El novio ideal 31. La Copa del Rey de los sicariatos
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31. La Copa del Rey de los sicariatos

La Copa del Rey de los sicariatos

El día que su vida cambió por segunda vez para siempre también era de noche.

Empezó, como todo empezaba últimamente, con Tirso cerrando la puerta de casa a su espalda. En apariencia no había nada distinto, nada fuera de lugar, pero una sola mirada bastó para que Julia supiera que algo andaba mal. Muy mal.

Se puso en pie enseguida, tensa como no lo había estado ni antes de la pijamada de anoche.

Le había sentado bien (siempre le sentaba bien ver a sus amigas), oír a Marta intentar convencerles de que el inútil de Álex era su amor verdadero hacía empalidecer las sombras de Tirso.

Y eso que Julia podía verle el puntillo a ennoviarse con un chaval de lo más torpe, o estrafalario, porque Manu era ambas cosas y ninguna le restaba encanto. Más bien lo contrario.

Pensaba mucho en Manu, últimamente. En su chat de Whats­App vacío desde la merienda interrumpida, en la sombra de resignación en sus ojos grises según se levantaba para marcharse, como una confirmación de lo que siempre había sabido: que no debía hacerse ilusiones con Julia.

Con Julia, que acababa de prometerle seguir a su lado dijera lo que dijera Tirso.

Con Julia, la única amiga real que había hecho en diez años.

Le echaba tanto, tantísimo de menos…

—Julia —musitó Tirso por todo saludo, y aquello también era una confirmación.

—Ven —dijo ella, sentándose de nuevo en el sofá y dando un par de palmaditas en el hueco contiguo—. Cuéntame.

Él no se hizo de rogar. Con los labios fruncidos en una fina línea, recogió a Muu de entre sus piernas y se la llevó consigo al sofá, donde se la quedó acunada como un bebé. Un bebé peludo que ronroneaba a potencia de tractor mientras lo contemplaba con las pupilas dilatadísimas.

Sin intercambiar palabra, ambos se reacomodaron cara a cara, reclinados de costado contra el respaldo.

Habían tomado esa misma postura millones de veces, consciente o inconscientemente, durante las incontables conversaciones más o menos serias que llevarían mantenidas desde que se conocieron.

Primero Tirso como invitado, cuando ella aún compartía piso con otra amiga y dormía en una cama minúscula en el cuarto que ahora él usaba de despacho; luego como compañero, cuando la susodicha se piró de misión humanitaria a nosedónde y Tirso propuso mudarse con ella para ahorrarle el follón de buscar sustituto.

Todavía le hacía gracia recordar cómo había expuesto Tirso la solución, más como un arreglo de beneficio mutuo que como el paso adelante en su relación que era.

Huelga decir que lo hizo por no presionarla, y que no aguantaron ni dos noches durmiendo en habitaciones separadas.

Para su primer finde juntos estaban tirando la cama pequeña a los contenedores y montando una segunda mesilla de noche para la grande.

Tirso tardó en comenzar a hablar, perdido en sus pensamientos mientras le rascaba la tripa a Muu.

—Voy a pedirte ayuda con una cosa —dijo al fin—, pero tienes que prometerme que mantendrás la calma.

Si Julia había estado tensa antes, ahora se sentía enferma. Tirso alzó la cabeza para mirarla a los ojos, muy serio, y cuando ella asintió despacio él también lo hizo, como para sí. No parecía aliviado. De hecho, parecía haber contado con que diría que sí.

—En casa de tus padres te comenté que llevaba tiempo esperando que me asignaran un encargo muy… —vaciló— importante.

—¿«Importante» como eufemismo de «reputado» o de «lucrativo»?

Él sonrió.

—Ambas. Lo primero por el perfil del cliente, Yldra.

Siendo de las empresas líderes de defensa europeas, los beneficios estaban a la altura: el trato incluiría ganancias en forma de intel para Insider Solutions, además de la mayor cantidad de pasta que he visto escrita en mi vida.

—Fue justo el hecho de que se guardara el precio para sí lo que le dio una idea a Julia de las cifras que manejaban—.

Yo sabía que me lo encargarían a mí. No soy el mejor, pero mis capacidades informáticas suelen hacerme el más completo.

Y lo que Yldra necesitaba era alguien que les cazase a un hacker que ellos, por medios legales, no conseguían neutralizar.

Mmm, vale. Ya veía por dónde iban los tiros. O eso creía.

—Okey —musitó Julia—. Y este hacker… ¿cuánto de peligroso…? En plan… —¿Cómo decirlo?—. Si Yldra es una empresa de defensa, ¿qué puede hacer hackeándola? ¿Puede, no sé, detonar bombas nucleares o revenderle los planos a gente «mala»?

Como no podía ser de otra manera, Tirso cabeceó.

—Yldra no fabrica armas, pero sí tecnología militar. Radares, interrogadores amigo-enemigo, sistemas de ciberseguridad… Podría liarla mucho, sí. —Hizo una pequeña pausa reflexiva, un tanto ceñudo—. Si quisiera.

Por no repetirse, Julia calló y solo asintió, buscando la forma de poner en palabras lo que le rondaba la cabeza. Tirso tenía pinta de ir a seguir hablando, así que ella lo detuvo con una mano sobre la suya y una sonrisa afable, tranquilizadora:

—El encargo de anoche está relacionado con esto, ¿verdad?

No esperaba que Tirso parpadeara, claramente pillado de improviso.

—¿Cómo lo…?

—Me dijiste que no querías aceptar ninguno mientras yo siguiera indecisa —se le adelantó Julia—, pero tuviste que irte de urgencia a arreglar el estropicio de un novato. Palabras textuales, además. Supuse que el de anoche también sería una emergencia, o no lo habrías cogido.

En lugar de responder de inmediato, él se la quedó mirando unos segundos de más, con un asomo de sonrisa casi imperceptible en la comisura de sus labios. Luego sonrió del todo y volteó la mano para acunar la de ella en su palma.

—Perro policía —solo dijo, y Julia rio.

—No hay que ser muy listo para considerar una brecha de ciberdefensa militar una urgencia.

—En realidad tanto el estropicio del novato como el encargo de anoche tienen que ver con el hacker —le explicó, de pronto blando—.

Como esperaba, me asignaron neutralizarlo a mí, pero rechacé el encargo para no agitar las aguas entre nosotros — ¿perdón?

— y se lo quedó el novato. Por suerte o por desgracia —su tono seco decía «por desgracia», sus hombros tensos decían «por suerte»—, nuestro querido hacker tiene un mecanismo de defensa a prueba de tontos y el novato muy listo no es, así que después de cagarla a niveles descomunales Shigure no quiso arriesgarse otra vez y ya no me puedo librar.

Ah. De modo que sí que iban por ahí los tiros.

Y Tirso parecía frustrado, además. Normal.

Tal como le había pintado el encargo (la Copa del Rey de los sicariatos), Julia primero había pensado que querría pedirle una tregua para poder completarlo.

Pero no era perder dinero lo que le frustraba, ¿verdad? Era el no poder cumplir su palabra.

No sabía si sentirse halagada o perturbada.

—Y eso nos lleva a…

—Perdona que te corte. —Julia le dio un pequeño apretón en la mano.

Cuanto antes lo sacara de su miseria, mejor—: Tirso.

Aprecio muchísimo, muchísimo, que quisieras darme espacio para pensar.

Y sigo pensando igual; no creo que a nadie le sea indiferente que su novio mate gente por dinero.

Ahora bien —Tirso enarcó una ceja—, si me dices que este hacker tuyo es un peligro para la seguridad pública y que encima te van a pagar una millonada por tumbarlo, pues…

Vamos, yo es que ni me lo pensaría. ¿No deberían hasta condecorarte héroe nacional o algo así?

Eso le hizo reír. Entre dientes, muy bajito, pero reír. Julia se lo tomó como una victoria.

—Mi madre dijo lo mismo.

Ella también rio.

—La matriarca Solera es muy sabia.

Sin embargo, la sonrisa de Tirso duró poco. Y Julia supo que todo aquello solo había sido contexto y no preámbulo antes incluso de que negara con la cabeza, antes incluso de que suspirase, rendido, y dijera:

Cuando echara la vista atrás, en realidad no recordaría las palabras.

Sabría, como se sabe que tras una nube está el sol y que bajo la tierra hay más tierra, que los labios de Tirso pronunciaron «Julia, el hacker es Moli» y «Me han pedido que lo mate», pero por mucho que se esforzara no conseguiría ponerles sonido, desenmarañar el zumbido distorsionado que bombeaba en su lugar.

En el momento, igualmente, sí debió de oírlas a la perfección, pues su cuerpo respondió tal como hizo en el matadero, saltando en su auxilio aunque ni estaba presente ni sangrando ante Tirso:

—¡No! —Se había puesto en pie, en guardia, y aullaba —. ¡Es mentira y tú lo sabes!

—Lo he rastreado yo mismo, amor. Es él.

—¡QUE NO ! ¿¡Por qué querría Manu robar tecnología militar!?

Que Tirso pusiera los ojos en blanco no ayudó. Solo la puso más nerviosa.

—Ese es el problema —bufó, ácido—, que no está robando tecnología militar, está pavoneándose para que lo contraten como hizo con Microsoft.

Julia se tapó la cara con las manos porque el mundo había empezado a ladearse, a girar alarmantemente a su alrededor, como cuando se metía en la cama borracha y todo daba vueltas y vueltas.

No podía abrir los ojos o perdería el equilibrio.

No podía abrir la boca o perdería el control.

Y mira que le había prometido a Tirso que mantendría la calma, pero ¿cómo iba a mantenerla cuando Manu era GILIPOLLAS ?

—¡Pues dile que pare! —chirrió por entre el bozal de sus manos.

—Ya es tarde —lo oyó suspirar—. Se ha reído de demasiada gente.

Algo en cómo lo dijo le dio escalofríos. Se arriesgó a mirarlo. Veía borroso, casi estrellado, pero la amargura y la impotencia destacaban nítidas en su postura. También la determinación.

—Vas a hacerlo.

Había querido preguntarlo, no acusarlo, pero él enarcó una ceja igual.

—¿En serio, Julia? —escupió—. ¿Cómo voy a matar a Moli? ¿No ves que antes me mata él a mí de un disgusto?

Para ser justos, no era la primera vez que Tirso le decía algo en esa línea, pero no bastaba porque…

—¡Lo que veo es que te pillé a punto de clavarle un cuchillo!

—Que no iba a clavárselo —resopló, masajeándose las sienes—. Iba a noquearle con el mango.

Julia se desinfló. Se le veía cansado, cansado de verdad.

La tarde de la merienda interrumpida también había estado así, ojeroso y un tanto vacío, como si le faltara algo.

O como si se lo hubieran quitado. A lo mejor decía en serio lo de que Manu iba a matarlo de un disgusto.

Desde luego ella sí se sentía peligrosamente al borde del vahído.

—¿Manu lo sabe?

—Sí y no. Fui a verlo anoche. —Julia se tensó de nuevo. Gracias a Dios, Tirso se dio cuenta y ató cabos enseguida—: No, Julia. Después del encargo. No le he hecho nada.

—Perdón.

—No te disculpes. Es normal.

Con más delicadeza de la que se merecía, Tirso tendió ambas manos hacia ella y ella las tomó.

Solo entonces reparó en que Muu ya no estaba panza arriba en su regazo, ni en ningún otro rincón a simple vista.

Debía de haber salido huyendo en mitad de su arrebato.

La buscó con la mirada, compungida, pero Tirso tiró levemente de sus muñecas y el cuerpo de Julia se refugió en el suyo por puro acto reflejo, dejándose acunar contra su pecho.

Durante unos segundos, ninguno habló.

—¿Qué versión tiene él? —logró preguntar al fin.

—Le dije que corrompería y desmantelaría toda su obra, para tenerlo entretenido con salvaguardas hasta que pase la fecha.

—¿Hay una fecha?

Lo notó asentir.

—El 26 de septiembre.

Dos semanas. Julia comprendió:

—No vas a darles a Manu.

—No. A Manu no.

Eso le hizo fruncir el ceño, y se apartó para mirarlo a los ojos.

—¿Para qué necesitas mi ayuda?

Tirso suspiró.

—Para matar a Eneko Solera.