30. Acorralado
Acorralado
Shigure, en su línea, lo llamó cuando, como y donde no debía.
Tirso gruñó nada más notar la primera vibración de su smartwatch, lo único que pudo hacer en respuesta siendo que tenía las manos ocupadas con asuntos de mayor importancia.
Presionó un poco más fuerte por puro hastío, como si así pudiera sofocar del todo los gritos o acelerar el efecto de la cloretona impregnando el pañuelo.
Solo sirvió para que el hombre se revolviera con renovado ímpetu en un último intento desesperado por quitárselo de encima.
Era enorme, el cabrón, incluso más que él.
Como siguiera coceando, al final lo volcaba, así que Tirso liberó una mano para arrearle dos mazazos correctivos que le sacaron un barrito de elefante y, por fin, por fin, cayó redondo.
Y su reloj seguía vibrando.
—Qué —resolló, descolgando la llamada ya crispado.
—Nekooo —saludó Shigure, con su trino habitual—. ¿Te pillo en mal momento?
Él miró la mole sobre la que estaba sentado a horcajadas.
—Deberías saberlo. Me lo encargaste tú.
—Ah, pero ¿¡ya!? ¡Qué eficiente! ¡Ahora mismo voy para allá! —Su voz sonó algo lejana después, amortiguada—. Pedrito, da la vuelta, vamos para la zorrera. —Y ahora vuelta a la nitidez—: Porque estás en la zorrera, ¿no?
Contuvo un chasquido de lengua.
—Acordamos específicamente la entrega en el vertedero.
—Sí, porque calculé que lo despacharías entre semana, como siempre.
—Si querías que lo despachara un día concreto, haberme pagado por día concreto.
El silencio al otro lado de la línea se alargó uno, dos, tres segundos; tirante tirante como una goma elástica a punto de saltar. Al final, como era habitual, fue Tirso quien cedió:
—Estaré allí en cuarenta minutos.
—¿Y me cobrarás el extra?
—Depende. —Ambos sabían que no. Tirso conocía sus límites—. ¿Para qué me llamabas?
—Oh, ¿no prefieres que te lo cuente en persona?
No.
—No.
Shigure se rio. Él no. Él se puso en pie y procedió a arrastrar al mamut humano por las muñecas en dirección a su viejo Peugeot.
A esas horas de la madrugada el callejón ya era un barrizal de vómitos y meados de borracho, mix al que uno llegaba a acostumbrarse pero nunca a curtirse, así que se resignó a la idea de cuarenta minutos de apestoso submarino.
Estando la zorrera en pleno centro de Madrid en lugar de a las afueras, como el vertedero, ni siquiera podría permitirse bajar las ventanillas.
Tampoco obtendría la misericordia del maletero.
El mamut no cabía dentro. Por eso había sido previsor y cubierto los asientos traseros con bolsas del Obramat: el rebozado de mierda salía fatal de la tapicería.
—Pues llamaba para felicitarte. Hemos cerrado el trato con Yldra.
Tirso se detuvo en seco. Hostia.
—¿Cuánto? —logró croar.
—Mucho. —Shigure volvió a reírse. Estaba de buen humor, lo cual vaticinaba una cantidad escandalosa de ceros—. Enhorabuena, Neko. Eres oficialmente el activo más lucrativo de nuestra empresa.
—No me llames así.
El otro suspiró, tan teatral como siempre.
—Tú sabrás. Es eso o Titi.
Cuando Tirso no respondió, se escuchó un segundo suspirito.
—Y yo que creía que la buena nueva te sacaría el palo del culo. En fin. El preacuerdo con Yldra exige que les compartamos la ficha del moscardón antes de transferir el primer pago, ¿para cuándo podrás tenerla?
No pudo evitar arrugar la nariz, y no precisamente por la peste.
—¿La ficha para qué? ¿Para que puedan despacharlo ellos mismos y ahorrarse mi parte?
—No seas lerdo —lo acuchilló Shigure a través de la línea, acerado y venenoso—.
No vamos a darles nombres, solo una prueba de que esta vez sí tendrán a la persona correcta.
Después de la cagada del imbécil de Ángel, ni ellos van a arriesgarse a pagarnos sin garantías ni yo les habría pedido la bestialidad de pasta que les he pedido de no haberme prometido tú que podías hacerlo.
—Una pausa de efecto—. Porque puedes hacerlo, ¿verdad?
Claro que podía.
—Sí —contestó escuetamente.
—Bien. Pues menos ladrar y más cumplir. Ficha; cuándo.
A su espalda, la puerta trasera del casino se abrió con un estruendo seguido de la característica sinfonía de pota contra cemento, aunque esta apenas si se distinguía sobre la ensordecedora música del interior. Los viernes tocaba DJ. Tirso ni se inmutó.
—Martes.
—Eso es más de las doce horas que me prometiste.
—Doce horas para decodificar sus sistemas —mintió—, dos días para trampearlos y rastrearlo.
—¿Y el tercero?
—Para rellenar la ficha.
Le tranquilizó que Shigure le riera la gracia.
En realidad Tirso había ido adelantando trabajo, mitad por ir sobrado de tiempo si al final se lo encargaban y mitad por pura curiosidad.
El hacker que llevaba medio año pesteando al gigante armamentístico Yldra no empleaba ninguna de las técnicas habituales de infiltración (para las que su equipo de ciberseguridad estaba de sobra preparado), así que él tampoco había querido prometer nada sin antes asegurarse de que podría contrarrestarlas.
No como Ángel.
Frunció los labios mientras el recuerdo del pobre novatín se colaba en su presente.
A Tirso el encargo de Yldra le había llegado de primeras a través de una de las varias filiales de Insider Solutions, pero había declinado para no tensar aún más las cosas con Julia.
Ángel, al que entre los veteranos del oficio empezaba a llamársele «el Basurillas» porque aceptaba cualquier faena que ellos descartaran, le había tomado el relevo.
Sin embargo, al parecer el hacker de Yldra no solo sabía jugar al escondite, sino también al despiste, y Ángel había acabado metiéndole un navajazo al ministro de Transportes, quien, evidentemente, nada tenía que ver con el tema.
Cosa que el novato habría sabido con solo pararse medio segundo a cotejar los datos.
Entre el caos mediático, las intimidaciones de Yldra y el pánico de la filial mafiosa, Shigure había mandado a Tirso a lidiar con el desastre y él no había tenido otra que tragar.
El hipopótamo bípedo que ahora mismo embutía con dificultad en el asiento trasero del Peugeot formaba parte del plan de contingencia.
Shigure confiaba en que, con el suficiente incentivo, les diría dónde coño se había metido su amiguito Ángel.
Tirso también. Tirso no pasaría del amanecer sin cantar hasta el grupo sanguíneo de Moli, en su situación. Nadie lo hacía.
—Tú ganas —le dijo Shigure, aunque claramente había perdido—. Si te portas bien y llegas antes de en punto, te dejo irte directo a casa a trabajar.
Así que Tirso se portó bien.
Pero luego no se fue a casa a trabajar, sino al piso franco.
El motivo era el mismo por el que había salido a faenar en finde y no (como bien había dicho Shigure) entre semana, tal como acostumbraba: Julia.
No es que estuvieran mal. Las cosas entre ellos seguían igual de bien que antes del ultimátum del finde pasado.
Simplemente, Julia estaba… alicaída. No se había resistido mucho cuando Tirso la había animado a montar una de sus pijamadas con las Martas, ni fruncido los labios como hacía cuando se olía intenciones ocultas.
Quizá porque de ocultas no tenían nada. Sabía que Tirso volvía a estar en activo, y que contaba con otro piso en algún punto de Madrid.
No hacía falta que él le dijera que aprovecharía su noche de chicas para completar encargos.
Si Julia había vuelto a hablar con Moli, Tirso no lo sabía, y tampoco había querido ni preguntarle ni averiguarlo. No era su lugar.
Suspiró. Una parte de él estaba convencida de que acabaría perdiéndola.
Antes, el pensamiento le habría resultado insoportable.
No le avergonzaba reconocer que toda su identidad actual había enraizado alrededor de Julia de la misma manera en la que su identidad natal había enraizado alrededor de Moli: ninguna concebía un futuro sin ellos.
Con el otro había sido fácil, sencillamente había empezado a ser Tirso Mihura y dejado su otra vida en un standby eterno.
Pero esta vez no podía hacer lo mismo, porque no había otra vida a la que saltar.
Tendría que continuar siendo Tirso Mihura con o sin Julia, con o sin Muu, su familia, sus Martas, sus Julias, su todo.
Como para cualquier otra persona, Julia pasaría a formar parte de su pasado, y sus amigos sabrían que existió y su coche sabría de quién era el cacao olvidado en la guantera del copiloto y su historial de internet sabría que estuvo mirando anillos. Le daba vértigo. Le daba náuseas.
Ahora seguía resultándole insoportable, pero también…
justo. Era justo que él, que se ganaba la vida arrebatando otras, no tuviera derecho a un final feliz.
Era justo que pagara perdiendo sus raíces de nuevo, pero, sobre todo, era justo que sus dos raíces tapiaran juntas el agujero que Tirso dejara a su paso.
Le gustaba pensar que había trasplantado el futuro que nunca tuvo con Moli en el futuro que nunca tendría con Julia, y que crecería alto alto como un ciprés, la única sombra bajo la que resguardarse en su existencia plagada de tumbas.
Ya aseado, se sentó al escritorio del cuchitril que le alquilaba a Shigure como base de operaciones y encendió su verdadero ordenador de trabajo.
El servidor al que tenía conectado su portátil de casa parpadeaba perezosamente a plena vista, pues allí no necesitaba molestarse en esconder nada.
Si alguna vez hacían redada en el edificio, ya se encargaría Shigure de dinamitarlo entero.
No por su servidor, claro. Había pruebas mucho más comprometedoras en los demás pisos. El de Tirso solo era uno de tantos.