El novio ideal 30. Acorralado #2
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30. Acorralado #2

Se puso manos a la obra sin prisa ni pausa.

Decodificar los sistemas del hacker de Yldra le había tomado mucho más tiempo de lo que jamás hubiera esperado, casi semanas, así que cuando por fin había dado con la tecla (nunca mejor dicho) una oleada de satisfacción le había borboteado en el estómago como un caldo calentito en invierno.

Sin embargo, no supo si de verdad había sorteado todas sus defensas hasta entonces, cuando husmeó en sus tripas y no encontró ninguna pista o huella identificativa obvia.

De lo contrario, se habría topado enseguida con un montón de improntas falsas que lo conducirían a uno de los perfiles aleatorios que su dueño había escogido como disfraz.

Bueno, a otro de los perfiles, para ser exactos.

A Ángel le había salido el ministro de Transportes.

A él, hasta dar con el auténtico, le habían salido Pablo Motos, Alan Duffy (aka King África), Alberto Redondo (aka Míster Jägger) y María Patiño.

Y otra pava que, según Google, había ganado un Gran Hermano . De esa no recordaba el nombre.

Tirso apreciaba el sentido del humor del moscardón de Yldra. Era fresco, blanco y exasperante, pensado a todas luces para buscarle las cosquillas a una cuadrilla de polis o de ciberseguratas.

Por desgracia, a quien se las había encontrado era a la mafia, y aquí nadie se reía.

Ejecutó el rastreador dividido entre la lástima y el desdén.

Qué pena. Qué desperdicio. Si no fuera por ese mecanismo protector, seguramente la cosa se hubiera quedado en un escarmiento.

Ahora, con la de pasta que Yldra había tenido que apoquinar, con un ministro hospitalizado y un agente de Insider a la fuga, el moscardón había concentrado tantos enemigos por metro cuadrado que pronto dormiría con los peces. Cara broma, vaya.

Al menos Tirso se sacaría un buen pico por ella.

Quizá hasta se sacaría un juguetito nuevo si Shigure le dejaba quedarse con su disco duro.

Mataría por saber qué otros sistemas había diseñado.

Nunca se quedaba trofeos de sus víctimas, a diferencia de algunos degenerados del gremio, así que estaba bastante seguro de que…

En la pantalla, la pestaña del rastreador le devolvía un mensaje de error.

Silencio.

Jamás, en toda su carrera de pirateos, había dado Tirso con un muro que no pudiera saltar. Tal vez este tampoco sería diferente si le diera un par de vueltas, o si lo abordara desde otro prisma, pero ahora tampoco jamás lo descubriría, porque ya no necesitaba saltarlo. Porque ya tenía su respuesta.

Porque el mensaje de error en su pantalla venía acompañado de una notita socarrona que recordaba perfectamente haber escrito diez años atrás.

El «Salut! ;P» del final, en cambio, era nuevo.

Tirso se llevó las manos a la cara y sofocó un bramido de rabia en ellas.

Cuando consiguió recuperar la compostura, Tirso apagó el ordenador, salió del piso franco, cambió el Peugeot por el Sandero en el parking del gym y, mientras conducía por las calles desiertas del Madrid de madrugada, llamó a Shigure.

—Neko —saludó este, con la voz un poco ajada—. ¿Te has equivocado de número o es que me echas de menos?

—Ni una cosa ni la otra.

—Lástima. —Por detrás se oyó un grito. Tirso lo ignoró—. ¿Y a qué debo el placer, entonces?

—Lo tengo.

—¿Oh? Mira que no te viene bien malacostumbrarme a estos plazos…

Tirso siguió callado. Por detrás, otro grito.

—¿Qué pasa, Titi?

Suspiró.

—Necesito un favor.

La puerta cedió insultantemente fácil, abriéndole paso sin disparar ninguna alarma, sin cerrojos ni retenedores ni cadenetas de seguridad.

Pues empezábamos bien. Tirso se contuvo de chasquear la lengua, ya crispado con solo la deficiente protección del apartamento, pero tampoco necesitó mantener el sigilo mucho más porque apenas estaba cerrando la puerta a su espalda cuando Moli emergió del último cuarto del pasillo con un gurruño de ropa en los brazos y el pelo mojado.

De primeras, Moli reaccionó como todo hijo de vecino: se detuvo en seco, se envaró y procedió a barajar sus opciones (esconderse, colaborar, enfrentarlo, pedir auxilio…). Luego lo reconoció, resopló y reanudó la marcha sin que se le cayera ni un calcetín.

—¿Tú te crees que estas son horas? —lo acusó al llegar a la altura de la cocina—. ¿O las formas? Podrías haber llamado al timbre, que para eso está.

Tirso solo se encogió de hombros.

—No pensaba que fueras a abrirme.

—Ya, bueno. —Moli se rio, ácido—. En fin, espérame en el salón. Y no toques nada. Alexa, enciende salón.

La primera habitación a mano derecha se iluminó al momento, y a Tirso no le importó entretenerse por su lado mientras el otro trasteaba ruidosamente en la cocina.

Le daba curiosidad, la verdad, ver cómo era hoy por hoy el hábitat natural de alguien del que solo había conocido su dormitorio de adolescente.

Como suponía, no se parecía en nada al ático de Tirso de Molina, todo decorado en colores apacibles y materiales claros, aunque sentía que le faltaba…

personalidad. O quizá le sobraba finura.

Fuera como fuere, había algo en aquel amplio espacio inmaculado que le recordaba más al chalet en venta de su cuñada que al hogar soñado de su… lo que fuese Moli ahora para él.

Lo único verdaderamente Moli del salón no estaba en el salón sino en la terraza, sobre una mesita franqueada por dos sillas de jardín.

Ya solo el fondo de pantalla sugería que aquel no era su portátil de empresa, pero fue el ratón lo que terminó de confirmárselo; una reliquia azul metalizada casi opaca del uso.

Le alegraba saber que había salido bueno, con lo que costó.

Tirso se lo había regalado con su primer sueldo, pues para entonces hacía años que Moli había adoptado la política de No Caprichos, la cual consistía en no comprarse ningún cacharro por encima del presupuesto del propio Tirso.

Madame Molina, derrochadora por naturaleza, había llegado a temer que su hijo fuera un agarrado.

Junto al ratón, unas gafas de luz azul de aspecto caro.

—Mira que te he dicho que no tocaras nada.

Tirso se volvió hacia él con las susodichas en la mano.

—Sabes que no sirven para nada, ¿no? Son placebo.

Moli alzó las cejas. Así, descalzo, en ropa de estar por casa y recién salido de la ducha, parecía mucho más joven.

Si entornaba los ojos, si ignoraba todo lo demás, podría incluso imaginarse que seguían viviendo a dos plantas de distancia, antes de que su padre se gastara lo que no debía y antes de que Tirso cabreara a quien no debía.

—Mejor prevenir que curar —se defendió Moli, con retintín ofendido.

Por un segundo, le recordó tanto a Julia (el tono, la pose, el refrán) que le dio vértigo.

Le trajo de vuelta al presente de un latigazo—.

¿Qué quieres? Pensé que te habías quedado a gusto el otro día, pero será que te has aficionado a eso del allanamiento de morada.

—Será.

Lo dejó en suspense mientras devolvía las gafas a su sitio con deliberada parsimonia.

Aunque aún era noche cerrada, pronto empezaría a clarear.

En la pantalla del portátil, una ventana emergente mostraba una barra de progreso al 87%.

Moli debía de haberse pasado las horas en vela currando, solo parando para despabilarse con una ducha mientras lo que coño fuera eso cargaba.

Tirso suspiró.

—¿Qué has hecho, Moli?

Este frunció el ceño, estudiándolo de brazos cruzados medio apoyado en el respaldo del sofá.

—¿Qué he hecho de qué?

—Ya sabes de qué.

—¿Es por Julia? —barbotó, tan listo para unas cosas y tan tonto para otras—. ¿Qué más quieres de mí? Ya me dejaste bien clarito qu…

—No estoy hablando de Julia —le cortó, seco—. Estoy hablando de qué cojones has hecho para que Yldra haya visto necesario contratarme.

Ahora sí, Moli se envaró. Y luego tragó saliva. Y luego preguntó:

—¿A quién? ¿A Tirso o a Ene…, uh, al otro?

Tirso ni se dignó a responder. No gastaría saliva en obviedades.

—V-vale. ¿Qué te han pedido?

—¿Tú qué crees?

El cuerpo humano reaccionaba de muy distintas formas al miedo, pero Moli siempre empalidecía como vaciado de un tajo y alzaba la barbilla así, justo así, la más pura imagen de niño rico falsamente agraviado.

Sus ojos acerados sumaron las prendas negras de Tirso con la hora que marcaba su Alexa antes de volver a sostenerle la mirada.

—¿A eso has venido? —rechinó, tiritando de súbita rabia aun petrificado en el sitio—.

¿No me mataste cuando te pillé pero me matas ahora?

¿Por orden de otros ? —Algo en sus propias palabras le arrancó un grito ahogado y abrió mucho los ojos—.

¿Qué pasa, que ni te merezco la pena si no sacas rédito? ¿Si no ganas nada de mí?

Tirso puso los ojos en blanco.

—Se me había olvidado lo melodramático que eres.

Otro grito ahogado.

—¡No soy melodramático! —Tirso enarcó una ceja; Moli ladró —: ¡Y aunque lo fuera! ¡Tú eres sicario! ¿Qué es peor?