El novio ideal 32. La misma persona #3
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32. La misma persona #3

Se sonrieron. Fue en ese otro silencio, mientras él seguía dándole vueltas al asunto con la vista perdida en algún punto del techo, que Julia aprovechó para guardar el cuaderno en su tote.

Entre ambos, todavía desoladamente olvidada, la taza de Benidorm.

Dudó un instante, dos. Luego se la guardó también.

Aunque no fuera a salir ardiendo de verdad, cuando Manu se diera cuenta de que Julia se la había llevado consigo seguro que respiraría más tranquilo.

No hacía falta torturarle toda la semana.

—¿Sabes? Mi madre da una fiesta en Tirso el próximo finde.

—¿Sí? ¿Qué celebra ahora la madame?

—Ah, nada. Le gusta montar saraos, ya sabes, se cree una socialité.

—Rieron—. Suelo saltármelos porque las altas esferas a las que invita no son mi rollo, pero conozco a más de uno al que le gustaría el ambiente.

Puedo usarlo de gancho y… —sus ojos de pronto se opacaron— y así quizá se me olvida que mientras Tirso estará quemando mis cosas.

Julia se tensó, pero no por lo que Manu pensaría.

—Oh. ¿Es la misma noche? ¿El… Este sábado?

Esperó que no se le notara la exaltación en la voz. Era PERFECTO.

—Yep. Por eso esta vez pensaba ir igual. —Torció el gesto—. Necesito una excusa para no estar en casa cuando empiece el fuego. No quiero darles opción a pensar que he podido salvar nada.

Ojalá pudiera decirle que no habría fuego. Con un suspiro, Julia volvió a tomar su mano, acariciándole los nudillos con el pulgar distraídamente.

—Me parece una idea genial —le aseguró, cuando consideró que ya sonaría más normal—. ¿Cuándo empieza?

—Hacia las nueve, pero iré por la tarde a ayudarla a montar todo. —Manu hizo una breve pausa, dubitativo, y rehuyó su mirada al preguntar—: Si te invito, ¿vendrás? ¿Sabe Tirso que estás conmigo ahora?

Ay, no. Ay, mierda. A ver, por partes…

—Lo sabe. —Se tomó su tiempo para meditar lo otro.

Para las nueve ya habrían terminado con lo de Yldra, ¿no?

Podrían incluso jugar al despiste así, con Julia yendo a la fiesta después.

Pero si se complicaban las cosas, Manu podría preocuparse, o hasta salir a buscarla, y a saber si eso levantaría la liebre…

—. Déjame pensarme lo de la fiesta, ¿vale?

Que no me gustaría que cada vez que me vieras por ahí pululando te acordaras del incendio.

Te quiero atento al networking, que encima sé que te encanta.

Esta vez, cuando Manu le sonrió, lo hizo algo más relajado, casi tierno.

—Dime con lo que sea.

—Oki.

Otro apretoncito en la mano, otro par de sonrisitas blancas. Julia fue a decir algo más, pero apenas había abierto la boca cuando las tripas de Manu la interrumpieron con un concierto en do mayor.

—Guao.

—Guao indeed —secundó Manu, tan sorprendido por el escándalo como ella.

—¿Has comido hoy? —se vio en la obligación de preguntarle.

—Pues…

La forma en la que el muy descerebrado barrió con ojo crítico el salón en busca de una bolsa de comida a domicilio que le sonase reciente la tuvo enarcando una ceja.

—¿Y ayer?

Como Manu no contestó, Julia echó cuentas entre las múltiples bolsas y los días pasados desde la visita de Tirso. Chasqueó la lengua, a cada segundo más calentita. Había muchísimas, sí, pero no suficientes para cubrir las comidas y las cenas de toda la semana.

—Arriba —ordenó, poniéndose en pie ella también—. Coge las llaves del coche.

—Julia…

—¡Que no me repliques! Arriba, ahora. Nos vamos a la compra.

Pero sonreía cuando lideró la marcha hacia la entrada, porque todo estaba saliendo a pedir de boca.

¿Conoces a Manuel Montaraz?

Tirso se envaró al instante. Por la cabeza le pasaron miles, millones de razones por las que el contacto de Yldra le preguntaría aquello, y ninguna buena.

Se quedó mirando el SMS en la pantalla de su smartwatch, muy quieto, sentado a la mesa de la cocina con el plato de la cena aún delante.

La sensación de irrealidad creció según desbloqueaba el móvil para comprobar si tenía mensajes nuevos de Julia.

Nada. Su último wasap seguía siendo el de las 22:18, en el que le decía que ya estaba volviendo (en un Cabi cortesía del de siempre) y que traía buenas noticias.

Una pena que, por lo que parecía, él fuera a tener que responderle con malas.

Sé quién es.

Los segundos que el contacto de Yldra tardó en contestar se le hicieron eternos:

Acaba de invitarme a un lanzamiento el mismo sábado 26. Otros peces gordos estarán allí también. Te será más fácil traerte al moscardón aquí que al MAN.

Querrá venir.

Qué cojones. Qué cojones. Se le congeló el estómago. Se le revolvieron las tripas.

El siguiente SMS era un copiapega del texto de la invitación. La cena amenazó con treparle ácida y corrosiva por la garganta al leer los familiares detalles postales del hogar que lo vio crecer. Con una única diferencia, obvio: «4º» en lugar de «Bajo D».

22:00 – 22:30

Confirma.

Muu maulló. Acto seguido, Julia entraba en casa toda ufana:

—Adivina qué —canturreó mientras se quitaba las bambas—. Madame Molina da una fiesta en Tirso el sábado y Manu va a ir.

Se giró hacia ella. Hacía mucho que no se sentía tan enfermo.

—Lo sé —le dijo, la náusea en la boca—. Acaba de invitar a Yldra.