25. Cosa de familia #2
—Mis vecinos son estacionales. La mayoría cambia cada año, y los habituales ya me han visto algún que otro puente de mayo. A ninguno le extraña que no esté en verano. —Puso los ojos en blanco—. Nadie espera que la gente de Benidorm veranee en Benidorm.
Silencio. En la quietud de la noche, el arrullo de las olas sonaba muy cercano, más incluso que la charla amortiguada de una pareja dos plantas por encima.
Decidió ser sincera:
—Conozco tus precios. Puedes permitirte mucho más que dos apartamentos reformados.
Aunque estaba de espaldas, pudo verlo cabecear perfectamente.
—Fue para lo que me dio con mis ahorros. Ahora tengo el cuádruple, pero convence tú a mi madre de cambiarse a otro sitio. —Tirso bufó por la nariz, divertido—. ¿La ves muy angustiada por no vivir en una mansión de tres pisos?
Ante la mención a su madre, Julia lo encaró. Él la esperaba con las cejas alzadas, tranquilo. Estaba en su territorio y lo sabía. Le sentaba bien; la pertenencia.
—Tu madre es un encanto. ¿Cómo soporta saber que su hijo cobra por matar?
—¿Por qué no se lo preguntas a ella?
Julia frunció los labios. Ni de coña se planteaba tener esa conversación con Emi.
No quería incomodarla en su primer encuentro, aunque sabía, muy en el fondo, que le vendría bien compartir sus inseguridades y quebraderos de cabeza con alguien que había estado en la misma disyuntiva.
Con alguien que quería a Tirso tanto como ella.
La irritó pensar que justo por eso se lo había propuesto Tirso.
—Me pido la habitación de matrimonio —masculló Julia por toda despedida, pasando por su lado como un vendaval.
Él solo alzó los brazos en son de paz con una media sonrisa críptica.
Pero surgió, claro. La conversación. Algún día tenía que hacerlo.
Fue ya el lunes, tras un fin de semana cumpliendo el ideal de pensionista español: playa, piscina, siesta; playa, piscina, siesta y, como plan nocturno, alternar entre una salida al bingo o un heladito por el paseo marítimo.
Paradójicamente, Julia se sentía rejuvenecida.
O quizá ese era el objetivo de jubilarse en la costa.
No podía saberlo, ya que solía pasar todas sus vacaciones hibernando para reponer fuerzas o haciendo turismo a matacaballo con Tirso en destinos no más lejos de una hora de avión o seis de coche de Madrid.
Era un buen cambio. Empezaba a verle el puntillo a Benidorm, aunque la humedad le encrespara el pelo.
Ahora estaban en el Consum, solas Emi y ella.
Le había pedido que la acompañase a la compra («, corazón»), y Julia no hubiera podido negarse ni aun habiendo querido.
Normalmente, le dijo, era su marido quien mantenía llena la despensa, pero con el Tour de Francia en pleno apogeo le daba pena levantarlo del sofá, con lo que le gustaba verlo.
Tirso se había quedado con él, igual de inmerso en la retransmisión.
Debía de ser cosa de familia. De ese tipo de cosas que solo se dan al rejuntarse, como acentos que se pegan o ademanes que reaparecen.
El caso es que Julia arrastraba el carrito tras Emi en una imagen refleja de sus compras mensuales con Tirso.
«Leche, leche, leche…», iba murmurando su suegra, cómo no.
Solo paró cuando alcanzaron el pasillo de los lácteos, donde se agenció un lote de seis briks de la misma marca que Tirso compraba en casa.
Cosa de familia, sí. Le daba calentito en el corazón, después de tantos años creyendo que nunca tendría oportunidad de descubrir qué partes de su novio venían de sus padres.
—Bueno, Julia —dijo entonces Emi, en un tono sospechosamente distendido—, me imagino que tendrás muchas dudas.
Ella hizo un ruidito ambiguo, por si las moscas. Su suegra la miró de soslayo antes de preguntar:
—¿Asumo que sabes por qué acabamos aquí?
—Algo sé, sí.
—Pero no de su boca, supongo.
—No —admitió Julia—. De la de Manu. Moli.
La cara de Emi se iluminó.
—¡Ay, hacía mucho que no oía ese nombre! ¿Cómo está?
—Bien. —Y tras un segundo de duda añadió—: Os echa de menos.
—Mmm. —Su suegra retomó su camino pasillo abajo, pensativa, así que Julia se apresuró a seguirla—. No fue fácil para ninguno. ¿Qué te contó?
—Lo de las deudas de su marido. Que «le debía dinero a gente chunga», según declaraciones textuales.
Esta vez, la mujer no sonrió, pero sus ojos lo hicieron por ella, estrechándose fugazmente.
¿Cuánto habría pasado desde la última vez que viera a Manu?
¿Le habría preguntado por él a Tirso algún día, se habría interesado por qué había sido del otro niño que crio en Tirso de Molina?
¿O había preferido no saber nada, recordarlo tal como era entonces para no torturarse con una versión que jamás conocería?
—Mi marido es un señor muy hermético —le dijo, mientras metía unas cuajadas en el carrito—.
Estaba claro que nuestro hijo saldría a él.
Se guardan todo para sí mismos, lo bueno y lo malo, y para cuando te das cuenta de lo que ocurre ya no hay manera de pararlo.
A mí me pasó con los dos. Primero con Fermín, cuando descubrí que nos había dejado sin blanca en las tragaperras.
Luego con… ¿cómo lo llamas, Tirso? —Rio por la nariz, breve—.
Luego con Tirso, cuando me llamaron de madrugada desde su móvil para que fuera a «sacar la basura».
—¿Perdón?—. Si ya fue un palazo enterarme de que mi marido se había endeudado con la mafia, enterarme de que habían pillado a mi hijo borrando la deuda de los registros fue directamente…
En fin. Puedes imaginártelo, ¿no? ¿Julia?
Pero Julia no se imaginaba nada porque había frenado en seco ahí mismo, en mitad del pasillo de lácteos, congelada frente a las neveras repletas de yogures y gelatinas. Muy apropiado.
—Cuando dices «mafia» —logró carraspear al fin—, ¿te refieres a…? O sea, ¿estamos hablando en sentido figurado o…?
Emi enarcó una ceja. Julia tragó saliva.
—Podemos seguir llamándolos «gente chunga», si te da menos impresión —ofreció, sin pizca de maldad.
—No, no, da igual. Mejor así, sin rodeos.
—Suspiró—. Perdona, Emi. Tu hijo lleva intentando ponerme en situación varios días, pero nunca era el momento adecuado.
No —se corrigió, negando con la cabeza—.
En realidad es culpa mía. Puede que haya estado…
rehuyendo el tema. Por si empeoraba. Y, bueno, viendo que lo que se venía era la mafia, casi que tenía razón.
Durante unos segundos, su suegra permaneció callada. Tal vez se preguntaba cuánto debía contarle ahora que sabía que Tirso no se la había encasquetado a propósito, o tal vez estaba ideando la mejor manera de explicárselo todo desde el principio. Cosa que Julia agradecería, porque ya no podía más.
—De acuerdo —concedió Emi, muy seria. Casi grave—. Pero léeme primero la lista, cariño, para ir avanzando mientras.
—Ah, sí, claro, voy.
Julia cogió el papelito que su suegra había colocado junto con su bolso en el miniasiento abatible del carro y leyó lo apuntado intentando disimular el temblor nervioso de su voz.
—Tampoco hay tanto que contar —fue como empezó Emi, mientras timoneaba el carrito distraídamente hacia el siguiente pasillo sin mirar atrás—.
Las casas de apuestas son un mal diseñado a conciencia, no somos la primera ni la última familia afectada.
Mi sueldo bastaba para vivir los tres al día, pero un ludópata requiere vigilancia y apoyo constante, además de una terapia que, por desgracia, la seguridad social no daba abasto para proporcionarnos, no con la asiduidad necesaria.
Pesto, pesto, pesto… —Encontró el pesto; reanudó su camino—.
Es la pescadilla que se muerde la cola, ¿no?
Cada recaída aumenta tu deuda, pero el dinero que inviertes en saldarla es el que deberías invertir en curarte para evitar la siguiente.
—Julia asintió, aunque Emi no la estaba mirando—.
Comprenderás entonces que no preguntara de dónde sacaba mi hijo el dinero.
Yo ya me olía que limpio, lo que se dice limpio, no era, pero lo ganaba a conjunto con el nene Molina, y sabía que ninguno de los dos pondría en riesgo nuestra familia.
«Pero Tirso quería más», recordaba haber conjeturado Julia aquella tarde postmatadero.
«No, Julia —la había corregido Manu—. Tirso necesitaba más».
Esta vez, en cambio, tenía las piezas suficientes para decir…
—Tuvo otra recaída.
… y acertar.
La mirada que le dedicó Emi era la de una esposa derrotada y una madre arrepentida.
Se le encogió el estómago al comprender que se culpaba.
De no haber sabido identificar las señales de la adicción, de haber priorizado la deuda del padre a la seguridad del hijo, de no haberse visto venir la gota que colmó el vaso.
Quiso decírselo, que no tenía culpa de nada, que había hecho lo humanamente posible con las herramientas de las que disponía.
No lo hizo porque, en el fondo, eso Emi ya lo sabía.
Seguro que Tirso y Fermín se lo habrían repetido infinidad de veces.
Los tres eran víctimas, pero solo uno de ellos era responsable. Y solo uno era verdugo.
—Una vez más, yo no me enteré hasta después —prosiguió ella, con un suspiro resignado—.
Del ultimátum, digo. Fermín debía demasiado y se le dio una fecha límite para apoquinar.
A nosotros no nos lo contó. Es más, yo esos días lo vi hasta animado.
Supongo que estaba deseando que se lo cargaran, porque parte de su trato con Shigure aseguraba que su familia no heredaría la deuda. Ay, perdona, cariño. Shigure es…
—Lo sé —la cortó Julia, tensa—. El empleador de Tirso.
Emi asintió.