El novio ideal 21. Boeuf bourguignon #4
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21. Boeuf bourguignon #4

Cuando volvió a mirarlo, Tirso tenía el ceño fruncido. Ah, bueno, claro. Todavía ignoraba hasta qué punto su amiguito y su novia lo tenían calado.

—He visto las grabaciones. Enseñas mi llavero de empleada en otros Obramats para que no sospechen de ti.

No se le escapó el destello no tanto asombrado sino maravillado que cruzó los ojos negros de Tirso al oírla, reacción del todo contradictoria a lo que Julia habría esperado. Aunque nada de esa conversación estaba saliendo como habría esperado.

—No voy a negar haberme aprovechado de tu posición —respondió él, diplomático cuando menos—. Pero no es por eso por lo que quise mantenerte cerca.

—¿Y entonces por qué?

—Porque siempre estás atenta al detalle.

Te lo he dicho muchas veces, que te fijas en todo, en todo cuanto te rodea.

No se te escapa ni la cosa más tonta, ni la más…

irrelevante. —Tirso negó con la cabeza, esbozando una media sonrisa afectuosa—.

En esa primera cena juntos me pillaste tantas incoherencias simplemente charlando sobre desde cuándo tenía el Focus que me planteé despacharte.

—¿C-cómo? —casi balbució ella, pálida de súbito.

—Julia, eres como un puto perro policía.

Y ni siquiera te das cuenta, es increíble.

Acertaste dónde vivía por el tiempo que tardé en recogerte del trabajo y por la zona del parking en que aparqué y no pude ni colarte que había estado los dos últimos años teletrabajando desde Lourdes porque en cuanto te subiste al coche me soltaste toda emocionada que la canción que sonaba en la playlist había sido finalista de la primera edición del BenidormFest y que qué raro porque ya nadie se acordaba de ella y a ti te encantaba y, claro, dime tú qué pintaba yo en Francia viendo el Benidorm Fest si no era un eurofán y ni de coña iba a pasarme el resto de mi vida fingiendo ser adicto a Eurovisión.

Silencio. Tirso tomó aire; Julia se tapó la boca con la mano para disimular la sonrisita incrédula que le picoteaba en los labios.

—Podrías haberme dicho que te la enseñó un amigo —propuso, divertida en contra de su voluntad—. Bueno, un examigo. Alguien que no pudiera verificar la historia.

—Sí, porque hablarte de mis examigos ya hemos visto que no da problemas ni nada.

Ahí sí que no pudo hacer otra cosa salvo reírse.

El modo en que Tirso la miró le aleteó en el estómago como la primera vez.

La puso nerviosa. Le dio vértigo. Y él debió de darse cuenta, porque la liberó de sus ojos entreteniéndose con el horno, chequeando que la bourguignon estuviera reduciendo como debía.

—Entonces —carraspeó Julia tras unos minutos de respiro, mientras él vertía un chorrito de caldo a la olla—, ¿estás conmigo por… cautela? ¿«Mantén a tus amigos cerca pero a tus enemigos más»? No lo entiendo.

Tirso tardó en contestar. De hecho, le pareció incluso que se tomaba su tiempo para enroscar el tapón del caldo, como si no tuviera muy claro lo que quería responder. O qué palabras usar. Al final, volvió a cruzarse de brazos y dijo:

—No. Es obvio que me venías bien en más de un sentido, primero por tu trabajo y luego porque me obligarías a no bajar la guardia, pero la razón es mucho más sencilla, y creo que, en el fondo, nunca has dudado de que te quiero.

Tocada y hundida.

No recordaba la última vez que había tenido tantas ganas de tocarlo, de refugiarse en su abrazo, como una cría en la cama de sus padres después de una pesadilla.

Pero de aquella pesadilla no podía despertar, ni tampoco volver a dormirse.

Y Tirso la miraba como si sintiera lo mismo, como si le doliera físicamente no poder acunarla como siempre y susurrarle al oído que todo saldría bien.

Ojalá no le creyera. Habría sido mucho más sencillo.

Ojalá fuera más valiente, o menos moral.

Aunque tampoco se consideraba especialmente beata.

Incluso habiendo crecido en un hogar donde la justicia se aplicaba a rajatabla, para los buenos y para los malos, Julia siempre había creído en los matices.

En que la intención, a veces, pesaba más que el crimen.

Pero eso valía para actos por amor o por el bien mayor, no por… por lo que fuera que sacara Tirso de matar. Ahí Julia no se hacía ilusiones: si el homicida de su novio se guiara por algún tipo de código ético para aceptar o rechazar encargos, ya se lo habría dicho.

Seguían mirándose, seguían callados, queriendo acortar la distancia entre ambos y resistiéndose. Él porque no querría que lo acusara de juego sucio; ella porque sabía lo influenciable que era. Ninguno precipitaría una respuesta de la que pudiera arrepentirse en frío.

Julia suspiró. Solo veía una forma de salir de la encrucijada:

—¿No puedes… dejarlo?

Una vez más, Tirso consideró su pregunta sin prisa, desviando la vista hacia el soleado ventanuco de la cocina mientras (suponía) barajaba sus opciones.

—Podría —concluyó finalmente, con un desenfadado encogimiento de hombros—. Creo que Shigure ya no me lo reprocharía, sobre todo si es por una brecha de seguridad. Le haría gracia que me haya pillado mi novia, de hecho.

—Quién es Shigure.

—Mi… intermediario. O mi empleador, dependiendo del día.

—¿Insider Solutions?

De nuevo esa chispa en sus ojos negros. Empezaba a pensar que era admiración.

—Sí.

—Y has dicho que ya no te lo reprocharía. ¿El qué, irte? ¿«Dimitir»?

—Ahá.

—O sea, que antes no podías.

—Eso es. —Tirso enarcó una ceja—. ¿No prefieres que te lo cuente todo desde el princip…?

—No —le cortó—. No es lo importante.

—¿Y qué es lo importante?

—Que puedes dejarlo. La decisión es tuya, me refiero.

Tirso asintió. Y ya.

Y ya.

—Pero no vas a hacerlo —comprendió Julia.

Esta vez no tardó en contestar, como si hubiera estado esperándolo. Seguro que había estado esperándolo. Resuelto, casi altanero, abandonó su recodo de encimera para ocuparse de los cacharros del fregadero y dijo:

—¿Por qué debería? No todo es matar. —Cada vez que mentaba la dichosa palabrita ella ojeaba por puro acto reflejo la puerta del jardín.

Tirso, en cambio, no parecía muy preocupado por lo que pudieran oír sus suegros, enjabonando plácidamente los cuchillos—.

La inmensa mayoría de mis encargos son ilegalidades de poca monta.

Advertencias, ajustes de cuentas, sanear alguna que otra escena del crimen…

, cosas así. Minucias. Pero dan mucha pasta.

¡Minucias, decía! A Julia el resoplido le salió solo, mitad pasmada mitad resentida.

—¿Y para qué quieres tú tanto dinero?

—¿Y quién no lo querría?

—Pero ¡si ni siquiera le sacas partido! ¡Vivimos de alquiler en un piso de cincuenta metros cuadrados! ¡Te compraste un Sandero!

—Bueno —concedió Tirso, mientras colocaba cada cosa en el escurridor—, ya te fui adelantando que cobraba bien.

Pensaba decirte que Yldra me había pagado una millonada por pillarles al hacker ese que les tiene fritos.

Pensaba decirte que no tenías que volver a trabajar nunca si no querías.

Pensaba comprarte un chalet. —Sonrió, sin mirarla—. Y un diamante.

¿¡Cómo!?

—NO INTENTES DISTRAERME.

Él se rio, divertido, y alzó los brazos en señal de rendición. Dios, los tenía enormes. Suponía que para crujir cuellos necesitaba tenerlos así.

Silencio. Tirso podría haberse vuelto a su lado de cocina, pero se había quedado donde estaba, a un metro escaso de distancia. La bourguignon empezaba a oler a gloria y Julia era débil, muy débil.

—¿Es por tus padres? —aventuró, muy bajito—. ¿Porque ellos se quedaron sin nada?

No supo interpretar su expresión. Ceño fruncido, ojos entornados, cabeza levemente ladeada, como tratando de descifrarla a ella y no ella a él.

—Es… una de las razones. No quiero que vuelvan a necesitar nada, nunca.

Ni mil alertas antitornado la hubieran puesto tan en guardia como aquella respuesta. Julia se quedó rígida, se quedó pálida, se quedó muda. No, no era… Seguro que…

—Julia. ¿Qué pasa?

—¿A qué te…? —carraspeó—. ¿A qué te refieres con que «no vuelvan a necesitar nada»?

Tirso enarcó una ceja.

—A lo que suena. Hasta el día en que ya no estén, no les faltará de nada.

—Tirso, tus padres están muertos.

Primero pestañeó, descolocado. Más descolocado incluso que pillado infraganti desmembrando a su víctima.

Luego rompió a reír.

—¿Qué dices, Julia? Mis padres están vivos.

Y en ese momento timbró el maldito minutero de cocina.