El novio ideal 22. Círculo de control
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22. Círculo de control

Círculo de control

Objetivamente, sabía que estaba feo reírse de su novia, de verdad que sí.

Él era mejor que eso. Él era comprensivo, maduro y empático.

Debería invertir la hora de reposo que requería la bourguignon en prepararle una tila, sentarse con ella como Dios manda en la cocina y aclarar el asunto; no aprovechar que su suegra apareciera como invocada por la alarma del minutero al grito de «¡Hora del aperitivo!

» para escabullirse al jardín cargado de vermuts y tentempiés.

Pero, con el corazón en la mano, ¿en serio alguien podía culparlo?

¿Cómo iba a tomarse si no que su novia se las hubiera apañado para malinterpretar tres años enteros de conversaciones?

Y, al mismo tiempo, todo cobraba sentido ahora.

Si es que debería habérselo imaginado. Estaban hablando de Julia.

—Julia, por favor —mitad suplicó mitad rio cuando, en un momento de descuido, ella se le coló en el baño antes de que pudiera cerrar la puerta—. ¿Ni mear, en serio?

—¡Habértelo pensado antes de soltarme la bomba! —le siseó, histérica.

—¿ Yo he soltado la bomba? Perdona, pero ¿quién de los dos se ha montado una película ella sola en su cabeza?

En lugar de recular, Julia lo acorraló contra el lavabo.

Tirso casi podía oír su monólogo interno echando humo, descarrilando en directo justo frente a él.

No era la primera vez que la veía perder los papeles, o montar un berrinche, pero siempre tenían cierta rimbombancia con la que Julia dejaba patente que todo era teatro.

Esto no era teatro. Esto era un Chernóbil emocional a punto de saltar por los aires.

—¡Ni se te ocurra hacerme luz de gas! —rechinó, pegándole un pequeño empellón enfático.

Al menos lo estaba tocando—. Me dijiste, Tirso, palabras textuales: «Ya no están aquí».

¿Dónde quieres que piense que están más que en el Cielo ?

¡Si te cierras en banda cada vez que sale el tema!

Ni una vez, es que ni una vez en tres años me has hablado voluntariamente de tus padres, ¡todo lo que sé de ellos he tenido que sacártelo con alicates!

¿Dónde están? ¿Dónde viven ? ¿Por qué nunca…

? —Aspiró aire entre dientes—. ¿Por qué nunca me has dicho de conocerlos… ?

Si aquella discusión hubiera saltado en cualquier otro momento, Tirso se habría ofendido.

Qué coño. Estaba ofendido. Afrentado, más bien.

Agarró la encimera del lavabo a su espalda muy muy fuerte por no agarrarla a ella de los hombros y zarandearla como un perro a su mordedor favorito.

No podía perder los nervios él también. Sabía cómo sonaba cuando se enfadaba, cómo se movía y expresaba, y no quería ni imaginarse qué conclusiones sacarían sus suegros si lo oyeran pegando bramidos en un cuarto de 2×2 metros a la peque de la familia.

—¡Pero si me callaba por ti! —logró mascullar entre sus dientes apretados—.

¡Todos los años me voy a verlos en mayo y todos los años empiezas a agobiarte mínimo un mes antes!

Pensaba que te daba ansiedad que pudiera invitarte a venir, así que te estaba dejando tu espacio, estaba esperando a que saliera de ti.

Julia boqueó, señalando a su alrededor:

—¡Tirso, mira dónde estamos! ¡Celebrando el cumpleaños de mi madre en su casa por… ¿cuánto, tercer año consecutivo?! ¿Cómo va a darme ansiedad que me presentes a tus padres si yo te presenté a los míos hace siglos?

—Sí, ¿y de quién fue la idea?

Gracias a Dios, ahí la iluminada de su novia lo agració parándose a pensar. Estuvo a punto de repetir la plegaria en voz alta cuando agachó la vista y musitó:

—Tuya.

—¿Y qué hiciste tú?

—Vomitar de nervios la noche antes de presentaros.

Bueno, él se refería a que boicoteó los tres primeros intentos de encuentro con la esperanza de que ambas partes lo pospusieran indefinidamente, pero eso también le valía.

Julia había tenido un pánico paralizante a que Tirso «se diera cuenta» de que estaba saliendo con «la fracasada de la familia» y empezara también a calentarle la cabeza para que «recondujera su carrera».

O peor: cortara con ella. Se lo había confesado todavía sentada frente al váter (por si acaso), con Muu mirándolos traumatizada desde el pasillo.

—Igualmente —quiso admitir Tirso, ahora que había dejado claro su punto—, te doy la razón en que yo tampoco te lo puse fácil, viéndolo desde tu perspectiva…

Solo llevábamos dos citas cuando me preguntaste por mis padres, y como no sabía si podía fiarme de ti fui lo más escueto posible.

Lo siento. Me refería a que ya no están aquí, en Madrid. Están en… ¿Julia? ¿Me estás escuchando?

No, claramente no.

Julia se había tapado la cara con las manos, pero incluso con esas podía ver que había enrojecido hasta la punta de las orejas.

Por un momento, pensó que estaba abochornada.

Luego consultó su enciclopedia mental de lenguaje corporal de Julia y cayó en que lo que estaba era mortificada.

Madre mía. Que Dios los pillara confesados.

—¿Julia? ¿Todo bien?

—Ugghh —fue lo que contestó ella, un gemido de ultratumba que le habría sacado una sonrisa de no ser por lo que vino después—: Acababa de contárselo a Manu.

—¿¡Le has dicho a Moli que mis padres están muertos!?

—¡Porque creía que lo estaban!

Aquello lo tambaleó. Lo recordó en el matadero, endeble como un títere sin hilos mientras aludía con voz pastosa a la madrugada en que Tirso cortó por lo sano.

Por eso era, entonces. Él había creído que hablaba de…

, pero se refería a ellos, a sus padres.

Habría asumido que Fermín había terminado arrastrándolos hasta el fondo.

Se le cerró el estómago, revuelto por una miríada de sentimientos encontrados. Pero no era ni el momento ni el lugar, así que volvió a encerrar a Moli en la cajita más pequeña de las preo­cupaciones triviales de Tirso Mihura, para quien el tal Manuel M. Montaraz era un completo desconocido.

—Lo superará —carraspeó, intentando zanjar ese lado del asunto—. ¿Para quién más me has dejado huérfano? ¿Tus padres, supongo?

Julia se reclinó contra la puerta con las manos hundidas en el pelo y la vista perdida en algún punto del techo, seguramente viendo pasar su vida en imágenes. Ojalá no le pareciera tan entrañable.

—No te preocupes —rio él—. Yo me encargo.

—¿Qué vas a hacer?

—Por lo pronto…

Tirso acortó distancias entre ambos y ella se tensó, pero no hizo amago ni de frenarlo ni de retroceder. Lo que hizo fue trastrabillar, cuando él abrió la puerta del baño.

—… pis. Si me lo permite por fin la señorita.

—¡Uy! Sí, sí, claro. Perdón.

—Perdonada.

Tirso vio su oportunidad de «soltar la bomba» durante el postre, cuando ya todos tenían el estómago lleno y su suegro se emplataba su tercera porción de tarta de frutas.

La bourguignon también había sido todo un éxito, justo como esperaba.

Había monopolizado el tema de conversación durante toda la comida, lo cual conllevaba el afortunado efecto secundario de darle un respiro a Julia, a quien ni le interesaba cocinar ni era especialmente ducha en ello.

Así, ni siquiera su observadora suegra notó nada raro en que la pobre no hubiera juntado más de cuatro frases en dos horas.

—Sí, creo que aprovecharé las vacaciones para quitarme la mudanza de en medio —estaba diciendo Mónica, mientras repartía chupitos de pacharán para los cinco—. Tengo días de sobra acumulados, y si todo va bien, podría empezar a traer cajas a finales de mes.

—Y si se alarga también —respondió su suegra, boyante con la idea de tenerla tan cerca tan pronto—. Puedes ir dejándolas en nuestro garaje. Es más, si quieres hacemos zafarrancho un finde y vamos tu padre y yo a ayudarte a empaquetar todo.

—Ya veremos, que no quiero que andéis cargando peso a vuestra edad.

Cómo no, eso provocó un minirrevuelo acorde al orgullo herido de sus suegros.

Tirso sonrió. A su alrededor los periquitos piaban, el sol de media tarde caldeaba la terraza y Julia seguía sin intervenir, concentrada en extirpar con meticulosidad cirujana las rodajas de kiwi de su triángulo de tarta.

Sí, era el ambiente perfecto para poner en marcha su plan.

Distendido, satisfecho, casi somnoliento.

—¿Cuándo tienes las vacaciones? —preguntó él, preparando el terreno—. Porque Julia y yo podemos echarte una mano si no coincide con las nuestras.

Julia se detuvo al instante para mirarlo con ojos entornados, suspicaz. Mónica, en cambio, le dedicó una sonrisa amable.

—Ah, no os preocupéis. ¿Qué, habéis planeado una escapadita veraniega?

—Qué raro que Julia te deje sacarla de casa —comentó su suegra, aunque sin ningún retintín extraño—. Es más chica de sofá que de turismo, como su padre.

El aludido solo se encogió de hombros, risueño. Tirso sonrió.

—Yo también, en realidad —mintió flagrantemente—. Pero en este caso no está reñido, porque la idea es pasarnos a visitar a mis padres, ¡que ya es hora!

La reacción unánime constó de un silencio pasmado seguido de inmediato por una mirada fulminante de madre a hija menor que tenía hasta signos de puntuación y subordinadas, de lo explícita. Y luego decía que no se parecían.

—Qué calladito te lo tenías, Julia, hija. Ahora entiendo de dónde te salen tantas ojeras.

«Mmm», solo ofreció esta, evitando responder bebiendo de su propio chupito.

—P-pero ¿visitarlos adónde? —balbució por fin su suegro, perdidísimo—. ¿Al cementerio?

—¡Casi! —rio Tirso—. ¡A Benidorm!

Julia escupió el pacharán.