22. Círculo de control #2
Mónica, tan eficiente como siempre, se las había ingeniado para hacer venir al agente inmobiliario a enseñarles su futuro chalet.
El agente (un señor muy bien plantado, nada que ver con los chavalines trajeados ofreciendo sus servicios puerta a puerta) no parecía molesto por la interrupción de su sábado; se veía que sentía vocación por lo suyo.
Aunque quizá influía que Mónica aún no le hubiera comunicado su decisión de comprarlo.
Quizá pensaba que aquella visita familiar terminaría de darle el empujoncito que le faltaba.
Mientras uno listaba las bondades del salón acristalado y otros asentían, Tirso notó que Julia se desligaba ligeramente de la comitiva, contemplando cada estancia a su ritmo, ni interesada ni desinteresada, solo reflexiva, casi meditabunda.
No había vuelto a dirigirle la palabra desde el postre.
De normal, una Julia así de callada no traía nada bueno (tendía a rumiar demasiado), pero esta vez Tirso no quiso asumir nada.
Ya bastante habían asumido el uno del otro en tres años.
Y, para ser justos, en aquellos últimos tres días Julia le había demostrado que, cuando tuviera algo que decir, lo diría.
Solo esperaba que coincidiera con lo que él quería oír.
La miró. Julia solía arreglarse de más para visitar a sus padres, una suerte de mecanismo de defensa en forma de sandalias de tacón y blusas satinadas, pero hoy parecía venir preparada para una batalla de aguante, con uno de sus vestiditos sueltos de verano y sus bambas de diario.
Se la veía más cómoda así, sobre todo ahora que le había crecido un poco el pelo y podía recogérselo.
Tirso pensaba que le quedaba muy bien. Aunque Tirso no era nada objetivo, a él le gustaría hasta rapada.
Jamás lo diría en voz alta, porque Julia se lo tomaría del revés, pero una de las cosas que más le atraían de ella era la nula información que divulgaban sus rasgos.
No su expresión, o su actitud, sino su físico.
Explicado con palabras feas; Julia era tan común de pies a cabeza que resultaba peligrosamente olvidable.
Nada en el color de sus ojos, melena o tez daba siquiera media pista de su procedencia, su altura entraba en la media, su talla de ropa y calzado también, su timbre de voz.
Podría proceder de cincuenta países distintos y de ninguno, podría tener veintipocos años o treinta y largos, podría ser de la realeza o de los suburbios.
Lo único que la delataría sería el acento, y para eso primero tendría que hablar.
Le obsesionaba.
En su primera cita, aun cagado de miedo mientras planeaba cómo despacharla, le había parecido que aquel aspecto genérico suyo jugaba a su favor.
Si Julia desapareciera, muchos testigos jurarían haberla visto con él, pero otros muchos la situarían en otros tantos sitios, confundiéndola con otras tantas como ella.
La cosa es que Tirso no le desearía esa tortura ni a los padres de su peor enemigo (era sicario, no psicópata), de modo que habría acabado decantándose por hacerlo parecer un trágico accidente.
Afortunadamente, Julia se pasó la cena contándole trivia sobre perezosos, y para cuando le dijo toda emocionada que el 50% moría porque bajaba a tierra a cagar y ahí que aprovechaban sus depredadores para comérselos, Tirso ya estaba un poquito enamorado de ella.
La envidia vino después.
¡Lo tranquilo que viviría él con esa cara…
! Sería irrastreable. No tendría ni que preocuparse por dejar o no testigos.
¿Qué descripción iban a dar? ¿«Ojos normales, nariz normal, boca normal»?
Si ni siquiera de sus dientes podía decirse nada relevante, que era algo en lo que Tirso, lamentablemente, se fijaba muy mucho por deformación profesional (no por nada existía la odontología forense): ni perfectos ni torcidos, ni muy grandes ni muy pequeños, ni los colmillos muy afilados, ni las paletas muy largas…
Nada. Podrían describir a Julia con todo detalle y el retrato robot resultante ni se acercaría a la realidad porque no había nada, absolutamente nada, que la diferenciara de otras tantas millones de mujeres occidentales del mundo. Nada singular, nada reseñable.
Tirso la envidiaba porque estaba blindada.
Su propio cuerpo la protegía en vez de delatarla, no como el suyo; discordante allá donde fuere.
Era demasiado grande, demasiado ancho, demasiado todo.
Entre eso, la nariz rota y el dichoso hoyuelo, no había manera de pasar desapercibido.
Quedaba impreso en la memoria colectiva fuera hosco o parlanchín, maleducado o amable, elegante o brusco.
Y tampoco había solución. Si se rapaba parecía un militar, si se dejaba el pelo largo parecía un maleante, si se teñía de cualquier otro color se veía falso a leguas…
Todo lo contrario que Julia, vamos.
Es más, Julia por sí sola no era nadie. Era una hoja en blanco.
Pero entonces empezaba a hablar, o se movía, o se reía, y era Julia. Nadie más que ella. Inconfundible, inequívocamente Julia.
O, al menos, la suya. Su Julia.
Por eso le costaba tanto descifrarla ahora, con toda aquella nueva galería de gestos y silencios y cortes.
Siempre había sido complicado prever por dónde le iba a salir (le recordaba a una lagartijilla, rápida y escurridiza, zigzagueando para despistar pero lista para sacrificar la cola llegado el caso), pero con los años había creído tenerla más o menos clara.
Con los años había creído que la tendría a su lado hasta el final.
Ahora todo dependía de ella. Y él no tenía ni idea de hacia qué lado se inclinaría la balanza. Sus padres habían aceptado a Tirso Mihura porque no tenían otra alternativa, pero Julia todavía estaba a salvo. Todavía podía desentenderse.
Su reloj vibró. Mensaje nuevo.
«OK —decía—. ¿Descuento por atraso?».
Qué gilipollas. Tirso ni se molestó en contestar.
El trabajo se había completado en hora, y no iba a gastar ni energías ni saldo en recordárselo.
La franja de verificaciones, en cambio, era orientativa; ya que dependía del tipo de prueba requerida, del modo de entrega y del lapso de seguridad.
Solo los clientes más paranoicos (o los más morbosos) pagaban el extra que Tirso cobraba por demostrar que había cumplido, pues la inmensa mayoría se enteraban por las noticias o ya eran habituales. O no querían saber nada del tema.
Este cliente en específico era paranoico, morboso y un patán.
La perla de la corona, vaya. Que, oye, su víctima tampoco había sido mucho mejor, ¿eh?
Ese tipo de gente acababa muriendo como escolopendras: devorándose unos a otros por detrás.
Tirso había querido dejarle la polaroid en el locker acordado a la que volvía del matadero, pero ALGUIEN le había fastidiado los planes y ahora llevaba tres días con una prueba incriminatoria en casa.
No sería inteligente desviarse de su rutina cotidiana mientras la situación con Julia y Moli siguiera en vilo, por si acaso.
También se había planteado destruir la fotografía (total, solo el extra de las verificaciones se pagaba a posteriori), pero le fastidiaría más aguantar al cliente que perder el dinero.
De pronto, algo lo sobresaltó: la mano de Julia en la suya, entrelazando sus dedos como antes, como siempre.
—Sigo enfadada contigo —aclaró al momento, sin mirarlo, en tono conversacional—, todavía tenemos mucho que discutir. Pero parecías preocupado.
—No es nada. Cosas del trabajo.
—¿Del bueno o del malo?
—Del malo.
No hizo más preguntas, y, durante unos minutos, se dedicaron simplemente a fingir que les importaban las vistas del dormitorio principal o la posibilidad de convertir en salita de cine alguna de las otras cuatro habitaciones.
A Tirso no se le ocurría para qué querría alguien que vivía solo tanto cuarto, pero suponía que Mónica estaría pensando a futuro.
No solo le gustaría salvar niños, también le gustaría tenerlos.
Y en esa casa le cabían por lo menos ocho. Dios santo.
Una mirada de reojo a Julia le dijo que ella estaba pensando lo mismo.
—¿No te gustaría una así? —no pudo evitar chincharla en voz baja.
Ella resopló.
—¿La vas a limpiar tú?
—Sabes que sí.
Otro resoplido.
—No vayas de listillo. No te pega.
Uh. Qué manera de devolverlo a Tierra de un corte. Y con toda la razón, además.
—Es verdad. Perdón.
Pero en vez de aceptar la victoria y continuar tras los pasos del tour, Julia emitió un ruidito alarmado y frenó de golpe, reteniéndolo firmemente a su lado.
—No, no, espera —pidió, sonando mitad urgente mitad angustiada. Luego solo lo segundo—: Olvídalo. No… No quiero más Tirsos falsos. Al menos conmigo, sé como seas de verdad, me guste o no.
Tirso cabeceó, sin tener muy claro qué (cuánto) contestar. Al final, dijo:
—A veces no recuerdo cómo se supone que soy.
—Uy, pues yo creo que te acuerdas bastante bien —le rebatió ella, con las cejas alzadísimas—. ¡Dices muchas palabrotas! ¡Y gritas! Nunca te había oído gritar.
—Eso no es bueno, Julia.
—¿Según quién?
Dejó que se lo pensara antes de sonreírle como si la hubiera pillado haciendo trampas, mientras que a Tirso le pilló con la guardia baja, tanto la sonrisa como la contrarréplica.
Los demás habían pasado a explorar la terraza superior, desde donde, por los «ooh» de sus suegros, debía de verse todo el jardín trasero y parte del bosque colindante.
A esas horas de la tarde, la luz del ocaso rebotaba en las paredes y en los suelos desnudos, tintando la realidad de color verano.
—Vale. Trato hecho. Pero solo si tú también te aplicas el cuento.
Julia frunció un poco el ceño. Sus ojeras seguían siendo visibles incluso bajo el maquillaje, y Tirso odiaba saberse el causante.
—Ya me lo aplico —respondió, algo tensa—. Estoy siendo lo más yo que he sido nunca contigo.