o temprano lo mandarían tras Ángel incluso antes de descubrir que Manu era el hacker de Yldra. Una pena que tampoco fuera a cobrarlo. Los prófugos y los chaqueteros se pagaban al doble.
—Lo buscaré una vez cerrado lo de Yldra —planteó Tirso—. Si me cree muerto, no me verá venir.
—¡Perfecto pues! Deseando quitarme esto de encima, la verdad, el estrés me está matando.
—Shigure apagó el cigarrillo y se incorporó para desperezarse.
Su rodilla chasqueó escandalosamente—. ¿Ves?
Y a mí nadie me da la baja. —Chasqueó de nuevo mientras se inclinaba a por la copa—.
Madre mía. ¿Quién es el moscardón, por cierto? ¿Tu amigo el guapo? ¿Sigue soltero?
No le sorprendió que supiera de la existencia de Moli.
—Ni lo sé ni me importa.
—Pues te va a tener que importar, porque voy a añadírtelo al trato. Quiero su estado civil y su número de teléfono.
—Ya veremos.
—Pero para sacarme de dudas no necesitas research. ¿Es o no es él?
Se planteó decirle la verdad aquí también.
Shigure era un hombre lógico; sabía perfectamente hasta dónde podía estirar la cuerda.
Su padre había sido menos comprensivo, ojalá los gusanos ya le hubieran rapiñado hasta los huesos.
Había sido él quien había pescado a Tirso, pero Shigure quien le había visto el potencial.
Lamentablemente, Tirso le debía la vida.
Sin embargo, no había hecho todo cuanto había hecho para ocultar a Moli de la mafia para luego ofrecérselo en bandeja, ni siquiera a Shigure.
El tío se las ingeniaría para comerle la oreja a Moli y antes de darse cuenta estaría atrapado en la misma telaraña de la que Tirso acababa de comprar su salida.
Así mataría dos pájaros de un tiro: suplir la pérdida de su mejor autor y alegrarse la vista.
O a saber qué más. Shigure era un encantador de serpientes y Moli solo un conejito.
—No quería decírtelo —rezongó al final, aprovechando que era cierto.
Pareció que Shigure se relamía.
—Ilumíname. Ya tiene que ser especial el moscardón este para que montes tal cirio.
—Y tanto —suspiró—. Tengo pensado casarme con ella.
Shigure echó la cabeza hacia atrás y rio.
«¿Y tú crees que se lo tragarán?», había preguntado Julia, después de rumiar el plan durante un rato.
«¿Hm? ¿Por qué no? Shigure no tendría por qué desconfiar de mí y el representante de Yldra no sabe quién es el hacker. Solo vendrá, te hará un par de preguntas para comprobar que tenemos a la persona correcta y se irá. Ni siquiera se quedará al espectáculo».
El «espectáculo», por supuesto, era el eufemismo para «ejecución».
«¿Y si no me sé alguna respuesta?».
«Pues improvisas. Total, sois prácticamente la misma persona».
«¿Eh? ¿Quién? ¿Quiénes? ¿Manu y yo? ¡Retíralo!».
«Sois una fotocopia histérica y neurótica el uno del otro. ¿Sabes cuando los gremlins se multiplican? Esos sois Manu y tú».
«¡NO!».
«Cierto. En realidad sois más bien como cuando juntas a dos Furbys y empiezan a hablar en su idioma incomprensible».
Tirso había seguido picándola hasta que Julia paró de pataletar para morderse el carrillo, aprensiva.
«Pero ¿por qué no se lo pides a él…?».