24. … que curar
… que curar
Julia estaba poniendo el grito en el cielo y, por primera vez en meses, no era por él. Se sentiría aliviado si el asunto no le afectara directamente:
—¡Y mira que no quiero juzgar, pero es que siempre que le pasa algo es culpa de la rata calva esa! ¡Siempre!
La rata calva era Álex, el novio de Marta.
Al parecer, la pobre acababa de escribir a Julia avisándole de que no podría pasarse a ver a Muu porque estaría mínimo una semana en cama por salmonelosis.
¿La causa? Álex invitándola a la inauguración de un restaurante de cocina fusión experimental que ya sumaba treinta víctimas.
Y a Julia tampoco le faltaba razón: las ideas de bombero del susodicho solían terminar con Marta pagando el pato.
Si le preguntaran a él, diría que su relación tenía más de madre-hijo que de novia-novio. De hijo tonto, además.
—¿Y Pony?
—En unas jornadas de psicología afectiva en Barcelona.
Tirso frunció los labios. Si la noticia les hubiera pillado aún en casa, llegado el caso se habrían llevado a Muu a Benidorm, pero estaban a cien kilómetros en pleno viernes de Operación Salida. De volver a por ella, se comerían la caravana de la tarde.
Puto Álex.
—Podría pedírselo a mis padres —caviló Julia en alto, reticente—. Estarán con la mudanza de Mónica, pero digo yo que alguno podrá pasarse a chequear, aunque sea ya el lunes… Se ha quedado sola más de un finde otras veces, no debería pasar nada y para eso está la gatoc… ¡Ah!
—¿«Ah»?
En vez de responderle, Julia volvió a encender el móvil y empezó a teclear a toda prisa.
—Deja primero que… confirme… ¡Ay, está en línea! Un segundo.
—Julia —le advirtió, temiéndose lo peor.
Tres tecleos rápidos más y una sonrisa radiante que Tirso no necesitó ver ni reflejada en la luna del coche para notarla.
—Dice que vale.
—Quién.
Lo ignoró deliberadamente, lo que, para él, ya era una respuesta en sí misma:
—De hecho, en palabras textuales, dice —leyó—: «Sísísí este es el mejor día de mi vida gracias gracias haremos pijamiaudas todas las noches llevaré chuches y ratones».
Julia vibraba de contenta. Tirso, no tanto.
—¿Acabas de invitar a Moli a nuestra casa? ¿A cuidar de nuestra gata?
Esta vez sí, aprovechó la monotonía de la autopista para mirarla fugazmente.
Ella lo recibió con una ceja enarcada, y, por un segundo, Tirso temió que blandiera el argumento de que, técnicamente, eran su casa y su gata, así que volvió la vista al frente, preparándose para el golpe.
Sin embargo, nunca vino. Al final, Julia solo se encogió de hombros y:
—Manu la adora y Muu está familiarizada con su voz. Le vendrá bien ir practicando para cuando por fin encuentre a Tolón.
—¿Quién es Tolón?
—Su futuro minino.
—¿Y su nombre va a juego con el de Muu por…?
—Pues porque será un gato-vaquita como ella, obviamente. —Casi pudo sentirla poner los ojos en blanco, como si de verdad fuera obvio—. No te pongas difícil, sabes que es nuestra mejor opción. Hasta mejor que las Martas. Está tan solo en esa casa tan grande…
—Se la compró él.
—Tirso —sonrió Julia, pero incluso así comprendió que con eso ponía punto final a la discusión.
Enseguida notó hormiguitas en el estómago, de lo inesperado, de lo emocionante.
La Julia rompecabezas le gustaba, pero la Julia asertiva era algo que jamás había pensado que podría coexistir con la primera.
Tema zanjado, entonces. Tema entusiastamente zanjado.
Durante un rato, ambos permanecieron en silencio, sin apartar los ojos de la carretera. El aire estaba cargado de expectación, y se preguntó si ella también había sentido el cambio entre ellos, muy parecido al clic de un broche o el tañido de un péndulo a en punto.
Eso también era nuevo. Últimamente todo era nuevo con Julia.
No le preocupaba tanto como debería. A fin de cuentas, en su línea de trabajo, lo impredecible costaba vidas. Le preocupaban más otras cosas. Cosas con nombre y apellido, cosas que Julia había protegido con su vida y metido en su casa. Y esta última vez ni siquiera le había dado opción a réplica.
Sí, desde luego, Tirso necesitaba urgentemente decapitar esa relación.
Pero no era el momento y, desde luego, tampoco el lugar. Ya contemplaría cómo proceder cuando hubieran vuelto de Benidorm, según cómo evolucionase el asunto. Con suerte, ellos solos irían perdiendo contacto ahora que lo único que los había unido estaba resuelto.
Miró el navegador. Quedaban tres horas y media de camino.
Tiempo de sobra para contarle en detalle su historia de origen de villano.
Y eso hubiera hecho de no ser por el audio que Julia reprodujo en altavoz para hacerle partícipe de once minutos ininterrumpidos de Pony poniendo a parir a la citada rata calva, lo cual desembocó en un animado intercambio de audios (con aportación de Tirso incluida) que se alargó hasta bien pasada la frontera alicantina.
Y, la verdad, no lo habría querido de otra manera, porque para cuando cogieron el desvío de Benidorm Julia le dijo que prefería un novio amoral que un novio anormal y procedió a maquillarse muy satisfecha ante el espejo de visera.