El novio ideal 22. Círculo de control #4
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22. Círculo de control #4

—Todas tus pruebas contra mí tienen su gemela contra ti. Si yo caigo, tú vendrás conmigo, porque no puedes demostrar, de ninguna de las maneras, que no llevamos años contactando en secreto. Quizá a través de esa app tuya para polis, ¿hm?

—No, esper…

—Lástima que casualmente solo tú tengas acceso al registro de conversaciones. ¿Qué les presentarías, el histórico con mi novia ? ¿No has abusado ya bastante de ella metiéndola en este puto marrón para encima obligarla a hacerte de escudo humano otra vez ? Contesta.

Pero Moli no contestó. Había agachado la cabeza, no en señal de sumisión pero sí de rendición. Tendría que bastar.

—Plaza Aluche —repitió, y mentiría si dijera que no sintió nada cuando Moli solo asintió y obedeció.

A Tirso no le gustaba ser el malo. Incluso durante sus encargos intentaba ser lo más imparcial posible: no se regodeaba con el sufrimiento de los muy diferentes hijos de puta que mandaba al otro barrio, ni se crecía con sus súplicas, ni alargaba la tortura innecesariamente si podía evitarlo.

En el amplio espectro de asesinos a sueldo, él encajaba mejor en la categoría de juicio final.

A él se le invocaba para ejecutar sentencia y nada más.

Veinte minutos después Tirso aparcaba en un lateral del centro comercial, dando por finalizado el trayecto en el perfil de conductor de Espinosa.

A su derecha, Moli aguardaba instrucciones con la misma mirada perdida que sus peores víctimas.

Resignación. Desapego. El deseo hueco de que todo acabara pronto.

Eran las únicas que le daban pesadillas.

—Encontrarás otro locker al fondo de la primera planta —expuso sin preámbulos—, dentro del Carrefour.

Escanea el QR que te ha llegado a spam para abrir el casillero 4.

Dentro habrá un móvil de prepago. Quiero que le saques la SIM y que la tires al váter.

—Tirso cabeceó, pensativo—. Si puedes romperla primero, bien.

Si no, también bien. Con pegarle un pisotón suele valer, pero si hay mucha gente en el baño mejor no llamar la atención. ¿Entendido?

Moli arrastró la vista hacia él.

—¿Qué hago con el móvil?

—Déjalo ahí. No lo usaré hasta el siguiente encargo.

Hizo una mueca.

—Y… tiro de la cadena, ¿no?

—Sí, Moli. Tira de la cadena.

—Vale. ¿Algo más?

Tirso consultó la hora en el reloj del salpicadero.

—Es tarde. Si quieres, puedes cogerte algo de cena a la que salgas.

—Que te den por culo —escupió Moli por toda respuesta, seguida del tercer portazo de la noche.

Durante unos segundos él se quedó mirando tontamente el espacio vacío a su lado, contrariado por el súbito estallido.

¿Qué mina había pisado ahora? Aunque, mmm…

Debía reconocer que, vista la situación en la que estaban, parecía que Tirso acababa de vacilarle.

No había sido su intención. Si no le había pedido que le trajera algo también a él para compartirlo en casa con Julia, era solo porque aún tenían la bourguignon en la garganta.

Bueno, al menos él sí. Julia no tenía fondo.

Debía de gastar muchas calorías en alimentar sus intrigas mentales.

Se estaba planteando si escribir a Julia para preguntarle cómo andaba de hambre cuando el hijo pródigo regresó una vez más.

Ignorándolo abiertamente, Moli se abrochó el cinturón, echó una ojeada ansiosa a su móvil (ni que Tirso fuera a cotilleárselo en su ausencia) y volvió la cara hacia la ventanilla.

Viendo su reflejo en el cristal, le parecía que estaba un poco…

mustio. Macilento. De color, que conste, no de ánimo.

Pero podría ser cosa del neón verde de la farmacia adyacente.

—Qué rápido —dijo Tirso, algo suspicaz—. No has tardado ni quince minutos. ¿Debería pedirte que te vacíes los bolsillos?

Moli lo fulminó con la mirada.

—No soy tan imbécil. He ido deprisa porque estoy cagado. Me tienes aquí secuestrado…

—¡Secuestrado! —no pudo evitar cortarle, divertido—. Y gratis, encima.

—Mira, da igual, está hecho, que es lo que importa. ¿Qué queda? Por favor, no me hagas enterrarlo.

Pensaba seguir apretándole las tuercas, contento con que Moli hubiera vuelto con ganas de gresca en lugar de zombi, pero eso último le cerró la boca al instante.

Lo miró. Lo miró de verdad, como no se permitía hacer desde que empezó a ser Tirso.

Sí que tenía mal aspecto, una mezcla entre ojeras púrpuras y dientes apretados que había logrado disimular gracias al traje a medida y al pelo estilosamente acicalado, recordándole que bajo la fachada de altanería seguiría encontrando nada más y nada menos que al chaval que ya se amputó de dentro una vez. Por esa precisa razón, además.

—No vas a enterrar a nadie —carraspeó, molesto consigo mismo—. Ese es mi trabajo.

—¿Entonces?

—Entonces nada. Deja que resetee esto y te acerco a casa.

No esperó a que respondiera, volcándose en su smartwatch. Moli, en cambio, siguió mirándolo fijamente. Casi podía oír los engranajes de su cerebro haciendo cuentas.

—¿A casa? —repitió este, con voz cautelosa. Y, cuando Tirso le congració con un sonido afirmativo, añadió—: ¿A qué casa?

—A la tuya.

—¿Sabes dónde vivo? —Ahora sonaba perplejo.

Tirso resopló.

—Qué preguntas, Moli.

Silencio por fin. De primeras, notó que Moli bajaba un poco la guardia, seguramente concluyendo que Tirso no tendría motivos para mentirle.

La cruz neón de la farmacia recorrió dos veces su patrón lumínico, luego tres.

Al cuarto, a Moli le venció la curiosidad y empezó a inclinarse despacio despacio hacia él para husmear qué andaba haciendo con el reloj. Tirso le dejó hacer.

—Tienes el reloj vinculado al prepago —comentó, como para sí.

—Tenía —corrigió él—. Acabo de restablecerlo a fábrica.

—Para borrar todo rastro de la SIM anterior. No, de la eSIM.

—Ahá.

—Pero ¿por qué lo guardas en una taq…? —Moli no terminó la pregunta, pues encontró antes la respuesta—: Ah, para que las redes de telefonía no detecten tu móvil y el de prepago en el mismo lugar.

—Ahá.

—¿Y cómo evitas eso con la eSIM? ¿Llamadas wifi y VPN?

—Ahá.

—¿Con qué proveedor? No, espera, no me lo digas. Eres tu propio proveedor de VPN.

Tirso solo sonrió. Por el rabillo del ojo, vio que él también sonreía.

No les duró mucho. En cuanto terminó el formateo e introdujo el nuevo trayecto en Cabify, Moli volvió a su sitio, llevándose aquel breve instante de camaradería consigo.

Tirso se regañó mentalmente. No podía permitirse deslices, y menos como ese.

Le había costado muchísimo labrarse una vida ajena a su pasado, muchísimo esfuerzo, sudor y sangre.

Sobre todo sangre. Sus padres envejecerían a salvo en tanto Tirso recordara su lugar.

Bastante terrible era ya que Julia hubiese cruzado la línea.

Si al final decidía correr el riesgo de permanecer a su lado, él tendría que tomar las medidas necesarias para garantizar su seguridad.

Más favores, más secretos, más probabilidades de puñalada trapera.

Y podía asumirlo, sí, pero solo porque Julia no tenía ninguna conexión previa con sus bajos fondos.

No como Moli.

Ahora mismo, Moli era un peligro para sí mismo, para Julia y para todo cuanto Tirso había construido desde aquella noche, porque le conocía. Le conocía y estaba arrastrándolo de vuelta a la luz, donde Tirso ya no podría esconderse ni proteger a nadie.

Así que no, no. No había espacio para Moli en su círculo de control. No lo había habido al principio, no lo había ahora y no lo habría nunca.

Cómo se las ingeniaría Tirso para conseguir que Julia soltara a Moli ya era otra pelea muy distinta.

—¿Sabes lo que me da pena?

Moli había hablado sin siquiera mirarlo, los ojos fijos en el pasar de las calles allá afuera. Según el navegador de Cabify, quedaban diez minutos para llegar a su urbanización. Tirso no contestó. Con suerte, pillaría la indirecta.

No la pilló:

—Que conmigo no te hacía falta nada de esto. No hacía falta ni que me incriminaras ni que me amenazaras, no iba a delatarte igual. Y Julia tampoco, ya te lo habrá dicho.

Tirso apretó los labios.

—No me ha dicho nada. Estamos intentando llegar a un acuerdo. Podemos llegar tú y yo a otro, si quieres.

—Ah, un acuerdo, sí. Me imagino qué tipo de acuerdo, con lo que te gusta a ti hacerte el ciego.

«Quien calla otorga», diría Julia, y por eso mismo ahora sí que sí Moli se giró a mirarlo todo alterado: