El novio ideal 22. Círculo de control #3
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22. Círculo de control #3

—Lo sé. Pero esto —Tirso meció sus manos unidas— también es falso. Sé que lo haces para mantener las apariencias, pero prefiero que tus padres piensen que hemos discutido a que te fuerces a hacer algo que no quieres.

Nada más terminar de hablar, Julia agachó la cabeza. De pronto parecía un poco triste. Sintió un vacío en el estómago. No sabía qué parte de lo que acababa de decir había arruinado el momento.

—No es falso —murmuró.

Ah. El corazón le dio un vuelco.

—Vale —repitió, aunque esta vez en un carraspeo—. No he dicho nada, entonces. —Apretó su mano en la suya fugazmente—. Gracias.

—¿Eh? ¿Por qué?

—Por pedirme que me quedara. Por darme opción a explicarme. Por enseñarme aunque sea un poquito de la Julia de verdad.

Y esa vez sí que debió de acertar con lo dicho, porque la cara se le iluminó entera al mirarlo. Luego todo su cuerpo se relajó, como cuando por fin llegaba a casa después del trabajo. Sonreía.

Sin dejar de sonreír, Julia se puso de puntillas para darle un beso de los suyos, de los de siempre, y durante un espacio milagrosamente largo de tiempo, Tirso se olvidó de la necrofoto escondida en su despacho, de la sangre fantasma bajo sus uñas, del hedor rutinario de la cloretona, de todo.

De todo.

Por desgracia, el subidón de oxitocina le duró poco, así que su paradita en el piso fue anecdótica.

Entrar, decirle a Julia que debía finiquitar una cosa (ella puso cara de saber qué implicaba la palabra «finiquitar»), coger la polaroid y volverse para el coche, donde, una vez al volante, consultó primero el horario del lo­ cker y luego la ubicación del otro iluminado. Perfecto. Los tiempos cuadraban.

Si se lo montaba bien, mataría dos pájaros de un tiro.

Tirso suspiró. Le apetecía tanto como arrancarse un diente con alicates.

Manuel M. Molina tardó un segundo de más en darse cuenta de que aquel no era su Cabi.

Tenía ya la mano en el tirador de la puerta trasera, a punto de abrirla, cuando pausó para chequear la matrícula en su móvil. Fue la señal que Tirso necesitó para bajar la ventanilla y decir:

—Sube al coche.

Sus ojos se encontraron en el retrovisor. Siempre le pillaba desprevenido lo rápido que podía empalidecer el rostro humano. Moli soltó la manija como escaldado y ojeó nerviosamente alrededor, tratando de localizar a su verdadero conductor para salir por patas. Suerte con eso.

Tirso bloqueó y desbloqueó las puertas por toda advertencia. Moli se envaró, sobresaltado por el doble chasquido, pero al final aceptó la derrota y tiró de la manija al tiempo que él volvía a bloquearla.

—Aclárate —lo oyó mascullar desde dentro—. ¿Quieres que suba o no?

De nuevo prefirió ahorrarse explicaciones, desbloqueando en su lugar la puerta del copiloto.

Como no podía ser de otra manera, el muy imbécil comenzó a relatar, así que Tirso subió además la ventanilla trasera para ilustrarle cuánto le importaban sus lloriqueos.

Ni medio minuto después, Moli pegaba un más que elocuente portazo antes de cruzarse de brazos y piernas en el asiento de copiloto con afectado refinamiento porque era hijo de quien era hijo y de tal palo tal astilla.

Y justo ahora, todo trajeado y repeinado hacia atrás, claramente recién salido de un cafelito de negocios, Moli tenía más de madame Molina que de Moli.

—¿Ahora también eres taxista? ¿De dónde coño has sacado un Cabi? ¿O es…? ¿Le has puesto una pegatina?

Tirso lo ignoró.

—Cancela tu viaje actual y pide otro para la siguiente dirección. —Esperó a que Moli acatara para dictarle la ubicación del locker. No lo hizo. Por las malas, entonces—: Cierran en veinte minutos. Tú sabrás si quieres cargar con esto hasta que abran mañana.

Y acto seguido se sacó la famosa polaroid del bolsillo y se la lanzó al regazo.

La verdad, había asumido que Moli montaría un espectáculo, que soltaría un chirrido ahogado según trataba de quitarse la foto de encima a la desesperada, como haría con una araña venenosa, pero lo que hizo fue quedársela mirando con ojos vacuos, muy quieto, muy callado.

Permaneció en silencio incluso después, mientras (ahora sí) cancelaba el viaje y tecleaba la nueva dirección que Tirso tan amablemente le indicó.

Solo rompió el silencio una vez en marcha, cuando Tirso ya había aceptado el viaje a través del móvil montado sobre el salpicadero.

—No te pareces mucho a Mario Luis Espinosa —musitó.

—Porque no lo soy.

—¿Está vivo?

—¿Tú qué crees?

Moli no respondió. Increíble.

—Moli, no voy a cargarme a un tío solo para robarle el Cabi —resopló—. Es un colega. Me lo presta cuando lo necesito, siempre que le costee las horas, claro.

—Claro.

No dijeron nada más hasta llegar a su destino, una consigna 24/7 para turistas y mochileros haciendo esquina entre dos callejuelas del casco viejo. Moli frunció los labios ante la pegatina de horario, pero no le reprochó el embuste. Mejor.

—Quiero que cojas la foto y la deposites en la taquilla 13 —ordenó Tirso, con voz neutra—. El código de acceso es 4769. El de la taquilla, 2828.

—¿Qué pasa si me niego?

Tirso cabeceó.

—En principio, nada. Saldré yo mismo a hacerlo. Pero eres tú quien ha pedido un Cabify hasta aquí, y quien ha alquilado la taquilla 13 doce horas.

—Yo no…

—Sí, tú sí. Ah, no habrás visto el correo. —Sonrió—. Suelen llegar a la bandeja de spam.

Las manos de Moli se cerraron en puño en torno a su móvil, sin hacer ni amago de comprobar el correo. No había necesidad. Ambos sabían que, en efecto, allí encontraría un e-mail de confirmación de la reserva, pagada a su cuenta y nombre.

—Estás incriminándome —lo acusó, aunque más bien sonaba a afirmación.

—Estoy guardándome las espaldas —corrigió Tirso, inmutable—. Tira.

Con un chasquido de lengua, Moli agarró la foto y salió del coche.

—Acuérdate de sacarla del plástico —alcanzó a decirle antes de que pegara otro portazo—. Por si las huellas.

Lo observó cruzar la acera a paso ligero, tirante como cuerda de violín.

Había dejado atrás el móvil y su maletín, claramente consciente de que Tirso no lo soltaría tan pronto.

Siempre había sido muy listo. Demasiado.

Aunque los nervios solían jugarle malas pasadas, como en aquel preciso momento, plantado frente a la puerta de la consigna muy recto.

Parecía estar pasándolo mal. Parecía… Ah, espera.

Tirso bajó la ventanilla.

—4769.

Por supuesto, Moli no le agradeció el recordatorio, sino que se limitó a marcar el código a toda prisa, casi tropezando en su urgencia por adentrarse en el locker.

Tirso no pudo contener una sonrisita a mala fe.

No diría que estuviera disfrutando la escena, pero tampoco lo contrario.

Lo veía más bien como un ajuste de cuentas: tenía un poquito de coacción, otro poquito de amenaza y otro tanto de escarmiento.

Así aprendería a mantener el hocico fuera de sus asuntos, a volverse con la cola entre las piernas al lugar donde Tirso lo desterró años atrás.

Eso por un lado.

Por el otro, de verdad había necesitado vincularlo al crimen de algún modo, anular su condición de testigo convirtiéndolo en cómplice.

Con Julia no había hecho falta. Ella misma había escupido sobre su víctima, la muy desequilibrada. La sonrisa se le suavizó.

Cuando Moli regresó, lo primero que hizo fue tenderle el sobrecito de plástico transparente, ahora vacío. Tirso tuvo que esforzarse por permanecer impávido.

—¿Qué haces? —espetó.

—¿Eh? —Moli farfulló, pillado por sorpresa—. Pues devolverte…

—¿… el sobre donde guardaba una prueba incriminatoria lleno de tus huellas? ¿En serio?

Si había recuperado algo de color, lo perdió de golpe otra vez.

—P-pensaba que te desharías tú de él.

—¿Por qué iba a deshacerme de algo que puedo usar contra ti?

—¿¡Y entonces para qué me lo das!? —replicó, frustrado.

—Moli, por Dios. Pareces nuevo.

—¿¡Qué!?

—¿No crees que tengo ya suficiente mierda con la que hundirte para que encima me des tus huellas ? Guárdatelo. Que te lo guardes, coño. ¿Eres tonto?

—Oye, sin faltar…

—Cierra la boca. Pide otro viaje para Plaza Aluche. Y rapidito, que aquí sí que cierran.

Esta vez, Moli cuadró los hombros y lo encaró:

—Yo también tengo mierda de sobra para hundirte a ti. ¿A quién van a creer? ¿A un tío con dos DNI o a mí?

Muy, muy despacito, Tirso se volvió a mirarlo, sin molestarse siquiera en soltar el volante.

Aun en la semioscuridad del coche, las luces de la ciudad alumbraban lo suficiente como para leer cada mínima microexpresión de su rostro.

Los años apenas lo habían cambiado. Recién graduado o recién ascendido, seguía siendo un libro abierto.

Sí, más alto, más guapo, mejor pintado, pero la misma historia por dentro, como un cuento infantil de buenas noches del que se recuerda no las palabras, sino el mensaje.

Moli siempre había sido así. Perro ladrador, poco mordedor.

Al contrario que Julia, quien las mataba callando, el peligro de Moli no radicaba en cuánto pudiera largar, sino en cuánto podía aguantar.

—Moli —arrancó, poniendo énfasis en el mote—, nos conocemos de toda la vida.

Vivíamos en el mismo edificio, estudiamos la misma carrera, tu madre le prestó dinero a la mía varias veces.

Nos perdonó meses enteros de renta. Y cuando se lo devolví todo tú sabías de dónde salía ese dinero, tú producías parte de ese dinero.

—Dejó que sus palabras calasen según Moli se hacía más y más chiquitito—.

¿A quién van a creer? ¿Al tío que alquiló un coche con su cuenta, lo condujo hasta el domicilio del desaparecido y luego hasta un matadero?

¿Al que horas después se presentó desorientado y sangrando en Urgencias?

—Pero ¡eso fue por…! ¡Estaba siguiéndote!

—¿Siguiéndome o ayudándome? —apuntilló Tirso, implacable—. Porque no sería la primera vez. Para eso están los amigos, ¿no?

Se lo vio antes en los ojos que en la exhalación muda que abandonó sus labios. El terror. La comprensión. Y, aunque Moli ya se sabía cogido por el cuello, quiso darle el golpe de gracia. Quiso ser lo más explícito posible y decir: