25. Cosa de familia #4
—¿Uh? —solo dijo Fermín, mientras daba una calada a su cigarro.
—El juego. FARManía . ¡Que yo también juego!
—Anda. —Soltó el humo, visiblemente más animado—. ¿Por qué nivel vas?
Julia se rio, un tanto avergonzada:
—Por el 120…
—Ah, pues ya vas enfilada, ¿eh? ¿Qué llevas, dos huertas?
—Sí, estoy a ver si desbloqueo la tundra…
—¡Uy, esa es la prueba de fuego! Bien, bien. —Otra caladita ufana—. Pues dame tu usuario que te salude, que ando escaso de güitos. Me compraría un pase de esos, pero por motivos que sé que te han contado prefiero abstenerme.
—¡No, claro! —rechinó ella, sacando el móvil a toda prisa, como si Fermín fuera a caer en la trampa de los micropagos de un momento a otro—. Nada de pases, cero pases. Aunque seguro que Manu, si se lo pide usted, sí le haría premium.
Su suegro la miró con el ceño fruncido mientras soltaba el humo por la comisura de la boca. Tenía los ojos más entornados que nunca, prácticamente cerrados. Ah, espera. Julia sonrió:
—Manu es… Bueno, su mujer lo llama «el nene Molina».
Solo notó el cambio en su expresión por puro milagro, de lo sutil. Sus cejas se alzaron muy levemente, sus labios amagaron una sonrisa nostálgica, pero también dolida. Debía de haberle querido mucho, para que alguien a quien incluso su esposa calificaba de hermético pusiera esa cara al recordarlo.
—No tenía ni idea de que era suyo —le dijo Fermín, aun siendo evidente—. Pero tampoco me extraña, siempre andaba maquinando… ¿Te hablas con él?
Ella asintió. Él también, satisfecho por alguna razón.
—Las vueltas que da la vida. Pues dile que ponga menos anuncios, que me tocan las narices.
—¡Pero bueno! —se rio Julia—. ¡Apunte más alto, hombre! ¿Tiene oportunidad de sacar provecho del desarrollador y solo pide eso?
—Quita, quita. —Seguía sonriendo, pero ahora algo más tirante, más grave—. Ya bastante me aproveché de él en su día. Se me caería la cara de vergüenza yendo a pedirle nada después de que cortaran por mi culpa.
¿Perdón?
—¿De que… cortaran…?
La forma en que Fermín sacudió la ceniza de su cigarro en el cenicero tenía cierto regusto amargo, casi desdeñoso. Julia quiso zarandearlo para que respondiera de una vez porque estaba al borde del infarto.
—Sí, como tuvimos que venirnos aquí, pues perdieron contacto… —explicó, aunque eso a Julia no le aclaraba nada—. No voy encima a pedirle dinero. Otra vez.
PAUSA. Sacar a Fermín de su error (porque madre mía lo equivocado que estaba) era más importante que el posible cotilleo del siglo:
—Manu se lo daría sin pestañear. El premium, digo. Y el dinero seguro que también. No lo culpa para nada, a ninguno.
—Niña, mira que si me vuelves a tratar de usted…
—¡No me cambie de tema! ¡Os echa de menos!
Fermín puso los ojos en blanco en un gesto terriblemente Tirso.
—Y nosotros a él. Pero no tenemos derecho.
Julia se levantó como pinchada, incapaz de permanecer sentada mientras sacaba el móvil toda alterada.
La liebre ya había saltado, Manu ya estaba enterado del meollo, ya no había razón para mantener ni las apariencias ni las distancias ni nada.
Era injusto e insostenible y si a Tirso le molestaba que su novia tomara cartas en el asunto que se lo hubiera pensado mejor antes de traérsela a Benidorm.
No tenía derecho a decidir por tres adultos que claramente estaban sufriendo. Dolía verlo.
Fermín quiere comprarse un güitopase
NO!!!!!!!!
GP45BXFERMIN
Puedo usarlo yo también?
No
MANUEL MOLINA MONTARAZ
—¿Debería intervenir?
La voz de Tirso a punto estuvo de provocarle de verdad un infarto.
No lo había oído llegar, ni siquiera lo había visto acodarse sobre el respaldo de la butaca de su padre.
Julia enrojeció hasta las orejas y agradeció poder achacarlo al susto y no a la impresión de reencontrarse con la versión más pulida de su novio, esa de pelo estilizado hacia atrás, pantalones de tiro alto y calzado Oxford que se reservaba para las noches de cita.
—Calla —ordenó ella, tanto a Tirso como a sus pensamientos, y giró la pantalla del móvil hacia Fermín como ejecutando un jaque mate—. Ea, solucionado. Ya ves tú qué trauma.
Su suegro se adelantó para leer el chat con ojos suspicaces. Luego rebufó y volvió a repantingarse en la silla.
—¿De dónde te sacaste a esta, hijo? —protestó, haciéndose el digno, aunque sonreía mientras abría la página de canje del juego.
—La robé del Louvre. ¿Estás lista?
Julia resopló.
—¿No se me ve lista?
Ellos se rieron. Debería ofenderse, debería echarle en cara haberla dejado esperando sola en casa sin avisar, pero no hizo ni una cosa ni la otra porque al final se había salido con la suya.
Por eso y porque había algo hogareño en aquel intercambio, en Tirso y su padre bromeando sobre ella como seguramente hacían sobre Emi, como ella misma y su madre hacían sobre Tirso.
Como sus padres y sus suegros harían sobre ellos dos, si llegaban a conocerse algún día.
Se reblandeció entera al imaginárselos a todos juntos, chinchándose unos a otros sin malicia.
Eso, también, era cosa de familia.