26. Tirar del hilo
Tirar del hilo
Al parecer, ahora que Tirso no tenía que esconder su acaudalado patrimonio podía permitirse derrochar (presumir) a gusto.
No se le ocurría otro motivo por el que la llevaría sino a semejante restaurante, una azotea de alto standing desde la que se oteaba todo Benidorm con reservados como pequeños rincones secretos gracias a sus doseles de abalorios, aislándolos del mundo sin entorpecer las vistas ni la brisa.
Una vez, Yolina le había dicho que a un verdadero restaurante «de ricos» se le identificaba por la omisión de precios en carta. Asumían que sus comensales podían costeárselos.
La carta entre sus manos no listaba un solo número salvo la añada de cada vino.
Otra prueba más de que debería haber nacido rica, pues no tener siquiera opción a echar cuentas o pedirse el plato más barato le quitaba un peso enorme de encima.
Y, sabiendo encima que, sí, Tirso podía costearse eso y más, Julia estaba tranquilísima.
Una cosa era ser la mantenida de un informático acomodado y otra serlo de un sicario megaforrado.
Pero que ya no le diera reparos gastarse su dinero no significaba que tampoco le diera reparos ya cómo lo ganaba.
Pero los dilemas morales mejor dejarlos para otro momento, porque a pesar del despliegue romántico y del ambiente íntimo Julia solo podía pensar en una cosa:
—Oye, una pregunta así rápida. ¿Manu y tú estuvisteis saliendo?
No supo descifrar la expresión de su rostro. En un segundo Tirso estaba leyendo la carta tan normal y al siguiente la miraba directamente a los ojos, mitad calculador mitad expectante, en guardia. La había mirado igual en el matadero, mientras estimaba si Julia era o no una amenaza.
Y acto seguido se relajó entero y puso los ojos en blanco.
—Mi padre ha vuelto a usar «cortar» como sinónimo de «dejar de hablar», ¿verdad?
Ah.
—Ah. Oh, eh… Pues puede ser, sí. Sí, justo.
Él rio entre dientes, divertido.
—Me alegro de que esta vez hayas ido directa a la fuente en lugar de cotillearlo primero con Moli.
—¡Hombre, en este caso Manu también sería la fuente!
— Touché —reconoció, pero aún risueño, como si…—. ¿Algún otro asunto que deba aclarar?
Julia frunció el ceño.
—¿Por qué lo dices así?
—¿Así cómo?
—¡Como si estuviera loca!
—Quizá porque tus precedentes incluyen pasarte tres años creyendo que tus suegros están muertos por no preguntar.
—Habló el que se pensó que podía piratear a la yakuza e irse de rositas.
Tirso soltó una risotada de pecho, de esas que se le escapaban cuando algo lo pillaba por sorpresa. Claramente no esperaba que Julia fuera a salirle por ahí, y ella se quedó pasmada (maravillada) viéndolo ponerse hasta rojo, abochornado por el recuerdo.
—En mi defensa diré —tuvo la desfachatez de señalar— que no son la yakuza.
—¿Qué va a ser defensa eso? —protestó Julia, entre escandalizada e incrédula—. ¡El plan entero es de risa! ¡Que llegaste y dijiste: «Ah, ¿que aquí pone que mi padre debe dinero? ¡Pues lo borro y punto!»!
Volvió a reírse.
—¡Tirso! —le regañó—. ¡No es gracioso! Es… ¡Es el tipo de idea de bombero que tendría Manu!
Ahora sí, Tirso se dignó a dejar la carta a un lado para responder con la seriedad que requería el asunto:
—A ver. Piensa que yo tenía… Era muy niño. Apenas acababa de graduarme, me creía más listo que nadie. Jugué al mismo juego que Moli, pero él le ganó la apuesta a Microsoft mientras yo la perdí contra la mafia. —Se encogió de hombros—. Fallo mío. La banca siempre gana.
Y tan pancho.
—No supero que digas la palabra «mafia» tan natural. Es como si dices… «Carrefour» o… «¿Tú dónde trabajas, Julia? Yo en Obramat. Genial, ¿y tu novio? ¡Ah, él en la mafia!».
—No trabajo en la mafia —suspiró él, poniendo los ojos en blanco—. Ni para ellos. Si eso, les acepto encargos.
—¡Uy, que también eres freelancer en el sector del crimen!
Esta vez Tirso se rio por lo bajini, como para sí mismo.
—¿Te hago gracia?
—No, no. Perdón. Es que siempre que nos imaginaba hablando de esto te veía histérica, pero otro tipo de histérica.
Silencio. Se sostuvieron la mirada uno, dos, tres segundos. Él sonreía; ella no. Pero no por nada malo, sino por… Bueno, por la sorpresa.
—¿Pensabas contármelo…? —musitó.
—Tenía asumido que tarde o temprano me pillarías —fue lo que respondió, blando—. Bajo demasiado la guardia a tu alrededor. Ya te lo dije en casa de tus padres, te tomaba como referencia. Si notaba que habías empezado a sospechar, sabría que me había relajado.
Tirso negó con la cabeza en el gesto universal de «ay, qué chaval más tonto».
Julia no supo qué decir. Hasta cierto punto, aquello cambiaba las cosas.
No todas, claro (al final un asesino era un asesino), pero que su plan de futuro no consistiera en ocultarle la cruda realidad hasta el fin de los días la hacía sentir un poquito mejor.
Significaba que Tirso siempre había tenido intención de darle opción a escoger si quedarse o marcharse.
Julia, simplemente, se le había adelantado.
—Me gustaba pensar que tendría espacio de maniobra —continuó, trasteando nerviosamente con la tirita de uno de sus pulgares.
Cosa cuando menos extraña, porque Tirso nunca se ponía nervioso—.
Que podría sentarme a explicártelo todo con calma, o por lo menos acabar con buen pie.
Lo que no me imaginaba era que fueras a entrar al trapo al ring.
Julia desvió la mirada.
—Quería salir de dudas, y preguntarte directamente era… pues…
—Peligroso —asintió él.
—Peligroso —confirmó ella.
Cuando volvió a levantar la vista, Tirso seguía mirándola con una media sonrisa distraída, suave, aunque se recompuso en cuanto un repiqueteo de abalorios anunció la llegada del camarero.
Julia, que ni conocía el sitio ni había tenido tiempo de estudiarse la carta como Dios manda, pidió lo primero que le había llamado la atención de su vistacillo anterior y dejó que Tirso se ocupara del resto (las bebidas tenían nombres raros y a ella le daba demasiada rabia equivocarse).
Permanecieron en silencio mientras esperaban a que les sirvieran las bebidas (Tirso, cómo no, había acertado con la suya), y mientras probaban la tapita de pitiminí que las acompañaba.
Luego Tirso dijo:
—Dispara.
Y Julia dijo:
—Tu madre me contó que Shigure mandó darte un «escarmiento» por borrar los registros. No entramos en detalles, pero me dio a entender que te pillaron por banda una noche.
La forma en la que cabeceó puso de relieve el característico minisocavón de su nariz.
A Julia nunca le había parecido que le afeara; más bien le daba personalidad.
Ahora que sospechaba cómo se la había roto, en cambio, no podía no preguntarse si cada vez que se miraba al espejo recordaría la paliza.
—Mmm. Básicamente, sí —asintió Tirso—. Los datos que te faltan son que contrataron a otro hacker para que me rastreara, encontraron el portal de encargos que tenía con Moli e hicieron un pedido falso.
A la que iba al punto de cobro, plas. —Torció la sonrisa—.
Vamos, que cobrar, cobré, pero no precisamente en efectivo.
—Pero tú ya lo sabías.
—¿Hm?
—Lo que iba a pasar. Tú ya sabías quién te había contratado y qué te esperaba en el punto de cobro. —Julia frunció los labios, fastidiada—. Vale que prefirieras ahorrarle el disgusto a tu madre, pero ¿a mí? ¿Por qué vuelves a omitir cosas?
Tirso chasqueó la lengua. Ya no sonreía. Todo lo contrario.
—Porque el final de la historia es el mismo —espetó—.
Cuando recibes un encargo ofreciendo la cifra exacta que debía tu padre, sabes que es o eso o la morgue.
Si habían dado conmigo, darían con toda la familia aunque nos fuéramos del país esa misma noche, no tenía otra opción.
—Y aquí un resoplido desdeñoso, ácido. Amargo.
Auguraba cuchilladas—. ¿Qué querías, que le contara a mi madre que a lo mejor amanecía viuda y huérfila?
¿Para qué? ¿Qué podía hacer ella? ¿O él?
¿No es mejor así, que ninguno sepa nunca que me planté allí totalmente convencido de que me harían elegir entre matar a mi padre o tomar su lugar?
O peor —Julia se encogió bajo la textura de pronto aterciopelada de su voz, como un ronroneo incómodo, erróneo—: quizá eres de los que piensa que debería haberme desentendido desde el principio y dejar que le metieran un tiro.
«No —había dicho Manu—. Lo que le dije fue que dejara de sacarle las castañas del fuego a un tío que se merecía lo que fuera a pasarle por sangrarle la puta vida a su familia».
«Muerto el perro, se acabó la rabia», había pensado ella.
Así que había acertado. Ahí estaba, la brecha.
El momento en que Manu había dinamitado cuatro futuros con una terrible elección de palabras.
Debía de haber empezado a resquebrajarse semanas antes, cuando Manu ya se olía que Tirso planeaba jugársela a Shigure y trató de venderle básicamente que sacrificar a su padre era lo justo, pero no había estallado hasta la noche del encargo falso.
«Aquella noche», cada uno entendió el pedido entrante de manera distinta; Manu como un punto de no retorno y Tirso como un punto final.
«Aquella noche», Manu le había asestado el golpe de gracia y un Tirso acorralado, asustado y traicionado se había lanzado de cabeza a los lobos decidido a cortar el problema de raíz.
Pero Julia no pensaba pisar la misma mina.
—No —respondió, sin rodeos, sin más—. Creo que yo hubiera hecho lo mismo.
Habría agachado la cabeza y cumplido cuanto me pidieran para asegurar que mi chapuza no salpicase a nadie más.
Por mucho que tú me hubieras suplicado que no fuera, o prometido que cuidarías de mi madre si volvía contigo a casa.
En las películas, la bomba siempre quedaba neutralizada en los últimos cinco segundos, después de que el protagonista vacilara entre cortar el cable rojo o el azul.
Sin embargo, nunca era inmediato. Debían transcurrir como mínimo dos segundos más antes de que el minutero se apagara, de que las luces del cine se encendieran, de que Julia y él se levantaran.