El novio ideal 28. Cortar por lo sano #2
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28. Cortar por lo sano #2

Poco sospechaba que averiguaría la respuesta literalmente ya :

—¡Buenas! Me figuraba que os encontraría aquí.

Ni toparse cara a cara con el fantasma de su abuela muerta le habría dado más impresión que ver a su novio en carne y hueso sentarse tan pancho a la mesa con ellos.

—¿Tirso? —logró balbucear por encima del shock—. ¿Qué… qué haces aquí?

Con una sonrisa radiante, Tirso se subió las gafas de sol a la cabeza y empezó a hojear la carta. Respondió sin mirarla, natural como el respirar:

—Pues vengo de finiquitar lo de anoche y quería sacarte a cenar para celebrarlo. ¿Os queda mucho?

Ellos cruzaron miradas. Si Julia estaba pálida, Manu estaba verde.

—Prácticamente acabamos de empezar —contestó ella por los dos.

—No me he perdido nada, entonces. Mmm. ¿Era aquí donde me pedía el taro con coco?

—¿Con coco ? —reaccionó Manu por fin, aunque fue solo para resoplar, ofendidísimo por alguna razón—. ¿Desde cuándo te gusta el coco?

—Desde siempre. No lo tomaba porque no soportas cómo huele.

Manu farfulló algo incoherente y la sonrisa de Tirso se volvió ladina, carnívora. No le gustaba. No le gustaba una mierda.

—Tirso. Qué haces.

—¿Qué crees que hago? —rio, tan, tan falso—. Disfrutar de un tardeo con el amor de mi vida y nuestro mejor amigo.

Su mejor amigo emitió un sonido estrangulado.

— Vete —escupió Julia, cegada por el claro acoso y derribo.

Ni siquiera el Tirso del matadero se le había hecho tan ajeno, enfermizo, como el Tirso que seguía sonriendo a Manu con todos los dientes, incisivo y dañino y supurante.

—Sí —graznó Manu, lívido—. Será mejor que me vaya.

—¡No! ¡Le decía a él!

—Ya, pero no. —Se puso en pie, rehuyendo su mirada—. No me encuentro bien, lo siento. Ya hablamos otro día.

—Vaya. Recupérate.

—¡Manu…!

— Salut.

— Salut!

Julia lo miró alejarse, desencajada, petrificada en el sitio. Durante un segundo peligrosamente vergonzoso, creyó que iba a echarse a llorar, incluso notó las lagrimitas picoteándole los ojos. Gracias a Dios, lo que hizo en cambio fue volverse hacia el imbécil de su novio como una fiera:

—¿PERO TÚ DE QUÉ COÑO VAS?

Le gustaría decir que eso le borró la sonrisa de la cara, pero Tirso ya había dejado de sonreír mucho antes, nada más darles Manu la espalda.

No contestó enseguida, igualmente, esperando primero a que el resto de los comensales de la terraza parase de lanzarles miraditas de reojo, saboreando más el cotilleo que el helado.

Como si a Julia le importara montar el espectáculo.

A Julia lo que le importaba era que se explicase YA.

—Lo siento —fue como consideró adecuado empezar Tirso, aunque no se le veía nada arrepentido. Más bien decidido—. Soy consciente de lo que parece esto, pero te prometo que no lo es. Jamás te insultaría desconfiando de ti, ni de Moli. N…

—Ya lo sé —le cortó Julia, tajante—. Ni se me ha pasado por la cabeza que estuvieras intentando…

¿qué? ¿Marcar territorio? No es lo que me preocupa.

Sé que no necesito aclararte que no hay ni habrá nada entre nosotros porque sabes, sabes que todo cuanto hemos hecho juntos es por ti.

Lo que me preocupa es que aun sabiéndolo sigas reaccionando igual que cuando escupí en tu muerto.

¿De qué tienes miedo? ¿De Manu ? ¿Qué puede hacer tan terrible contra ti para que tengas que incriminarlo o ahuyentarlo como a un perro?

Silencio.

Para su sorpresa, Tirso agachó la mirada.

De pronto parecía muy vulnerable, o muy cansado.

Tenía un principio de uñero en el pulgar derecho, un piquito de piel levantada del que brotaría sangre como no parase de hincarle el índice.

No había pasado por casa tras concluir el encargo, entonces, o ya se habría puesto una tirita.

Con un suspiro más resignado que hastiado, Julia hurgó en su bolso hasta dar con la tirita de emergencia que guardaba siempre a mano en época de sandalias.

Tirso, al verla, apartó el granizado a un lado y extendió el brazo sobre la mesa hacia ella sin decir nada, manso como un corderito. Como un corderito inmenso.

—Tendrás que cambiarla por una de las tuyas en casa —le dijo Julia, mientras envolvía preventivamente su pulgar—. Esta es demasiado grande, te será incómoda.

—Mmm —solo murmuró en respuesta—. Gracias.

Luego se quedaron así, callados, ella acunando su mano entre las suyas y él dejándose hacer, perdido en sus pensamientos.

¿Estaría recordando lo que fuera que había tenido que «arreglar» para Shigure?

Julia nunca lo había visto así, como desinflado.

Hueco. ¿Tan espantoso había sido, para que incluso a él le afectara?

¿O es que ya no quería salvar las apariencias frente a ella?

Se le encogió el estómago. Por alguna razón, la idea de que a Tirso le pesaran sus muertos no la hacía sentir mejor.

—¿Damos un paseo? —propuso, con voz suave.

Él asintió, así que ella alzó el brazo para pedir la cuenta.

El paseo le vino bien. Lo ayudó a recomponerse, y a reorganizar sus disculpas.

Habría preferido abordar aquel asunto tan feo en otro momento, cuando estuviera más despejado, o como mínimo menos somnoliento, pero en cuanto había visto en el mapeador los puntos de Julia y Moli muy juntos había comprendido que no podía seguir posponiéndolo, llevara las horas que llevase en vela. Era su culpa y su responsabilidad.

Ahora estaban sentados a la sombra de un árbol del Retiro, aprovechando el espacio de tiempo soleado entre la merienda interrumpida y la cena prometida.

A su alrededor, familias con niños, grupos de adolescentes y parejitas hacían exactamente lo mismo montando mayor o menor barullo, pero si Tirso había aprendido algo de Julia desde el matadero era que los temas escabrosos prefería tratarlos al aire libre y a plena vista, en un lugar donde no pudiera sentirse ni acorralada ni aislada.

Restaurantes, heladerías, parques, supermercados…

Cuanto más público (cuantos más testigos), mejor.

Tirso la entendía. Había algo calmante en hablar de lo que hacía en los más bajos fondos de madrugada rodeado de verde y de sol y de los ecos de gente normal con vidas normales y preocupaciones normales.

Julia estaba terminando de deshojar una margarita cuando por fin preguntó:

—¿Puedes contarme qué ha pasado en la heladería? Ya que la teoría de los celos ha quedado descartada.

Por no decir que jamás había estado en la mesa, como bien claro se lo había dejado ella misma.

Tirso suspiró. Le alegraba (aliviaba) no tener que decir en alto que no estaba ni celoso ni receloso de su relación con Moli, porque solo el imaginárselos juntos le punzaba el estómago.

Aunque no era un sentimiento ácido, o amargo.

Simplemente prefería evitar pensar en ello.

En el fondo, era consciente de que, con que Julia le hubiera querido un poco menos, con que Moli le hubiera resentido un poco más, habría pasado.

Y se lo habría tenido merecido.

—Sí —asintió—. En realidad, mi intención era disculparme.

Eso le ganó un ceño fruncido.

—¿Por el numerito o por…?

—Porque ninguno de los dos os merecéis pagar por mis deslices.

Egoístamente, quise pensar que cada uno seguiría por su lado después de daros todas las respuestas, aun siendo de sobra consciente de que vosotros no socializáis por interés.

Por eso, me disculpo. Fui descuidado y desconsiderado.

De haber intervenido cuando debía, nos habría ahorrado este mal trago y los que vendrán a los tres.

Durante unos segundos ella solo pestañeó, desconcertada por la perorata. Luego frunció aún más el ceño.

—Ya veo que te lo traías preparado, sí. —Chasqueó la lengua—. Así que no era impresión mía, de verdad quieres ahuyentarlo… No —se corrigió, a todas luces repasando la disculpa en su cabeza—, no es que quieras. Crees que debes ahuyentarlo.

—No —la corrigió él a su vez—, TENGO que hacerlo.

—Pero ¿¡por qué!?

—Justo por lo que has dicho antes. Por miedo.

Esta vez, Julia no saltó a pedirle explicaciones de inmediato. En cambio, se reacomodó contra el tronco del árbol, se sacudió todos los pétalos de margarita del regazo menos uno, que se guardó en el bolso («Sí me quiere»), y finalmente se abrazó las rodillas, lista para escuchar.

Tirso sintió un tirón de vértigo en las tripas, sobrecogido una vez más por aquel nuevo entendimiento mutuo que pulsaba entre ambos.

Nunca antes había necesitado dejar su silencio en sus manos; era él quien la descifraba a ella, no al revés.

Le daba esperanzas. Porque ni de coña la tomaba por sentada.

Que Julia hubiera «vuelto» con él no significaba que fuera a quedarse, solo que deseaba hacerlo.

Tirso lo veía como un periodo de prueba.

Únicamente con el paso de los meses (de los encargos) sabría Julia si la carga merecía la pena.

En la carga entraba Moli, también.

«Vale —se dijo—. A ello».

Hasta el momento, había estado a punto de perderla en dos ocasiones: en el matadero, cuando la verdad salió a la luz; y en Benidorm, cuando temió que su visión y la suya sobre cómo afrontó la emboscada de Shigure resultaran irreconciliables.

Aquella sería la tercera y la última. Si alguna vez iba a estar más cerca de perder a Julia para siempre, era ahí.

—Moli pertenece a una parte de mí que dejé atrás por seguridad —arrancó—.

Todos mis crímenes están ligados a mi identidad real, y lo único que me protege de ella es que en mi presente no queda nadie que pueda recordar quién fui.

Ni siquiera mis antiguos compañeros de clase, profesores o tutores me llamaban por mi nombre legal.

—Julia frunció un poco el ceño. Debía ser más explícito, entonces—: De abrirse una investigación, si le enseñaran una foto mía a cualquiera de mis exconocidos, responderían con mi n… alias.

Ahora sí, despacito, ella asintió.

—Tu verdadera identidad es la fachada, no al revés.