27. Luna de miel
Luna de miel
El resto de las vacaciones (y del mes) se lo pasaron prácticamente entero follando.
Y la gente lo notaba, ¿eh? Le decían que estaba radiante, que adónde se había ido de retiro para volver tan revitalizada, que nunca habían conocido a nadie con subidón postvacacional. Hasta su madre tuvo a bien comentarle por mensaje lo guapa que salía en sus últimas fotos y stories de Instagram.
Julia también se sentía así. Después de medio año teniendo que llevar el duelo por dentro incluso en su propia casa, de arrastrar dudas y miedos y secretos, recuperar su vida con Tirso había sido liberador.
De hecho, diría que su vida había mejorado de forma exponencialmente proporcional a lo terrible que había sido durante los meses de investigación: estaba experimentando una segunda luna de miel con su media naranja, empezaba a fantasear con la idea de buscarse un trabajo mejor allá donde decidieran montar el nido, cada día conocía un poquito más al verdadero Tirso (y viceversa) y cada día le gustaba un poquito más.
No se creía todo lo bueno que había sacado de algo tan siniestro como cazar a tu novio metiendo un cadáver en el maletero.
O todo lo que había aprendido de sí misma en el proceso, también.
¿Que hubiera preferido no enterarse a la tremenda de que protegería a un ser querido literalmente con su cuerpo?
Pues claro. Pero tampoco se arrepentía. Nunca habría sospechado que dentro de ella existía una Julia valiente.
Tirso se había reído mucho durante el viaje de vuelta a Madrid, cuando Julia por fin le había hablado de sus Julias.
«Para mí todas esas Julias son mi Julia —había respondido, entre confuso y maravillado—.
Nadie somos de una única manera, y te lo dice alguien con literalmente doble identidad.
Si eres capaz de hacer algo bajo otro nombre, es porque siempre pudiste hacerlo bajo el tuyo.
Da igual cómo las llames. Te reconozco en cada una de ellas».
Y, aunque Tirso no le había dicho nada nuevo, nada que Julia no supiera ya, oírlo puesto en palabras pulsó algún tipo de interruptor en su panel de control mental que desbarató por completo el sistema de Julias. Podía ser todas ellas. Siempre lo había sido.
Aquello también le ayudó a dejar de ver a Tirso como una doblez de sí mismo. Dejó de buscar las siete diferencias, de hacer comparativas, tomándolo como un todo del mismo modo en que hiciera con las Julias.
Por primera vez en años (quizá por primera vez en la vida), Julia se sentía… infinita.
Todo lo demás era secundario. El bien y el mal, el derecho y el deber, lo justo y lo injusto.
Si quería un futuro idílico con Tirso, ¿por qué no iba a tenerlo?
¿Por qué iba a rechazarlo? Ni que fuera un villano.
Ni que fuera mala persona. Y, aunque lo fuese, ¿qué importaba mientras no le afectara a ella o a los suyos?
Peor gente había suelta por el mundo, mucho peor que un simple sicario que la quería de verdad.
Si ni siquiera se acordaba, la mayoría del tiempo.
No era como antes, cuando creía que Tirso la usaba de tapadera.
Cuando lo creía un psicópata capaz de matarla a ella también por pura conveniencia (o peor; por placer).
Ya no se le venía a la cabeza cuando lo besaba, ni la bloqueaba en pleno abrazo, ni le susurraba escenarios terribles al oído de madrugada, acurrucada en su pecho.
Al final, en eso se resumía todo. En que ahora, por fin, su mente callaba.
Al menos hasta que Tirso llegó del gym un día y dijo:
—Tengo un encargo.
Julia lo miró. En su regazo, Muu siguió mordisqueándole la mano en la que tenía escondido su ratón preferido.
—No pensaba aceptar ninguno hasta que tú y yo llegáramos a un consenso —se explicó él, malinterpretando su silencio—, pero es… Necesitan que arregle el estropicio de un novato.
Ah.
—Vale. ¿Cuándo… cuándo tienes que estar? ¿O ir?
—Ahora. Solo he venido a por las llaves del Peugeot.
Esas que llevaban desde julio en el cuenco del recibidor.
—Vaya por Dios. ¿Qué eres, el contacto de emergencia de la mafia? —intentó bromear.
—Algo así.
Si no había estado tensa ya, lo estaba ahora. Tragó saliva.
—¿Te espero para cenar?
—No —suspiró—. Ni despierta. Tiene pinta de ir para largo.
Tirso permaneció quieto aún unos segundos más, dándole tiempo a cambiar de opinión, o a protestar, o a entrar en pánico.
Sin embargo, Julia no hizo ninguna de esas cosas, así que solo cruzó el salón para despedirse de ella con un breve beso en los labios y de Muu con un toquecito en la nariz antes de volver a salir por la puerta.
No se dio cuenta hasta después, tras un mordisco especialmente punzante de Muu, de que estaba tiritando.
De arriba abajo, además, con castañeteo de dientes incluido.
Y por mucho que intentó echarle tierra al asunto, repetirse que era normal ponerse nerviosa las primeras veces; nada funcionó.
En su mente antes muda redoblaban en bucle las palabras de Emi, ominosas como una profecía.
«Pero la pregunta aquí no es si a mí me parece buena persona, o si puedo vivir con ello», había dicho.
«La pregunta es si puedes hacerlo tú».