El novio ideal 30. Acorralado #3
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30. Acorralado #3

—Moli, que no me vengas con historias. ¿Vas a contarme de una puñetera vez qué has hecho para que una agencia de defensa armamentística me pague la burrada que quiere pagarme por ti?

La primera pista de que iba a odiar la respuesta fue que Moli empezó a mordisquearse el labio inferior. No se equivocaba:

—Puede que les haya metido un par de troyanitos… chiquitos…

Increíble.

—¿Me estás vacilando? ¿A Yldra ?

—¡Muy chiquititos! —insistió él, haciendo incluso el gesto con la mano—. ¡Y no hago nada serio con ellos! Solo les cambio el fondo de pantalla o les pongo reuniones de Teams falsas a las ocho de la mañana.

—Pero ¿¡por qué!?

—¡Anda, pues para que me recluten! —Y lo acompañó con un claro resoplido burlón, como si acabara de soltar una obviedad y no una estupidez—.

¿Tú sabes lo delicados que son los datos que guardan?

¿La información que manejan de sus clientes?

Gobiernos, monarquías, empresas… ¡Y yo he podido acceder a todos ellos!

—Sí, y también ganarte una diana en la frente.

Por primera vez esa noche, la fachada de Moli flaqueó, revelando la ansiedad debajo.

—Pero no soy… No es una amenaza, ¡es publicidad! ¡Es mi currículum! ¡Con Microsoft funcionó!

—Esto no es Microsoft, Moli.

Silencio. Durante unos larguísimos segundos, solo se miraron; uno implorante y otro impávido.

Debía digerirlo. Debía tomar conciencia de la situación en la que estaba(n), en la que se (les) había metido él solito.

Debía sentirse en peligro. Tirso le haría un flaco favor mostrándose comprensivo, o endeble.

—¿Qué te han pedido? —repitió Moli finalmente, con voz entrecortada.

Tirso suspiró. Entre él y Julia iban a volverle loco.

—Por suerte para ti —mintió—, primero inutilizarte. Luego todo depende de cómo te portes.

Moli ladeó la cabeza, cauto como debería haberlo sido desde el principio.

—¿Qué implica eso?

—Destruir todo tu legado. Borrar todos tus códigos, desmantelar tus programas, vaciar tus equipos y discos duros. Contrarrestar cualquiera de tus diseños con los míos. Y saben que puedo hacerlo. —Dejó que calara, que doliera—. Saben quién eres, Moli.

—Pero, si haces eso… ¿Todo?

—Todo.

Caló y dolió. Tanto como para llenarle los ojos de lágrimas.

—Si rompes mis sistemas afectaría a Microsoft —dijo, luchando visiblemente por mantenerse entero—, y no sabría solucionarlo. No lo bastante rápido. Me echarían. Me… Tendría que empezar de cero.

Tirso asintió. Moli siguió mirándolo sin pestañear, para contenerlas. Para contenerse. Era una reacción dentro de lo común entre sus víctimas, el shock .

—¿Y vas a hacerlo? —atinó a protestar al menos—. ¿En serio?

—Si no lo hago yo, lo hará otro. Te estoy dando la oportunidad de adelantarte.

La risotada abrasiva con la que respondió también entraba dentro de lo normal, por mucho que detestara escucharla de él.

—¡Alabado sea el piadoso de Tirso! ¿Qué quieres, que haga una copia de seguridad a mano? ¿Que me apunte el trabajo de toda una vida en un cuaderno? Porque dudo que vayan a dejarte salvar nada mínimamente tecnológico.

Ahí tenía razón.

—De hecho, quieren que queme tu piso —admitió Tirso, encogiéndose de un hombro, y prosiguió por encima del «¡NO!

» que abandonó la garganta de Moli en un alarido de impotencia, de perro apaleado—: Quieren que parezca un accidente, cosa que, ¿sinceramente?

, no me pones muy difícil. Vas a salir ardiendo cualquier día de estos como sigas petando los enchufes.

Moli abrió la boca para replicar de nuevo, pero la cerró al instante, cayendo en algo que Tirso ni se olía hasta que lo oyó musitar:

—Ya has estado aquí. Ya has entrado a husmear.

—He hecho mucho más que husmear. —Moli se encogió—. ¿O creías que después de la que me liaste con Julia ibas a irte de rositas? No. Tú no vas a volver a dar ni un paso sin que yo lo sepa.

Y suponía que ahí se acababa todo, porque el aviso estaba dado y la advertencia también, así que no tenía nada más que hacer allí. Sintiéndose rígido y ácido, se dispuso a marcharse, pero según pasaba por su lado Moli lo detuvo a la desesperada por el brazo.

—¿No hay otra manera? —jadeó, mirándolo con la misma urgencia con que lo agarraba. Sus pupilas diminutas eran las de un hombre que se sabía acorralado.

—No. —¿Por qué iba a mentir?

—¿Cuánto tiempo tengo?

—Dos semanas. Y da gracias porque no me hayan pedido prenderle fuego contigo dentro.

Moli lo soltó como si quemara. Seguía lívido, cadavérico.

—Pues casi que lo preferiría.

Tirso actuó sin pensar, movido por un instinto que creía olvidado.

Acercó su cara a la suya hasta que prácticamente se tocaban, hasta que Moli no tuvo donde retroceder, hasta que pudiera oler en él los remanentes de sangre que la ducha del piso franco nunca conseguía lavarle del todo.

Solo entonces susurró, en un ronroneo aterciopelado:

—Pide y te será concedido, Moli. Dime, ¿quieres que lo haga?

Lo notó tensarse debajo de él.

—N-no.

—Ah. Ya me parecía.

Como colofón, Tirso le dio un par de palmaditas secas en la mejilla y, ahora sí que sí, se marchó de una puta vez sin mirar atrás.