25. Cosa de familia
Cosa de familia
La verdad es que estaba yendo mucho mejor de lo esperado.
Que tampoco es que hubiera esperado que fuera mal.
Simplemente… se los había imaginado de otra manera.
A sus suegros. Como unos nuevos ricos disfrutando de su jubilación a la alemana costeada por los crímenes de su hijo en un chalet en primera línea de playa, o como unos refugiados emparedados en un piso cochambroso con las persianas en rejilla, por ejemplo.
En cambio, los Solera habían resultado ser de lo más corrientes.
Emi era bajita, tirando a redonda y había cambiado el rubio Terelu de la famosa foto de graduación por su moreno natural, y cuando nada más bajarse Julia del coche ella piropeó su vestido del Sfera, supo que estaba ante otra connoisseur de la moda asequible.
Fermín era corpulento, tenía los ojos siempre entornados (como haciendo cuentas complicadas) y la cara siempre arrebolada.
Después de hacer las presentaciones, Tirso había añadido: «Como ves, gracias a Dios heredé solo lo bueno de cada uno», lo que le arrancó un ronquido divertido a su padre y una protesta cariñosa a su madre.
Como habían llegado a mediodía, fueron directos a comer a (obviamente) una arrocería donde reservaban cada vez que Tirso bajaba de visita.
Por supuesto, Julia no pudo evitar fijarse en los precios.
Ni muy caros, ni muy baratos. Los camareros les conocían; se alegraban de verlos.
Llamaban a sus suegros por su nombre y a Tirso «muchacho».
Ella se cuidó de llamarlo solo «cariño».
No se mencionó El Tema™ en toda la comida.
Sí que le preguntaron a su hijo qué tal iba «el trabajo», aunque Julia no supo precisar a cuál de sus dos trabajos se referían.
Supuso que al mundano, como lo categorizaba él, porque acto seguido le preguntaron lo mismo a ella.
Mientras Julia entraba en detalle sobre sus responsabilidades y beneficios en el Obramat, Fermín la escuchó muy atento, con los ojos un poco más abiertos.
«Otro bricomaniaco —pensó—. Como el 97% de los padres españoles».
Tras los cafés, Emi pagó la cuenta, pero fue Tirso quien se guardó la tarjeta.
Salvo por ese pequeño detalle sospechoso, todo transcurrió en la más absoluta normalidad.
La conversación fue placentera y relajada, al igual que el paseíto por el frente marítimo con la excusa de bajar la comida, y eso que entre la cantidad de domingueros y el bochorno costero estaba la cosa complicada.
En un momento dado en que la marabunta separó a los hombres por un lado y a ellas por otro, Emi le preguntó por su familia con genuina curiosidad.
Estuvo bien hablar con ella de sus padres y su hermana. Emi se rio bastante, más de cuerpo que de voz, cosa que Julia se tomó como una victoria porque Tirso se reía justo así.
Estuvo bien, además, porque hasta entonces no fue consciente de lo bienvenida que se sentía.
Nada que ver con el primer encuentro de Tirso con sus padres, tanto por su parte como por la de él.
Aunque había aprobado con matrícula de honor, Julia recordaba volver al piso con los hombros agarrotados de la tensión, desfallecida tras toda una velada bajo lupa.
Su madre había sido más jueza que madre aquella noche, convencida de que la descocada de su hija le traería a casa a otro zopenco.
No la culpaba. Tenía razones de sobra para esperar poco de ella.
Emi también esperaba poco de ella, pero de forma distinta.
Se lo notaba en el entusiasmo con el que intentó ponerla al día de anécdotas, trasfondos y tradiciones familiares, con el que se interesaba por sus rutinas, sus aficiones y círculo.
Al parecer, Tirso les había contado lo del malentendido, y Emi tenía por objetivo recuperar los tres años perdidos de relación madre-nuera en el menor tiempo posible.
A Julia le parecía bien. Se les veía buena gente.
Era una pena que se hubieran visto obligados a cortar todo lazo con sus antiguas amistades de Madrid…
Normal que la emocionase la perspectiva de conocer a alguien que ya lo sabía todo, de quien no tendrían que despedirse.
Mientras Julia insistía en invitarla a un helado y Emi insistía en negarse, sintió que encajaba otra pieza del puzle: solo unos padres así de entregados podrían hacer la vista gorda ante los pecados de su hijo, solo unos padres así de afectuosos podrían haber criado al hijo de otro como propio.
Y, sin embargo, Julia no se acordó de Manu hasta por la noche, al ir a ponerse un vaso de agua y encontrarse en el escurridor de sus suegros una taza con el mensaje «Alguien que me quiere mucho me ha traído esta taza de Benidorm».
Misma frase, mismo modelo noventero, mismo todo. La única diferencia era que esta conservaba el asa intacta.
Se le encogió el estómago. ¿Sería una coincidencia o…? Debía de serlo, por las fechas. Pero no tenía sentido que alguien que vivía en Benidorm comprara souvenires de Benidorm.
«Vale, pues piensa tú a qué quiere comprometerte», le había escrito la última vez que hablaron.
No lo había entendido, en ese momento. Había pensado que Manu estaba dolido porque Julia fuera a conocer a los padres que a él le fueron arrebatados (que lo dejaron atrás), así que había preferido no entrar al trapo.
Tenía que ser difícil aceptar que, al final, la sangre sí pesaba más. En todos los sentidos.
¿Se había referido a eso, entonces? ¿Que lo que Tirso pretendía presentándole a sus padres poco después del matadero era comprometerla?
¿Aprovechar que aún seguía indecisa para forzar la balanza a su favor?
Tendría sentido, ¿no? Julia no llevaba ni doce horas en Benidorm y ya le angustiaba imaginarse la cara que pondrían si Tirso les dijera que Julia se había echado atrás.
Luego se dio cuenta de que solo eran pensamientos intrusivos.
Tirso no necesitaba manipularla emocionalmente para mantenerla a su lado. Era al revés. Era Julia quien estaba batallando consigo misma, con sus valores. Con lo correcto.
Pero ya no podía librarse de ellos, así que cuando volvió a salir a la terraza del recatado piso (en primera línea de playa, eso sí) de sus suegros, donde los cuatro se habían apalancado tras otra cena fuera, a Tirso le bastó con mirarla a los ojos para recomponerse y decir:
—No sé tú, Julia, pero yo estoy agotado.
Dios, cómo le quería.
—En realidad yo también estoy en las últimas —mintió ella, dedicándole a sus suegros una sonrisa de disculpas—. No quería ser maleducada.
—¡Oh, nada, nada! ¡Venga, fuera de aquí! —Emi se levantó de un salto y Fermín la imitó, aunque con mucho menos brío—. ¡Será por días…! ¿Hasta cuándo os quedabais?
—Hasta el miércoles —respondió Tirso—. Queremos vegetar también un poco en casa.
Se despidieron con la promesa de reunirse por la mañana prontito para coger sitio en la playa (después de asegurarles que no tenían nada romántico planeado por su parte).
Como habían dejado las maletas en el recibidor nada más llegar, Julia había asumido que dormirían en el cuarto de invitados, así que cuando Tirso se echó la mochila de su portátil al hombro y salió al rellano ella todavía tardó unos segundos en seguirlo, descolocada. ¿Había reservado un hotel, entonces…?
Pero Tirso solo llamó al ascensor y subieron al séptimo.
Julia no dijo nada mientras él abría la puerta del C con un llavero que jamás había visto por casa, ni mientras encendía la luz del recibidor, ni siquiera cuando se hizo a un lado para que pasase primero.
Muy a su pesar, unió los puntos enseguida.
No porque fuera superdotada o porque tuviera pistas de sobra, sino por el modo en que el piso estaba decorado.
Todo parecía extraído de una revista de interiorismo, con sus sofás elegantes, sus lámparas de pie modernas y sus alfombras de diseño.
La cocina relucía, de lo limpia. Los espejos seguían un patrón propio, su silueta ya adelantándole que no los encontraría en IKEA.
Nada de barquitos, conchas o nudos; nada que gritase «alquiler de playa».
Porque no lo era.
—¿Cuántos pisos tienes?
Se volvió a mirarlo. Tirso encajaba perfecto ahí, en el salón con vistas panorámicas a la costa.
Siempre había tenido muy buen gusto, solo que caro.
En comparación con la calidad del mobiliario en rededor, la maleta que llevaba consigo (esa que Julia había comprado a conjunto con la suya aprovechando un 2x1), parecía hecha de trapos.
Ella tampoco había soltado su maleta, aunque no sabía si por la impresión o por tener algo a lo que agarrarse.
—Unos cuantos —respondió Tirso, esbozando una sonrisa de circunstancias.
Se le veía en guardia, como si esperase que Julia fuera a marcharse pegando un portazo. Eso, y no la confirmación de sus sospechas, fue lo que le sacó a ella una sonrisa.
—Míster Redpiso…
Tirso rio.
—Tantos no.
—Mínimo tres —replicó ella, despegándose por fin de la maleta para abrir la puerta corredera al balcón. El olor a sal impregnó enseguida la estancia—. El de tus padres —apuntó hacia abajo—, este —dio un toquecito al cristal— y tu guarida de supervillano de Madrid.
—¿Hm? ¿Hablas del matadero, del parking o de la parcela reseca?
—No. De donde fuera que durmieras durante mi última pijamada con las Martas.
Cuando miró por encima del hombro, lo pescó sonriendo, y esta vez de verdad.
—Por un momento creía que también me habíais pillado el piso franco —dijo, ufano. Julia resopló—. Es más bien un trastero, igualmente. Solo lo uso para urgencias. Este otro, en cambio… No has dicho nada. ¿Qué piensas?
Que era una maravilla.
—Está bien —respondió en su lugar, asomándose al balcón. Él la siguió, aunque se quedó en la puerta, apoyado de brazos cruzados contra el marco—. ¿Por qué lo decoraste entero?
—Por si ser Tirso no salía bien. Ya te dije anoche que técnicamente vivo aquí.
—¿Y tus vecinos? ¿No se darán cuenta de que nunca estás en casa?