El novio ideal 28. Cortar por lo sano
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28. Cortar por lo sano

Cortar por lo sano

Con lo sigiloso que era Tirso, Julia había esperado no enterarse de cuándo volvía a casa.

Había esperado despertar con la primera de sus alarmas y encontrárselo ya allí, plácidamente dormido.

Estarían haciendo la cucharita y Muu se las habría arreglado para encajar entre los dos. Sería una mañana como cualquier otra.

En cambio, lo que Julia se había encontrado al despertar era una cama vacía y un wasap avisando de que la cosa se había alargado.

El uso de la palabra «alargado» indicaba que no debería preocuparse (si no, habría usado «complicado»), pero saberlo a salvo no impidió que su ansiedad empezara a pitar como una puñetera alarma antiincendios.

Vamos, que no había tenido otra opción salvo recurrir a su apagafuegos particular.

Quedar con Manu a la luz del día estaba bien.

No tener que quedar a escondidas o borrar sus mensajes como un secreto sucio estaba pero que muy bien.

La hacía sentir normal, mundana, solo dos amigos tomándose un granizado en una terracita del centro después del trabajo.

Ella le enseñaba fotos de Patato, el famoso perro de la finca navarra que en realidad había resultado ser el perrete del quiosquero vecino de Benidorm; él se las enseñaba de los distintos gatos en adopción que barajaba como futuro Tolón.

De momento no habían ni mentado al responsable de que sus caminos se entrecruzaran, pero terminarían haciéndolo; era inevitable.

Julia necesitaba sacarse de dentro la angustia, porque no sabía qué hacer, no sabía si se veía capaz, si podría soportar la certeza de que cada noche que Tirso saliera de casa sumaba otro nombre a la lista.

Manu no parecía molesto porque Julia solo le hubiera dicho de quedar al verse al borde del colapso nervioso, aun sabiendo que habían vuelto de Benidorm semanas atrás.

Quizá, como ella, había asumido que una vez descubierto el pastel y pasado el peligro su relación iría enfriándose poco a poco, sin más puntos de unión aparte del trauma compartido.

Pero Julia no quería renunciar a él. Lo necesitaba en su vida, y no únicamente para que le hiciera de psicólogo.

Manu había estado ahí en sus peores momentos (literalmente), qué mínimo que darle también sus mejores.

A veces incluso fantaseaba con tenerlo de damo de honor en su boda (si es que Tirso y ella llegaban a casarse), aunque a esas alturas de la película ya sospechaba que Tirso no tenía ninguna intención de reconciliarse con Manu.

¿O sí? ¿Por qué si no entonces había pasado de hablar de Manu en pasado a hacerlo en presente, compartiéndole trivia sobre sus gustos o manías como si siguiera conociéndolo en profundidad a pesar de los años separados?

Prefería no hacerse ilusiones. Con que ya no quisiera cargárselo se daba con un canto en los dientes.

—Uy. ¿Qué te ha hecho Manchitas 2 para que lo mires así?

Julia suspiró, volviendo al presente. Sobre la mesa, el móvil de Manu mostraba la ficha del último aspirante a Tolón.

—Perdón —se disculpó ella—. No, este es monísimo también. Se me ha ido la cabeza a otro sitio.

—Me puedo imaginar adónde —rezongó él, guardándose el móvil—. A ver, ¿qué ha pasado? Las últimas noticias que tengo tuyas eran que lo habíais dejado todo arregladito en Benidorm. Y, con la de fotos presumiendo de afterglow que llevas ametrallando desde entonces, pensaba que seguía así.

Otro igual que su madre. ¿De verdad se le notaba tanto…?

—Y sigue así. Bueno, casi. Pero eso ya luego. —Carraspeó—. Primero quería saber si vosotros también.

Manu alzó las cejas.

—Si nosotros también, ¿qué?

—Si vosotros también lo habéis dejado «todo arregladito» —aclaró, jugueteando nerviosamente con la pajita de su granizado—. Sé que no va a salir de él contármelo.

La forma en la que torció el gesto fue respuesta suficiente, pero aun así dijo:

—Podría decirse que sí. Vino a verme un par de días después de… ya sabes de qué.

No pudo evitar sentirse herida. Casi traicionada. ¡Y ella pensando que Manu podría haberse callado alguna llamadita o mensaje de advertencia para no tantear las aguas…!

—¿¡Por qué no me lo has dicho!? ¡Ha pasado más de un mes!

—Hum. —Manu desvió la vista—. Es que no me sentía muy seguro hablando contigo.

Le cayó como una bofetada.

—¿Cóm…? ¿Por qué? ¿En qué sentido? ¿Te mandó alejarte de mí? ¿O es que… creías que yo le chivaría lo que me contaras?

—¡No! ¡No, Julia! Es solo que… —Pero aún tardó en dar con las palabras, o con el valor para soltarlas, mientras se removía en el sitio, incómodo—.

Que ya está todo, ¿no? Yo ya no pinto nada aquí.

Te ayudé a investigar el misterio, lo desvelamos, casi morimos pero sobrevivimos y ahora ya no queda más que aprender a gestionar cada uno lo suyo. Tres son multitud.

Y seguía rehuyéndole la mirada, tomando sin mucha gana una cucharada diminuta de su monstruosa copa de helado. Prácticamente acababan de servírsela y ya empezaba a derretirse por un lateral.

—Manu —lo llamó—. Manu, mírame.

Manu la miró. Ya no tenía ojeras, pero parecía igual o más cansado que la última vez que se habían visto.

—Escucha. Me interpuse entre un cuchillo y tú. No quería perderte entonces y no quiero perderte ahora, ¿entendido?

—¿Y qué piensa Tirso de eso? —preguntó, muy bajito.

—¡Me da igual! ¡Me da igual lo que piense! Yo no soy él. No voy a dejarte tirado.

Sus ojos se suavizaron; sus labios se curvaron en un fantasma de sonrisa. Era muy fácil hacer feliz a Manu. Y muy satisfactorio, también. No entendía por qué estaba tan solo.

—Vale —cedió al final, visiblemente más animado—. Te tomo la palabra.

—Genial, pues cuenta, ¿qué te dijo? ¿Tengo que enfadarme?

Manu se encogió de hombros.

—Nah, no creo. Tampoco hizo nada fuera de personaje. Solo me manipuló para falsificar algunas pruebas y así tener munición para acusarme de cómplice si lo delataba.

¿«SOLO»?

—¿Cómo que «solo»? —protestó Julia, mitad atónita mitad airada—. ¿No te parece suficiente? ¡A mí no me hizo nada de eso…! ¿Qu…? ¿Cómo?

—Explotando mi codependencia a Cabify para llevar y traer mercancía peligrosa —refunfuñó él.

Le pilló tan de sorpresa que no pudo más que reírse.

—¡Lo siento! —Pero seguía tapándose la sonrisa con una mano—. ¡Qué malo!

—No disimules. Te encanta que sea malo.

—Ni que fuera la única.

Ahí Manu solo cabeceó, pensativo, como considerando seriamente la acusación. Luego volvió a encogerse de hombros e hizo un ruidito resignado que la tuvo sonriendo otra vez. Solo que ahora más suave, más blanda.

—¿Hablasteis de algo más?

—Lamentablemente —asintió, mientras giraba su copa para rescatar el helado desbordado con la cucharilla—.

Resulta que cortó relación conmigo para, atenta, «no arrastrarme con él».

¿Qué te parece? El tío aprovechó que discutimos para hacerme creer que fue mi culpa.

—Puso los ojos en blanco—. Me alegro de poder quitarme ese peso de encima, pero a ver qué me invento yo ahora para tratar esto con mi psicóloga sin acabar en una zanja.

Rieron, pero flojito. Julia archivó la última versión de la noche de marras para después, aunque, por alguna razón, no estaba nada sorprendida.

Porque conocía a Tirso, suponía, y porque, tal como le había asegurado en el restaurante pitiminí de Benidorm, ella habría hecho lo mismo.

Si Manu le hubiera dicho que se olvidara de su padre para quedarse con él, que él se encargaría de ella y de su madre, Julia no se habría parado a pensar en lo que realmente quería decir Manu.

Julia se lo habría tomado al pie de la letra y habría quemado puentes yendo directa a su ejecución.

Pero a la mañana siguiente, cuando despertara en el hospital habiendo firmado un pacto con el diablo, tendría la frialdad de cabeza suficiente para leer entre líneas y concluir que el mejor curso de acción era cortar por lo sano.

Ya había condenado a sus padres, pero aún podía proteger a Manu.

Y precisamente su desastrosa confesión de la noche anterior le garantizaba que Manu jamás iría a pedirle explicaciones, pues en el fondo sabría que tenía motivos para repugnarle.

Y aun así, aun así…

Mmm. Julia se arriesgó a tantear terreno más privado:

—¿Esperabas otro resultado?

Manu exhaló largamente.

—No, pero tampoco podía no desearlo. Creía que ahora que lo sabía todo podríamos… No sé, ¿sanear las aguas? ¿Empezar de cero? Pero está claro que esto es lo que hay.

No se le ocurrió qué contestar, dividida entre consolarlo o animarlo.

Ninguna de las dos opciones le parecía adecuada viniendo de ella.

Sonaría hipócrita. Julia no solo no había perdido a Tirso, sino que encima estaban mejor que nunca.

En comparación, Manu no es que hubiera salido malparado, pero tampoco ganando.

Para él todo seguía exactamente igual. No había recuperado ni a su amigo de siempre, ni a sus segundos padres, nada.

Lo único que Manu había sacado de aquello era a Julia, que no contaba ni como premio de consolación.

Aunque ella ya tenía pensado presentárselo a las Martas; estaba convencida de que congeniarían los cuatro enseguida.

Quería darle más. Más gente en la que apoyarse, más excusas para salir de casa, más conexiones reales.

No entendía cómo, con lo cotizado que estaba Manu en redes, tenía tan pocos amigos de verdad.

A Tirso le pasaba igual. Quizá ninguno había vuelto a encontrar otra pieza que encajase igual de bien en su puzle.

Una vez más, Julia se preguntó por qué Tirso insistía en mantenerlo fuera.

Sus padres lo echaban de menos, su novia no pensaba soltarlo, él mismo hablaba de Manu como si lo hubiera perdido, no como si lo hubiera echado…

No tenía sentido. No había absolutamente ninguna razón por la que no abrirle las puertas.

Seguro que compartir la carga con Manu se le haría más fácil, además. Podrían hacer pijamadas cuando Tirso tuviera encargos, para no tener que pensarlo. Podrían sobrellevarlo juntos, los tres.