El novio ideal 25. Cosa de familia #3
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25. Cosa de familia #3

—Ahora sí. Y gracias a Dios. —Frunció los labios, deteniéndose momentáneamente entre dos pasillos—.

No me oirás echar pestes de él. Es una mala persona, como todos los de su calaña, pero si mi hijo y mi marido no aparecieron descuartizados en una zanja fue porque no quiso.

—Uy. Eso Julia sí que no se lo esperaba—.

Le interesaba más lo que En… Tirso pudiera ofrecerle.

Mandó darle un buen escarmiento, por supuesto, el que se merecía por creer que podía robarle la millonada que le debía Fermín con solo clicar un botón.

Piña, piña, piña… Pero cuando le dieron el alta del hospital fue a visitarlo y le contrató.

—Le contrató —repitió Julia, más por sorpresa que por necesitar aclaración.

Ahí su suegra se detuvo por completo para volverse a mirarla.

Su acento pirenaico, en un principio apenas perceptible, había ido espesándose según ponía en palabras sus recuerdos.

Le daba cierto peso a su presencia, cierta corpulencia que de por sí ella (blanda, bajita, casi en miniatura) jamás irradiaría.

A esas horas de la tarde, con el supermercado desierto en rededor, a Julia se le hacía hasta ominosa.

Ominosa como Tirso vestido por entero de negro y mascarilla quirúrgica, como el compás perezoso del chop chop chop mientras troceaba ingredientes.

Cosa de familia.

—Supongo que así saldó la deuda —habló de nuevo Julia, instintivamente incómoda bajo el escrutinio—. Con… encargos. De los suyos.

—Entre otras muchas cosas, sí.

—¿Y a vosotros os parece bien? ¿No os da… —«¿cómo decirlo?»— miedo?

Apreció que Emi pausara unos momentos a considerar la pregunta.

—Conocemos a nuestro hijo —respondió finalmente—.

Sabemos quién es. Por eso confiamos en sus decisiones y, en última instancia, agradecemos que tenga lo que hay que tener para llevarlas a cabo.

Si no fuera por él, Fermín estaría muerto.

Por sus propios errores, sí, pero muerto.

—Pareció dudar medio segundo antes de añadir, algo más tajante—: No sé cuánto tardó en saldar la deuda ni cuándo empezó a matar, o si quedó acordado desde el principio, pero me da igual.

Para mí, lo importante es que mi marido está limpio y mi hijo está a salvo. Cómo lo consiguiera es secundario.

Julia se envaró. Primero por oírla soltar el verbo con «m» en un lugar público y luego por todo lo demás.

Le ardió en la lengua; la injusticia. Trató de tragársela por respeto a Tirso, pero después pensó que si SU MADRE no tenía reparos en hablar sin tapujos en mitad del Consum, tampoco los tendría ella:

—¿Y que siga haciéndolo también te da igual? Porque ya no tiene excusa. Podría haber parado en cuanto terminó de pagar y en vez de eso os puso un piso en Benidorm. ¿Te parece normal? ¿Te parece bien vivir en una casa comprada con sangre?

Para su sorpresa, Emi no intentó convencerla ni excusarse, como cabría esperar, sino que levantó la barbilla en un ademán orgulloso que respondió todas sus preguntas de una.

—No me tomes por tonta —le dijo igualmente, más desdeñosa que acre—.

Claro que preferiría que lo hubiera dejado, pero no soy ninguna desagradecida, y su padre tampoco.

Bastante ha hecho por nosotros para que encima nos pongamos moralistas, así que, si a él no le quita el sueño por las noches, menos me lo quitará a mí.

—Julia abrió la boca para protestar, pero ella se le adelantó con vehemencia—: Hasta que llegue el día en que mi niño tenga que pagar por sus crímenes, disfrutaremos de la felicidad que nos traen.

Y si tú no vas a hacer lo mismo, como mínimo no le hagas perder el tiempo y dilo ya.

Le cayó como una bofetada. Incluso reaccionó tal cual, retrocediendo con un respingo reflejo, de cervatillo.

—¿«Perder el tiempo»? —logró boquear por fin, lívida—. ¿Eso es lo que te preocupa? ¿Que yo le haga perder el tiempo y no que él mate gente?

—Ninguna de esas personas eran buenas, Julia.

—¿Para quién? —casi se rio ella, de lo inverosímil que se le antojaba la situación—. Porque sabiendo a qué se dedica tu niño nadie lo tildaría de buena persona. Qué coño, ¡si le encargan ajustes de cuentas! ¡Podría estar cargándose a otros como Fermín!

—Pero no son Fermín.

Ante aquello no tenía defensa. Julia cerró la boca con la saña de un cepo, apretando tanto los dientes que sus encías pulsaron bajo la presión.

Delante, todavía cogida a la proa del carrito, Emi esperaba en guardia la siguiente dentellada.

Cuando no vino, su gesto se suavizó, y su voz volvió a sonar a nana, a cuna:

—Siento haberte hablado así. No son formas.

Ella negó con la cabeza, incapaz de articular ni un simple «nada». No se dio cuenta de que también había agachado la mirada hasta que la mano de Emi entró en su campo visual para darle un leve apretón en el brazo. La oyó suspirar. Sonaba triste.

—Soy su madre, Julia. No soy objetiva. Pero la pregunta aquí no es si a mí me parece buena persona, o si puedo vivir con ello. La pregunta es si puedes hacerlo tú.

No supo qué contestar, claro.

La conversación terminó ahí.

En caja, Emi pagó con la misma tarjeta que Tirso se había guardado en la arrocería.

Julia ignoraba cuándo había vuelto a cambiar de manos, aunque sospechó el motivo al ver de pasada el nombre del titular.

«La uso de tanto en tanto —le explicó su suegra mientras cargaban las bolsas en el coche—.

¡De alguna manera tenemos que simular que vive aquí! ».

Al preguntarle Julia si nunca le habían pedido el DNI, ella negó entre risas y respondió que, aunque alguna vez lo hicieran, no sería la primera ni la última madre en ir a hacerle la compra al vago de su hijo.

Y, al llegar al piso, dejó la tarjeta en el cuenco del recibidor «para que la tuviera a mano esos días».

El martes, gracias a Dios, Julia tuvo el día para ella sola.

Emi había hecho planes con sus amigas benidorminas, Fermín seguía enganchado 24/7 al Tour de Francia y Tirso la conocía lo suficiente para saber cuándo necesitaba un poquito de distancia social.

Eso no quiere decir que se mantuviera distante, o que no le dirigiese la palabra, sino que se entretuvieron cada uno con lo suyo tal como hacían en casa: en silenciosa compañía.

Le vino bien. Pudo explorar en profundidad el piso mientras Tirso daba un paseíto por la playa (no encontró nada interesante), avanzar con un libro que llevaba meses sin abrir (no recordaba ni de lo que iba) y desbloquear por fin la semilla de cereza de la app de Manu (que vino con un avatar honorario de regalo).

El propio Manu también tuvo su porción de protagonismo hacia el final de la siesta, cuando le envió la friolera de ochenta y cuatro fotos en HD de Muu, a cada cual mejor que la anterior.

Julia solo le había pedido que se pasara a echarle un vistacillo el domingo, pero Manu se estaba tomando muy en serio su papel de niñera y ya sumaba tres tardes seguidas de «pijamiauda».

Su gata, cómo no, encantada con la atención.

Su novio seguramente no tanto, aunque tampoco parecía molesto.

De hecho, se le veía bastante plácido, casi somnoliento, mientras se sentaba junto a ella en el sofá para mirar también las fotos.

Todavía tenía el pelo húmedo de su típica ducha postsiesta y la piel caliente allá donde se rozaban, cosa que, con la calor que hacía, no debería gustarle tanto.

Y Tirso debió de notar algo, debió de notarla recostar un poco de su peso contra él, porque una vez visto entero el photoshoot le preguntó si le apetecía salir a cenar los dos solos y ella le dijo que sí.

Cuando un rato después Julia salió de su propia ducha postsiesta (o, en este caso, precena), Tirso no estaba por ningún lado, ni tampoco cuando terminó de arreglarse.

Resignada, mató el tiempo sembrando sus nuevas semillas de cerezo, pero tras media hora sin noticias y dos mensajes sin respuesta le dio miedo que él estuviera esperándola donde sus padres, así que para allá que bajó.

—No, no, se ha ido con su madre a nosequé, pero pasa si quieres a esperarlo aquí.

Como no se le ocurrió ninguna excusa rápida para subirse de nuevo al piso, Julia aceptó el ofrecimiento y siguió a Fermín hasta el balcón, donde este se reacomodó en su mecedora.

Ella se sentó muy recta en la otra, sin saber qué hacer salvo quedarse mirando el mar.

Aunque a esas alturas ya sabía que su suegro no acusaría el silencio, parco en palabras como era, a Julia sí la incomodaba estarse ahí como plantada por el Ayuntamiento, más todavía cuando ella iba vestida de punta en blanco y él de estar por casa.

Necesitaba sacarle algún tema de conversación, demostrarle que tenía personalidad más allá de ser su nuera.

¿Debería preguntarle por el Tour de Francia?

Nah, demasiado evidente. ¿Alabar el piso, o Benidorm?

Tampoco. Por muy bien que vivieran allí, habían tenido que mudarse por culpa de sus problemas de juego.

¿Contarle batallitas del Obramat? No, por Dios…

¿Qué, entonces? ¡Si no le había oído más de una frase por día, y llevaban cuatro!

Solo lo había visto embobado con el ciclismo en el sofá o embobado con el móvil en la mecedora, como ahora.

Bueno, «embobado» no. Concentrado, mejor dicho.

¿Qué andaría haciendo? Por la musiquita, parecía que jugar.

Le sonaba mucho. ¿Dónde la había oído ant… ?

Espera.

Casi se acalambró el cuello de lo rápido que se giró a mirarlo.

Él ni se inmutó, tranquilamente repantingado con el móvil en una mano y un cigarrillo en la otra.

Al contrario que su esposa, a quien se le notaban las raíces pirenaicas en ese acento suyo tan particular, tan cerrado, Fermín tenía la pinta del típico señor de La Rioja que hubiera estado muy a gusto sin salir jamás de su huerto.

Quizá por eso le gustaba la app de Manu.

—¡Y-yo también lo tengo! —barbotó, casi atragantándose del arrebato.