El novio ideal 28. Cortar por lo sano #3
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28. Cortar por lo sano #3

—Exacto. Tirso siempre ha existido. El otro no.

Aunque me pillaran por alguna huella o chivatazo, sería muy difícil vincular al sicario con el informático.

Por eso tuve que sacar de Madrid a mis padres, como te dije.

Son los únicos que guardan relación directa con mi verdadera identidad —rio entre dientes—, por lo obvio.

Era más fácil simular una mudanza familiar y dejarles a cargo de mis cuentas y tarjetas que falsificar un certificado de defunción.

Tú misma has visto con qué poco basta para sostener la historia.

Una compra por aquí, una cena en público por allá…

Pudo ver en sus ojos entornados, como a cámara lenta, los engranajes de su cerebro uniendo puntos del tablón policiaco imaginario donde achinchetaba cada mísero dato sobre él.

—Entiendo —dijo al final, muy seria—. Si fueran a investigarte, primero te buscarían en Benidorm, pero tarde o temprano averiguarían que antes vivíais en Madrid y se presentarían en Tirso de Molina.

Hablarían con vuestra casera de entonces, madame Molina confirmaría tu nombre real, Manu solo podría decirles que perdisteis el contacto y…

—apretó los labios— y ya. Ahí se les terminarían las pistas.

Porque nadie más recuerda que no te llamas Tirso.

—Y, por tanto —prosiguió él—, yo podría seguir usando mi identidad falsa.

Mis padres fingirían no tener ni idea de lo que hacía su hijo, quedarían libres, y para cuando pusieran mi cara en las noticias, yo ya habría salido del país.

—Pensar en su DNI le sacó un bufido socarrón—.

En el mejor de los casos, entre el nombre distinto y la foto chusta, nadie de mi círculo actual me reconocería y podría volver a España en unos meses.

En el peor, saltaría la liebre y tendría que rehacer mi vida fuera.

Julia no parecía muy convencida.

—¿Y si pasa al revés?

—¿Al revés?

—Si te pillan a ti en vez de… —dudó— al otro.

Tirso alzó las cejas.

—Tendrían que pescarme con la cara al descubierto en plena faena para que llegaran antes a Tirso que al otro, cosa que no va a ocurrir.

Prefirió guardarse que tampoco dejaría que lo atraparan con vida.

Todavía pensativa, Julia descansó la mejilla sobre una rodilla, mirando sin ver la nueva margarita con la que jugueteaban sus dedos. Tras unos segundos, en tono rigurosamente neutro, comentó:

—Le has dado muchas vueltas.

—No me queda otra. La seguridad de mis padres depende de que no exista ningún punto de convergencia entre mis dos identidades. —Hizo una breve pausa antes de añadir—: De que, como bien has dicho, la investigación terminase en Tirso de Molina.

—Pero —suspiró ella, viéndose venir el girito.

—Pero —asintió él, con otro suspiro resignado— en el punto en el que estamos, la investigación no terminaría en Tirso de Molina.

Moli no destaca precisamente por sus dotes de interpretación, ya lo habrás visto.

Sabrán que algo oculta. Ahora mismo, no encontrarían ningún hilo del que tirar.

Me encargué de eliminar todas nuestras fotos juntos, físicas o digitales.

—De hecho, había eliminado el Facebook de Moli entero—.

Ya no queda rastro de mí en su historia. Estamos a salvo.

—Pero —repitió Julia, ya sombría.

—Pero —volvió a asentir Tirso— si además de mal actor, Moli resulta ser amiguito de una chica con el Instagram lleno de fotos de un tío sospechosamente parecido a su principal sospechoso, nos vamos todos a la mierda.

Todos, Julia. Mis padres, Moli, tú, yo. —Respiró hondo, tratando de disimular lo mucho, muchísimo que le estaba costando aquello—. Caeríais todos conmigo.

Lo notó antes incluso de verlo, el lastre de la comprensión anquilosando los hombros de su novia.

Julia alzó la vista para mirarlo a los ojos, para tratar de hallar en ellos un resquicio por donde escurrirse, un clavo ardiendo al que aferrarse, un cabo suelto que amarrar.

Tirso solo le sostuvo la mirada, porque él ya había buscado desesperadamente las mismas salidas y chocado con las mismas barreras.

Él, mejor que nadie, sabía que no había otro precio a pagar.

Y, muy en el fondo, Moli también lo sabía.

—No —casi suplicó Julia—. Tiene que haber otra manera.

No se molestó en insistir. Dolía demasiado.

—Siento haber tardado tanto en decírtelo. No quería ponerte en esta situación, así que lo dejé correr, esperando que se solucionase solo.

—Tirso.

—Julia. Manuel es un riesgo para mi seguridad y la de mi familia que no puedo permitirme. Ya solo dejarlo vivo sabiendo lo que sabe es una irresponsabilidad que me concedo porque le quiero. No puedo darle más. Ni a ti. —Tragó saliva—. Es lo único que no puedo darte.

Estaba roja y blanca al mismo tiempo, como febril, como enferma.

—¿Entonces…?

—Entonces, cielo, aquí es cuando debo pedirte que tengas esto en cuenta a la hora de contemplar un futuro conmigo. La… Digamos que la Julia de Moli y la Julia de Tirso no pueden coexistir.

Cómo odiaba tener que usar a sus Julias de ejemplo después de decirle que para él todas eran una. Ella no se lo echó en cara, al menos.

—P-pero… es mi amigo —fue lo que dijo en cambio, con las pupilas diminutas de pánico—. Acababa de promet… —Se le quebró la voz—. Es mi amigo, Tirso.

—Lo sé. Sé que no es justo para ninguno de los dos, al igual que sé que te estoy pidiendo mucho más de lo que voy a poder devolverte.

Julia agachó la cabeza.

—Muchísimo más —susurró.

—Lo siento. Lo siento mucho. Entenderé cualquier decisión que tomes.

—Me lo estás poniendo muy difícil.

—Lo siento —solo repitió. No sabía qué otra cosa decir.

No había otra cosa que decir.