El novio ideal 26. Tirar del hilo #2
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26. Tirar del hilo #2

Tirso tardó justo eso, dos segundos, en respirar hondo y reclinarse en su asiento de diseño como desactivado desde dentro, como agradecido por no tener que detonar aquella vez. Había reconocido las palabras de Manu en las suyas, y Julia no recordaba haberlo visto jamás tan… en paz.

—Y luego soy yo el que omite información.

—Empezaste tú —señaló ella, encogiéndose de hombros.

Casi se le pasó, al principio, el atisbo de sonrisa en sus labios, como un lenguaje secreto entre ambos. Conjuntaba perfecto con sus hombros relajados y con la verdad en su voz al decir:

—Estoy muy enamorado de ti, Julia.

Ella sí sonrió del todo.

—Y yo de ti.

Tirso no dijo nada más mientras se enderezaba para tomar su mano en la suya, ni cuando le dio un breve beso en el dedo anular, en el punto preciso donde descansaría un anillo.

Para Julia, con eso bastó. Y es que, por primera vez desde aquella lejana noche de San Valentín, el nudo de su estómago se deshizo, dando paso a todo un caleidoscopio de mariposas que ya no volverían a irse.

Llegaron al piso de madrugada, después de un improvisado detour por la bahía charlando de todo y de nada con los zapatos en las manos y el mar en los tobillos.

Ninguno parecía tener mucha gana de romper la frágil burbuja en la que se habían resguardado del presente durante la velada, cosa que ocurriría en cuanto se dieran las buenas noches, cuando tuvieran que volverse cada uno a su cama.

Quizá por eso se descalzaron en el recibidor, excusándose en no llenar los dormitorios de arena, y quizá por eso seguían vestidos de noche mientras él se ponía una copa en el salón y ella un poleo menta en la cocina.

Tirso acabó primero, claro. No lo había oído acercarse, pero notaba el peso de su mirada contemplándola pensativo desde el umbral.

Seguro que estaba apoyado en el marco, como siempre, de brazos cruzados.

En casa, Julia estaba acostumbrada a no encender nunca la luz de la cocina para aquel tipo de cosillas rápidas, siempre bañada por la del salón.

Allí, una línea de sensores leds solucionaba el problema, esclareciendo la penumbra a su paso. Muy fancy todo.

—¿Qué piensas?

Julia no se giró a mirarlo, fingiéndose muy concentrada en añadir un puñadito de frutos rojos congelados a su poleo. Eran más bien para cócteles, y no pegaban mucho con la menta, pero a veces una chica necesita darse un capricho.

—¿De qué?

—De todo. Ahora que tienes el cuadro completo.

Qué buena pregunta. Julia volvió a hacer tiempo guardando los frutos rojos y sacando una pajita de cristal la mar de coqueta para remover la infusión. Pensaba llevársela a casa, junto con otras muchas cosas que allí estaban desaprovechadas.

—¿Y bien?

Siguió removiendo, vuelta de espaldas. Al final, con un suspiro, dijo:

—Pienso que tengo que pensar. Y que tú deberías pensar en dejarlo.

—Mmm. —Acababa de cabecear, ¿verdad?—. ¿Es una petición formal?

—Es una petición lógica.

— Touché. ¿Qué harías si me niego?

Julia respiró hondo.

—Eso es lo que tengo que pensar.

Lo oyó suspirar también. Durante unos segundos, solo hubo silencio entre ellos.

Incluso llegó a pensar que se había vuelto para el comedor.

O peor, a dormir. No estaba preparada para que la noche terminase, no tan pronto, no así.

Luego notó un calor familiar a su espalda, enorme y envolvente, y supo que había hecho todo lo contrario.

Diría que fue instintiva, la forma en la que su cuerpo simplemente dio la bienvenida al suyo.

Él le rodeó la cintura con los brazos, ella se reclinó contra su pecho.

Él le dejó un beso en el pelo, ella ladeó la cabeza para abrirle paso.

Él juntó su sien con la suya, ella entrelazó los dedos con los suyos.

Por manida que fuera la metáfora, encajaban. Siempre lo habían hecho.

Tirso aún tardó un poquito más en volver a hablar, limitándose tan solo a abrazarla con los ojos cerrados mientras sus respiraciones iban acompasándose como tantas otras veces antes de aquella.

—Mantenme informado, ¿vale? —le susurró al oído—. Y cualquier duda, cualquier miedo que tengas…

—Lo sé —le cortó Julia, sin poder evitar una sonrisa—. Iré directa a la fuente.

—Que soy yo.

—Que eres tú.

Notó su resoplido divertido tras la oreja y le hizo cosquillas.

Lo siguieron sus labios, primero ahí (un beso breve, casi tentativo) y luego descendiendo por su cuello muy, muy despacio.

Julia se planteó dejarle hacer. Dios, cómo quería dejarle hacer.

Pero tenía que ser fuerte, porque se conocía, y sabía que si cedía solo una vez ya le sería prácticamente imposible volver atrás. Suspiró.

—No tan rápido, Hannibal —le riñó, aunque no se apartó.

—¿Hannibal? —protestó él, aunque tampoco se apartó.

Julia asintió, intentando mantener el tono ligero, risueño:

—Tú dirás para qué usas si no la marmita industrial del matadero.

Ante eso Tirso sí se enderezó, lo justo para hacer un intento de buscar su mirada que ella no correspondió.

Era más fácil entretenerse en liberar una mano con la que seguir removiendo el poleo, así le dejaría claro que de verdad que no estaba traumatizada ni nada.

Por suerte o por desgracia, comprender para qué servían los dos tanques traqueteantes donde el perturbado de su novio arrojaba sus «desechos» le había dejado un tanto…

indiferente. Tenía lógica, a fin de cuentas.

¿Qué mejor manera de desprenderse de un cadáver que licuándolo en la división de caldos de un matadero abandonado?

¿Quién sospecharía del charco permeando los suelos de cemento o de los guijarros olvidados en el cajetín de la trituradora?

Para eso tendrían que advertir que eran recientes.

Y para eso primero tendrían que ir al matadero.

—Julia —llamó él, todavía estudiándola atentamente—. Es importante para mí que sepas que jamás he comido carne humana.

Contuvo la sonrisa. En realidad, ya lo sabía. No porque creyera que Tirso ponía la raya en el canibalismo, sino porque no sería tan tonto como para llevarse puesta una prueba del crimen.

—¿Y bebido sopa humana?

—Tampoco.

Algo en la inflexión de su voz le dijo que acababan de acordarse de lo mismo.

De pronto era sábado 14 de octubre de tres años atrás y Tirso volvía al Obramat para comprar en efectivo una pala, un litro de acetona y otro de lejía mientras Julia reía y reía.

Aquella broma macabra que a ninguno parecía pegarle mucho había terminado por convertirse en la semilla de su relación, así que tenía sentido que fuera otro chiste privado del estilo lo que diera el pistoletazo de salida a su secuela.

Julia sentía los latidos de su corazón ensordecedores según se daba la vuelta para encararlo por fin, deslizando ambas manos por sus brazos caminito arriba hasta su nuca, su pelo.

Tirso cerró los ojos y respiró hondo, inmóvil salvo por el milímetro casi imperceptible que estrechó su abrazo.

Así, apenas iluminado por la trémula luz del sensor, tenía más del Tirso del matadero que de su Tirso, aunque la frontera entre uno y otro empezaba a deshilacharse por los bordes.

Ya no le daba miedo. Si acaso, le daba curiosidad.

Quería tirar del hilo y ver hacia dónde la llevaba, pero se contentó con ponerse de puntillas y besarlo.

Fue como siempre y como nunca.

Como siempre porque, en teoría, nada había cambiado.

El tacto de su pelo seguía siendo espeso, el de sus hombros sólido y el de sus labios acogedor.

Seguía sintiéndose diminuta a su lado, querida y arropada, pero sobre todo conocida.

Incluso la primera vez que se habían acostado se había sentido así, cosa que la Julia de entonces decidiría tomarse como prueba irrefutable de que estaban hechos el uno para el otro.

Tirso sabía cómo, dónde y cuándo tocar, besar, aflojar o apretar, lo había sabido desde el principio, ¿por qué iba a ser distinto ahora?

Y, sin embargo, lo era.

¿En qué? En todo.

En la presión de su cuerpo contra el suyo, inescapable y absoluto; en lo contundente de sus besos, ahora más dentellada que caricia; en sus manos, que no pedían permiso ni para auparla a pulso sobre la encimera ni para manejarla como una muñequita como ella siempre siempre había querido y nunca nunca había pedido en su afán por ser la novia perfecta para el novio perfecto.

Ambos educados, comprensivos, atentos, solícitos.

A la mierda. Tirso jadeaba contra su boca con la urgencia de quien necesita explicarse, quitarse la careta, enseñarle sin palabras quién era de verdad.

Y Julia encantada, porque si no la hubiera mordido como lo estaba haciendo, quizá jamás habría visto lo insoportablemente…

plano que era el otro Tirso. Le gustaba muchísimo más esta versión.

Este Tirso era un poquito más bruto, un poquito más seco y bastante más cuestionable, pero en el fondo, en las partes realmente importantes, seguía siendo su Tirso. El Tirso de Julia.

Eso era lo que Emi había intentado decirle, ¿verdad? Que ellos lo conocían. Sabían quién era. Sabían que haría todo lo posible por protegerlos y darles la vida que se merecían. A cualquier precio.

¿Había algo más romántico que eso? ¿Que alguien queriendo mimarte a cualquier precio?

Cuando cortó el beso para decírselo, Tirso protestó con un sonidito reflejo y Julia reaccionó de la forma más Julia posible: dejando de pensar.