23. Más vale prevenir…
Más vale prevenir…
Empezó por pedir los días, que le concedieron sin regateos pese al corto preaviso.
A Yolina tampoco le importó, y eso que sería ella quien asumiera su carga de trabajo porque ¿sustitutos?
, ¿qué es eso? De hecho, le alegró que se fuera de escapadita romántica con Tirso.
«Entonces el detective privado ese no encontró nada, ¿no?
», le había preguntado de pasada en el descanso, con la boca llena de tortilla.
Julia había optado por asentir. «Ay, ¡pues enhorabuena!
Me lo olía de antes, porque se te ve más animada…
Por cierto, ¿le gustó el Labubu a tu amigo?
». Ahí, en cambio, Julia había tardado en responder.
¿Sería verdad que estaba más animada? Ella lo que se sentía era infartada, entre la perspectiva de conocer a sus no tan difuntos suegros y que Tirso en efecto hubiera resultado ser un asesino a sueldo.
Aunque quizá el saber que no planeaba matarla (que la quería de verdad) sí le había quitado un peso de encima.
Le provocaba cosquillitas en el estómago.
Lo siguiente fue hacerles el suegros reveal a las Martas.
Para esto organizó una pijamada (Tirso se ofreció a dormir fuera aquella noche, pero no le dijo dónde), con sus palomitas y su Gotham y sus helados, y soltó la bomba entre dos episodios, a bocajarro.
Ellas primero la miraron todo extrañadas, como si acabara de hablar en suajili.
Luego Pony aulló y Marta se llevó ambas manos al pecho, la reacción característica de cada una ante los chismes de calidad.
Fue lo más normal que Julia se había sentido en meses, pudiendo por fin compartir parte de aquel enorme secreto que era la cara oculta de Tirso con sus amigas de siempre.
Se rieron de ella, claro, se rieron las tres.
Juntas, repasaron multitud de conversaciones que habían mantenido cada una por separado con él, más y más desternilladas según unían los eslabones de la cadena de malentendidos.
Pony le suplicó que se apuntaran a su terapia matrimonial («¡A la mierda la ética laboral, esto es oro!
»); Marta se disculpó por no haber notado el agujero de guion en sus declaraciones («No estamos en un juicio, letrada», resopló Pony).
Julia las había echado tanto de menos, había echado tanto de menos ser su verdadera yo con ellas, que casi se le pasó contarles lo más importante: que en agosto Tirso se la llevaría a Benidorm a presentárselos.
Esta vez, el aullido de Pony rebasó las fronteras del sonido.
Después pidió hora para cortarse las puntas, hacerse las uñas, las cejas, la limpieza dental anual y repasarse la láser. (Esto último solo por si sus suegros fueran especialitos).
Después consultó con su madre qué llevarles de regalo y compró exactamente lo que se le aconsejó.
Después confirmó con Marta que podría pasarse a echarle un ojo a Muu en su ausencia y con Tirso que volvería a conectar la gatocam. Limpió el arenero y la fuente, rellenó el comedero automático, comprobó que la videocámara funcionaba y dejó las chuches a mano.
En resumen, se mantuvo ocupada. Era su única defensa contra la avalancha de pensamientos intrusivos, inseguridades y miedos que la sepultaría en cuanto bajara el ritmo, cosa que no podía permitirse.
Así que atiborraba los días de tareas para caer redonda por la noche, funcionando no en piloto automático pero casi.
Solo habló con Manu un par de veces. Ninguno tenía mucho que decir.
Suponía que, como ella, seguía intentando digerir la madrugada del matadero, o intentando olvidarla.
Obviamente se había alegrado de la metafórica resurrección de Emi y Fermín, y le había asegurado que le perdonaba el susto, pero lo de Benidorm no le había hecho mucha gracia.
«¿No te parece que presentártelos justo ahora es un poco chantaje emocional?
», le había escrito él ya por WhatsApp. «Más bien una muestra de compromiso», había contraatacado ella, entre molesta y perpleja.
¿Su respuesta? «Vale, pues piensa tú a qué quiere comprometerte».
Le había dejado mal sabor de boca. Tanto como para empezar a hacer preguntas:
—¿Por qué Benidorm?
Tirso se volvió a mirarla espátula en mano. Todo estaba listo para su viaje del día siguiente. Las maletas junto a la puerta, la gatocam sobre la repisa del salón, los últimos ingredientes perecederos en la sartén.
A diferencia de con Manu, con Tirso sí había mantenido más de una conversación durante aquellas dos semanas, aunque quizá no sobre lo que deberían.
De hecho, salvo por la comprensible ausencia de contacto físico, todo seguía igual.
A veces, Julia sentía que habían vuelto a esos primeros meses tras conocerse, cuando ambos tenían claro que se gustaban pero ninguno terminaba de dar el paso.
Seguían comiendo juntos si coincidían, preparando el menú semanal los domingos, charlando de todo y nada entre episodio y episodio de la serie de turno…
Tirso se lo ponía muy fácil. Tirso quería demostrarle que podía ser muy, muy fácil.
Pero lo que ahora frenaba a Julia no era ni inseguridad ni vergüenza, ojalá, sino algo más intangible incluso, algo que Tirso no podía ni trocear ni enterrar.
—Fue cosa de mi madre —respondió él, volviéndose de nuevo hacia la sartén. Sonreía—. Me dijo que siempre había querido jubilarse allí y que no pensaba mudarse dos veces en diez años.
—¿Por qué tenían que mudarse?
—Para que no vinculara a Tirso con ellos. Supuestamente yo vivo allí también.
—¿Para que no los vinculara contigo quién? ¿El tío de Insider Solutions?
Tirso suspiró, aunque no parecía hastiado ni molesto. Más bien divertido.
—Esto sería más fácil si me hubieras dejado contártelo desde el principio. —Giró la muñeca para consultar su reloj—. ¿Tienes unas… tres horas libres?
Julia pensó en el nuevo paquete de Sfera que la esperaba sin abrir sobre la cama.
—No. Pero mañana tendré cuatro.
—Casi cinco —asintió él, mientras regulaba la vitro—.
La versión corta, entonces: cuando decidí cambiar de identidad —«cuando decidí», advirtió Julia.
No «cuando tuve que»— se me presentaron dos maneras de abordarlo.
Podía llevar una doble vida en la que la nueva identidad solo existiría sobre papel, operando puntualmente entre las sombras; o podía desligar por completo ambas identidades.
La primera opción apenas afectaría a mi presente, sería como tener un alias, pero, aparte de comodidad, no me ofrecía mucho más.
Con que alguien rastreara el origen del alias, me encontraría a mí.
A mí, a mis padres, mis amigos… —Tirso siguió cocinando como si nada, como si simplemente le estuviera contando una anécdota del gym—.
Así que escogí la otra opción. En vez de crear un alias, creé otra vida.
Mis padres y yo cortamos toda relación con nuestro círculo de entonces «mudándonos» los tres a Benidorm, donde nadie nos conocía, y una vez que se marcharon pude estrenarme como Tirso en otro barrio de Madrid.
—Rio de pasada por la nariz, a todas luces rememorando aquellos tiempos—.
Lo primero que firmé en persona con este nombre fue el contrato de alquiler.
Todo lo demás lo había tramitado online.
La sensación fue… curiosa, cuando menos.
Era el mayor número de palabras que Julia le había oído sobre el tema desde que la liebre saltara y con cada una surgían más interrogantes de los que resolvían.
Lo maceró todo en silencio mientras ponía la mesa, desmigajando la información en piezas más pequeñas que colocar en su lugar correspondiente del puzle.
Tirso no la interrumpió, terminando de dorar la cena.
Al final, Julia solo preguntó:
—¿Cuánto saben tus padres?
Y Tirso solo respondió:
—Todo.
Cenaron sin decir nada más, recogieron sin decir nada más, y cada uno se fue a dormir a su extremo del piso sin decir nada más.