El novio ideal 22. Círculo de control #5
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22. Círculo de control #5

—¿En serio? —bufó por no gritar—. ¿Ese es tu gran plan? ¿Que sigamos con nuestras vidas como si nada mientras tú matas gente? ¿Vas a comprar a Julia con un anillito y pista?

—Lo que vaya a hacer o no con Julia no te incumbe —advirtió, grave.

—¡Claro que me incumbe! ¡Somos amigos!

—Tan amiga no será cuando le jodiste la vida contándole la verdad.

Y entonces Moli se rio. Se rio. A carcajadas, a todo volumen, a degüello.

—¡SIGUES sin tener ni puta idea de con quién estás saliendo! —prácticamente aulló, recochineo puro y duro—. Tirso, fue ella quien vino a buscarme a mí. Te pilló un fiambre en el maletero y rebuscó en tu basura hasta dar conmigo. ¡Aquí el único damnificado soy yo!

Fue por simple amor propio que Tirso no frenó el coche ahí mismo para bajarse a pegar gritos en mitad del campo. Eso cambiaba las cosas. No, eso empeoraba las cosas.

—Y tú la seguiste —graznó en cambio, echándole la culpa instintivamente. Si hubiera visto las señales, si hubiera estado más atento, quizá…

—Ni que me hubiese dejado opción —resopló él—. Deberías estar agradecido de que me pidiera ayuda a mí y no a un profesional.

—¿Porque al profesional no le habría vibrado el móvil en plena escena del crimen?

—No, Tirso. Porque el profesional te hubiera vendido nada más cotejar tu excel de encargos, con o sin permiso de tu novia.

He ahí el quid de la cuestión. Tirso calló, sus nudillos blancos de apretar el volante.

Discutir con Moli seguía siendo como ir al dentista: siempre terminaba deseando no haber abierto la boca.

Y, sin embargo, como tampoco tenía intención de volver a dirigirle la palabra después de aquello (con otros diez años de silencio se contentaba), no quiso quedarse sin preguntar:

—¿Por qué?

Moli se desinfló. A lo lejos, las primeras luces de viviendas. Ya estaban al caer.

—¿Por qué, qué?

—Que por qué tú no lo hiciste. No me debes lealtad ninguna. Entiendo por qué mis padres lo aceptan, e incluso entiendo por qué Julia se plantea quedarse —él se quedaría con ella de suceder a la inversa—, pero ¿tú?

Lo vio encogerse de hombros en el reflejo del parabrisas, lo oyó exhalar una risita resignada.

—Es lo mínimo que puedo hacer por tus padres. Se lo debo.

—Y una mierda. Hasta esta misma tarde creías que estaban muertos. Lo sé porque Julia me lo ha dicho, y porque sé que no se esperaría a darte la noticia en persona.

—Pero ¡al principio seguía creyendo que estaban vivos! ¡Por eso accedí a ayudarla, por lo que pudiera pasarles por tu culpa! ¡Pregúntaselo! ¡Pregúntale cuándo se dignó a contarme que…!

—El cuándo es irrelevante —le cortó Tirso, seco—. Más amplio o más breve, hubo un espacio de tiempo en el que tu principal motivo para guardar silencio desapareció. Pudiste delatarme entonces. Por qué no lo hiciste.

Acorralado, Moli barbotó:

—¡P-por Julia! ¡Ya la conoces! ¡Iba a seguir husmeando con o sin mí! ¿Te crees que tengo el cuajo para dejarla tirada a su suerte, sin saber si de verdad estaba a salvo contigo?

Se le escapó. A Tirso, el suspiro.

—Moli —solo dijo, intentando sonar tan decepcionado (agotado) como se sentía.

—¿Qué? —se defendió él—. Me cae bien. Menuda te has buscado. Siempre hay un roto para un descosido, ¿eh?

Esta vez, Tirso no se molestó en insistir; no hacía falta. A esas alturas de la película, la elusión de respuesta era una respuesta en sí misma, así que cuando detuvo el coche ante el portal de su complejo residencial lo hizo con la vista aún al frente, dando el tema por zanjado.

«Ha llegado a su destino», dijo el navegador.

—Tirso… —dijo Moli.

—Fuera —dijo él.

Pero ninguno se movió. Luego ya sí. Luego ya Moli pareció entender que había perdido su última oportunidad de ser sincero y se puso en marcha, echándose el maletín al hombro y el móvil al bolsillo primero, desabrochándose el cinturón después.

Volvió a quedarse encallado cuando tiró de la manija, en ese punto medio entre que las luces de cortesía se encendían pero aún no había abierto la puerta.

Fue ahí que Moli se giró a mirarlo de nuevo y, por fin, respondió:

—Quería demostrarte que no te habría abandonado.

Silencio. Tirso tragó saliva.

—Pero tú eso ya lo sabías, ¿no? —musitó Moli, muy bajito—. Solo quieres oírmelo decir para consolarte con que tenías razón. Dejaste que pensara que me habías echado por haber intentado coaccionarte…

—Hice lo que debía hacer para no arrastrarte conmigo. Éramos demasiado buenos. Habrían terminado haciéndote la encerrona a ti también.

Confesarlo le dejó la lengua hecha lija, pero también le liberó de un grillete que llevaba años remolcando cuesta arriba. No se arrepentía, igualmente. Volvería a instrumentalizar sus sentimientos por él sin piedad si así conseguía mantenerlo alejado del peligro.

—Pues gracias, supongo. Me jodiste la cabeza para siempre, pero al menos tengo las manos limpias.

Tirso se arriesgó a mirarlo de reojo.

—No suenas muy agradecido.

Las luces de cortesía se apagaron al tiempo que Moli volvía a encogerse de hombros.

— Mea culpa —suspiró, mientras salía al fin del coche—. Siempre quiero tenerlo todo.

No pegó portazo esta vez.